Divinidad

Imagen de una divinidad egipcia

Término que hace referencia tanto a la figura personal que encarna todos los atributos valiosos, buenos o trascendentes, como a un cierto ámbito o carácter en el que reside lo extramundano, lo superior y lo sagrado.

En las religiones politeístas antiguas, como la griega, los dioses están sujetos a una serie de comportamientos, atributos y lugares específicos que conforman lo divino. El Olimpo, por ejemplo, constituye la residencia de lo divino, mientras que los dioses se limitan a ocupar ese ámbito y a transformarlo. En este sentido, para este tipo de religiones, lo divino se halla por encima de las deidades, que pueden llegar a ser incluso mortales.

En el caso de las religiones monoteístas, como el cristianismo, el judaísmo o el islam, los conceptos de divinidad y Dios pueden llegar a emparentarse, puesto que la figura personal de la deidad acapara en su naturaleza todo lo divino; sin embargo, incluso en estas religiones es posible encontrar ciertas diferencias entre ambos conceptos. Los ángeles, por ejemplo, pertenecen al ámbito divino sin ser propiamente dioses, así como el cielo, lugar mitológico en el que se concilia todo lo supremo y todo lo bueno.

La idea antropológica de divinidad

A grandes rasgos, el concepto de divinidad puede hacer referencia a tres realidades distintas aunque emparentadas: a los dioses mismos; a una serie de energías, fuerzas o entidades que son universales y necesarias; y, por último, a un cierto carácter que se puede encontrar en el mundo terrenal mismo, en algunas personas o en algunas acciones.

Lo divino está íntimamente ligado a lo sagrado en el sentido en el que lo define el historiador de la religión Mircea Eliade: la divinidad implica la presencia de lo sagrado en lo terrenal y supone una especie de intromisión de un tiempo y un espacio especiales en la regularidad de lo ordinario.

En este contexto, divino puede ser un asceta o un mártir, que con su forma de vida llega a abandonar lo puramente terrenal para ingresar en el orden o en el ámbito de lo extraordinario. De esta manera, para un gran número de religiones, tanto mayoritarias como minoritarias, todos los hombres albergan dentro de sí algo de divino, una potencialidad para lo sagrado que el hábito, lo ordinario y lo terrenal impiden sacar a la luz, lo que diferencia a los santos de los hombres corrientes.

Sin embargo, en las religiones orientales es donde mejor se pueden captar las diferencias que existen entre las deidades y lo que es propiamente divino.

Para el hinduismo, por ejemplo, el mundo está poblado de diversos dioses que tienen la función de explicar el funcionamiento de la realidad y el cosmos. Sin embargo, ninguno de estos dioses puede ser considerado como el creador de lo que hay, como la última referencia y como el sentido de lo existente. En último término, los dioses mismos dependen de un ámbito impersonal y superior que carece de atributos y que es la divinidad. Para los hinduistas, esta divinidad recibe el nombre de Brahman.

En consecuencia, se podría afirmar que la divinidad consiste en una abstracción de los atributos de las deidades, que son colocadas en un ámbito propio y autónomo.

Por otro lado, la divinidad también sirve para contrastar el mundo de lo sagrado y lo extraordinario con el mundo de lo terrenal y lo ordinario, de tal modo que lo divino implica un reino y una forma de existencia especial que tiene la función de justificar el sentido de lo habitual y de lo profano.

No en vano, muchos antropólogos consideran que el origen de lo divino se halla en la necesidad por parte del hombre de encontrar un sentido y un fin a su existencia, que por sí misma es incapaz de justificarse.

Así, de este sentimiento originario, que se puede encontrar en las primeras religiones primitivas, se deriva la existencia de unos dioses que se van articulando en torno al concepto de lo divino, que va evolucionando a través de la elaboración de religiones más complejas.