La dimensión moral

El hombre define su forma de ser a través del ejercicio de la libertad. Mientras los animales y las plantas ven determinada su vida por unas leyes naturales de las que no pueden escapar, el ser humano inventa su forma de ser actuando. Así, su esencia está estructurada por unos parámetros éticos y valorativos, puesto que a toda acción libre acompaña de manera invariable una valoración moral, una consideración de la realidad en términos de maldad y de bondad, de bueno y de malo.

A pesar de que la ética como disciplina que estudia los actos morales apareció en un momento y en unas circunstancias muy concretas, la historia de los actos morales no tiene un principio tan definido. Desde que el hombre es hombre se puede afirmar que éste se ha dedicado a articular su realidad y su mundo en torno a las nociones fundamentales de bueno y de malo; o si no, al menos, de preferible y de no preferible, de adecuado o inadecuado.

La ética y la moral aparecen pues como una dimensión inseparable de la naturaleza propiamente humana, presentándose en ocasiones como la faceta más valiosa de la existencia; otras veces, como un complejo proceso que encubre otras realidades menos racionales.

La ética y la moral

La ética y la moral se asemejan mucho, hasta tal punto que hay autores que prefieren no hacer una diferenciación clara entre ambas. Esto es debido a que las dos categorías hacen una referencia directa a un mismo objeto: el comportamiento humano y las nociones de bien y de mal. Sin embargo, si se atiende a la evolución histórica de los conceptos, es posible señalar la existencia de unas diferencias elementales.

Cristo y la mujer adúltera, de Tintoretto. La moral atiende a las circunstancias sociales y culturales, y es relativa a los distintos credos, ideologías y religiones. Así, por ejemplo, mientras la poligamia es aceptada según algunas culturas y religiones, para el cristianismo no es sino adulterio.

Diferencias entre ética y moral

La moral puede ser entendida como el conjunto de normas positivas o reales, que se dan de hecho, y que sirven para caracterizar el comportamiento humano y para regirlo, para decir cómo debe ser. Así pues, la moral es mayormente prescriptiva, se basa en una serie determinada de normas concretas que dicen qué es lo bueno y qué es lo malo en una sociedad o en unas circunstancias dadas. La moral aparece de esta forma como la manera que tiene una cultura en un momento concreto de entender el bien y el mal, organizándose en torno a unas normas concretas.

Por ejemplo, en la gran mayoría de sociedades occidentales, la poligamia, el hecho de tener más de una esposa, es considerada como un acto moralmente malo. Sin embargo, en otras sociedades, la poligamia no es moralmente reprochable, sino que es una realidad y un hecho completamente asumido y bueno.

Las normas morales poseen en consecuencia un fuerte contenido social. Algunos autores afirman incluso que se trata de un conjunto de leyes impuestas al ser humano desde su entorno cultural.

La ética, por el contrario, debe ser entendida como una disciplina que se dedica a estudiar qué es lo bueno y qué es lo malo, qué hay de válido o de coherente en las normas morales. Mientras la moral viene impuesta por una sociedad, por algo externo a la conciencia y a la libertad humana, la ética supone una interiorización de las normas morales. Si la prohibición de la poligamia en las sociedades occidentales es una norma moral, en el momento en el que ésta se interioriza y se plantea su validez al margen de las costumbres, se convierte en un asunto ético.

Así, la ética también se plantea qué es lo bueno y qué es lo malo; pero en lugar de dedicarse a crear unas normas concretas, pretende plantear la validez objetiva de éstas, con lo que ya no se trata de imponer leyes desde la sociedad, sino de que cada sujeto se plantee qué es lo apropiado.

El sentido y el valor genuino de la ética y de la moral se pueden entender mejor si se considera el origen etimológico de ambos términos.

Origen etimológico de la ética. El concepto de ética procede de la expresión griega ethos, que significa estancia, habitación o lugar en el que se habita. Con el término se hacía referencia principalmente a la manera de ser del hombre, a su carácter. Aristóteles (384-322 a.C.), que fue uno de los primeros pensadores que trató de forma sistemática el alcance de la ética, llenó de nuevos y ricos significados el concepto de ethos, identificándolo con la naturaleza humana, a la forma de ser propia del hombre, que era diferente a la del resto de los seres que hay en el mundo.

