La técnica y la tecnología

La técnica y la tecnología constituyen la prolongación natural de la ciencia y de la consideración racional de la realidad. La filosofía, contra lo que muchos suelen pensar, no se limita a describir el mundo en términos abstractos. El pensamiento de Hegel, por ejemplo, llamaba al ser humano a tomar las riendas de lo real, a transformar la naturaleza a través del trabajo y de la técnica.

Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias de esta consideración técnica del mundo? ¿Hasta qué punto puede el hombre transformar lo real sin verse expuesto a unas consecuencias que no puede controlar? En otras palabras: el sujeto puro del conocimiento, que René Descartes se encargó de postular en sus meditaciones, sólo existe desde una consideración abstracta del hombre y su mundo. En lo que se refiere al mundo real, «de carne y hueso», el despliegue del saber conduce a la consideración del mundo como instrumento para la satisfacción de unos anhelos y unas necesidades. De esta manera, la técnica y la tecnología recorren la historia de la humanidad de la mano de la filosofía.

Desde los orígenes del pensamiento hasta los tiempos contemporáneos, la filosofía ha tenido que enfrentarse a estas y a otras muchas cuestiones que comprometen la visión racional del mundo.

El concepto de técnica

El concepto de técnica procede del término griego techné, que los antiguos empleaban para hacer referencia a la habilidad que poseía un sujeto para llevar a cabo la consecución o la producción de un fin determinado. En consecuencia, desde su concepción, la técnica ha estado emparentada con la creación de objetos nuevos, que no se hallaban ya en la naturaleza, que son artificiales.

Por otro lado, la techné significaba además el empleo de una serie de reglas concretas que eran las más adecuadas para producir un objeto específico, por lo que también estaba relacionada con lo que actualmente se conoce como los oficios.

En consecuencia, había una técnica de la alfarería o una técnica de la guerra, que eran llamadas artes al estar vinculadas al mundo de la producción, de la creación a partir de la artificialidad y la nada.

Los griegos entendían por técnica una serie de reglas para conseguir algo. Así, existía una técnica no sólo relacionada con lo científico, sino también con el gobierno o la guerra. Un ejemplo de esto último se encuentra aún en el arte renacentista de Leonardo da Vinci, presentado en la imagen por el diseño de un carro de guerra.

En el mundo antiguo, el filósofo que mejor determinó el sentido y el alcance del concepto de técnica fue Aristóteles (384-322 a.C.).

La técnica en Aristóteles

El autor de la Metafísica definió la técnica contraponiéndola a otras actividades y circunstancias humanas relacionadas con la experiencia del mundo. Así, escribió que la téchne se produce «cuando de muchas observaciones experimentales surge una noción universal sobre los casos semejantes».

Si la mera experiencia del mundo consiste en enfrentarse a una serie de casos y hechos, la técnica nace en el momento en el que se posee la habilidad para poner en relación esos hechos y establecer unas pautas y unas semejanzas, así como una noción universal de aquellos casos que son idénticos, que pueden responder a una misma causa.

En consecuencia, el técnico sabe discernir entre todos los hechos y objetos que hay en el mundo para emplear sólo los que le son útiles para la consecución de un fin determinado. El médico, por ejemplo, no sólo contempla enfermedades y dolencias, sino que además las pone en relación hasta descubrir los casos semejantes y entender qué hay de común en ellos.

Aristóteles, como físico y metafísico, emparentó la técnica con la ciencia y con la acción. Así, según el pensador de Estagira, la ciencia va más allá de la técnica, ya que lo que describe son relaciones necesarias y universales, que no pueden ser de otra manera y no admiten contradicción, mientras que la técnica, al basarse en la producción de objetos artificiales, que podrían no ser, no es necesaria.

En otro sentido, la técnica halla relaciones universales entre los hechos particulares, pero no tiene como objeto el análisis de las causas originales, que es objeto de la ciencia.

En lo que se refiere a la acción, la técnica siempre se queda atrás, es menos general y menos necesaria, ya que tiene como fin la producción de un objeto nuevo que no se deriva necesariamente de la propia acción, que va hacia un fin que no está incluido dentro de la esencia del hombre.

