Las teorías éticas

A lo largo de la historia del pensamiento, los filósofos han tratado de formular una teoría ética fundamental que sea capaz de dar cuenta de todas las dimensiones morales del hombre. Estas teorías no han partido siempre de los mismos presupuestos ni han empleado unos mismos métodos; bien al contrario, han variado sus planteamientos hasta el punto de hacer necesario un estudio de la historia de la ética diferenciando entre éticas formales y materiales; entre éticas de los bienes y de los fines; entre éticas autónomas y heterónomas.

La mejor manera de hacer frente a las teorías éticas que pueblan la historia de la filosofía es incluirlas dentro de alguna de estas categorías, remarcando si hacen depender el actuar humano de sí mismo o de algún otro ser o realidad; señalando si el comportamiento del hombre debe basarse en un conjunto de normas concretas o si por el contrario, debe basarse en una estructura formal que indique la manera correcta a través de la cual se debe llegar a formular reglas y prescripciones.

En cualquier caso, la historia de la ética se presenta para el estudioso del comportamiento humano como un interesante viaje a través de las diversas concepciones que se han hecho del hombre, de su mundo, de su relación con lo divino y de su acción. Esto se debe a que la ética no es una disciplina que actúa al margen de las demás disciplinas filosóficas, sino que por el contrario, fundamenta su forma de entender el actuar humano en la metafísica, la antropología, la sociología o la teología, presentándose de esta manera como el corolario, como la consecuencia práctica de todo el pensamiento filosófico.

Las éticas formales y materiales

Son muchas las distinciones posibles dentro del mundo de la ética y de sus principales teorías, como aquella que concibe una distinción entre la ética de los bienes y la ética de los valores. Sin embargo, desde un punto de vista puramente pedagógico, es preferible distinguir simplemente entre las éticas materiales y las éticas formales, distinción que sirve para recorrer de manera coherente la historia de las principales teorías éticas y sus tipos.

De manera simplificada se puede decir que las éticas materiales, categoría en la que se engloban la mayoría de corrientes éticas a lo largo de la historia, buscan definir cómo debe actuar el hombre de manera explícita, concreta, con leyes, normas y prescripciones. Por tanto, el fin de las éticas denominadas materiales es el de darle un contenido moral al actuar humano.

Las éticas formales, por su parte, se dedican a mostrar cómo deben ser las normas morales para que éstas sean válidas. No tratan tanto de suministrar leyes o normas determinadas como de demostrar cómo deben ser esas normas o leyes para que sean comprensibles o válidas desde un punto de vista ético.

La diferenciación entre las éticas materiales y formales fue introducida por primera vez en el mundo de la filosofía por Immanuel Kant (1724-1804). Según éste, él había sido el primer autor que habría desarrollado una ética formal, mientras que todos los pensadores anteriores se habrían dedicado al desarrollo de éticas materiales. Posteriormente, el pensador alemán Max Scheler (1874-1928) completó y llevó hasta sus últimas consecuencias esta diferenciación entre las éticas materiales y las formales.

Las éticas materiales

Las éticas materiales son aquellas que tratan de darle contenido al comportamiento humano, definiendo de manera explícita y concreta, a través de leyes, normas o prescripciones, cómo debe actuar. Por ejemplo, la ética de Aristóteles (384-322 a.C.), la cual se debe incluir dentro de la categoría de «ética material», dice que el ser humano debe buscar en su actuar la prudencia, el término medio entre las opciones que se le presentan. Se le dice por tanto cómo debe actuar, y no la manera de saber cómo debe comportarse.

La mayoría de las éticas materiales hacen depender la moral de otra instancia o realidad, como puede ser un principio filosófico o un dios. Un ejemplo de ello se halla en el pensamiento cristiano de autores como san Agustín (354-430) o santo Tomás de Aquino (1225-1274), para quienes las leyes que rigen el comportamiento del hombre están basadas en la existencia de Dios; es él quien ordena las leyes y las normas morales que determinan su comportamiento.

Las éticas de los bienes y de los fines. Dentro de las éticas materiales es posible también distinguir entre las éticas de los bienes y las de los fines. Las primeras, las de los bienes, se centran sobre todo en el actuar humano desde un punto de vista práctico, real, de tal forma que lo que interesa saber es qué es lo mejor para el actuar humano atendiendo a lo práctico, a las situaciones concretas.

