Los procesos del conocimiento

A la hora de conocer una realidad cualquiera, uno de los hechos más determinantes es la manera en la que el sujeto delimita el objeto de estudio y los procesos que sigue para llegar al establecimiento de la verdad.

La teoría del conocimiento no puede limitarse en este sentido a describir la forma en la que funcionan las facultades del conocimiento, la sensación, la apariencia o la verdad. También hay que analizar cómo se concibe el objeto de estudio y qué relación guarda éste con otros objetos y conceptos.

Dentro de los procesos de conocimiento cabe destacar muy particularmente tres: la abstracción, la inducción y la deducción, cada uno de los cuales ha estado sujeto a importantes y determinantes estudios a lo largo de la historia del pensamiento y de la teoría del conocimiento.

La abstracción

En filosofía, se denomina abstracción a la operación mediante la cual el sujeto elige el objeto o propiedad del objeto que va a estudiar y lo separa de los otros objetos o propiedades que lo rodean, sean éstos esenciales o no para su conocimiento. Se trata de uno de los procesos de conocimiento más importantes y constituye la base de un gran número de corrientes y disciplinas, hallándose presente en todos los estudios científicos.

Por ejemplo, si un biólogo quiere estudiar el comportamiento de una célula concreta, a pesar de que ésta adquiera sentido en relación con otras muchas células y procesos, será necesario individualizarla, separarla de su entorno y de todo aquello que la rodea para fijar convenientemente la atención en ella. Seguiría por tanto el proceso filosófico denominado abstracción.

Las ciencias positivas funcionan a partir de la consideración abstracta de sus objetos, separándolos de su entorno para que adquieran un sentido individualizado por sí mismos. En la imagen, detalle de la Lección de anatomía de Rembrandt, en la que se aprecia el estudio de los músculos del brazo.

La abstracción según el pensamiento aristotélico

Los filósofos griegos, como Aristóteles (384-322 a.C.), ya mostraron un gran interés por la abstracción.

El pensador de Estagira consideraba que ésta constituía la base de las matemáticas, la filosofía y la física, y que era prácticamente identificable con el conocimiento:

  • «El matemático despoja a las cosas de todas las cualidades sensibles y las reduce a la cantidad discreta y continua; el físico prescinde de todas las determinaciones del ser que no se reduzcan al movimiento. De análoga manera, el filósofo despoja al ser de todas las determinaciones particulares y se limita a considerarlo sólo en cuanto ser».

En la misma línea que Aristóteles, santo Tomás de Aquino (1225-1274) pensaba que la abstracción era el procedimiento gnoseológico que posibilita el verdadero conocimiento intelectual. Según el pensamiento escolástico, heredero directo de la filosofía aristotélica, las cosas están compuestas de una materia y una forma, que es la que posibilita que sean conocidas y sean puestas en relación con las ideas. Para santo Tomás y otros escolásticos, el conocimiento no era posible de forma completa si no se separaba lo material de lo formal, si no se dividía antes lo compuesto, permitiendo no quedarse en los casos particulares:

  • «La limitación de nuestra mente hace que no podamos comprender las cosas compuestas sino considerándolas en sus partes y contemplando las diferentes caras que nos enfrentan; y esto es lo que se suele denominar generalmente conocer por abstracción».

En este sentido, la abstracción hace que se olviden los casos individuales y se acceda a lo ideal, que es el plano en el que reside la verdad.

La abstracción según la filosofía moderna

Fue sobre todo el pensamiento moderno el que supo hacer del concepto de abstracción un fenómeno complejo que apuntaba no sólo a la manera en la que se conocía la realidad, sino también a la relación que mantienen el lenguaje y el mundo.

El pensador empirista inglés John Locke (1632-1704) escribió que el lenguaje funciona a partir de la abstracción de determinados caracteres y da lugar a ideas y generalidades. Por ejemplo, cuando se habla de la dureza de una cosa, la cualidad de duro es una propiedad que se ha abstraído de diversos casos concretos a través del lenguaje. La dureza de la piedra o la dureza del metal conducen a la abstracción de la cualidad de duro, que ya se puede aplicar gracias al lenguaje a otros muchos objetos y realidades, como el carácter de una persona o una asignatura. De la misma forma, cuando se habla de diversos hombres se llega a abstraer la idea de humanidad, que hace referencia todos los seres humanos y encierra lo esencial de ellos.

