La verdad

Como corolario a todas las consideraciones en torno a la teoría del conocimiento aparece la verdad. Las estructuras gnoseológicas, las facultades humanas, la relación entre Dios y el hombre, los fenómenos, las cosas en sí..., todos los conceptos trazados a lo largo de la historia del pensamiento poseen un único fin: hallar la verdad.

Lo verdadero ha sido concebido desde distintos puntos de vista, atendiendo a la manera en que cada periodo histórico y cada pensador han comprendido el mundo, de tal forma que ha acabado presentándose como un reflejo de la concepción del hombre y su realidad.

Así, estudiar la verdad supone acercarse a la esencia humana y a sus expectativas a partir de la relación entre los contenidos mentales y las estructuras de la mente del hombre y los objetos que pueblan el mundo.

El concepto de verdad

El concepto de verdad puede tener una serie de significaciones muy diversas, de tal modo que hace referencia tanto a la existencia real de una cosa como a la verdad de un juicio, de una proposición o de aquello que expresa un lenguaje cualquiera.

Así, es posible distinguir entre dos planos o ámbitos de la verdad: uno ontológico, que remite a las cosas y a los hechos, y otro lógico, que atiende más bien a la estructura de las oraciones o a su relación con un sistema de significaciones.

Desde un punto de vista etimológico, referido al origen y al sentido primigenio de las palabras, el concepto de verdad está emparentado con tres culturas distintas, cada una de las cuales empleó el término con una morfología propia y una significación peculiar, propio de su historia y de su sociedad y perteneciente bien al plano ontológico, bien al lógico o incluso al moral.

Estas tres culturas son la griega, la latina y la hebrea, que utilizaron para referirse a la verdad, de forma respectiva, los términos alétheia, veritas y emunah.

Lo interesante de este triple origen etimológico del concepto de verdad es que resulta muy útil para desentrañar el alcance del término en la actualidad, así como su relación con los distintos planteamientos filosóficos que se han producido a lo largo de la historia.

La verdad como alétheia o desvelamiento

La concepción de la verdad como alétheia es una de las más antiguas. Data de mediados del primer milenio antes de Cristo, cuando los primeros filósofos griegos de la antigüedad afrontaron el problema del movimiento, la identidad o la validez de los juicios empleados para tratar el ser de lo que existe.

La palabra griega alétheia quiere decir desvelamiento, desocultamiento. Aplicada a la verdad, significa que lo verdadero se encuentra siempre oculto detrás de algo que es aparente, que es manifiesto pero incierto.

De esta forma, los primeros pensadores griegos daban al concepto de verdad una relevancia ontológica, y describían la manera en la que el hombre se relacionaba con su mundo en tanto que realidad sensible, que podía apreciar a través de los sentidos.

Lo contrario a la alétheia era lo variable, lo relativo, lo aparente y lo oculto, que no era comprendido como lo auténticamente real porque estaba lleno de misterios que escapaban a las reglas de la incipiente lógica.

Así, los pitagóricos, que creían que la esencia de la realidad era matemática, negaban la verdad de una naturaleza cambiante que no era reducible a categorías lógicas. En la misma línea, Parménides habló del ser, de la realidad y de la verdad como aquello que no cambia, que es idéntico a sí mismo y jamás niega «el camino del ser».

En consecuencia, la función del filósofo estaba determinada por esta concepción de la verdad como alétheia, y consistía en ir más allá de las apariencias de lo sensible para desocultar el ser, la auténtica realidad que era inmutable, lógica y matemática.

El Poema de Parménides suponía sobre todo la negación del cambio y el movimiento que podía observar en la naturaleza, puesto que el ser era la permanencia. Por contra, Heráclito, a pesar de que también trató la verdad como alétheia, asumía que el ser se correspondía con el movimiento y el cambio, como si se tratase de un río. En la imagen, Pastor y rebaño en la catarata, de Nicolaes Berchem.

Esta forma de comprender la verdad tiene en La República de Platón (428-347 a.C.) una de sus expresiones más célebres y perfectas. En el mito de la caverna se describe cómo los hombres sólo pueden apreciar sombras que reflejan el verdadero ser, que en cierto modo lo ocultan pero posibilitan su conocimiento parcial. El filósofo, encarnado por Sócrates, debe escapar de la caverna de las sombras para desocultar las apariencias y mostrar la realidad tal y como es.