Un ejemplo de este tipo de ética se halla en la obra de la mayor parte de los pensadores materialistas, para los que no hay que concebir tanto un fin absoluto o ideal como unos bienes inmediatos, basados en las circunstancias.

Tabla 1. Las éticas materiales han coincidido en llenar de contenidos materiales el actuar humano; sin embargo, cada autor ha comprendido el bien o el valor a partir de unos presupuestos diferentes. Así, Aristóteles subrayó la racionalidad; mientras que M. Scheler habló del sentimiento o la intuición de los valores ideales.

La ética de los fines, por su parte, no se dedica tanto a proponer aquellos actos que mejor se adecuan a una situación concreta o práctica como a tratar los fines últimos a los que debe seguir toda acción. Dichos fines últimos pueden ser encarnados por la idea de Dios, hombre o razón. En la ética de Platón, por ejemplo, se concibe un ideal normativo, un máximo bien que debe regular el comportamiento del hombre.

Una ética de los bienes tratará de hacer frente a una situación moral determinada –como robar o no– pensando en lo que es mejor para el ser humano en tanto que tal en una situación concreta, pensando en qué es lo más conveniente de una manera circunstancial. Por el contrario, la ética de los fines derivará qué es lo más lógico de la idea de Dios, de hombre o de razón. Robar es malo para la ética de los fines no porque no sea lo adecuado en una situación concreta, sino porque, en el caso de una moral religiosa, Dios dice que es malo, independientemente de la situación de la que se trate.

Principales éticas materiales

La historia de la filosofía está llena de éticas materiales, ya que se trata de la forma de ética más extendida en el pensamiento occidental. Sin embargo, cabe destacar de manera particular cinco formas de expresión de la ética material, debido a su importancia histórica y a que sirvieron como modelo para otras teorías del comportamiento humano. Estas éticas son la aristotélica, la estoica, la de Epicuro, la de David Hume y la teoría de los valores de Max Scheler.

La ética de Aristóteles

A la hora de tratar el comportamiento humano, el pensador griego partió de la noción de fin. Toda acción debe atender uno, debe buscar, para tener sentido, para ser buena o mala, un fin concreto. Dicho fin u objetivo es el que en realidad define la acción.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que existen numerosos fines (la salud en medicina, la victoria en la estrategia militar, etc.) y no todos ellos han de ser necesariamente buenos. ¿Cómo se sabe pues de la bondad o no de un acto, de un fin? En la ética de Aristóteles, una acción es buena siempre que sirva para alcanzar un objetivo que también es bueno; la bondad de este último vendrá asimismo determinada por los fines ulteriores a los que sirva.

En este punto, el pensador de Estagira se encontró con un problema cuya solución terminó determinando la esencia de su ética: los actos dependen de un fin para que sean buenos o malos; pero los fines también dependen de otros para ser considerados buenos. Podría parecer pues que las estructuras de la moralidad en la ética aristotélica quedan sujetas a una especie de cadena infinita de acciones, bienes y fines enlazados.

Aristóteles lo resolvió definiendo la necesidad de encontrar un fin que sea un fin en sí mismo, que esté por encima de otros de carácter relativo y sirva para darle sentido a todas las acciones. Este fin supremo no es otro que el de la felicidad. Para Aristóteles, la felicidad del ser humano es el fin y el bien que define el sentido de todas las acciones, por lo que el comportamiento humano es bueno siempre y cuando sirva para hacer al hombre más feliz. El actuar humano se basa así en una escala jerarquizada de medios y fines que culmina en la idea de felicidad, idea que no depende de ninguna otra porque se justifica a sí misma. La felicidad es buena en sí, no necesita ninguna clase de justificación externa.

Alegoría de la sabiduría y de la fuerza, de Paolo Veronese. Para Aristóteles, la felicidad es identificable con la sabiduría. El hombre virtuoso es el hombre sabio, que sabe ser prudente y racional.

Ahora bien: ¿qué es lo que hace feliz al ser humano? No se trata de una pregunta sencilla de responder. Se puede creer que existe una felicidad distinta para cada individuo, que dependiendo de lo que cada uno prefiera puede encontrar la felicidad en un fenómeno diferente; Aristóteles, sin embargo, no plantea la felicidad de esta manera, como si se tratase de algo relativo y particular. El pensador de Estagira creía en una naturaleza humana común, idéntica en cada uno de los individuos que componen la humanidad; de lo que deduce que debe existir también una felicidad propia del ser humano en tanto que género, en tanto que ser especial.