La técnica en la Edad Media y en la Edad Moderna

Desde un punto de vista etimológico, la Edad Media llamó a la técnica ars, modulación latina de la techné, y con este término designó preferentemente a aquellas actividades mecánicas artesanales. Así, las técnicas más importantes del medievo fueron incluidas dentro del concepto de ars mechanica, que al final terminó sustituyendo al de técnica. No hay que olvidar que para la Edad Media el arte era idéntico a la artesanía y a los trabajos manuales, por lo que el artesano se transformó en el paradigma de lo técnico.

Sin embargo, con la revolución operada en el seno de la cultura a partir del Renacimiento, los conceptos de arte y técnica se fueron separando. Los siglos xv, xvi y xvii asistieron a la irrupción de un nuevo paradigma económico, filosófico y cultural que empezó a comprender el arte a partir de la producción de belleza. La escultura o la pintura se convirtieron en actividades muy lucrativas que poco a poco se fueron revistiendo de atributos sublimes.

El nuevo hombre de la Edad Moderna amaba la naturaleza y su propio cuerpo, y entendía que la reproducción de la belleza a través del arte se encontraba mucho más allá de la artesanía, que consistía en la mera repetición mecánica de unas reglas y habilidades.

Por otra parte, también se consideró que las bellas artes respondían en su génesis a un diseño previo, complejo, que requería de mayor preparación y genio que la artesanía, lo que condujo finalmente a la separación definitiva entre las artes estéticas y las artesanías.

Immanuel Kant, por ejemplo, definió el objeto estético a partir de su capacidad para crear belleza, separándolo así del objeto artesanal, producido a partir del empleo de una técnica con el fin de ser útil.

En definitiva, la modernidad reservó el concepto de arte para las bellas artes, y dejó el de técnica para las actividades artesanales y la producción mecánica de objetos artificiales caracterizados por la utilidad.

Sin embargo, aún en la actualidad es posible encontrar cierta confusión entre el arte y la técnica, de tal modo que es posible afirmar que un cuadro es bello y que está acabado con una magnífica técnica.

Para los griegos, la técnica o techné se relaciona de distinta manera con la naturaleza, a la que imita; con la ciencia, que es más importante pues es necesaria, y con la experiencia, a la que supera al apuntar a lo universal.

En este sentido, la técnica hace referencia a la habilidad del artista para aplicar unas reglas y normas al margen de su inspiración. Friedrich Nietzsche lo expresó perfectamente en El nacimiento de la tragedia al afirmar que todo acto artístico supone la fusión de una dimensión dionisiaca, totalmente irracional e instintiva, y otra apolínea, que consiste en la contención, la forma y la aplicación de unas normas.

Así, se suele llamar arte al resultado de la fusión de las dos instancias, aunque la contemporaneidad ha terminado entendiendo que lo verdaderamente artístico se halla del lado de la inspiración, y se aprecia antes un cuadro que expresa con certeza una idea que un lienzo carente de interés pero ejecutado con una magnífica técnica.

En cualquier caso, la técnica ha terminado entendiéndose como la aplicación de unas habilidades y unas normas para la creación de un objeto artificial útil, no artístico. Esta técnica se transforma además en tecnología cuando se parte de la ciencia, cuando el fundamento de las habilidades y las reglas aplicadas no proceden de la mera experiencia, sino de la ciencia.

Los estadios de la técnica

A pesar de que la ciencia y la técnica posean muchos puntos en común, hay que señalar importantes diferencias entre ambas.

En Grecia, técnica y ciencia pertenecían a dos ámbitos completamente distintos. La primera formaba parte del mundo práctico, mientras que la segunda no era sino teoría. Del mismo modo, la ciencia era universal y necesaria, mientras que la técnica sólo era posible –pues podía perfectamente no ser–, y se centraba en la producción de objetos particulares, no universales.