La importancia de esta concepción de la verdad como desocultamiento es tal que prestigiosos pensadores contemporáneos como Martin Heidegger (1889-1976) pretendieron rescatar su sentido volviendo su mirada a la Grecia antigua.

El filósofo existencialista alemán se caracterizó por su crítica a la metafísica de la Edad Moderna, que, según él, había olvidado el ser y se había dedicado a estudiar otras realidades derivadas de aquél. En este sentido, recuperó el concepto de verdad como alétheia, llamándola verdad ontológica.

Según esta verdad ontológica, lo que interesa no es la manera en la que se dice la verdad, sino la verdad o el ser mismo de las cosas, la comprensión de la realidad como un proceso complejo en el que el ser se va mostrando y ocultando a través del pensamiento y las distintas categorías y nociones que se van generando.

La verdad como veritas o fidelidad

La cultura romana, heredera en gran medida de la helena, prefirió hablar de la verdad en un sentido narrativo e histórico, de tal forma que lo que podía ser cierto o falso no eran ya las cosas mismas, sino aquello que se decía de ellas.

En este sentido, la veritas hace referencia a la veracidad, al rigor o a la exactitud de una historia, un juicio o una narración.

En consecuencia, lo contrario a la verdad comprendida como veritas no es el ocultamiento o el cambio, sino la falta de rigor o la ausencia de veracidad.

El Poema de Parménides suponía sobre todo la negación del cambio y el movimiento que podía observar en la naturaleza, puesto que el ser era la permanencia. Por contra, Heráclito, a pesar de que también trató la verdad como alétheia, asumía que el ser se correspondía con el movimiento y el cambio, como si se tratase de un río. En la imagen, Pastor y rebaño en la catarata, de Nicolaes Berchem.

La verdad como emunah o confianza

Por último, para los hebreos la verdad consistía en la confianza, y la llamaban emunah. Al tratarse de un pueblo extremadamente religioso, lo que les interesaba no era tanto que una narración fuese cierta o que el ser se presentase como tal, sino que los hombres y el propio Dios cumpliesen sus promesas.

De esta forma, la emunah alcanza todo su sentido dentro de un contexto sociológico (la confianza en la palabra de otras personas) y religioso (confianza en la palabra de Dios).

Tabla 2. Alétheia, veritas y emunah hacen referencia a tres momentos distintos. El concepto griego trata el ser en el presente; el latino, en el pasado (lo que ha sucedido y se conoce porque ha sido narrado), y el hebreo, en el futuro (lo que ha de pasar). Estos tres significados se hallan recogidos en el concepto de verdad.

Como es lógico, para los hebreos la emunah alcanza todo su sentido y se convierte en la verdad absoluta cuando se refiere a Dios y a lo que dice en los textos sagrados, ya que compromete toda la identidad del pueblo judío y su posible salvación.

En este contexto, lo contrario a la verdad para los hebreos es la ausencia de palabra, el hecho de no poder confiar en otra persona o en Dios.

A pesar de que estos tres conceptos hacen referencia en último término a una misma realidad, que es la verdad, cada uno de ellos presenta notables peculiaridades en lo que se refiere a la forma de tratar la realidad y el tiempo. La alétheia remite a las cosas y está emparentada con la esencia de la realidad; la veritas romana se aplica sobre todo a las narraciones, a lo que se dice de lo que ha sucedido, y la emunah, a lo que puede suceder.

En consecuencia, cada expresión de la verdad guarda una relación diferente con el tiempo, de tal modo que la verdad griega se refiere a lo que las cosas son en el presente o en un sentido absoluto; la romana, a lo que las cosas fueron o a cómo sucedieron los hechos en el pasado, y la verdad hebrea, a lo que puede suceder en un futuro.

La definición clásica de la verdad

A lo largo de la historia de la filosofía han aparecido muchas teorías de la verdad, en las que se pretende responder a dos cuestiones fundamentales: por un lado, definir qué es la verdad; por otro, establecer un criterio que permita saber si una proposición es verdadera o falsa.

La verdad como correspondencia

La verdad como correspondencia supone una de las formulaciones del concepto de verdad más relevantes de la historia del pensamiento, ya que está presente en la obra de la mayor parte de los grandes filósofos.