De esta forma, Aristóteles dedujo la felicidad humana de su naturaleza. Si lo propio del hombre en tanto que hombre, es pensar o razonar, aquello que le hace feliz es hacer uso de su intelecto. El hombre virtuoso y bueno es, por tanto, aquel que a través del uso de la razón y el control de los instintos sabe distinguir lo bueno de lo malo, que se mueve dentro de la prudencia y elige el término medio, jamás los extremos.

Esta última idea es una de las más célebres dentro de la ética del pensador griego: ser virtuoso es elegir el término medio en lugar de los extremos. Si se puede ser atrevido o cobarde, la mejor opción será la intermedia, no ser ni muy cobarde ni muy atrevido, sino prudente.

La ética de Epicuro el Sabio

De manera muy similar a la aristotélica, la ética epicúrea plantea la prudencia y la razón como elementos fundamentales para alcanzar la felicidad. Sin embargo, Epicuro el Sabio (341-270 a.C.) fue el primer pensador que caracterizó el actuar como algo completamente subjetivo, dependiente del placer y el dolor.

Por ello se puede afirmar que la ética epicúrea es hedonista en esencia, ya que se dedica a buscar al placer y a rechazar el dolor. De esta manera, bueno es todo aquello que procura placer, y malo todo aquello que produce dolor o displacer. Sin embargo, continúa Epicuro, no basta con entregarse al cultivo de todos los placeres que ofrece la vida, ya que a la larga conducen al dolor. Los mejores placeres son los de tipo espiritual, que llevan a la paz interior, a la serenidad del espíritu. Esta actitud epicúrea es conocida como la ataraxia o imperturbabilidad del ánimo, paz anímica.

Lo interesante de esta ética es que el bien, el mal, y en consecuencia el comportamiento correcto, no son definidos a través de ningún fin o realidad externos al propio ser humano. Todo se encuentra ya en su cuerpo y en su forma de vivir. Los actos no son llamados buenos porque sirvan a ninguna moral, sino porque procuran placer.

Venus, Cupido y el Tiempo (alegoría de la lujuria), de Agnolo Bronzino. El hedonismo de Epicuro reconoce que la moral debe basarse en la búsqueda del placer pero, lejos de entregarse al desenfreno, de lo que se trata es de buscar los placeres que no causan dolor o perjuicio, como los intelectuales.

Muchas corrientes quisieron ver en el hedonismo de Epicuro el Sabio la coartada para hacer lo que les pareciese oportuno, convirtiendo la libertad en mero libertinaje. Sin embargo, comprendido en toda su dimensión, la ética epicúrea habla más bien de la contención de los instintos y de la búsqueda de la prudencia y el placer intelectual, completamente alejado de los meros placeres corporales.

La ética de los estoicos

El estoicismo, por su parte, también se dedicó a buscar el bien entendido como la negación del dolor a partir de la naturaleza racional del hombre. De esta forma, si el ser humano es ante todo un animal racional, la bondad o la maldad de sus actos debe venir dictada por la razón.

Aunque esto no hacía sino reafirmar las nociones ya expuestas por otros filósofos griegos, los estoicos (Zenón de Citio, Cicerón, Séneca el Joven, etc.) introdujeron una importante innovación en el plano moral. Si Epicuro hablaba de la ataraxia y de la contención de los impulsos para evitar el dolor, los estoicos llegaron aún más lejos, y propusieron la negación de los deseos y de todo aquello que pudiese perturbar la paz del espíritu.

Esta postura ética tuvo tal relevancia y se volvió tan célebre que de los autores estoicos se terminó derivando un adjetivo, el de estoico, empleado usualmente para hacer referencia a las personas que son capaces de aguantar los padecimientos y las presiones sin mostrar dolor alguno.

Estudiante con sus libros, de Gerbrand van den Eeckhout. Para los estoicos, a través del estudio y el esfuerzo intelectual se debe llegar a la contención de los impulsos y las emociones, que evita el sufrimiento. La moral pues debe basarse en la supresión del dolor.

La ética de las emociones de David Hume

El pensador inglés David Hume (1711-1776) introdujo una importante innovación en la ética moderna. Si a partir de las aportaciones de Aristóteles se le concedió a la razón un papel protagonista dentro de las estructuras morales, con Hume apareció con fuerza un nuevo factor, los sentimientos, que pasaron a ocupar un papel más relevante.