Contra lo que se suele creer, la técnica no es una mera consecuencia de la ciencia, no es teoría aplicada, ya que el hombre desarrolló los primeros objetos artificiales mucho antes de que estableciese una teoría científica.

Así, la técnica es el resultado de la urgencia de la existencia, que requiere del ser humano unas soluciones prácticas a unos problemas reales. La teoría, por el contrario, surge después, cuando se ha alcanzado cierto nivel de seguridad y se dispone del tiempo necesario para crear un lenguaje específico o unas universalizaciones de las experiencias vividas.

No en vano, es la técnica la que suele suscitar el nacimiento de nuevas teorías. Cuando el hombre se enfrenta a una nueva situación o a un problema determinado ofrece soluciones técnicas, objetos que satisfacen una necesidad. Luego, para perfeccionar el objeto e integrarlo dentro de una comprensión más general del mundo transforma las ciencias, genera teorías que dan cuenta de la técnica.

El siglo xx está lleno de ejemplos de este tipo, cuando los enfrentamientos entre naciones han propiciado el desarrollo del «arte de la guerra» al margen de las consecuencias teóricas que podía tener su aplicación.

Volviendo a Grecia, las primeras formulaciones sistemáticas de la ciencia no se produjeron hasta que la cultura se encontraba bastante desarrollada. La agricultura ya se había implantado, los griegos habían navegado a través del Mediterráneo y se habían mantenido guerras contra otras culturas empleando las más diversas técnicas bélicas.

Otra diferencia elemental entre la técnica y la ciencia es el ámbito universal de la primera. A pesar de que Aristóteles dijese que la ciencia se caracteriza por su universalidad y la técnica por su parcialidad o su circunstancialidad, lo cierto es que no existe ni una sola cultura, por primitiva que sea, que no cuente con sus propios objetos artificiales, que no aplique su técnica; mientras que es bastante habitual encontrar naciones y regiones deprimidas en las que no existe ninguna clase de desarrollo científico o teórico.

Tabla 1. A pesar de que se suele creer que la técnica es una mera consecuencia de la ciencia, ambas actividades son heterogéneas, hasta el punto de que es posible poseer una técnica desarrollada y no tener ninguna forma de ciencia.

Según sea la relación existente entre la técnica y el desarrollo cultural y científico, se suele hablar de diversos estadios de la técnica.

Etapa de la «técnica mágica»

Se conoce como «etapa de la técnica mágica» al primer estadio del desarrollo técnico, que tuvo lugar durante el establecimiento de las primeras sociedades y las primitivas culturas humanas.

Según los estudios antropológicos y arqueológicos, el hombre primitivo siempre vivió sumido en la urgencia y en la precariedad. Sólo disponía de su fuerza y su inteligencia para salir adelante en un mundo inhóspito, poblado por animales salvajes y fenómenos meteorológicos adversos que ponían en continuo peligro su existencia.

Así, en esta etapa, lo más representativo y significativo fue el descubrimiento del fuego y el desarrollo de la agricultura, que condujo al establecimiento de los primeros pueblos y al paso de una vida nómada a una vida sedentaria.

No obstante, la fusión entre el mundo humano y el mundo natural era tal que estas primeras técnicas no fueron entendidas como tales, y se confundieron con los objetos y los procesos naturales.

Tabla 2. La historia de la técnica suele desarrollarse a través de cuatro etapas distintas, cada una de las cuales muestra una relación diferente con la ciencia y la naturaleza.

No existía ninguna clase de conocimiento científico, y al tratarse de técnicas muy elementales, todos los miembros de las tribus eran capaces de hacer fuego o de cultivar, por lo que no se establecía una diferenciación entre el pueblo y los artesanos.

También se cree que los hombres primitivos consideraban que las técnicas eran una prolongación natural de su forma de ser, y que detrás de ellas no existía ninguna clase de ingenio o artificialidad.

Así, el pensador español José Ortega y Gasset llamó a este periodo «la técnica del azar», puesto que la mayor parte de las veces los descubrimientos técnicos eran resultado de la manipulación fortuita de elementos naturales. Según palabras del propio Ortega en Meditación de la técnica:

  • «El hombre primitivo ignora su propia técnica como tal técnica; no se da cuenta de que entre sus capacidades hay una especialísima que le permite reformar la naturaleza en el sentido de sus deseos».