Su origen se halla en Grecia, y fue formulada de manera sistemática por Platón y Aristóteles (384-322 a.C.).

Para el pensador ateniense, un enunciado debe ser tomado como cierto cuando su contenido se corresponda con los hechos verdaderos, y como falso cuando sólo se quede en la superficie de lo sensible o cuando describa una relación de hechos que no se han producido realmente.

Sin embargo, como Platón desarrolló la mayor parte de sus teorías a través de mitos y diálogos, se considera que Aristóteles fue el primer pensador que trató el tema de la verdad de una forma científica.

Según la Metafísica de Aristóteles: «Decir, en efecto, que el ente [lo que es] no es, o que el no-ente [lo que no es] es, es falso, y decir que el ente [lo que es] es y que el no-ente [lo que no es] no es, es verdadero; de suerte que también el que dice que algo es o que no es, dirá verdad o mentira».

Para el filósofo de Estagira, la verdad de un enunciado depende de la conformidad de lo expresado con lo que realmente es o con lo que realmente ha sucedido.

La verdad como correspondencia implica que hay una relación de identidad entre el pensamiento y la realidad, de tal forma que a los sustratos y accidentes que componen el ser se corresponden unos sujetos y unas categorías.

Bajo esta idea hay que reconocer además uno de los presupuestos esenciales de la metafísica clásica, que consiste en la presunción de que la estructura del pensamiento se corresponde con la de la realidad.

Es cierto que Aristóteles busca la verdad o la falsedad en los juicios, no en las cosas, pero aun así consideraba que había una correspondencia entre el plano lógico y el plano ontológico, entre las estructuras de las frases y la estructura misma de la realidad, de tal modo que los predicados y los universales no sólo expresaban cualidades lógicas, sino también realidades de hecho.

Esta concepción de la verdad como correspondencia en Aristóteles lo llevó a desarrollar una lógica sistemática y compleja que iba más allá de lo meramente formal, de la simple relación entre palabras y signos. Aristóteles creía que los sujetos se correspondían con las cosas mismas, con las sustancias, y que los predicados no decían algo sólo acerca del sujeto, sino también del ser.

Así, una de las afirmaciones más célebres e importantes del pensador griego es: «el ser se puede decir de diversas maneras».

Los presupuestos de la verdad como correspondencia

A pesar de que la concepción de la verdad como correspondencia intenta no sobrepasar en ningún momento los límites de la racionalidad, muchos críticos han señalado cómo esta forma de comprender lo verdadero se basa en realidad en dos presupuestos fundamentales que no pueden ser demostrados de una forma lógica:

La correspondencia entre el plano lógico y el plano ontológico. Para Platón y Aristóteles, la naturaleza de la razón y la del mundo son idénticas, de tal modo que es posible establecer una vía de conocimiento. Sin embargo, algunos autores críticos con esta propuesta, como Guillermo de Ockham o Friedrich Nietzsche, defendieron que el mundo lógico no tiene una validez ontológica. Para los nominalistas, como Ockham, los universales de los que hablaba Aristóteles no se corresponden con el mundo. Para Nietzsche, el conocimiento no es posible, puesto que las ideas no son sino fábulas que no llegan jamás a tocar el mundo real.

Ludwig Wittgenstein reformuló el principio de correspondencia señalando que ésta se producía entre las estructuras lógicas y la estructura de los hechos. Sin embargo, ello dejaba el mundo de la moral o el de la religión fuera del ámbito de la verdad, puesto que ninguno de los dos presenta un «estado de cosas». En la imagen, Anunciación, de Petrus Christus.

La posibilidad del conocimiento. La verdad como correspondencia supone además que aquellas ideas que se generan en torno al aspecto o al funcionamiento real del mundo pueden ser verdaderas. Autores como David Hume o Karl Popper afirmaron, por el contrario, que el hombre no puede alcanzar una verdad definitiva acerca de nada, y que, a lo sumo, sólo puede proponer verdades probables, que se aproximen a lo cierto.

La verdad como correspondencia se basa en dos afirmaciones elementales que se corresponden con el realismo: por un lado, se presume que la realidad es tal y como aparece en el pensamiento; por otro, se cree que es posible conocerla correctamente.