Para Hume, los conceptos de bien y de mal no son racionales, no se pueden determinar pensando, es decir, por medio de la razón, sino que al contrario, son los sentimientos los que dicen qué es lo bueno y qué es lo malo. Éstos, además, no son algo egoísta y singular, algo que se dé de manera diferente en cada hombre, sino que se trata más bien de una facultad o un fenómeno universal en todo ser humano, de tal forma que es posible que lo que sea bueno para uno lo sea también para todos.

Un ejemplo de esto último es el sentimiento de benevolencia. Para el pensador escéptico inglés no se trata de un fenómeno moral que resulte del uso de la razón, sino de un sentimiento que nace de manera natural en todos los hombres, de forma espontánea.

En este contexto, la razón queda relegada a un segundo plano desde un punto de vista moral, lo que no quiere decir que no posea también su propio papel. Al fin y al cabo, ésta es la que se encarga de establecer qué es lo bueno y qué es lo malo desde un punto de vista utilitario, debe de determinar cuáles son los medios para alcanzar unos fines, ya que su función es la de calcular.

La ética de los valores de Max Scheler

La obra de Max Scheler (1874-1928) es sin duda una de las aportaciones más originales y profundas que nunca se ha dado en el campo de la ética. A medio camino entre las teorías de Immanuel Kant (1724-1804), las críticas de Friedrich Nietzsche (1844-1900) y los estudios de la percepción de Edmund Husserl (1859-1938), Scheler plantea una ética de los valores en la que éstos son concebidos como realidades ideales, que están por encima de los seres concretos y que no dependen tanto de la razón como del sentimiento.

Kant había reprochado a las éticas materiales el hecho de que funcionasen a posteriori, que no partiesen de unos principios básicos sino de unos hechos o unas realidades ya existentes. Scheler quiso demostrar con su ética de los valores cómo era posible hacer una ética material que tuviese unos fundamentos formales fuertes.

Max Scheler estableció la existencia ideal de los valores. El valor del actuar humano no depende de cada sujeto o de cada época, sino que son eternos e invariables; lo bueno y lo malo lo son siempre y en todos los lugares.

Dentro del pensamiento cristiano de M. Scheler, la esencia y jerarquía de los valores es invariable ya que no dependen de nuestras preferencias. A la izquierda se encuentran los valores espirituales y, especialmente, aquéllos referidos a lo sagrado y lo profano; a la derecha, los materiales o terrenales.

Lo que sí varía es la interpretación que cada sujeto hace de esos valores ideales. Los valores hay que captarlos, y no a través de la razón, como decía Kant, sino a través de la intuición emocional. Esto supuso una verdadera innovación, a pesar de que en cierto sentido se estuviese siguiendo a David Hume: el hombre, a través de sus sentimientos, capta los valores universales y los interpreta, adecuándolos a sus circunstancias concretas. En principio, todos los hombres pueden captar todos los valores; sin embargo, es necesario previamente educar la sensibilidad del individuo para que pueda llevar a cabo tal tarea.

Por otra parte, Max Scheler estableció una jerarquía de los valores, distinguiendo los más importantes de los menos relevantes. En función de esta escala, Scheler señaló los valores utilitarios como los menos determinantes y los valores religiosos como los más definitivos.

La ética formal de Immanuel Kant

Frente a las éticas que proponen unos fines concretos, así como unos valores o unas normas determinadas, las éticas formales se caracterizan porque pretenden dar con las estructuras que componen el fenómeno moral, analizando la manera en la que el deber actúa sobre el sujeto racional. A partir de la obra de Immanuel Kant, en pleno siglo xviii, las éticas formales comenzaron a tener cierto éxito en el mundo del pensamiento para, con el paso del tiempo, terminarse en convertir en las más relevantes dentro del mundo de la ética.

Cupido y Psyche, de Jacques-Louis David, en el que se expresa la comunión del pensamiento y el amor. El amor o los instintos suponen la confusión de las facultades que posibilitan la autonomía de la moral. Para el pensamiento kantiano, dejarse llevar por los sentimientos conduce a la heteronomía.

Autonomía frente a heteronomía. Al igual que sucedía en el plano del conocimiento y de la metafísica, Kant pretendía alcanzar dentro de la ética la libertad más absoluta para la razón humana. El filósofo consideraba que las éticas materiales no eran libres, que eran heterónomas, ya que los fines y los valores planteados dependían de otras realidades que estaban más allá del hombre, como era el caso de Dios o el Estado.

Tabla 2. La ética kantiana se basa en la autonomía. Para que una ley moral sea tal, debe ser autónoma, no debe depender de ninguna realidad salvo de sí misma, de su consistencia racional.