A pesar de que tampoco la negase en rotundo, David Hume (1711-1776) matizó el alcance y el sentido de la abstracción. Según el pensador empirista, no existen abstracciones totales, sino parciales, y cuando se hace una generalización de una idea cualquiera, a pesar de que se esté saltando por encima de lo particular, se sigue haciendo referencia a unos casos concretos de los que se ha tenido experiencia.

Esta idea de Hume mantiene una relación estrecha con su concepción del conocimiento y la inducción. Según su empirismo radical, cualquier generalización está basada en unos casos concretos y debe su verdad y su funcionamiento a ellos, por lo que pierde su operatividad y su verdad en el momento en el que hace referencia a otras situaciones de las que no se ha tenido ninguna clase de experiencia.

En consecuencia, la función de la abstracción no es tanto gnoseológica como simbólica, ya que sirve para crear nociones generales o universales.

Las ideas de Hume, aunque determinantes, no cuajaron en el pensamiento filosófico de forma inmediata. De hecho, Immanuel Kant (1724-1804) reivindicó el sentido que Locke había dado al concepto de abstracción, más acorde con el pensamiento clásico.

Sería el filósofo idealista Georg W. F. Hegel (1770-1831) quien finalmente llevase a cabo el análisis más completo y determinante del término. Según el pensador alemán, cuando se abstrae de un concepto o de un objeto su idea, aquello que se obtiene es la verdad. En consecuencia, la abstracción, lejos de suponer una separación de elementos que se encuentran en la realidad, lo que hace es dar lugar a la verdadera realidad, que es la ideal.

El empirismo escéptico de David Hume restó al concepto de abstracción muchas de sus virtuales virtudes. Según el autor inglés, la abstracción posee una función simbólica antes que una función gnoseológica.

A partir de esta inversión de los conceptos clásicos del conocimiento, Hegel llega a la determinación negativa de lo abstracto. Si el concepto que se consigue a partir de la abstracción es lo real y lo verdadero, la realidad material, de la que se obtiene el concepto, no es sino lo abstracto en su sentido peyorativo, lo separado de la idea, lo concreto y limitado.

De esta forma, Hegel pasaba a denominar «abstracto» a lo que la tradición llamaba «concreto» y viceversa, llamaba «realidad» y «verdad concreta» a lo que aquélla llamaba «abstracto». En definitiva, se mostraba fiel al gran principio de su programa idealista: «todo lo real es racional y todo lo racional es real».

Henri Bergson hizo una lectura religiosa de la teoría de la abstracción hegeliana, viendo en la vida espiritual lo completamente concreto y real. La obra de El Greco que se muestra en la imagen recoge perfectamente esta idea: el motivo del cuadro, San José y Cristo niño, sólo adquiere pleno sentido por la presencia de lo espiritual que envuelve a las dos figuras.

Esta forma de comprender lo abstracto y la abstracción tuvo unas importantes consecuencias en la filosofía de los siglos xix y xx. El pensador francés Henri Bergson (1859-1941) siguió en gran medida los conceptos que surgieron de la consideración idealista de la abstracción, de tal forma que comprendió como realidad abstracta a la concebida por la ciencia y realidad concreta a aquella que es estudiada por la filosofía. En este caso, lo que hizo el premio Nobel francés fue dar mayor importancia a la vida espiritual frente a la forma fría y científica que tienen la física o la psicología de atender a los fenómenos humanos.

Edmund Husserl (1859-1938), padre de la fenomenología moderna, decía algo similar cuando afirmaba que se debía estudiar el mundo de la vida, que es el plano mental, en lugar del mundo de los datos científicos, que son cosas abstractas, carentes de fuerza vital.

Debido a esta razón, el siglo xx ha estado lleno de disquisiciones en torno al valor de lo abstracto y lo concreto en la filosofía y la ciencia. En cualquier caso, es necesario no olvidar que la abstracción y lo abstracto son ante todo procesos de conocimiento que se hallan presentes tanto en las filosofías más célebres como en el método científico, de tal modo que su sentido tradicional es tan válido y acertado como el propuesto por Hegel en su Fenomenología del espíritu.