Otros autores analíticos contemporáneos, como Alfred Tarski (1902-1983) o Ludwig Wittgenstein (1889-1951), denunciaron que el concepto de correspondencia no era lo suficientemente flexible como para dar cabida a todos los hechos que se producen en la realidad. Así, por ejemplo, los sentimientos o la fe religiosa no son verdaderos ni falsos, son enunciados anímicos que no describen las cosas de forma objetiva, sino subjetiva. De esta forma, Wittgenstein prefiere hablar de «estados de cosas», no de cosas, y explica la posibilidad de la verdad con su teoría del isomorfismo.

Los criterios de verdad

Uno de los problemas más importantes que rodean al concepto de verdad es el de la forma de establecer la veracidad de un enunciado cualquiera. Los criterios de verdad son en este sentido un conjunto de reglas que permiten saber si algo es verdadero o falso.

Frente a la certeza, que se relaciona con la evidencia en el sentido en que expresa un estado mental que no admite dudas, la opinión se mueve en la posibilidad, que no puede funcionar como base de la verdad ni de la ciencia.

La evidencia

Los mismos criterios de verdad deben enfrentarse a un problema paradójico, puesto que, para validar un enunciado, primero es necesario que los criterios se validen a sí mismos. Es decir: si una ley tiene como fin garantizar que un enunciado es verdadero, esa ley debe ser, a su vez, verdadera, por lo que tiene que basarse en otra ley o criterio que justifique su verdad.

Esta recursividad al infinito (cada ley debe ser garantizada por otra ley que a su vez debe basarse en otra ley, etc.) es superada por la evidencia, que quiere decir que algo debe ser tomado como cierto cuando se presenta por sí mismo de forma inmediata, sin ninguna clase de término medio.

El concepto de evidencia, que, según su origen etimológico, quiere decir «ver desde lejos», ver con entereza, fue empleado ya por los primeros filósofos griegos para referirse a la aprehensión directa de un objeto a través de los sentidos. Los epicúreos, por ejemplo, consideraban que si un objeto impresionaba los sentidos, eso constituía una prueba más que necesaria de su verdad, de su existencia.

Posteriormente, René Descartes (1596-1650) subjetivizó el concepto clásico de evidencia, y la caracterizó como el hecho de ver de manera clara y distinta la idea, no ya el objeto mismo. Esta interiorización de la evidencia fue la que se impuso a lo largo de toda la Edad Moderna, y es la que ha prevalecido en tanto que criterio de verdad.

Más tarde, Edmund Husserl (1859-1938) criticó dicha interiorización de la evidencia, y afirmó que ésta se produce cuando la conciencia se ve llenada por las determinaciones del objeto, volviendo así a la caracterización clásica de los criterios de verdad.

En cualquier caso, la evidencia viene acompañada para el pensamiento moderno de otros dos elementos fundamentales en la constitución de la verdad: la intuición y la certeza.

La intuición. La intuición, enunciada también por Descartes, quiere decir la aparición de un objeto en la conciencia en tanto que idea. Es, por tanto, el aparecerse de algo subjetivamente, y es la realidad sobre la que se ejerce la evidencia, de tal forma que se podría decir que las intuiciones se convierten en evidentes cuando no admiten ninguna clase de duda.

La certeza. La certeza, para el pensamiento moderno, consiste en la asunción de que algo es verdadero sin admitir ninguna clase de duda. En este sentido, la evidencia es la certeza llevada hasta su extremo, hasta su carácter absoluto.

Lo contrario a la certeza es la opinión, y la evidencia se diferencia de lo certero en el hecho de que es objetiva, no subjetiva.

Por otro lado, para evitar que se tomase como evidente lo que sólo es posible o incluso erróneo, Descartes estableció una serie de leyes, reglas y métodos para alcanzar la evidencia. Entre estas leyes destacan la claridad y distinción y la ausencia de precipitación. 

Claridad y distinción quiere decir que una idea debe hallarse en la mente de una forma clara, sin que se confunda con otras ideas, mostrándose tal y como es de principio a fin.

La ausencia de precipitación implica que no hay que apresurarse a la hora de establecer la verdad de una idea, y que hay que examinarla bajo la mirada atenta de la razón.

De esta forma, Descartes estableció un modelo gnoseológico basado en el criterio de verdad de la evidencia. Además, con él pretendió hallar una primera verdad de la que no se pudiese dudar para luego elevar sobre ella el resto de su pensamiento.

