Facultades del conocimiento. Sensación y percepción

Una de las características más importantes de la filosofía consiste en su capacidad para volver sobre sí misma con el fin de determinar la validez de las verdades que propone. De esta forma, es habitual leer en la obra de los filósofos más notorios que pensar es reflexionar, volver sobre lo ya pensado con el fin de obtener una conciencia más certera de ello. Esto lleva a la filosofía a replantearse continuamente cómo se llega a un conocimiento «verdadero».

Sin embargo, como la filosofía se basa en el pensamiento en tanto que facultad universal, como parte esencial de la naturaleza humana, lo que se analiza no es tanto cómo piensa o se acerca a la realidad éste o aquél filósofo sino la manera en la que razona el hombre mismo, cómo el ser humano conoce el mundo que le rodea. De esta forma, cuando se legitima a sí misma en tanto que ciencia del conocimiento también legitima al hombre y a las demás ciencias particulares. Por contra, cada vez que estudia la manera en la que una ciencia determinada se relaciona con su objeto de estudio intenta comprender también cómo considera ella misma, la filosofía, la realidad.

Por otra parte, es necesario tener presente que desde Aristóteles (384-322 a.C.), la filosofía se ha llamado a sí misma «ciencia primera»; es decir: la ciencia que es previa a las demás y que tiene como fin cohesionar el resultado de todas ellas, así como legitimar su funcionamiento.

El descubrimiento de la refracción de la luz de Isaac Newton, por Pelagio Pelagi. Si la física se concentra en el estudio de unos objetos físicos determinados, la epistemología o gnoseología analiza el conocimiento desde un punto de vista general y universal, la propia labor científica.

En este contexto, la teoría del conocimiento se ha movido habitualmente entre dos polos o dos fenómenos: el de lo puramente racional, que viene determinado por las facultades puras del conocimiento; y el de lo sensible, el de la sensación, que constituye el polo de la experiencia, de los datos que se obtienen del mundo cuando éste es percibido. La historia del pensamiento es en este sentido una larga lucha entre dos extremos que hacen posible la facultad de conocer.

La teoría del conocimiento

La teoría del conocimiento, también conocida como epistemología o gnoseología, consiste en el estudio de las posibilidades dentro de las cuales se puede obtener el conocimiento de un objeto cualquiera. En este sentido, también se puede entender la epistemología como el estudio del estudio o el conocimiento del conocimiento.

Por ejemplo, si la física moderna llegó, gracias a Nicolás Copérnico, Galileo Galilei o Isaac Newton, al descubrimiento de una serie de verdades físicas, la teoría del conocimiento de la época se dedicó a estudiar la validez de esos estudios, intentando derivar de ellos una teoría general que explicase la manera en la que opera el conocimiento humano.

En cualquier caso, como señaló Aristóteles en sus obras, el conocimiento, y en consecuencia, su estudio, se basa en la existencia de dos extremos que se ponen en relación, una facultad, que es la que conoce, y un objeto, que es lo conocido. La mayor parte de la historia de la epistemología no es sino una variación en torno a la manera en la que se relacionan ambos extremos.

La identidad entre el sujeto y el objeto

La teoría del conocimiento se desarrolló de manera paralela al pensamiento de los primeros grandes filósofos griegos, algo del todo lógico si se tiene en cuenta que la filosofía no puede plantearse el conocimiento de ninguna clase de objeto si antes no está segura de sí misma, de sus métodos y de sus conceptos.

Retrato de un erudito, de Domenico Fetti. Desde el origen del pensamiento, la teoría del conocimiento ha reconocido la existencia de dos extremos que posibilitan cualquier forma de saber: unas facultades que permiten al sujeto conocer, y un objeto que es conocido.

Lo más característico de la primera epistemología fue la identificación de la naturaleza del conocimiento con la naturaleza de los objetos del mismo. Para los filósofos griegos, si se conocía algo que era perfecto, su conocimiento también debía ser perfecto; mientras que si se conocía algo que no era sino difuso, su conocimiento también lo sería. Empédocles (482-430 a.C.) lo expresó a la perfección en una de sus frases más célebres: «Lo semejante conoce a lo semejante»

Esto implica que conocer es similar a crear una imagen de lo ya existente, idea que ya era mantenida por los presocráticos como el propio Empédocles, Heráclito o Anaxágoras, y que luego fue consolidada por el pensamiento de Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles. Para este último, el conocimiento era semejante al objeto conocido, ya que, como posteriormente afirmó Plotino (205-270): «El conocimiento se tiene cuando la parte del alma con la que se conoce se unifica y se hace una sola con el objeto conocido».