La inducción

A pesar de que la inducción aparece como uno de los epígrafes más destacados dentro del estudio de la lógica y la filosofía de la ciencia, es necesario considerar su importancia dentro de la teoría del conocimiento, ya que constituye la base de las ciencias experimentales modernas y ha conseguido centrar la atención de buena parte de los filósofos de todos los tiempos.

La inducción en la antigüedad

El significado más extendido y aceptado del concepto de inducción es el acuñado por Aristóteles, quien afirmó que consiste en «el procedimiento que de lo particular lleva a lo universal». Por ejemplo, si se quiere conocer qué es el hombre haciendo uso del método inductivo, es necesario estudiar todos los casos concretos de personas a los que se tenga acceso, y a partir de ellos, de los hechos particulares, elaborar una definición universal o general. Esos atributos comunes a todos los seres humanos se convertirían así en un modelo de lo que es realmente un hombre.

Estudio de caballos, de Leonardo da Vinci. El estudio clásico de la naturaleza pasa por la consideración de los casos particulares, de los objetos concretos que se encuentran en ella y que se pueden observar directamente. A partir de ellos, y por el proceso inductivo, se establecen unas leyes generales que describen al objeto estudiado.

Según Aristóteles, el origen del método inductivo se encuentra ya en los albores del pensamiento occidental, y el propio Sócrates (470-399 a.C.) se habría encargado de utilizarlo en su famosa dialéctica.

Sin embargo, a pesar de hallarse en la raíz del conocimiento humano, el valor de la inducción era, para el pensador estagirita, menor que el de la deducción, ya que no suponía un método tan fiable como el que se derivaba del uso de los silogismos, que en virtud de su forma son siempre ciertos. Por tanto, las ciencias, afirmaba Aristóteles, para ser tales, debían basarse en la deducción, y no en la inducción.

Los estoicos matizaron considerablemente el alcance del método, y señalaron que las conclusiones a las que se llega a través de la inducción son verdaderas siempre y cuando no se encuentre un caso que demuestre su falsedad. Si un científico, después de estudiar miles de patos que son negros, llegase a la conclusión de que no pueden tener sino ese color, bastaría con que descubriese un pato blanco para que toda su teoría quedase falsada y en consecuencia fuese errónea.

De aquí que la inducción como proceso y método gnoseológico se haya visto expuesta en muchas ocasiones a las críticas más rotundas de los escépticos. Sexto Empírico (siglos iii-ii a.C.), por ejemplo, distinguió entre la inducción completa y la incompleta para demostrar la falibilidad del método. La incompleta consistía en el estudio de algunos casos particulares; la completa del análisis de todos los casos existentes.

Como es lógico, una inducción de este último tipo es del todo imposible, puesto que nadie es capaz de conocer todas las particularidades de un fenómeno, ya que tendría que hacerse cargo no sólo de lo que hay en un momento dado, sino también de los casos que se produjeron en el pasado y de los que se producirían en un hipotético futuro. Debido a esta razón, Sexto Empírico decía que era imposible llegar a ninguna clase de universalidad a través de la inducción.

La crítica de Sexto Empírico al concepto de inducción parte de su división en dos formas opuestas: la incompleta, que se basa sólo en unos casos particulares; y la completa, que estudia todos los casos existentes. La imposibilidad de llevar a cabo esta última forma de inducción pone de manifiesto las limitaciones del método.

La inducción en la modernidad

Muchos siglos después, con la llegada de la Edad Moderna, el desarrollo de las ciencias experimentales hizo necesaria una reformulación del concepto de inducción. Francis Bacon (1561-1626), en su obra Novum Organum (1620), que hacía referencia directa a la teoría del conocimiento y a la lógica de Aristóteles, planteaba una nueva forma de comprender la inducción y las implicaciones que se seguían de ella.

Para Bacon, la inducción no debía limitarse a seguir una cadena compuesta por unos datos sensibles obtenidos de la experiencia y unas generalizaciones que se encuentran al cabo de ella. El método inductivo, al buscar unos atributos dentro de los casos particulares que estudia, ya apunta la sustancia de lo que se busca, ya determina el objeto y descubre lo que es.

Esto suponía que el valor que Aristóteles daba a la silogística y a la deducción era exactamente la misma que Francis Bacon dio a la inducción, tal y como él la planteaba. Por otro lado, implicaba que los presuntos problemas descritos por Sexto Empírico acerca de la inducción completa y la incompleta eran en realidad falsos, ya que derivaban de una mala comprensión del proceso inductivo.