Tabla 1. A pesar de que algunos pensadores prefieren no hacer distinciones entre la moral y la ética, se pueden hallar algunas diferencias básicas. La primera se refiere a normas y prescripciones concretas en un contexto social; mientras que la segunda trata la interioridad humana y la objetividad.

Mientras que para el sabio de Estagira, los animales y las plantas pertenecían a una naturaleza determinada; el ser humano se creaba su propia naturaleza a través del carácter y de su manera singular de ser, gracias a su ethos, a su ética. Por lo tanto, para Aristóteles y sus seguidores, la ética consistía en la ciencia destinada a determinar cuál es el fin adecuado al que debe encaminarse el actuar humano y cuáles son los medios apropiados para hacerlo; aunque siempre teniendo presente que tanto el uno como los otros deben derivarse de la naturaleza humana. En esta caracterización de la ética aparece un elemento fundamental en el pensamiento antiguo: se consideraba que el bien y el mal venían ya definidos en el hombre, de tal manera que conociendo a éste, era posible saber cómo se debía actuar.

Posteriormente, sobre todo a partir de la modernidad, el bien y el mal no fueron definidos en virtud de ningún ideal, o al menos no siempre, sino que pasaron a ser comprendidos principalmente en referencia a la apetencia del hombre, a lo que éste prefiere.

Origen etimológico de la moral. La palabra moral, por su parte, tiene origen en la cultura latina, en el Imperio romano, hace más de veinte siglos. Procede del término moralis, que a su vez es una derivación de la palabra mores, que quiere decir hábitos o costumbres. Los romanos trataron de tomar el sentido originario del ethos griego aunque, sin embargo, añadieron un matiz nuevo: se pensaba que el carácter o la forma de ser también se podía moldear a través de la repetición mecánica y habitual de unas normas externas, impuestas por la sociedad.

San Hugo de Grenoble en el refectorio de la Cartuja, de Francisco de Zurbarán. El pensamiento latino introdujo en el concepto de moral la idea de hábito. Así, gracias a la repetición mecánica de unas costumbres se puede alcanzar la bondad o la virtud, como se puede observar en los ascetas o en las instituciones religiosas.

La moral y la sociología

La moral y la ética están indisolublemente unidas a la sociedad. Casi se podría afirmar que no tiene sentido hablar de un acto bueno o malo si se vive completamente aislado, al margen de los demás hombres. Por ello, a partir del siglo xix, cuando se produjo el nacimiento de la sociología moderna de la mano del pensador Auguste Comte (1758-1857), se trató de reducir el fenómeno moral a su relación con las sociedades. Esta reducción, que es conocida como sociogénesis de la moral, pretende hacer de los actos morales una mera consecuencia de las situaciones sociales, restándole así a la ética gran parte de su poder.

Según Comte, los sistemas valorativos que integran las distintas morales tienen su origen en la presión social. Es decir, un acto es bueno no porque la naturaleza humana lo dicte, ni tampoco porque la conciencia individual llegue a esa conclusión, sino porque es lo que la sociedad considera bueno. En este contexto, el hombre concreto, el individuo, no tiene más remedio que asumir como bueno lo que todo el mundo así entiende.

Émile Durkheim (1858-1917), siguiendo a su maestro Auguste Comte, remarcó el origen social de las nociones de bueno y de malo, llegando a reducir todos los hechos morales a las estructuras sociales. De esta forma, el pensador francés terminó ideando el concepto de conciencia colectiva, de un pensamiento social que se apoderaba del pensamiento individual de cada sujeto.

Cuando se considera el mundo habiendo nacido en una sociedad dada, éste se piensa a partir de las estructuras y las ideas impuestas ya por la sociedad. Se podría decir que es la sociedad la que «piensa» por los ciudadanos, que como sujetos pasivos, se limitan a reproducir valores heredados.