La manera fortuita en la que se producía el descubrimiento de la mayor parte de las técnicas condujo a que el hombre entendiese que los artilugios que le permitían llevar una vida más segura y confortable eran regalos de la propia naturaleza, convertida en una entidad personificada y divinizada.

De este modo, entre estas sociedades era usual el animismo, la creencia en que la naturaleza estaba animada por espíritus y dioses invisibles que satisfacían las necesidades de los hombres siempre y cuando éstos estuviesen dispuestos a realizar una serie de ritos y sacrificios.

Es lo que se conoce como era mítica, puesto que los procesos naturales y humanos son explicados a partir de relatos irracionales que niegan el principio de causalidad o la lógica. Además, la forma de actuar sobre la realidad no dependía de una técnica ni de una ciencia, sino de la magia, que entiende el mundo como la conjunción de una serie de signos cuyo funcionamiento y sentido real se desconoce.

Para el pensamiento primitivo, la técnica era fruto del azar o de los dioses, que revelaban a los hombres los misterios de la naturaleza para que éstos pudiesen sobrevivir. En la imagen, La fragua de Vulcano, una de las obras más célebres de Diego Velázquez, en la que lo divino y lo técnico se mezclan.

Etapa de la «técnica empírica»

Una vez que se establecieron las primeras grandes culturas y comenzó a desarrollarse el comercio entre los pueblos, se produjo lo que se conoce como el paso del mito al logos. Se dejó de entender la realidad como un misterio integrado por dioses, ritos y magias para buscar las razones lógicas que animaban el devenir de la naturaleza. De esta manera, el repertorio de técnicas aumentó ostensiblemente, y la especialización que requerían el desempeño de determinadas funciones y la creación de algunos objetos hizo que naciese la figura del artesano.

Hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, ya no era posible que todo el mundo se dedicase a la alfarería o a la arquitectura. Las técnicas se habían refinado tanto que nacieron los alfareros o los arquitectos. En ese momento dejó de identificarse la creación de objetos artificiales con las bondades de la propia naturaleza y se empezó a reconocer al hombre como artífice de la técnica.

Sin embargo, también se creía que la habilidad para llevar a cabo una acción no dependía del aprendizaje, sino de la forma de ser de cada hombre: había hombres destinados a ser arquitectos y otros nacidos para ser esclavos. El propio Aristóteles defiende la esclavitud a partir de esta idea, afirmando que de la misma manera que hay hombres que han nacido para ser ciudadanos o filósofos, otros han sido concebidos para dedicarse a ejercer la fuerza bruta, para obedecer.

También Platón desarrolló una moral en la que afirmaba que el bien consiste en que cada uno haga lo que le corresponde por naturaleza, de tal modo que una república perfecta es aquella en la que cada individuo asume lo que le corresponde por su forma de ser.

Por otro lado, tampoco en Grecia se consideraba que el artesano inventaba nada nuevo. Las técnicas procedían de tiempos inmemoriales y de lo que se trataba era de aplicarlas mecánicamente, sin aportar ninguna clase de innovación. De esta forma, en la etapa empírica tampoco existía la noción de invento.

En lo que se refiere a la ciencia, ésta permaneció completamente ajena al mundo de la técnica hasta la llegada de la Edad Moderna. La teoría sólo era teoría abstracta, pura, y como órgano divino que era debía dedicarse a la contemplación pasiva del mundo de las ideas o de los atributos de los dioses, no a la transformación de la realidad o a la aplicación práctica.

Los griegos, que inventaron la ciencia moderna, estudiaban únicamente la vertiente teórica de la realidad. Arquímedes consideraba que su aritmética y su geometría sólo eran juegos, mientras que los autores que integraban la escuela pitagórica daban a las matemáticas un sentido religioso y esotérico.