David Hume, por el contrario, continuó por la senda que ya trazara Sexto Empírico. Pensaba que la inducción era un proceso incompleto que estaba sujeto además a unos prejuicios gnoseológicos, que daban por hecho que el principio de causalidad se hallaba en la naturaleza, y no en la mente o en la forma de entender el mundo del hombre mismo.

A medida que la ciencia moderna se fue apoderando del proceso inductivo de conocimiento, la filosofía no tuvo más remedio que hacerse cargo del problema que surge de su uso: ¿cómo establecer una ley a partir de unos casos concretos cuando no se tiene acceso a la totalidad de los casos existentes?

Las soluciones propuestas a este problema a lo largo de la historia de la filosofía se pueden reducir a tres tipos fundamentales: objetivista, subjetivista y probabilística.

Solución objetivista. Esta solución al problema de la inducción incompleta pasa por la creencia de que la naturaleza se comporta de una forma uniforme. Si se observan unos casos particulares en unas circunstancias concretas, en otras circunstancias que no se conocen se darán los mismos casos, puesto que la naturaleza es uniforme y se comporta siempre igual.

De la historia del concepto de inducción se deriva una consideración problemática del método inductivo. Tres son las soluciones propuestas más célebres: la objetivista, la subjetivista y la probabilística, quedando esta última como la más definitiva y corriente.

Solución subjetivista. Afirma algo similar a la anterior, aunque partiendo de la estructura del conocimiento. Según Immanuel Kant, las estructuras que se hallan en el entendimiento son idénticas a las que se encuentran en la naturaleza, por lo que la regularidad que se observa en la razón debe existir forzosamente en el mundo de las cosas sensibles.

Solución probabilística. Es la más habitual en el mundo científico contemporáneo, y pasa por la asunción del hecho de que la inducción jamás puede conducir a una verdad certera, sólo a una verdad probable.

Esta tercera solución es la más célebre actualmente gracias a la obra del pensador austriaco contemporáneo Karl Popper (1902-1994), quien desarrolló su teoría del falsacionismo a propósito del uso de los procesos inductivo y deductivo en las ciencias experimentales.

Para Popper, la inducción siempre es incompleta, por lo que los resultados que se siguen de su uso sólo son verdaderos de una forma temporal; basta un solo caso que no sea cierto para que la teoría quede falsada. El pensador austriaco es más partidario de basarse en las verdades que se siguen del método deductivo, aunque siempre atendiendo a los hechos que se pueden encontrar en la experiencia.

Por ejemplo, un científico puede observar todos los cuervos que pueda y enunciar la siguiente verdad: todos los cuervos son negros. Ahora bien, su generalización de los atributos de los cuervos debe ser siempre provisional, y debe buscar sin descanso algún caso en el que un cuervo no sea negro para que su teoría tenga algún tipo de sentido.

Esta propuesta es importante dentro del mundo de la inducción pero resulta aún más definitiva cuando se trata del proceso de conocimiento basado en el uso del método deductivo.

La deducción

La deducción consiste en el proceso gnoseológico que se basa en el establecimiento de una conclusión a partir de la relación necesaria entre unas premisas. El siguiente enunciado muestra la estructura típica de un silogismo, que es el ejemplo más evidente de deducción:

  • Premisa 1: Todos los hombres son mortales.

  • Premisa 2: Sócrates es un hombre.

  • Conclusión: Sócrates es mortal.

Desde el origen del concepto de deducción surgieron diferencias entre los pensadores que trataron de fijar su sentido. Aristóteles, por ejemplo, quiso unir los silogismos a las esencias mientras que los estoicos prefirieron delimitar su sentido y alcance al mundo de los sentidos.

Como se puede observar, a partir de la estructura de las dos premisas se sigue necesariamente una conclusión que es cierta en virtud de la forma de los enunciados. Si las dos premisas son ciertas, la conclusión también lo es, de tal manera que ésta es una deducción de ellas.

La deducción en la antigüedad

Al igual que sucede con la inducción, Aristóteles fue el primer pensador antiguo que destacó la importancia de la deducción con mayor brillantez. Para el pensador griego, la deducción coincide con los silogismos, que se basan en el establecimiento de una conclusión a partir de la verdad de unas premisas.