Ahora bien, a pesar de que la ética vea mermada en gran medida su capacidad para relacionar las normas concretas de la sociedad con unos principios morales fundamentales, tanto Comte como Durkheim reconocen la posibilidad de mantener una postura crítica ante las normas impuestas por las circunstancias. Así, es posible que las sociedades digan a sus ciudadanos cómo deben pensar y qué es lo que deben considerar como bueno y como malo; pero está en el propio individuo la posibilidad de alejarse de esas normas y de interiorizar su sentido, de reconocer por sí mismo su validez.

La sociogénesis trata de reducir el fenómeno moral a las determinaciones sociales. De esta forma, el comportamiento humano queda comprendido como una mera consecuencia de las estructuras y las ideas sociales, que son impuestas al sujeto desde que nace.

Varias décadas después, algunos pensadores agrupados bajo el rótulo del estructuralismo fueron más allá de las afirmaciones y los límites marcados por Comte y Durkheim. Para los estructuralistas, no sólo las ideas de bien y de mal venían impuestas por la sociedad, no sólo la ética perdía fuerza bajo el imperio de la moral, sino que además las críticas personales contra el sistema social carecían de fuerza y de peso, se ahogaban bajo el poder ideológico de las distintas sociedades.

Sin embargo, para autores contemporáneos como los españoles José Ortega y Gasset (1883-1955) y Xavier Zubiri (1898-1983), es inadmisible que la libertad humana y su ética se vean eliminadas por la presión social o por las estructuras sociales. Para el primero, a pesar de que el hombre se vea inmerso en los actos sociales y en las obligaciones que se derivan de ellos, cada vez que éste decide, por muy estrecho que sean los márgenes de la libertad, realiza un acto ético, prefiere una opción a otra y proyecta su propia manera de ser, su propio carácter, su ethos, tal y como lo entendían los pensadores griegos.

Para el segundo, para Xabier Zubiri, por muy fuerte que sea el poder de las sociedades para generar formas de entender el actuar humano, siempre queda un resquicio, un lugar, por pequeño que sea, para la crítica intelectual, para alejarse de las condiciones impuestas y pensar por uno mismo, llegando a adquirir así cierta autonomía, cierta libertad, y en consecuencia cierto rango ético.

En cualquier caso, no existe ninguna necesidad de comprender las dos disciplinas, la ética y la sociología, como dos ámbitos enfrentados que se disputan un mismo objeto. Es cierto que la moral se desarrolla en y por la sociedad y que no tiene sentido hablar de juicios morales y preceptos morales sin un contexto cultural; pero el ámbito estrictamente moral se circunscribe a un fenómeno concreto: el de la consideración de lo bueno y de lo malo, de los fines y de los medios. La sociología por su parte considera la moralidad como un aspecto esencial en las estructuras sociales; sin embargo, eso no implica que deba reducir todos los fenómenos morales a sus consecuencias sociales.

La moral y la psicología

Si la ética y la moral tuvieron que enfrentarse a las consideraciones reduccionistas de la sociología, a los límites impuestos por los grandes sociólogos de los siglos xix y xx, lo mismo tuvieron que hacer con otra de las grandes ciencias nacidas a lo largo del siglo xix: la psicología. De la misma manera que la sociología pretendía reducir el acto moral a las condiciones culturales heredadas en cada sociedad; los primeros psicólogos intentaron explicar el fenómeno de la moral a partir de las estructuras de la mente.

Tabla 2. Mientras algunas corrientes, como el estructuralismo, anulan la libertad moral del hombre en virtud de las estructuras sociales, otros pensamientos, como el orteguiano, reconocen la existencia de una libertad pura, que opera siempre, a pesar de que las posibilidades de elección se vean reducidas por las circunstancias.

La crítica de Sigmund Freud a la moral

Para el pensador y psicólogo austriaco Sigmund Freud (1856-1939), la vida mental del ser humano está compuesta por tres instancias o partes diferenciadas que interactúan entre sí, describiendo el verdadero funcionamiento de la ética y la moral. Estas tres instancias son el ego, el ello y el superego.

