Confirmación

    Uno de los siete sacramentos elementales de la Iglesia católica (y de otras iglesias ortodoxas), implica la iniciación consciente de los fieles dentro de la doctrina de la iglesia. El rito consiste, a grandes rasgos, en la confirmación de los compromisos adquiridos en la infancia con el bautismo, aunque también se suele celebrar después de la primera comunión y la primera penitencia.

    La práctica material del rito consiste en la unción del fiel con aceite por parte del clérigo, rito que hunde sus raíces en la tradición judeocristiana. Así, ya en la Biblia se hablaba de la necesidad de ungir para curar a los enfermos o para dotar de poderes especiales a los hombres.

    El aceite empleado por el sacerdote para confirmar a los fieles se denomina "crisma", y su aplicación en la frente suele ir acompañada de la imposición de manos y la invocación del Espíritu Santo. Al igual que sucede en el bautismo, el confirmando (sujeto que recibe la confirmación) va acompañado de un padrino, que tiene la función de garantizar la vida espiritual del creyente.

    Aunque en la actualidad la confirmación se suele celebrar durante la adolescencia del fiel, tanto en la antigüedad como en otras iglesias cristianas no católicas se puede practicar la confirmación a la vez que la primera eucaristía o incluso el bautismo.

    Sin embargo, para la Iglesia católica, el significado de la confirmación requiere que el fiel ya esté bautizado y que éste ya haya comulgado, puesto que el sacramento implica que el creyente ya se halla en la disposición para aceptar de manera adulta, consciente y racional su condición de cristiano.

    Por otro lado, la confirmación supone no sólo la confirmación de los principios religiosos y sagrados adoptados en la infancia, sino también la renovación de la gracia. Ésta, por su parte, quiere decir que una persona se encuentra a salvo del pecado original y de la condenación eterna gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que acepta al creyente y lo integra dentro de la comunidad de los elegidos para la salvación.

    Una vez se ha recibido la confirmación, el creyente tiene la obligación de renovar su fe mediante la práctica regular de otros sacramentos, como la eucaristía, la comunión o la penitencia.