Durante el medievo sucedió algo similar, y la ciencia era un derivado de las actividades del alma, que en consecuencia debía atenerse a la interpretación de las escrituras y a la visión pasiva de Dios.

Sin embargo, de forma paralela al desarrollo de las ciencias puras se generaron nuevas técnicas que hicieron la vida menos costosa. Los romanos crearon los acueductos, las vías y la rueda hidráulica, así como los primeros alcantarillados. El imperio, dedicado al civismo y a la política, dio lugar a la invención y aplicación de una serie de técnicas que resultaron fundamentales para el desarrollo de la vida moderna. Pero su caída disgregó todas estas invenciones, que no volvieron a surgir hasta las postrimerías de la época moderna.

Etapa de transición

Se llama «etapa de transición» al periodo que va desde el inicio de la Edad Moderna hasta el nacimiento de la «etapa tecnológica» y el maquinismo. A pesar de su nombre, la etapa de transición supone el origen de las relaciones que se pueden observar actualmente entre la ciencia y la técnica.

Esta fase de la evolución de la técnica nació a partir de la denominada «revolución científica», que condujo a su vez al establecimiento de la ciencia moderna, caracterizada por el paso de las ciencias teóricas a las ciencias experimentales.

Ya no se consideraba que las ciencias tuviesen el fin de hacer que el hombre contemplase de forma pasiva la imagen de alguna suerte de divinidad, y se empezó a creer que las ciencias tenían como fin la aplicación de tecnologías y la transformación del mundo en virtud de las necesidades y los anhelos del hombre.

El pensamiento de Francis Bacon (1561-1626) es muy representativo en este sentido, ya que fue el primer filósofo que entendió esta dimensión práctica de la ciencia. Según el pensador inglés, era necesario establecer una «ciencia aplicada» que fuese más allá de la mera especulación e incidiese directamente en la fisonomía del mundo. Los científicos debían dedicarse, según él, a generar inventos y recursos que se hiciesen eco de las ambiciones humanas.

Según Bacon, había que distinguir la existencia de tres géneros o tipos de ambición. Una, particular y egoísta, que sólo busca la expresión y la ampliación de los propios deseos; otra, regional, que pretende la expansión de las naciones, y una tercera, universal, que busca llevar más lejos el poder de la humanidad, que pretende ampliar su ser hasta hacerlo coincidir con las dimensiones de la realidad, con todo lo existente.

Francis Bacon pensaba que la técnica evolucionaba de la mano de la ambición de los hombres. Así, para transformar el Universo, que es la forma de ambición más válida, es necesario que la ciencia y la técnica suministren al hombre nuevas ideas y herramientas.

Así, mientras los dos primeros estadios de la ambición son limitados y tampoco merecen demasiada atención, el tercero, el universal y absoluto, es, para Bacon, completamente loable, y supone, en primer lugar, el dominio y la transformación de la naturaleza. Así lo expresa en el Novum Organum:

  • «Ahora bien, el imperio del ser humano sobre las cosas reside por entero en las artes y ciencias. Pues no se manda a la naturaleza sino obedeciéndola».

Los planteamientos de Francis Bacon no se quedaron en mera teoría, y además de suponer un reflejo de lo que ya venía sucediendo en Europa desde hacía años (Leonardo da Vinci es un ejemplo en este sentido) sirvieron de inspiración para el desarrollo de nuevas teorías y la creación de sociedades de estudio y trabajo, como la Royal Society de Londres, a la que luego perteneció Isaac Newton.

Los postulados de la nueva ciencia fueron interpretados con un optimismo absoluto por parte de las sociedades científicas y filosóficas, que ya empezaban a ver cómo la ciencia y la técnica unidas daban sus primeros frutos tecnológicos.

En los siglos xvii y xviii, gracias a la invención del telescopio y el microscopio, se descubrieron los cráteres de la luna, los satélites de Júpiter y la existencia de los protozoos y las bacterias. De esta forma, el mundo se expandía tanto hacia el Universo como hacia lo infinitamente pequeño, llevando la imaginación y la ambición humanas más lejos que nunca.