En esta concepción antigua del conocer se comprende que las facultades del conocimiento no se limitan solamente a considerar las cosas, sino que las asimilan hasta poseerlas, hasta identificarse con ellas, lo que supone que no se las conoce por sus accidentes o por apariencias, sino por su naturaleza.

La oposición entre el sujeto y el objeto

Sin embargo, lo más habitual en la teoría del conocimiento es establecer una distancia entre las facultades que conocen, que se encuentran en el sujeto, y la cosa que se quiere conocer, el objeto. Después de que los griegos identificasen ambos extremos, la modernidad abrió una brecha que puso en duda la validez de las sensaciones para establecer una teoría del conocimiento.

Empédocles, de Luca Signorelli. Para Empédocles y otros muchos pensadores antiguos, el conocimiento se establecía entre un sujeto y un objeto que mantienen una relación de identidad. El alma asimila y aprehende el objeto como fenómeno igual a su esencia.

En la obra de René Descartes (1596-1650) se puede observar, por ejemplo, cómo a través de su duda metódica, la conciencia y la razón son concebidas al margen de los objetos físicos, de tal forma que se genera una escisión casi irreparable entre aquellos datos que proceden de los sentidos y aquellas verdades que se pueden descubrir en la intimidad de la conciencia. De esta forma, el dualismo cartesiano acentúa la distancia entre la sensación de los objetos y su conocimiento.

Si el pensamiento griego identificó sujeto y objeto, la modernidad los separó dando lugar a dos realidades opuestas que se relacionan de forma problemática.

La sensación

La epistemología suele distinguir dos polos, de los que resulta el conocimiento. De un lado se encuentran las cosas, de las que el hombre puede hacer ciencia gracias a los datos sensibles que obtiene de ellos, gracias a la sensación. Del otro se encuentra la facultad del conocimiento, la mente que se enfrenta al objeto y lo transforma hasta comprenderlo y utilizarlo.

Como el pensamiento antiguo no establecía una diferenciación tan tajante entre las facultades cognoscitivas y los objetos reales que se tratan de conocer, el concepto de sensación no tuvo un desarrollo tan complejo como en la modernidad, y era identificado con el de percepción.

Platón, por ejemplo, creía que la sensación era aquello que procedía de los objetos y era asimilable sin más por el alma mientras que Aristóteles llamaba sensibilidad a las cualidades sensibles de los objetos percibidos, de tal modo que, por ejemplo, lo sensible dentro de un objeto blanco es su extensión o su color blanco. Para ambos, por tanto, la sensibilidad dependía intrínsicamente del objeto.

Destaca de esta caracterización de la sensibilidad que no se considera que existan unas diferencias ostensibles entre las cualidades sensibles de una cosa y su verdad o su esencia, de tal forma que lo que se percibe es efectivamente el objeto en tanto que tal. El pensador de Estagira llamaba a esta sensación «sentido común», aunque también empleó el concepto para hacer referencia a los sentidos.

Esta manera de comprender la sensibilidad se mantuvo durante muchos siglos, y a pesar de que fue objeto de un gran número de estudios, nunca puso en entredicho la fiabilidad de la sensación dirigida por la razón. Sólo a partir del desarrollo de la primera modernidad en los siglos xv y xvi, el concepto de sensación se llenó de nuevos matices problemáticos y fue enfrentado al de percepción.

La sensación en la modernidad

Según René Descartes, la sensación consiste en «los movimientos que salen de las cosas»; y no en la comprensión o la atención de la cosa misma, que es la percepción. Posteriormente, John Locke (1632-1704) incidió en esta diferencia, señalando que la sensación era la idea simple, el dato básico en el que se basan la percepción y el conocimiento.