El psicoanálisis reduce el fenómeno moral a las luchas que se establecen entre las estructuras inconscientes de la mente, lo que acaba con la autonomía y la racionalidad del actuar humano.

El ego. El ego es la parte consciente de la mente humana, es todo aquello de lo que el hombre tiene conocimiento de causa en su vida ordinaria: los recuerdos, las ideas, las impresiones, etc. Así, según el psicoanálisis freudiano, la ética tradicional cae en el error de considerar que las decisiones de orden moral son tomadas racionalmente dentro de esta instancia. Es decir, que lo que una persona cualquiera considera bueno o malo, lo que comprende como un fin adecuado o como un medio correcto, es determinado por la vida consciente, por el ego. Sin embargo, esto no es en absoluto cierto para el psicoanálisis de Freud. El ego es en realidad el resultado de la lucha entre otras dos instancias de las que el hombre no es completamente consciente: el ello y el superego.

El ello. El ello es la vida inconsciente del sujeto, un ejemplo de lo cual se encuentra en los sueños, donde se desarrollan los deseos, los verdaderos anhelos, aquello que el hombre realmente quiere. Según Freud, el ello está compuesto por los grandes instintos que caracterizan al ser humano y que se encuentran en estado puro en la infancia.

El superego. Sin embargo, las grandes ideas de sociedad y de la cultura, así como las leyes morales externas propias de cada época, son impuestas al ello desde la infancia. Todas esas leyes que reprimen lo que verdaderamente quiere el hombre terminan constituyendo lo que Freud denomina como el superego, una instancia que vigila que el ello no se subleve, que los instintos no se hagan realidad.

Así pues, el ego, la consciencia, es en realidad el campo de batalla en el que se resuelve la lucha entre lo que el sujeto realmente quiere (ello) y lo que la sociedad considera apropiado (superego). Por lo tanto, para Freud, la ética no es posible en tanto que decisión autónoma y racional que regula el comportamiento, y éste es bien al contrario el resultado de una lucha entre deseos que se desconocen y represiones que proceden de la sociedad, del entorno.

Ninfa durmiente, de Jan Gerritsz van Ronchorst. Para el psicoanálisis, la moral supone ante todo la negación de la vida inconsciente del sujeto, representada en los sueños, instintos, etc.

Entendida así, la ética tiene muy poco de racional, y no puede ser entendida como el resultado de la naturaleza humana. Lo bueno y lo malo, además de los fines correctos, no son determinados por cada sujeto en virtud de su carácter o su forma de ser (su ethos), sino que son impuestos por la sociedad, acabando con cualquier forma de espontaneidad o de libertad.

Ahora bien, según el psicoanalista austriaco, los impulsos, los deseos y los instintos, que son la verdadera naturaleza del ser humano, jamás desaparecen. Por muy fuerte que sea la represión que la sociedad, que la moral, imponen sobre el ello, el inconsciente nunca termina de desaparecer, como se puede observar en los sueños, donde los instintos vuelven a tomar las riendas de la persona. Para Freud, la represión de los instintos conduce a un estado de neurosis, a un estado enfermizo en el que la mente vive en una continua tensión entre lo que se desea y lo que la sociedad considera oportuno.

Las teorías de Sigmund Freud se plantearon hace ya muchos años y el psicoanálisis ha evolucionado de forma vertiginosa. Los discípulos del psicoanalista austriaco se apresuraron a moderar sus planteamientos, buscando en diversas formas de terapia y en nuevas teorías la manera de integrar la dimensión moral en la persona reduciendo la tensión interna, buscando una conciliación entre los deseos y las normas morales; en definitiva, cierta libertad para el ego, capaz de ejercer un papel ético.

Tabla 3. La sociología y la psicología pretenden reducir el alcance de la moral a las estructuras sociales y psicológicas; mientras que la ética descubre un ámbito autónomo definido por el querer y la voluntad puros.

Por tanto, y ante las dudas lanzadas por otros psicoanalistas sobre las teorías freudianas, se puede uno preguntar si, aunque la psicología tenga como objeto de estudio del pensamiento y el comportamiento humano, es posible reducir la ética y la condición moral humana a las descripciones científicas que se hacen de la mente.