El optimismo de la Edad Moderna ante el desarrollo científico, técnico y tecnológico se debía a que los nuevos inventos que culminaron con la revolución industrial estaban cambiando la faz del mundo, que se volvía más accesible. En la imagen, La construcción del puente del Diablo, de Karl Blechen.

La aplicación de los estudios aritméticos y geométricos de los antiguos griegos condujo a la invención de las lentes, y el desarrollo de la técnica del vidrio posibilitó la creación de instrumentos de precisión que facilitaban los estudios científicos y los experimentos.

Así, hay quienes mantienen que el hecho de que China tardase más en llegar a la revolución científica y tecnológica se debe a que tardaron mucho más en emplear el vidrio para construir instrumentos de precisión, que antes estaban hechos de madera, material mucho más basto e impreciso.

De esta forma, la etapa de transición preparó a Europa y a todos los territorios conquistados durante el primer colonialismo para el estallido de la revolución industrial y la irrupción de la llamada «etapa tecnológica», que supuso la efectiva transformación del mundo hasta unos límites que aún se desconocen.

Etapa tecnológica

Uno de los hechos que impidieron que la tecnología se desarrollase con total libertad en la Edad Moderna fue que el hombre seguía demasiado aferrado a la noción de técnica y a la construcción directa de instrumentos. Es decir, todos los procesos técnicos contaban con la presencia física del hombre, que tenía que actuar en cada una de las fases de producción y dedicar mucho tiempo a la fabricación de los artilugios.

Esto cambió radicalmente en el primer cuarto del siglo xix, cuando se creó la primera máquina. El telar de Robert, fabricado en el año 1825, deja atrás la era de los instrumentos y se adentra en el universo de la maquinaria.

Si los instrumentos requieren que el hombre se halle presente y participe activamente en el proceso de producción, la máquina actúa por sí misma, ella misma puede generar el objeto gracias a unas instrucciones dadas por el hombre. De esta forma, la máquina se transforma en la protagonista de la producción de tecnología, y el ser humano pasa a un segundo plano.

La mecanización tecnológica supuso el establecimiento de una nueva manera de comprender el papel que el ser humano desempeñaba dentro del proceso técnico. Si en la antigüedad o en la Edad Media el hombre se confundía con la técnica, a partir del siglo xix se produce una escisión irreparable. La técnica deja de ser una prolongación natural del talante de unos individuos concretos, para convertirse en una función independiente que opera al margen de ellos.

La etapa tecnológica de la técnica nace en el momento en el que el hombre crea las primeras máquinas, que son capaces de actuar por sí mismas y facilitan enormemente la vida

Otra innovación relevante dentro de este estadio de la técnica es que se hace una distinción entre el artesano y el inventor. Antes se creía que tanto el desarrollo de una técnica determinada como la invención de los artilugios que la hacían posible eran obra del artesano. Ahora, por contra, se establece una clara distinción entre el inventor de un objeto cualquiera y la persona que se encarga de hacerlo funcionar. En consecuencia, cualquiera puede accionar una máquina, pero no todo el mundo puede inventarla.

De esta forma nació el obrero, que sin especialización alguna conseguía que los procesos tecnológicos necesarios para llevar a cabo un trabajo resultasen rentables y mecánicos.

Además, el ingeniero, figura central del siglo xix, ya no es confundido con la naturaleza o con el azar. Los descubrimientos surgen directamente del ingenio, del estudio y de la asunción de unos saberes científicos aplicados, tal y como propuso Francis Bacon unos siglos atrás.

La máquina que mejor caracterizó el despegue técnico y tecnológico que supuso la revolución industrial fue el ferrocarril. No sólo hizo más cortas las distancias, sino que abrió ante el hombre moderno un abanico de posibilidades. En la imagen, Lluvia, vapor y velocidad, una de las obras más emblemáticas de Turner.