Immanuel Kant (1724-1804), por su parte, estableció que lo sensible era lo real, en el sentido en que constituía aquello que se puede obtener del objeto cuando éste es percibido.

Sin embargo, otros autores modernos dieron a la sensación una relevancia aún mayor, y afirmaron, con Thomas Hobbes (1588-1679), que ésta no era sino el efecto que tenían las cosas sobre los sentidos, y que eran la única realidad completamente objetiva a la que el hombre podía tener acceso. Así lo afirmaba el propio Hobbes en su Leviatán:

  • «Las sensaciones no son otra cosa que fantasía original, causada por los movimientos de las cosas externas sobre nuestros órganos».

Según esta última teoría, las sensaciones estimulan en las facultades humanas el conocimiento de las causas que se hallan detrás de los fenómenos reales.

George Berkeley (1685-1753) fue aún más lejos y mantuvo que era Dios el que había dispuesto que los objetos afectasen sensorialmente a los hombres para hablarles.

La percepción

El concepto de percepción tiene su origen en la obra de los primeros pensadores griegos, aunque siempre dentro de los márgenes establecidos por la sensación. Según los estoicos, la percepción consiste en la acción cognoscitiva por la que se aprehende un objeto real cualquiera.

Cicerón (106-43 a.C.) la llamó perceptio, y habló de ella haciendo referencia a la representación de los objetos reales. Posteriormente, san Agustín (354-430) y la escolástica heredaron todos estos sentidos.

Sin embargo, a partir de la modernidad, el término fue desarrollado espectacularmente y se llenó de nuevos matices que determinaron el ulterior progreso de la teoría del conocimiento.

La percepción según René Descartes

Descartes, heredero en gran medida de toda la tradición escolástica y aristotélica, hizo una de las distinciones más definitivas dentro de la gnoseología: la distinción entre la sensación y la percepción. Para el pensador francés, una cosa son los sonidos que se obtienen de un objeto o el color que se aprecia en una cosa y otra la percepción del objeto mismo.

Para este filósofo, cuando se cree percibir un objeto, lo que se está haciendo es derivar su existencia de las sensaciones que se tienen de él. De ahí que cuando se escucha el sonido de una campana, se crea estar escuchando a la campana misma. Se toma la sensación por el objeto o, lo que es lo mismo, de la sensación se deriva un objeto que la produce. Según el propio Descartes:

  • «Las percepciones las referimos a las cosas que suponemos que son sus causas, de modo tal que creemos ver la antorcha y oír la campana, cuando en cambio sentimos sólo los movimientos que resultan de ellas».

De la percepción de un objeto, sólo la sensación, que es el movimiento de éste, pertenece propiamente a la cosa. El hecho de identificar la sensación con ésta es un acto de la inteligencia, un acto que se da de manera unánime con la percepción.

El concepto de percepción fue desarrollado por René Descartes, quien estableció que el objeto del conocimiento es deducido de las sensaciones por las facultades del sujeto. Nunca se percibe el objeto, sino que se deduce su existencia de la percepción de las sensaciones procedentes de éste.

Otros filósofos continuaron por esta misma senda, definiendo que tal identificación tenía lugar gracias a las leyes del intelecto. El británico John Locke, por ejemplo, afirmó que la sensación sólo era la unidad elemental que el intelecto otorga por vía de la ley de causalidad al objeto mismo. Immanuel Kant, en la misma línea, decía que el conocimiento era el resultado de una sensación procedente de la cosa misma y una serie de estructuras y leyes, como la de la ley de causalidad, que residen en las facultades del conocimiento, en el intelecto mismo del hombre, y no en las cosas reales.

La percepción según el idealismo

De la teoría de la percepción de Descartes se seguía una verdad que estimuló la mayor parte de las teorías idealistas: el sujeto, gracias a su intelecto, sugiere en gran medida el aspecto del objeto, lo recrea en cierto sentido a partir de unas sencillas sensaciones.

Como no podía de ser de otra forma, J. G. Fichte (1762-1814) primero y, sobre todo, Georg W. F. Hegel (1770-1831) después, fueron más allá y hablaron de la creación del objeto a partir de la percepción. Según este último, lo racional es real, lo que quiere decir que cuando se percibe un objeto éste se crea gracias a las facultades humanas. Así, continúa Hegel, las cosas son percibidas a partir de la propia cultura y de la propia idea; el mundo de los objetos y de las sensaciones se llena de sentidos e ideas que transforman e idealizan la realidad.