La condena de la libertad

La ética es una ciencia que posee su propio ámbito de estudio, y si bien es cierto que debe considerar las aportaciones de otras disciplinas como la sociología y la psicología, jamás debe perder de vista su completa autonomía para enfrentarse al fenómeno moral como un dato puro, como un hecho incuestionable que ninguna otra disciplina o ciencia puede anular. Se dedica en realidad al estudio de las decisiones libres, al análisis de la manera de entender el bien y el mal, los fines y los medios, dentro de un plano de racionalidad y de libertad relativa.

Al margen de que las decisiones que tome el hombre vengan determinadas por la sociedad o de que lo bueno y lo malo estén en cierta medida impuestos por otras instancias mentales no racionales como el superego, el hecho incuestionable sobre el que la ética adquiere todo su sentido, toda su valía, es que el hombre elige, que el hombre prefiere. A partir de esas preferencias y esas elecciones va determinando qué es lo bueno y qué es lo malo, qué es el ser humano en definitiva. Es más, la naturaleza ética del ser humano llega a tal extremo que se puede afirmar que la libertad es una forma de condena. El hombre está obligado a decidir, está obligado a preferir, a actuar y en consecuencia a hacer uso de su libertad.

Aunque resulte paradójico, la libertad es entendida por muchos autores como una forma de condena, puesto que no se puede elegir no seguir una norma de conducta, hay que tomar necesariamente decisiones libres.

La libertad aparece desde el momento en el que un sujeto tiene la opción de elegir entre dos caminos, entre dos opciones. Da igual en este caso quién o qué sea lo que determina cuáles son esas dos opciones; el hecho que no se puede negar desde la sociología, la psicología o la propia filosofía es que se puede elegir entre dos hechos, y que en esa elección hay ya un gesto ético.

Por ejemplo, un chico tiene un examen al día siguiente. No ha estudiado nada y es perfectamente consciente de que no le da tiempo a prepararse el temario. Las circunstancias sólo le ofrecen tres opciones posibles: presentarse sin haber estudiado y suspender; presentarse sin haber estudiado e intentar aprobar copiando, haciendo trampa; no presentarse al examen alegando una enfermedad inexistente y quedarse en casa. El chico no tiene más remedio que elegir, no puede dejar de hacerlo, ya que, como escribió Aristóteles, en el mero hecho de no hacer nada se está tomando ya una determinación, se está ya eligiendo una de las opciones, y en consecuencia se está eligiendo quién se es, cuál es su carácter y su valía.

Teniendo esto en cuenta, se puede afirmar que la vida es siempre una cuestión ética, la suma de un conjunto de decisiones y preferencias que se determinan a través de la libertad para elegir entre las opciones posibles. Por supuesto, la existencia está llena de pequeñas decisiones que no parecen cambiar de manera sustancial lo que una persona es; decisiones como levantarse a una hora y no otra; comer un alimento y no otro, etc. Sin embargo, hasta en estas pequeñas determinaciones se vive bajo el imperio ineludible de la libertad.

Por el contrario, las grandes decisiones parecen presentarse de manera excepcional, cuando la vida y las circunstancias ponen delante de la existencia de una persona unas opciones radicales, fundamentales, que comprometen su identidad por entero.

Otro elemento que hace que la libertad y el ejercicio de la ética sean entendidos como una forma de condena, como un fenómeno que no se puede controlar, es la imposibilidad para el ser humano de adueñarse de las consecuencias de sus actos. Una vez el hombre ha elegido un camino y se ha tomado una determinación, una vez se ha actuado, ese acto desencadena una serie de consecuencias que no se pueden prever, que no se pueden controlar.