Esta primera verdad, ya célebre en la historia del pensamiento, es la del cogito ergo sum, es decir: la propia actividad pensante en tanto que tal.

Evidentemente, el racionalismo extremo de Descartes sufrió un gran número de críticas tanto de sus contemporáneos como de filósofos posteriores, que negaron múltiples veces la posibilidad de alguna clase de certeza.

Ésta es la razón por la que la posteridad entendió el pensamiento cartesiano como una forma de dogmatismo, al que se opusieron los empiristas, como John Locke o David Hume.

La coherencia

Otro criterio para garantizar la verdad de un enunciado o un conjunto de ellos es el de la coherencia, que en vez de basarse en la evidencia o en la intuición de un objeto se basa en la relación entre enunciados dentro de un sistema.

Se suele hablar de tres criterios de verdad, el de la evidencia, el de la coherencia y el de la pragmática, a pesar de que esta última no sea tanto un criterio como un método.

De esta forma, la coherencia se puede definir como el orden y la armonía de un sistema cualquiera. Aplicado al mundo del conocimiento, este sistema está integrado por las ideas o las creencias de una persona, una sociedad o una comunidad científica.

Según este criterio, un enunciado es verdadero cuando es coherente con todos los elementos que integran el sistema al que pertenece, y cuando permite, además, deducir otros enunciados y verdades.

El pensador alemán ilustrado Immanuel Kant (1724-1804) fue uno de los autores que más insistió en la importancia de la coherencia en el plano gnoseológico, de tal manera que afirmó en su Crítica de la razón pura que las categorías a priori del conocimiento tienen por función establecer un sistema coherente de objetos e ideas.

Sin embargo, en lo que se refiere a la coherencia como criterio de verdad, lo que interesa no es tanto su aspecto subjetivo como el objetivo.

Las verdades de razón y las verdades de hecho. Para entender la importancia del criterio de coherencia a la hora de señalar la verdad de un enunciado, primero es necesario establecer una distinción entre lo que Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) llamó verdades de razón y verdades de hecho.

Las primeras son las verdades referidas a los enunciados mismos, al margen de su relación con el mundo de los hechos, y deben su verdad a la estructura que tienen, por lo que son verdades lógicas, no empíricas.

Las segundas, las verdades de hecho, son aquellas que están referidas a las cosas mismas, y la verdad de los enunciados depende de su correspondencia con las cosas y los hechos materiales.

La coherencia es un criterio que afecta elementalmente al primer tipo de verdades, que Kant llamó analíticas, puesto que hace depender la validez de un enunciado de la manera en que se relaciona con otros enunciados o de su estructura.

En consecuencia, el criterio de verdad de coherencia tiene una especial importancia para las ciencias no empíricas, para las formales, como la lógica; aunque también se halla presente en el mundo de las ciencias materiales, como la física o la biología.

Esto se debe, como afirmó Thomas S. Kuhn (1922-1996), a que todas las verdades que integran cualquier cuerpo de leyes y propuestas dependen en último término de su operatividad dentro de un sistema dado.

Es decir: cuando un científico descubre o halla una verdad determinada lo hace a partir de las teorías ya existentes, planteándose qué relación guarda con ellas y qué es lo que aporta de novedoso.

Por tanto, la coherencia es lo que anima, en principio, la actividad científica, que se constituye a partir de paradigmas, de visiones globales y conjuntas de la realidad.

Sin embargo, cuando se descubre una verdad, una ley o una teoría que no es coherente con el paradigma de verdades existentes pueden suceder dos cosas: bien que el sistema de coherencia que lo precede lo invalide, demostrando que es falso; bien que el sistema se muestre insuficiente y pierda su coherencia, desapareciendo y dejando paso a un nuevo paradigma.

Por último, cabe señalar que la coherencia no es tanto un criterio de verdad en cuanto que evidencia como un campo de posibilidad que sirve para establecer la validez aproximativa y temporal de una verdad cualquiera.

El pragmatismo como criterio de verdad

El pragmatismo es una corriente de pensamiento nacida en los Estados Unidos en el siglo xix. Su intención elemental es la de situar la utilidad por encima de otro cualquier criterio metafísico, teológico o científico, de tal forma que se busque la felicidad y la comodidad del hombre antes que la verdad en absoluto de cualquier realidad metafísica.