En contra de esto, Kant proponía hacer depender lo bueno y lo malo exclusivamente de la racionalidad; con ello se conseguiría que la ética se convirtiese en una instancia absolutamente libre. Para llevar a cabo este proyecto, había que olvidar las éticas de los fines y de los valores, había que dejar de buscar fines a los actos porque esto supondría buscar más allá del hombre, las leyes y los deberes.

Deber ser. Kant parte para la formulación de su ética del fenómeno moral para él más elemental, más evidente: existe un deber ser. En todo acto moral, el hombre se mueve por una ley que aparece en su conciencia, por algo que le dice cómo deben ser las cosas, impulsándolo a actuar. Este deber ser se diferencia de las inclinaciones irracionales en que permite ser cuestionado. Los instintos y las tendencias no parten de la libertad ni de la voluntad; bien al contrario se mueven en lo involuntario y en lo necesario, por lo que no pueden formar parte de un fenómeno moral.

El principio categórico. Dicho deber ser aparece en la conciencia y es fruto de la libertad y de la voluntad. Ahora bien, ¿cómo saber si ese deber ser es el adecuado, el correcto? La respuesta se encuentra en lo que el pensador alemán convino en llamar el principio categórico.

Según este principio, para que un deber ser sea válido, tiene que aparecer ante la razón de tal manera que el sujeto moral pueda desear que todos los seres humanos adopten la misma determinación que él. Por lo tanto, para el filósofo alemán, la respuesta a la validez de las leyes morales se encuentra en la universalidad.

Kant lo explica de la siguiente manera: «Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal». Cuando se desea que todo el mundo actúe según las leyes que aparecen en la conciencia particular de un sujeto racional, lo que se está haciendo es plantear la validez de la ley en absoluto, ya que nadie querría que una ley que fuese en algún sentido perjudicial para el hombre se convirtiese en una norma.

Kant distingue entre dos tipos de principios, el categórico, que sirve para crear máximas universales que afectan a la humanidad («no matarás») y el hipotético, que sirve para tomar las decisiones cotidianas y no transcendentales. En las imágenes, El asesinato de Abel, de Michiel van Coxcie y San Jerónimo leyendo en el campo, de Giovanni Bellini.

Kant distingue entre dos tipos de principios, el categórico, que sirve para crear máximas universales que afectan a la humanidad («no matarás») y el hipotético, que sirve para tomar las decisiones cotidianas y no transcendentales. En las imágenes, El asesinato de Abel, de Michiel van Coxcie y San Jerónimo leyendo en el campo, de Giovanni Bellini.

Por ejemplo, si en la mente apareciese un deber ser que quisiese hacer del robo una ley moral, al intentar convertirla en una ley universal, en algo que tuviesen que hacer todos los hombres, enseguida demostraría que es una falsa ley, ya que nadie querría que le robasen a él mismo. Al imaginar en los demás los propios actos se descubre hasta qué punto son buenos esos actos.

El principio hipotético. Sin embargo, hay que tener presente que el principio categórico es útil sobre todo para establecer máximas. Sin embargo, estas leyes de gran valor no siempre se pueden aplicar, ya que la vida ordinaria está llena de asuntos pequeños que no comprometen la existencia ni la identidad de nadie. No es lo mismo plantearse el sentido del asesinato que plantearse qué estudiar. El primer asunto requiere de una ley universal, mientras que el segundo es un asunto relativo, particular.

Para este tipo de realidades, Immanuel Kant plantea el principio hipotético, que consiste en considerar los fines buenos y los medios adecuados para alcanzarlos. Se trata en definitiva de una estructura muy similar a la que trataron anteriormente las éticas materiales.

En cualquier caso, lo realmente importante en la obra de Kant es que éste consigue hacer una ética completamente autónoma, independiente, racional y libre. Como era propio de su tiempo ilustrado, de lo que se trataba era de hacer del hombre un mundo autónomo y rico que fuese capaz de hacer frente a lo material, a la naturaleza, a lo no libre, a través del uso de la razón.

La importancia de este planteamiento kantiano es muy grande. A partir de la formulación del principio categórico no existe prácticamente ninguna teoría ética que no haga referencia al pensamiento del filósofo alemán, bien sea para continuarlo, bien sea para criticarlo. Así, hay quienes vieron en el formalismo kantiano un exceso de confianza en la razón que permitía que cada sujeto o cada cultura llenase con las leyes que creyese oportunas su vida, utilizando su idea de razón como una coartada. Bastaba con decir que algo era racional para derivar de ese algo una norma o una conducta adecuada.