Siguiendo el ejemplo anterior, si el chico considera que lo mejor que puede hacer es simular una enfermedad y quedarse en casa, éste será el alcance controlable de su decisión. Puede imaginar que sus padres le creerán y que no sucederá nada; o que sus padres no le creerán y lo llevarán al médico para demostrar que miente; pero el chico no es capaz de saber con exactitud qué es lo que sucederá, qué consecuencias son las que seguirán a su ejercicio de la libertad. Es más, una vez haya realizado el acto, una vez haya decidido simular la enfermedad, la cadena de sucesos que seguirán a su decisión no dependerán ya de él. No podrá hacer nada por controlar todo lo que se seguirá de su elección. Se podría decir que el acto se vuelve independiente una vez es realizado, y que las consecuencias de éste aparecen ante el chico como una forma de condena.

Detalle de Las consecuencias de la guerra, de Petrus Paulus Rubens. La condena de la libertad también apunta al carácter incontrolable de los efectos que se siguen del acto libre. Una vez se toma una determinación, no hay más remedio que asumir las consecuencias incontrolables que se derivan de él.

Es por ello que los actos que se eligen determinan quién es cada cual. Las consecuencias de éstos van más allá del control de la libertad humana, afectando a otras personas y cambiando el curso de la existencia.

De esta manera, la libertad se puede entender como una condena a actuar y como una condena a sufrir las consecuencias de lo que se elige. Si Erich Fromm (1900-1980) afirmaba que el miedo a la libertad, a elegir racional y voluntariamente lo que se quiere es una forma de cobardía; también se puede afirmar que es en realidad el miedo a la vida, ya que el tejido que la compone, ya que aquello que mejor la define es precisamente la libertad, la capacidad para elegir entre varias opciones.

Conclusión

El hombre puede ser definido de muchas maneras. Para muchos pensadores es sobre todo un ser racional; para muchos otros es también un ser social; para algunos psicólogos y filósofos, un ser irracional o instintivo. Sin embargo, por encima de todas estas consideraciones, está el hecho puro de la elección. Al margen de las circunstancias y las teorías, que si bien pueden matizar el alcance de la libertad y en consecuencia de las decisiones y las morales, lo que no pueden hacer es negar en absoluto el hecho de que se elige.

Como señalaba el pensador existencialista Jean-Paul Sartre (1905-1980), esta capacidad para elegir es además lo que constituye la identidad de cada sujeto. A medida que se va eligiendo, a medida que se va decidiendo a través del uso de la libertad, el hombre va diciendo cómo es, qué es, cuánto vale, hasta dónde es capaz de llegar por lo que son sus convicciones.

La libertad es efectivamente una condena en el sentido en que no se puede escapar de ella, de tal manera que la ética es un fenómeno propiamente humano necesario, que no se puede negar. En esta necesidad, en esta libertad, está precisamente todo lo que hace del ser humano un ser especial y único. Esto es así hasta tal punto que se puede afirmar que sin libertad no existiría el hombre; o lo que es lo mismo: que sin la capacidad para elegir libremente entre diversas opciones no existiría la humanidad, no existiría nada de lo que hace tan valiosa la existencia humana.

Análisis de textos

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

Si de estas cosas, y de las virtudes, y de la amistad y del placer, hemos hablado ya suficientemente en términos generales, ¿hemos de creer que el tema que nos habíamos propuesto ha llegado a su fin, o, como suele decirse, cuando se trata de cosas prácticas, el fin no es haberlas considerado todas y conocerlas, sino más bien hacerlas? Entonces tampoco, tratándose de la virtud, basta con conocerla, sino que se ha de procurar tenerla y practicarla, o conseguir cualquier otro medio de llegar a ser buenos. Ciertamente, si los razonamientos bastaran para hacer buenos a los hombres, sería justo, como dice Teognis, que nos reportaran muchos y grandes beneficios, y convendría obtenerlos; pero, de hecho, si bien parece que tienen fuerza suficiente para exhortar y estimular a los jóvenes generosos y para infundir el entusiasmo por la virtud en un carácter noble y verdaderamente amante de la bondad, resultan incapaces de excitar a la bondad y a la nobleza al vulgo, que de un modo natural no obedece por pudor, sino por miedo, ni se aparta de lo que es vil por vergüenza, sino por temor al castigo.

Texto 1. Según Aristóteles, el hombre se determina actuando, no sólo pensando, de tal manera que su ethos, su carácter, depende de sus elecciones.