Los herederos del idealismo hegeliano, como Franz Brentano (1838-1917) o Edmund Husserl (1859-1938), reforzaron este concepto y afirmaron que el objeto era constituido por la acción creadora de la percepción. Cuando el sujeto oía el repiqueteo de la campana, no percibía el objeto en sí sino que su percepción lo «recreaba» y le daba una forma idealizada y lo ponía en contexto.

Este tipo de pensamiento es fácil de comprobar en el mundo de las artes. Algunos de los grandes creadores de la pintura, especialmente los pioneros en algunos estilos y corrientes, han sido incomprendidos por sus coetáneos; éstos, al ver los cuadros, no podían armonizar lo que veían con su idea de la pintura, con su idea de cómo debía ser un cuadro, de qué debía pintarse. Sólo posteriormente, cuando las ideas preconcebidas se ven asaltadas por la generalización de las nuevas formas, los nuevos colores, el sujeto, en este caso el observador, percibe el cuadro de otra forma.

Por esta razón, como afirman los idealistas, al percibir algo, es traducido por la época en la que se vive, por un gran número de ideas y detalles subjetivos que no se encuentran en el cuadro mismo, sino en la mirada condicionada del espectador.

La percepción según Henri Bergson

Aunque en la misma línea que el idealismo y la fenomenología, el pensador francés Henri Bergson (1859-1941) profundizó aún más el carácter espiritual y vital del acto cognitivo, formulando el concepto de percepción pura. Según el premio Nobel francés, el objeto percibido no es creado sino delimitado. Dependiendo de las expectativas y las posibilidades de una persona concreta, la percepción elige aquellas imágenes que son útiles para el desarrollo de la vida, desechando las que no resultan adecuadas. Desde este punto de vista, la percepción responde a un interés vital, y la inteligencia, de una manera completamente espontánea, perfila los objetos y los jerarquiza a través del acto perceptivo.

La importancia del contexto cultural en la comprensión del objeto se puede entender a partir de la interpretación de un cuadro cualquiera, como éste de Giuseppe Arcimboldo titulado Agua. En el siglo XVI fue comprendido como una obra extraña y misteriosa, mientras que a partir del siglo XX se convirtió en un antecedente brillante del surrealismo francés, adquiriendo nuevos significados y propiedades.

En definitiva, para la filosofía moderna la percepción consiste en la aprehensión de un objeto cualquiera a través de la conjunción de dos elementos básicos: unos estímulos o sensaciones, y una facultad que transforma los objetos en virtud de los intereses o las necesidades del sujeto.

La percepción según la psicología moderna

Las teorías de la percepción que siguieron el estímulo cartesiano sirvieron en gran medida para prefigurar la que fue la visión psicológica de la misma, aunque ésta negase al final los presupuestos elementales de la filosofía moderna.

En líneas generales, la psicología moderna considera que la percepción consiste en la suma de todos los significados que se generan alrededor de un estímulo determinado. Por tanto, percibir no es tanto dejarse impresionar por unas sensaciones, como generar un objeto subjetivo, en la conciencia, a partir de unos estímulos que vienen acompañados de unos sentidos, unos significados o unos valores.

Por ejemplo, cuando se percibe un coche concreto, con sus colores, su marca, su estética, etc., no se obtiene únicamente una visión objetiva de una cosa con cuatro ruedas y una carrocería. La percepción subjetiva reviste al coche de una serie de propiedades e ideas que no se hallan en el objeto mismo, sino en la mente de la persona que lo observa. Así, el coche puede resultar seguro, puede sugerir riqueza, belleza, fortaleza, velocidad, etcétera.

La percepción según la Gestalt. La Gestalt es una escuela psicológica que se dedica al estudio de la percepción. Se hizo llamar psicología de la forma, y sus conclusiones pusieron en entredicho las verdades más elementales creadas en torno a la percepción en el pensamiento moderno y contemporáneo.