Así, la verdad coincide con lo útil en el sentido de que las creencias son verdaderas siempre y cuando sirvan para proporcionar una situación mejor al hombre.

No obstante, debe señalarse que este criterio se aplica a las ideas y a los hechos morales antes que a los asuntos científicos.

Charles Sanders Peirce y William James, filósofos pragmáticos contemporáneos, consideraban que la verdad de un fenómeno o de un enunciado hay que buscarla en las consecuencias prácticas que se siguen de ellos.

Como señala Charles Sanders Peirce (1839-1914), el pragmatismo no consiste tanto en una teoría de la verdad como en una teoría de la significación, según la cual la verdad o falsedad de los hechos depende de sus consecuencias, de su significado.

En la misma línea, William James (1842-1910) elaboró una teoría de la verdad en la que asumía lo verdadero como adecuación del pensamiento con la realidad, pero en la que afirmaba que son las consecuencias de las ideas las que deben confrontarse con los hechos para saber su verdad o falsedad.

Cada uno de los criterios de verdad descritos tiene un ámbito de aplicación propio. Así, la verdad como evidencia parece circunscribirse al mundo de la especulación filosófica; la verdad como coherencia, al científico, y la verdad pragmática, al ámbito político o de la acción.

Escepticismo, relativismo, dogmatismo y criticismo

Dentro de la historia de la filosofía cabe destacar además una serie de posturas elementales ante el concepto de verdad. Estas posturas son el escepticismo, el dogmatismo y el relativismo.

El escepticismo

Se llama escepticismo a la postura filosófica que afirma las limitaciones de las facultades gnoseológicas humanas y, en consecuencia, la imposibilidad de establecer qué es lo verdadero.

La doctrina halla su origen en el mundo antiguo, y se volvió célebre a partir de la interpretación que Sexto Empírico (siglos ii-iii) hizo del pensamiento de Pirrón en sus Esbozos pirrónicos. En esta obra, el pensador escéptico afirmaba que era imposible establecer ninguna clase de verdad porque procesos como el de inducción siempre eran insuficientes.

Esto no significaba, sin embargo, que hubiese que abandonar la tentativa de conocer el mundo; bien al contrario, el escéptico se define como aquella persona que no deja de buscar, que no se contenta con nada de lo que descubre, y supone una invitación a adoptar un espíritu crítico absoluto.

En la Edad Moderna, Michel de Montaigne (1533-1592) retomó la obra de Sexto Empírico para desarrollar un nuevo escepticismo que se traducía en una visión existencial del conocimiento, que condenaba al hombre a la insignificancia derivada de su condición finita y sus limitaciones.

Sin embargo, el escéptico moderno más paradójico y célebre fue David Hume (1711-1776), quien dedicó gran parte de su producción filosófica a desenmascarar la falsedad de las afirmaciones dogmáticas de los empiristas.

David Hume no creía en la posibilidad de la verdad, y afirmó que son el hábito y la fe los que hacen que el hombre pueda soportar la existencia; de tal modo que cuenta con que cada día amanezca sin que en realidad tenga ninguna clase de certeza que lo garantice. No obstante, Hume tampoco quiso llamarse a sí mismo escéptico, y dedicó muchas páginas a criticar las posturas de Pirrón o Sexto Empírico.

Tabla 3. Tres son las posturas más elementales ante la posibilidad de la verdad: el escepticismo, que considera que la verdad no es posible; el relativismo, que entiende que es posible, pero relativa, y el dogmatismo, que afirma que es posible y que se da de hecho.

Según el pensador inglés, la urgencia de la vida es el mejor argumento contra el escepticismo radical, ya que no es posible negarse a actuar porque no se esté seguro de nada. Es decir: una persona que fuese absolutamente escéptica no podría ni alimentarse, ya que nada garantizaría en su mundo que alimentarse sirva de algo.

Pero hay que vivir, dice Hume, por lo que es necesario tomar las verdades como aproximaciones teóricas a lo cierto, como verdades relativas, condicionales y provisionales que hacen posible la vida humana.

Según el relativismo y el antropomorfismo, el hombre es la medida de todas las cosas, y, en consecuencia, la verdad depende más del individuo y de sus circunstancias que del ser. En la imagen, Alegoría de la vida humana, de Alessandro Allori.