El despliegue tecnológico e industrial de los siglos xix y xx condujo al desarrollo acelerado de las ciencias aplicadas, que tenían que hacerse cargo de las necesidades de la propia industria, que seguía las máximas de la rentabilidad y la efectividad. Asimismo, los viejos artilugios desarrollados en los inicios de la Edad Moderna se vieron sujetos a complejas revisiones para integrarlos dentro de un nuevo contexto económico, tecnológico y cultural.

De esta forma se estableció un nuevo paradigma científico que invertía los procesos antiguos y medievales. A partir de la revolución industrial cambió la relación entre ciencia desarrollada en un exclusivo plano teórico y técnica basada en fundamentos científicos: la ciencia pasó a seguir los parámetros que marcaban las tecnologías.

Sirva como ejemplo la situación generada por las dos grandes guerras mundiales. Los acontecimientos bélicos precisaban de armas cada vez más mortíferas, así como de nuevas formas de comunicación. Por ello, las naciones en conflicto contrataron ingenieros y científicos, que dejaron de investigar en el plano teórico los medios para alcanzar el bien del ser humano y se dedicaron a desarrollar nuevas teorías y nuevos artilugios para hacer frente a esta demanda tecnológica del momento.

Evidentemente, esto no siempre sucede así, y hay investigadores que desarrollan teorías en torno a aquello que consideran más oportuno; pero los grandes salarios y las grandes becas dentro del mundo de las ciencias se reservan a los científicos que son capaces de diseñar vías destinadas a crear nuevas tecnologías útiles y rentables.

Los periodos de la revolución tecnológica. Desde un punto de vista histórico, el maquinismo y el nuevo paradigma de la ciencia subordinada a la tecnología, la economía y la explotación del planeta surgieron con la revolución industrial, más concretamente a partir de la invención de la máquina de vapor.

En este primer momento de la etapa tecnológica, las máquinas aún hacían un uso directo de los recursos que ofrece de manera espontánea la naturaleza. Se explotaban las minas de carbón y se establecían diversas industrias alrededor de lo que la naturaleza dispone, por lo que aún no se puede afirmar que se «forzaban» los recursos naturales.

La segunda fase dentro de la etapa tecnológica se caracterizó por el empleo de la electricidad, que supuso una transformación de los recursos naturales para abastecer las necesidades de las ciudades y las industrias.

Por otro lado, el desarrollo de las máquinas propició la aparición de la producción en cadena, que sólo necesitaba de obreros no especializados para mantener vivo el proceso productivo. Esto supuso una aceleración de la economía, que a su vez precisó de más maquinaria y de una explotación más exhaustiva de los recursos naturales existentes.

La tercera y última fase de la etapa tecnológica supone la automatización de los procesos de explotación y producción. Ya no se necesita tanta mano de obra, ya que las máquinas sustituyen a los hombres, y tampoco es necesario que ingenieros especialistas manejen el funcionamiento de la tecnología, que es capaz de autogestionarse.

La visión apocalíptica de la tecnología. La etapa tecnológica dentro de la evolución de la técnica y la ciencia conlleva el planteamiento de una serie de cuestiones muy graves para la supervivencia de la especie humana y el planeta.

El calentamiento global, los cambios climáticos y el desgaste de los recursos naturales auguran un futuro preocupante para la Tierra. Ya no se trata sólo del daño que el ser humano es capaz de ejercer sobre otros hombres a través de la invención de bombas atómicas o diversas formas de terrorismo, es que nuestro planeta parece no dar más de sí: parece que el viejo sueño de Francis Bacon ha conducido a una especie de histeria tecnológica que es difícil de frenar.

La inteligencia artificial, tratada con maestría por Stanley Kubrick en 2001: una odisea en el espacio, despierta la desconfianza en el hombre, que teme que, al igual que sucede en la película con la computadora Hal, los productos tecnológicos terminen por destruir la naturaleza humana.

Aunque el miedo ante una civilización tecnocrática que amenaza con acabar con el planeta se haya agravado en los últimos decenios, esta denuncia del uso irresponsable de la ciencia y la tecnología siempre ha existido.

Uno de los mitos griegos más recurrentes cuenta cómo los dioses castigaron a Prometeo por robar el fuego para entregárselo a los hombres, ya que consideraban que los seres humanos no serían capaces de controlar su poder.