Según autores como Max Wertheimer (1880-1943) o Kurt Koffka (1886-1941), el error de las teorías de la percepción clásicas se encuentra en dos falsos supuestos, que han condicionado de principio a fin la teoría del conocimiento.

En primer lugar, no existen datos sensibles simples o aislados que se puedan reconocer al margen del objeto percibido, tal y como sostenía Locke. En segundo lugar, tampoco existe un objeto aislado del que procedan las sensaciones.

Según la psicología de la forma, lo que existe es un objeto intuido, a partir del cual se derivan las partes. Los distintos elementos que componen un objeto no son sumados para dar lugar a éste, sino que es el objeto el que agrupa las partes dándoles un sentido.

En consecuencia, ni se puede percibir un objeto aislado ni se puede hablar de una sensación simple al margen de la propia percepción unitaria de las cosas. Dicho de otra forma: lo que se percibe primero es el todo, que congrega a las partes, y éstas se definen en virtud de la coherencia o la simetría.

La predisposición perceptiva. Otras corrientes psicológicas modernas han insistido sin embargo en otro fenómeno que determina por completo la percepción humana. Se trata de la predisposición, del hecho de estar preparado para articular una percepción u otra.

Cada persona, según su vida y sus circunstancias, está preparada para recibir un determinado tipo de impresiones. Posee ya una educación perceptiva que le dice qué es lo que puede esperar a nivel gnoseológico. De esta forma, cuando se recibe la impresión que se espera, la percepción de lo que sucede es completamente nítida y plena, se produce un conocimiento exhaustivo de los objetos. Por el contrario, si se percibe algo para lo que no se está preparado, el conocimiento del objeto es mucho más débil y difuso. En consecuencia, la predisposición perceptiva implica que los objetos del conocimiento ya se encuentran prefigurados en la mente de la persona, que ya sabe algo de ellos, y las nuevas experiencias sólo modifican levemente lo ya sabido.

La publicidad hace uso de las teorías psicológicas modernas en torno a la percepción y parte de la idea de que hay que llenar de sentidos atractivos el objeto que se vende. Un coche, por ejemplo, siempre aparece adornado por atributos que no se hallan en el objeto mismo, sino en la imaginación del espectador. En la fotografía, anuncio de los años cincuenta en el que se intenta vender un nuevo modelo de automóvil apelando al refinamiento de sus formas y la envidia de los vecinos.

Según autores como Gordon Willard Allport (1897-1967), se percibe a partir de la preparación que tiene el sujeto que percibe. Por ejemplo, si un escritor lee una revista y advierte que en una página hay un artículo sobre un libro que le gusta, la percepción de ese artículo será plena, ya que estaba preparado para percibirlo; sin embargo, si una persona a la que no le gusta la literatura percibe ese mismo artículo, lo hará de una forma difusa. La atención, en este sentido, está dirigida y prefigurada por la cultura y el carácter de cada sujeto, que está plenamente determinado por la sociedad y el mundo en el que vive.

Por ello, no es de extrañar que haya cosas que no se saben percibir. Los esquimales, por ejemplo, acostumbrados a vivir en la nieve, a la que deben gran parte de su vida, son capaces de distinguir tonalidades blancas que un occidental jamás sería capaz de percibir. Se podría decir que esos colores ni siquiera existen para una persona que vive en Colombia; pero no existen no porque no se den en la realidad, sino porque no está preparado para percibirlos.

Según la Gestalt, la percepción nunca se debe a unos datos sensibles aislados ni a un objeto abstracto que se pueda considerar al margen de su sentido. Siempre se percibe de manera global, y son las partes las que se integran en el todo. En la imagen, dibujo típico de la Gestalt: las partes pueden ser compuestas en la mente para formar una mujer joven o una anciana.

En este aspecto, las teorías psicológicas modernas no se diferencian gran cosa de las propuestas de Henri Bergson o Edmund Husserl, quienes afirmaban que el sujeto recrea los objetos a partir de sus necesidades vitales o que del todo, de la idea, se derivan las partes, tal y como sostiene la Gestalt.