Por el contrario, otros autores entendieron que en el formalismo kantiano se encontraba la mejor vía para hacer frente al número infinito de situaciones relativas que llenan la existencia humana. Destacan en este sentido las teorías de Karl Otto Apel (nacido en 1922) y de Jürgen Habermas (nacido en 1929), quienes introdujeron en la ética kantiana nuevos matices, como el del diálogo y el consenso democrático.

Análisis de textos

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

La etimología de la palabra sabiduría, análoga a la de prudencia en la lengua griega, prueba claramente que entendemos por esta palabra la prudencia, la cual salva en cierta manera a los hombres. Ella es en efecto la que salva y sostiene nuestros juicios en este género. Y así, el placer y el dolor no destruyen ni trastornan todas las concepciones de nuestra inteligencia […] pero turban nuestros juicios en lo referente a la acción moral. El principio de la acción moral, cualquiera que ella sea, es siempre la causa final en cuya vista nos determinamos a obrar. Pero este principio no aparece inmediatamente al juicio, cuando el placer y el dolor lo han alterado y corrompido; el espíritu no ve entonces que es un deber aplicar este principio, y arreglar según él su conducta entera y todos sus deseos; porque el vicio destruye en nosotros el principio moral activo. Es necesario reconocer que la prudencia es esta cualidad que, guiada por la verdad y por la razón, determina nuestra conducta con respecto a las cosas que pueden ser buenas para el hombre.

Texto 1. La ética aristotélica puede calificarse de material, dado que afirma cómo debe actuar el ser humano (con prudencia), pero no cómo puede llegar a saber cómo comportarse.

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

[…] el bien aparece muy diferente según los diferentes géneros de actividad y según las diferentes artes. Es uno en la medicina, otro en la estrategia; y lo mismo sucede en todas las artes sin distinción. ¿Y qué es el bien en cada una de ellas? ¿No es la cosa, en cuya vista se hace todo lo demás? En la medicina por ejemplo, es la salud; en la estrategia es la victoria; como es la casa en el arte de la arquitectura, y como es cualquier otro objeto en cualquier otro arte. Pero en toda acción, en toda determinación moral, el bien es el fin mismo que se busca, y siempre, en vista de este fin, se hace constantemente todo lo demás.

[…]

Como, a lo que parece, hay muchos fines, y podemos buscar algunos en vista de otros: por ejemplo, la riqueza, la música, el arte de la flauta y, en general, todos estos fines que pueden llamarse instrumentos, es evidente que todos estos fines indistintamente no son perfectos y definitivos por sí mismos. Pero el bien supremo debe ser una cosa perfecta y definitiva. Por consiguiente, si existe una sola y única cosa que sea definitiva y perfecta, precisamente es el bien que buscamos; y si hay muchas cosas de este género, la más definitiva entre ellas será el bien. […] lo perfecto, lo definitivo, lo completo, es lo que es eternamente apetecible en sí, y que no lo es jamás en vista de un objeto distinto que él. He aquí precisamente el carácter que parece tener la felicidad.

Texto 2. Para Aristóteles, toda acción debe estar encaminada a obtener un último fin: la felicidad.

Immanuel Kant: –Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Pues bien; todos los imperativos mandan, ya hipotética, ya categóricamente. Aquéllos representan la necesidad práctica de una acción posible, como medio de conseguir otra cosa que se quiere (o que es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representase una acción por sí misma, sin referencia a ningún otro fin, como objetivamente necesaria Toda ley práctica representa una acción posible como buena y, por tanto, como necesaria para un sujeto capaz de determinarse prácticamente por la razón. Resulta, pues, que todos los imperativos son fórmulas de la determinación de la acción, que es necesaria según el principio de una voluntad buena en algún modo. Ahora bien; si la acción es buena sólo como medio para alguna otra cosa, entonces es el imperativo hipotético; pero si la acción es representada como buena en sí; esto es, como necesaria en una voluntad conforme en sí con la razón, como un principio de tal voluntad, entonces es el imperativo categórico.

Texto 3. La ética kantiana culmina con la formulación de dos principios que sirven para identificar la validez de las leyes morales. El principio hipotético hace referencia a las acciones relativas a fines concretos mientras que el categórico sirve para demostrar la validez universal, no circunstancial, de la acción.