Según Aristóteles, la deducción se opone en método e implicaciones a la inducción y a la demostración. Frente a la primera, la inducción, que llega a verdades aproximadas y circunstanciales, la deducción se caracteriza porque a través de ella se obtienen unas conclusiones necesarias, que son siempre ciertas. Frente a la demostración, que se refiere a casos particulares, la deducción se define porque llega a realidades necesarias, y no circunstanciales o finitas.

Por otro lado, Aristóteles habla de la manera de elaborar una deducción válida, señalando, en primer lugar, que no basta con utilizar cualquier forma de premisa, sino que ésta tiene que estar formada por un enunciado que se refiera a la naturaleza de una sustancia. Esto quiere decir que la primera premisa debe decir una verdad completamente general y apuntar los atributos más esenciales de aquello de lo que se habla. Este requisito se puede observar en el caso del enunciado propuesto anteriormente «todos los hombres son mortales». Se trata de una verdad referida a la sustancia del hombre, no a un mero accidente del que no se puedan deducir realidades definitorias.

En segundo lugar, es necesario que exista un término medio que permita llegar a la conclusión, que en el ejemplo antes descrito es «Sócrates es un hombre».

El carácter sustancial de las premisas de un silogismo, tal y como era entendido por Aristóteles, fue rápidamente criticado por pensadores estoicos como Séneca (4 a.C.-65 d.C.), quienes pensaban que la verdad de la deducción se hallaba en los sentidos. Según estos pensadores antiguos griegos, la verdad de una premisa no se encuentra tanto en que lo que dice se corresponda con la verdad sustancial de nada como en que lo que se afirma se corresponda con aquello que uno mismo puede comprobar a través de la experiencia sensible del mundo.

En este caso, enunciados del tipo «si llueve hay nubes» no basan su verdad en ninguna clase de esencia o verdad trascendental, sino en la simple experiencia, que dice que es cierto. Por ello, no es necesario que ningún silogismo venga a demostrar que cuando llueve es porque hay nubes, puesto que ya se sabe, gracias a los sentidos, que es cierto.

La deducción contemporánea

La forma antigua de comprender el proceso deductivo, que halla en la obra de Aristóteles y de los estoicos su mejor expresión, fue la que se impuso de forma generalizada en el pensamiento medieval y moderno. No sería hasta el nacimiento del positivismo lógico en el siglo xx, que se puso en duda la naturaleza de la deducción. Autores como Carnap o Bertrand Russell liberaron la teoría de la deducción de los viejos presupuestos ontológicos y objetivistas, dando paso a una noción mucho más abierta del término, que se aplica mejor a las nuevas realidades científicas y matemáticas.

Rudolf Carnap (1891-1970), por ejemplo, pensaba que la validez de los silogismos no se hallaba ni en que sus premisas tuviesen su origen en la sustancia de los objetos ni en que éstas naciesen a partir de la experiencia. Para él, la deducción se basa en convenciones, en una estructura que se ha decidido que funcione de una forma concreta. De esta forma, basta que se definan las leyes que deben encontrarse en la base de un lenguaje, para que éste conduzca a verdades deductivas, de tal manera que lo que importa no es tanto el origen de las premisas o su relación con la realidad como la estructura en la que estén basadas.

Carnap distinguió además entre dos formas de deducción: la derivación y la consecuencialidad, dependiendo del número de elementos que la conforman y de la forma en la que éstos se relacionan.

El hecho de que la ciencia se base en el uso de una deducción pura, que no guarde ninguna clase de relación con el mundo de los hechos, con la realidad de la experiencia, puede hacer que se establezcan un gran número de leyes y principios científicos cuya falsedad no pueda ser demostrada. Si un científico elabora una teoría basándose en una hipótesis y trata de justificarla mediante la deducción puede hacerla pasar por cierta basándose en su coherencia, sin que llegue jamás a tocar la realidad.

Es por ello que el filósofo austriaco Karl Popper elaboró la teoría de la falsación, que trataba de definir los límites dentro de los cuales debe emplearse la deducción en el método científico.