Las facultades del conocimiento

Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, se puede afirmar que la teoría del conocimiento parte de la existencia de unas facultades y una experiencia de aquellos objetos que se pretenden conocer, bien sea acentuando el momento de la sensación, bien sea incluyendo todo el proceso cognoscitivo dentro de un solo acto, conocido como percepción. Ahora bien, ¿cuáles son dichas facultades?

Las facultades del conocimiento en la antigüedad

Desde los orígenes del pensamiento en la antigüedad griega ya se concebía la existencia de una serie de facultades humanas separables, clasificables y jerarquizables.

Platón y Aristóteles buscaron jerarquizar las facultades: mientras el primero analizó las propias de los humanos, el segundo las generalizó para todos los seres vivos, especificando que la intelectiva, la cual permite el conocimiento, era característica del ser humano.

Platón, por ejemplo, decía que las facultades eran los poderes del alma, y que según su naturaleza y su función podían dividirse en tres grupos:

  1. Los poderes racionales, que se encargan de razonar, conocer o dominar los impulsos del cuerpo.

  2. Los poderes irracionales o concupiscibles, que son los que residen en el cuerpo en forma de impulsos.

  3. Los poderes irascibles, que son aquellos que estimulan el ánimo y ayudan a que el hombre luche por la consecución de la verdad y de aquello que considera justo.

Aristóteles mientras tanto distinguió tres facultades o partes:

  1. La vegetativa, que es la propia de los seres vivientes y posibilita la vida y la reproducción.

  2. La sensitiva, que es la que propicia el movimiento de los animales.

  3. La intelectiva, que es la propia del hombre y le sirve para razonar y conocer.

Tanto en el caso de Platón como en el de Aristóteles, el conocimiento viene posibilitado y garantizado por las facultades racionales o intelectivas, que poseen un sentido y un origen casi divino, y enlaza al sujeto cognoscente con el mundo de las ideas o el mundo de la formas.

Las facultades del conocimiento en la Edad Media

El influjo de Platón y Aristóteles en el pensamiento escolástico fue definitivo, de tal forma que sus formas de entender las facultades se impusieron, aunque dentro de un nuevo contexto que buscó la relación entre el conocimiento y la religión.

San Agustín (354-430), que fue el gran reformulador del pensamiento platónico, distinguió dentro del alma, que es el principio del conocimiento, tres estancias distintas, que a su vez se podían identificar con cada una de las partes que compone la Santísima Trinidad. Así, en actividad cognoscente se pueden distinguir la memoria, la inteligencia y la voluntad, que se corresponden, respectivamente, con el Ser, la Verdad y el Amor.

Las facultades del conocimiento en René Descartes

René Descartes, heredero a su vez del pensamiento escolástico, distinguió dentro del alma humana dos fenómenos que concursaban en el establecimiento de la verdad y el conocimiento. El primero, el entendimiento, consiste en la intelección o en la apreciación de las posibilidades cognoscitivas. Imagina posibles respuestas y considera todas como válidas puesto que no entra dentro de su facultad el decidir entre una y otra opción. La voluntad, mientras tanto, no se encarga de entender nada ni de concebir posibilidades; sólo se dedica a decidir entre las opciones que descubre el entendimiento.

Como se puede observar en esta obra de Luca Giordano, titulada Psyche honrada por el pueblo, hasta la modernidad, la figura del conocimiento tenía connotaciones religiosas, sagradas. Conocer era un atributo divino que los hombres obtienen gracias a que poseen alma

De esta forma, según el pensador francés, mientras la facultad del entendimiento se halla limitada por las posibilidades concebibles dentro de un estado concreto de cosas, la voluntad no está sujeta a ninguna realidad y es completamente libre, por lo que puede llegar incluso a elegir alguna posibilidad que no se haya considerado de manera clara y distinta. Consecuentemente, la falibilidad del conocimiento se explica a través de la existencia de la voluntad, que puede desear una opción a pesar de que no se posean las suficientes certezas como para hacerlo.

Las facultades del conocimiento en Immanuel Kant

La visión cartesiana de las facultades del conocimiento se impuso a lo largo de gran parte de la modernidad, hasta que el espíritu crítico de Immanuel Kant vino a poner en entredicho la mayor parte de sus supuestos.