Estas mismas ideas las expresó muchos siglos después el filósofo y lógico inglés Bertrand Russell (1872-1970) en Investigación sobre el conocimiento humano: «La naturaleza es siempre demasiado fuerte para la teoría y el primer y más trivial suceso en la vida pondrían en fuga todas sus dudas y escrúpulos [...], ya que la raza humana ha de actuar, razonar y creer».

El relativismo

El relativismo se asemeja en gran medida al escepticismo, aunque muestra sus propias particularidades. Consiste en la postura epistemológica según la cual no existen las verdades absolutas o definitivas, ya que todo depende de las circunstancias en las que se encuentre el hombre que afirma o niega algo.

Este relativismo epistemológico se puede aplicar a otros muchos ámbitos, como el político, el moral, el cultural o el ontológico.

Uno de los primeros grandes relativistas de la historia fue el pensador griego Protágoras (480-410 a.C.), quien afirmó que «el hombre es la medida de todas las cosas», lo que implica que el hombre no puede conocer sino a través de su propia forma de ser y de las circunstancias en las que vive.

En este caso, el relativismo se acerca mucho al antropomorfismo, puesto que da al mundo la medida de lo humano, y tampoco se diferencia demasiado de la postura crítica de algunos autores como Immanuel Kant, quien afirmaba que todo conocimiento depende de la forma de ser del entendimiento humano.

Por otro lado, el relativismo adopta también ciertos postulados epistemológicos, ya que, si bien no establece una verdad definitiva, sí que permite la convivencia pacífica de diversas perspectivas.

De este modo, se considera que el nacimiento de Occidente se produce en el momento en el que Sócrates niega el multiperspectivismo de los sofistas para afirmar la existencia de una sola verdad, que se encuentra en la conciencia.

El dogmatismo

Se llama dogmatismo a aquella postura epistemológica que afirma la validez de una serie de verdades y enunciados sin pruebas evidentes.

Evidentemente, ningún autor se ha llamado a sí mismo dogmático, y el término siempre se ha empleado de manera retrospectiva para hacer referencia a los autores que pretendían alcanzar el conocimiento de todo lo que existe a partir de unas premisas erróneas.

Sócrates fue uno de los primeros pensadores en practicar el criticismo, que consiste en poner en duda la verdad de todo con el fin de demostrar la vanidad del dogmatismo. En la imagen, Xantippe mojando a Sócrates, obra de Reyer van Blommendael.

Kant, por ejemplo, llamó dogmático a Descartes porque quiso garantizar la posibilidad del conocimiento exhaustivo del mundo a partir de unas premisas que no se podían demostrar por sí mismas.

El criticismo

Junto a estas tres posturas elementales cabe señalar la existencia de una cuarta, menos seguida, encarnada en un principio por Sócrates.

Según el criticismo, de lo que se trata no es de negar en absoluto la posibilidad de la verdad ni tampoco de afirmar algo sin poseer unas pruebas concluyentes; Sócrates criticaba todos los enunciados con el fin de llegar a un estadio de la verdad más válido.

Este criticismo se desarrolló posteriormente a partir de la Edad Moderna gracias a autores como Immanuel Kant; y en el pensamiento contemporáneo se encuentra vigente en escuelas y corrientes como la de Frankfurt.

Así, hay que entender el criticismo no como una mera doctrina que tuvo lugar en un momento concreto de la historia de la filosofía, sino como una actitud ante el pensamiento y la vida que constituye la razón de ser de la filosofía.

Por último, junto a este criticismo cabe destacar una postura radical ante la posibilidad de la verdad, que es la desarrollada por los «pensadores de la sospecha» durante el siglo xix y los inicios del siglo xx.

Estos filósofos, Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud, abrieron nuevos frentes para la crítica, al tratar de desvelar los presupuestos irracionales de las «razones».

El materialismo de Karl Marx mostró que las ideologías están social y económicamente condicionadas, puesto que ocultan intereses de clase. Friedrich Nietzsche practicó el método genealógico al indagar los orígenes de los valores morales y los instintos que los sustentan para demostrar que lo que se llamaba «verdad» en la Edad Moderna no era sino una máscara que encubría intenciones de dominio, instintos irracionales. Freud, por su parte, descubrió las posibles motivaciones inconscientes de cualquier forma de evidencia o de verdad.