A la hora de hablar de la manera en la que opera la ciencia experimental, Popper afirmaba que empieza por elaborar hipótesis que deben ser congruentes con otras teorías y doctrinas. Sin embargo, para el filósofo austriaco esto no era suficiente. El científico debía pensar también si su teoría es aplicable o si es una mera formalidad para luego buscar las consecuencias reales de su teoría. No basta con hacer verdades coherentes, sino que también hay que buscar consecuencias prácticas para ver hasta dónde llega realmente una hipótesis. Una vez se sabe que la hipótesis es coherente se tiene que ver si aporta alguna clase de novedad en el campo de estudio en cuestión, y luego hallar las consecuencias prácticas, demostrables, falsables de la teoría.

De esta forma, el mundo de la deducción dentro de las ciencias experimentales no queda cautivo en la simple formalidad que resulta de la relación entre unas premisas y una conclusión. Se hace necesario salir fuera de la deducción formal para ver qué es lo que dice el mundo de la experiencia a propósito de la hipótesis. Las hipótesis tienen que conducir a unas conclusiones a través de la deducción, y éstas tienen que ser puestas a prueba a través del experimento empírico. Para Karl Popper, lo importante en una teoría científica es que se pueda contrastar con la realidad. En consecuencia, el hecho de que sea coherente, compleja o sólida no significa nada salvo que ya está preparada para enfrentarse a los hechos.

Si el experimento demuestra que las consecuencias que se derivan de una hipótesis son verdaderas, la teoría que se trata de verificar no es válida de una forma universal. Al contrario, su validez es completamente temporal, y es necesario seguir buscando conclusiones y experimentos cruciales para que la teoría siga vigente, para que ésta siga funcionando.

No en vano, basta un solo caso contrario a las conclusiones para que la teoría sea desechada completamente; mientras que sea cual sea el número de casos que verifiquen su verdad ésta siempre será provisional. Es lo que Popper denomina «asimetría entre verificabilidad y falsabilidad»: el error pesa mucho más que la verificación.

Por otro lado, el falsacionismo de Popper supone además que las teorías son más válidas cuanto mejor se prestan a la contrastación y al posible error. Las mejores hipótesis, continúa el pensador austriaco, son aquellas que ofrecen más facilidades para ser puestas a prueba, ya que una teoría que no permite ser negada no sirve para nada.

De esta realidad se suele seguir la afirmación generalizada según la cual se considera que la gnoseología de Karl Popper es una teoría del conocimiento basada en la humildad del saber. Saber consiste antes en equivocarse que en acertar, y el conocer, ya sea científico, empírico o filosófico, es el resultado del esfuerzo de una comunidad, que suma sus esfuerzos para alcanzar alguna clase de verdad provisional.

De esta forma, lo que el hombre sabe actualmente no hay que entenderlo como el logro de ninguna clase de genio que supo ver lo que otros no sabían apreciar; sino como el resultado del esfuerzo de un número casi infinito de pequeños teóricos, filósofos y científicos que fueron equivocándose para que otros estudiosos hallasen nuevas y mejores respuestas provisionales.

Por ejemplo, es habitual entender la historia del pensamiento o de la metafísica como el fruto de la obra de un número reducido de grandes pensadores que marcaron el destino del saber humano. Los diálogos de Platón, la ontología de Aristóteles, la escolástica de Santo Tomás de Aquino, el racionalismo de René Descartes, el criticismo de Immanuel Kant o el idealismo de Hegel brillan en la historia del conocimiento como si el resto de los pensadores fuesen meros satélites que se limitaron a aceptar sus verdades. Sin embargo, en el pensamiento de cualquiera de estos filósofos hay que reconocer las aportaciones, los intentos, los errores y los aciertos de otros muchos pensadores que influyeron en su pensamiento determinando gran parte de su verdad.

Siguiendo a Karl Popper y su gnoseología, hay que concluir que el saber es una empresa común en la que todo tiene su justo valor; y los procesos del conocimiento son meras herramientas que sólo adquieren su valía a medida que las diferentes épocas los aplican a los casos concretos y cotidianos que llenan la vida de la humanidad.

