Everest

    Vista del monte Everest, en el Himalaya

    “La diosa madre de la Tierra” es el significado del término Chomolungma con el que los tibetanos se refieren al monte Everest, la cumbre más elevada del mundo, la que más leyendas y misterios atesora y la que más fascinación produce de todos los llamados ochomil. Coronar su cima supone no sólo un desafío personal, sino también todo un reto para la propia naturaleza humana.

    El Everest se alza en el límite entre la Región Autónoma china del Tíbet y Nepal, está enclavado en la cordillera del Himalaya y, según los cálculos más recientes establecidos en noviembre de 1999, alcanza una altitud de 8.850 metros. Denominado en un principio Pico XV, su nombre oficial se debe al británico George Everest, que fue el que, en 1841, precisó por primera vez su altura. El origen de los macizos montañosos del Himalaya se sitúa en la era terciaria (unos 50 millones de años atrás) y comenzó con el desplazamiento de la placa tectónica Indo-Australiana desde el sur hacia el norte. Como consecuencia de ello, se produjo el choque con la placa Euroasiática y el consiguiente inicio de la elevación de las montañas himalayas que adquirieron su estructura actual durante la etapa del Pleistoceno (entre 1.800.000 y 10.000 años atrás).

    Los cursos fluviales que parten del Everest son los de los ríos Dudh Kosi, Rong Chu y Kama, cuyos valles sirven como itinerarios de acceso a su cima.

    Las condiciones climatológicas que se dan en esta colosal montaña son tremendamente adversas para la vida. Temperaturas gélidas que llegan a alcanzar los -36 ºC durante el mes de enero, rachas de viento de hasta 160 kilómetros por hora, ausencia de oxígeno, tormentas repentinas y abundantes precipitaciones de nieve, que alcanzan su mayor registro en septiembre, hacen prácticamente imposible la existencia de especies vegetales y animales. En las laderas proliferan los glaciares y son especialmente conocidos el Kanshung, el Rongbuk, el Pumori y el Khumbu.

    Los únicos pobladores de este inhóspito lugar son los tradicionales sherpas tibetanos, asentados en los valles inferiores del Everest y en aldeas situadas a unos 4.000 metros de altura, dedicados a una agricultura muy escasa y a la ganadería trashumante. Durante siglos, no se atrevieron a subir por las montañas del Himalaya por considerarlas sagradas y por su creencia de que en ellas se encontraban monstruos como el llamado Yeti (conocido como el Abominable Hombre de las Nieves). Los sherpas, sin embargo, se fueron convirtiendo en compañeros imprescindibles en las expediciones para alcanzar la cima del Everest.

    Las primeras incursiones se iniciaron en la segunda década del siglo XX con algunos resultados trágicos en 1924, como la misteriosa desaparición en plena escalada de los montañeros George Mallory y Andrew Irvine dejando numerosos interrogantes sobre la suerte que pudieron correr. El misterio sobre Mallory se zanjó con el hallazgo de su cadáver por parte de una expedición americana en mayo de 1999 a unos 8.500 metros de altitud. La gran gesta de subir hasta la cumbre del Everest no se produjo hasta el 29 de mayo de 1953 cuando a las 11:30 am el neozelandés Edmund Hillary y el nepalés Norgay Tensing pusieron allí su huella por primera vez. En 1975, la alpinista japonesa Tabei Junko adquirió fama universal por ser la primera mujer en completar el ascenso a la mítica montaña.