En cualquier caso, en la contemporaneidad el concepto de verdad se ha visto definitivamente sesgado por las circunstancias culturales y materiales. Por ejemplo, los autores posmodernos, como Jean Baudrillard, sostienen que el concepto de verdad se enfrenta actualmente al fenómeno del simulacro.

La televisión, los videojuegos, Internet o la realidad virtual cuestionan profundamente la concepción de la verdad como correspondencia, como coherencia o como útil. El hombre actual se enfrenta cada día a una serie de imágenes y objetos cuya realidad es relativa y no se ajusta a los viejos cánones epistemológicos y gnoseológicos.

Esto ha hecho que muchos autores contemporáneos hablen de la verdad como mito, como metáfora que sirve para describir la realidad de forma momentánea, sujeta a la variabilidad de las tecnologías y el entorno social.

Análisis de textos

Parménides: –Poema

Necesario es que aquello que es posible decir y pensar, sea. Porque puede ser, mientras que lo que nada es, no lo puede. Esto te pido consideres. De este primer camino de busca, pues, te aparto, pero también de aquél por el que mortales que nada saben yerran bicéfalos, porque la inhabilidad dirige en sus pechos el errante pensamiento, y así van y vienen, como sordos y ciegos, estupidizados, raleas sin juicio, para quienes es cosa admitida que sea y no sea, y lo mismo y no lo mismo, y de todas las cosas hay una vía de ida y vuelta.

Texto 1. El Poema de Parménides es el primer canto a la verdad comprendida como alétheia, en la que ser y pensamiento se corresponden. Así, para el pensador de Elea sólo hay un camino, que es tanto el de la verdad como el del ser, que se contrapone al del no-ser, al del cambio y al de la opinión.

Aristóteles: –Metafísica

Pues tú no eres blanco porque nosotros pensemos verdaderamente que eres blanco, sino que, porque tú eres blanco, nosotros, los que lo afirmamos, nos ajustamos a la verdad.

Texto 2. Si en la realidad a una cosa le pertenece una propiedad (por ejemplo, la blancura), en el pensamiento se debe decir eso mismo, «tú eres blanco», para que la proposición sea verdadera, de tal forma que juicio y ser se correspondan.

René Descartes: –Discurso del método

El primero [precepto] consistía en no admitir jamás cosa alguna como verdadera sin haber conocido con evidencia que así era; es decir, evitar con sumo cuidado la precipitación y la prevención, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda.

Texto 3. Para que la evidencia se produzca, dice René Descartes, es necesario no dejarse llevar por la precipitación, que hace que se tome como cierto lo que sólo es oscuro y posible; ni por la prevención, que impide tomar como cierto lo que es evidente.

Gottfried Wilhelm Leibniz: –Monadología

Hay dos clases de verdades, las de razón y las de hecho. Las verdades de razón son necesarias y su opuesto es imposible, y las de hecho son contingentes y su opuesto es posible. Cuando una verdad es necesaria se puede encontrar su razón por medio del análisis, resolviéndola en ideas y en verdades más simples, hasta llegar a las primitivas.

Texto 4. Las ciencias formales, como la lógica o las matemáticas, están compuestas por las «verdades de razón», que son, según Leibniz, aquellas verdades que lo son en virtud de su forma, y no de su contenido, de tal modo que son siempre ciertas. Estas ideas, que Kant llamó «proposiciones analíticas», se oponen a las «verdades de hecho».

Charles S. Peirce: –El hombre, un signo

Consideremos qué efectos, que podrían muy bien tener consecuencias prácticas, concebimos que tenga el objeto de nuestra concepción. Nuestra concepción de estos efectos pasa a ser, ahora, nuestra completa concepción del objeto.

Texto 5. La pragmática de Charles Sanders Peirce supuso la propuesta de una nueva dimensión de la verdad. Lo que importa ya no es tanto la correspondencia entre la mente y la realidad como las consecuencias prácticas que acompañan a los hechos y a las ideas.

Immanuel Kant: –Crítica de la razón pura–

Nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación pretenden de ordinario escapar a la misma. La primera a causa de su santidad y la segunda a causa de su majestad. Sin embargo, al hacerlo despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón sólo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre.

Texto 6. En la Ilustración, Immanuel Kant representó la máxima expresión de la crítica racional a las creencias dogmáticas. Para el filósofo alemán, el criticismo es el único sistema que conduce a la autonomía y a la verdad.