Análisis de textos

Santo Tomás de Aquino: –Summa Theologiae

[…] siendo el sentido de la vista absolutamente material, no puede elevarse hasta lo inmaterial. Pero nuestro entendimiento, así como el de los ángeles, estando naturalmente colocado a alguna mayor altura que la materia, puede elevarse por la gracia sobre su propia naturaleza a cosas algo más altas. Una prueba de esto es, que la vista de ningún modo puede conocer por abstracción lo que conoce bajo forma concreta; porque no puede percibir la naturaleza de las cosas sino como tal. Pero nuestro entendimiento puede considerar abstractamente lo que conoce en concreto. Porque, aunque conozca las cosas, cuya forma es inherente a la materia; puede, no obstante, descomponerlas en una y otra, y considerar la forma en sí misma, prescindiendo de la materia. Igualmente el entendimiento del ángel, aunque le sea natural el conocer el concreto en alguna naturaleza; puede sin embargo considerar mentalmente por separado la existencia: al conocer que una cosa es esta y otra su esencia. De aquí que, siendo el entendimiento creado apto por naturaleza, para concebir una forma concreta y el ser concreto en abstracto mediante cierto análisis; puede ser elevado por la gracia al conocimiento de la sustancia separada subsistente y de la existencia separada subsistente.

Texto 1. Santo Tomás de Aquino consideraba que la abstracción consistía en la separación de la materia y la forma; y que su importancia dentro de los procesos del conocimiento se debe sobre todo a las limitaciones del propio conocimiento humano, que no puede aprehender lo compuesto sin antes dividirlo.

John Locke: –Ensayos

Por medio de la abstracción las ideas tomadas de seres ­particulares se convierten en ­representativas de todas las de la misma especie; y sus nombres se convierten en nombres generales, aplicables a todo cuanto exista y que convenga a tales ideas abstractas. Así, al advertir hoy en el yeso o en la nieve el mismo color que ayer percibió la mente al percibir la leche, solamente considera esa apariencia, la convierte en representativa de todas las de su clase, y habiéndole dado el nombre de «blancura», significa por ese sonido la misma cualidad dondequiera que pueda imaginarse o encontrarse; y es así como se forman los universales, ya sean idea, ya sean los términos para expresarlas.

Texto 2. John Locke insistió en un elemento esencial dentro de la comprensión moderna del fenómeno de la abstracción: el lenguaje siempre funciona separando de lo real unos atributos y unos objetos determinados, creando los valores de verdad y falsedad.

Georg W. F. Hegel: –La ciencia de la lógica

El pensamiento que abstrae no se puede considerar como el apartar a la materia sensible, que no quedaría dañada por esto en su realidad; es más bien el superar y el reducir esta materia, que es simple fenómeno, a lo esencial, que solamente se manifiesta en el concepto.

Texto 3. Con Hegel, el concepto de abstracción alcanzó su mayor prestigio. El pensador idealista vio en él la expresión de la idea y de la verdad. Cuando se abstrae un objeto se supera lo material a través de lo ideal, de tal manera que en el concepto se halla todo lo que de cierto hay en la realidad.

David Hume: –Investigación sobre el entendimiento humano

Todas las inferencias sacadas de la experiencia suponen, como su fundamento, que el futuro semejará al pasado y que los poderes similares se unirán a similares cualidades sensibles, Si existiera alguna sospecha de que el curso de la naturaleza pudiera cambiar y que el pasado no sirviera de regla para el futuro, toda experiencia resultaría inútil y no podría dar origen a inferencia o conclusión alguna. Por lo tanto, es imposible que argumentos sacados de la experiencia puedan probar la semejanza del pasado con el futuro, ya que todos los argumentos semejantes están fundados en la suposición de tal semejanza. Aun admitiendo que el curso de las cosas siempre ha sido regular, este solo hecho, sin ningún argumento o inferencia nueva, no prueba que para lo futuro continuará así.

Texto 4. David Hume desarrolló una de las críticas modernas más complejas y definitivas al concepto de inducción. Para el empirista inglés, la validez de la inducción está basada en un prejuicio gnoseológico: las cosas suceden de manera regular en la naturaleza.

Karl Popper: –La lógica de la investigación científica

Una vez presentada a título provisional una nueva idea, aún no justificada en absoluto –sea una anticipación, una hipótesis, un sistema teórico o lo que se quiera– se extraen conclusiones de ella por medio de una deducción lógica; estas conclusiones se comparan entre sí y con otros enunciados pertinentes, con objeto de hallar las relaciones lógicas (tales como equivalencia, deducibilidad, compatibilidad o incompatibilidad, etc.) que existen entre ellas.

Texto 5. Para Karl Popper, la ciencia debe basarse antes en la deducción que en la inducción, de tal forma que es necesario que comience por el establecimiento de unas consecuencias lógicas procedentes de la idea original que sustenta la teoría.