Según el pensador alemán, entre las partes del alma, entre la voluntad y el entendimiento, se encuentra una tercera instancia o facultad, la del deseo. Junto a la distinción de posibles respuestas y la elección voluntaria de una de ellas, hay que reconocer la existencia del deseo, del agrado o del desagrado, que mueve a la voluntad a considerar una opción en lugar de otra.

Por lo tanto, el alma, comprendida como la forma de actividad de la que surgen las facultades del conocimiento, se encuentra dividida en estancias que se enfrentan a un objeto sensible, del que se tiene noticia gracias a la percepción.

Sin embargo, es importante destacar que para ninguno de estos autores existía una división real del alma como actividad. El acto de conocer se da de forma unánime e instantánea, sin que sea posible diferenciar facultades de manera material. De esta forma, la distinción de una serie de facultades dentro del alma responde más bien a las necesidades analíticas y teóricas de la teoría del conocimiento, que considera de manera abstracta y especulativa la naturaleza del conocer.

Como Leibniz reconoció, en el estudio de las facultades del alma hay que comprender la existencia de un esfuerzo analítico que conduce a una visión abstracta del saber, visión que no niega sin embargo la unanimidad del acto cognitivo.

En definitiva, el conocimiento de un objeto, que se da a través de la percepción de éste, consiste en un acto complejo e instantáneo en el que intervienen un gran número de elementos y procesos que casi no se pueden distinguir. La sensación que proviene de la cosa, la forma de mirar del sujeto, o las ideas sociales y culturales que existen en la mirada del sujeto cognoscente no son fenómenos que se dan de forma aislada, sino una realidad unánime y sólida de la que resulta el conocimiento.

Análisis de textos

Aristóteles: –De anima

Está, por lo demás, el problema de por qué no hay percepción sensible de los órganos sensoriales mismos y por qué éstos no dan lugar a sensación alguna en ausencia de objetos exteriores, a pesar de que en ellos hay fuego, tierra y los demás elementos que constituyen el objeto de la sensación, ya por sí, ya por las cualidades que les acompañan. Es obvio al respecto que la facultad sensitiva no está en acto, sino solamente en potencia. De ahí que le ocurra lo mismo que al combustible, que no se quema por sí solo sin el concurso del carburante; en caso contrario, se quemaría a sí mismo y no precisaría en absoluto de algo que fuera fuego en acto. Así pues, puesto que la palabra «sentir» solemos utilizarla con dos acepciones –solemos, en efecto, decir que «ve» y que «oye» todo aquel que puede ver y oír aunque acaso esté durmiendo, y también lo decimos del que está actualmente viendo y oyendo– habrá que distinguir igualmente en la palabra «sensación» dos acepciones, la una en potencia y la otra en acto. Y lo mismo «sentir», ya sea en potencia, ya en acto.

Texto 1. Tanto Aristóteles como Platón pensaban que la sensación era algo que procedía del objeto mismo, y que las facultades del conocimiento, que la asimilaba, se hallaban en el alma humana.

Immanuel Kant: –Crítica de la razón pura

Si un conocimiento debe tener una realidad objetiva, o sea, referirse a un objeto y tener en él significado y sentido, el objeto debe, de un modo cualquiera, poder ser dado. Sin esto los conceptos son vacíos, y si también con ellos se piensa, este pensamiento de hecho no conoce nada y solamente juega con las representaciones. Dar un objeto, si éste a su vez debe ser representado inmediatamente en la intuición y no ser pensado indirectamente, no es más que relacionar su representación con la experiencia.

Texto 2. Para Kant, el conocimiento necesita del contacto directo con las cosas que se hacen presentes en el entendimiento del sujeto a través de los sentidos. Un concepto que no se base en un objeto que se presenta es, en consecuencia, un conocimiento o un concepto vacío.

Henri Bergson: –La evolución creadora

La percepción no es más que una selección. No crea nada, y su tarea es la de eliminar del conjunto de las imágenes todas aquellas que no hubiera captado suficientemente y luego, de las imágenes consideradas iguales, todo lo que no interesa a las necesidades de la imagen particular que denomino cuerpo.

Texto 3. Para Bergson, la percepción no es sino una selección de una imagen, de entre todas las que conserva nuestra memoria, que se adecua a las necesidades particulares del sujeto en ese momento.