Mucho después, el pensamiento romántico también advirtió de los peligros de una ciencia y una tecnología que eran observadas con demasiado entusiasmo desde la Ilustración. En el año 1818 Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo, una novela epistolar en la que relataba cómo la ciencia conduce al horror cuando se sobrepasan ciertos límites.

Más recientemente, y dentro del séptimo arte, algunas películas han enfatizado sobre este carácter apocalíptico, entre ellas 2001: una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, o Blade Runner, de Ridley Scott.

En la película de Kubrick, de 1968, el miedo a la tecnología viene representado por el ordenador Hal, artilugio al servicio del hombre que acaba sometiendo a éste a su voluntad.

Por su parte, en el filme de Scott, estrenado en 1982, aparecen unos «frankensteins» más modernos, los «replicantes», que han sido fabricados para servir al hombre, pero que están dotados de cierta sensibilidad y son conscientes de su propio carácter finito y perecedero. Así, los «replicantes» de la generación «Nexus 6» se rebelan contra el destino de una muerte inminente y vuelven a la tierra y, como Frankenstein, se enfrentan a su creador y verdugo. La película, que se ha convertido en un clásico, alerta del peligro latente en una humanidad tecnificada que ha cedido la dirección de sus vidas a los artefactos creados por los propios hombres.

La película Blade Runner, de Ridley Scott, representa con completa actualidad el miedo del hombre contemporáneo a una tecnología que se vuelve contra él. En ella, los replicantes, creados por el ser humano para satisfacer sus necesidades, se rebelan contra sus creadores, pidiéndoles un sentido a su existencia.

Este determinismo tecnológico, que ya advirtiera Karl Marx entre otros, hace temer que el hombre se halle en manos de una tecnología producida y usada para unos fines particulares e interesados, pero también que se encuentre bajo el poder de sus creaciones, que pueden acabar sometiendo a la humanidad.

Tabla 3. Uno de los estudios más profundos y complejos del fenómeno de la tecnología en la historia es el llevado a cabo por Carl Mitcham en sus Tres formas de ser con la tecnología, donde describe cómo ha tratado cada época la realidad tecnológica.

La visión apocalíptica de la ciencia y la tecnología contemporáneas también se ha hecho un hueco entre los pensadores y los artistas de nuestros días.

La Escuela de Frankfurt, por ejemplo, con Theodor Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse a la cabeza, denunció en la década de 1960 cómo la Ilustración no era sino un modelo imperfecto que pretendía encubrir el dominio y la explotación indiscriminada del planeta.

De manera paralela y casi simultánea, escritores como los argentinos Julio Cortázar y Ernesto Sábato han denunciado en sus novelas y ensayos cómo el hombre ha terminado deshumanizándose bajo el control de los sistemas y las tecnologías, pasando a convertirse en un engranaje más dentro de un inmenso sistema de producción.

El siglo xxi no ha tenido más remedio que hacer caso a estas alarmas al comprobar cómo el planeta empieza a cambiar de forma fatal. La capa de ozono comienza a desaparecer, el hielo de los polos se derrite, el efecto invernadero se pronuncia, las catástrofes naturales se vuelven cada vez más frecuentes y, según algunos científicos y economistas, el petróleo, base de la economía mundial, desaparecerá en menos de medio siglo.

Ante esta situación, los movimientos ecologistas y antiglobalización surgen en medio mundo, pidiendo un poco de sensatez y una reconsideración del sentido de una sociedad que vive por y para la tecnología.

Análisis de textos

Platón: –Protágoras

Pero quedaba aún sin equipar la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en ese trance, llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz. Ante la imposibilidad de encontrar un medio de salvación para el hombre. Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el fuego (ya que sin el fuego era imposible que aquélla fuese adquirida por nadie o resultase útil) y se la ofrece, así, como regalo al hombre. Con ella recibió el hombre la sabiduría para conservar la vida, pero no recibió la sabiduría política, porque estaba en poder de Zeus y a Prometeo no le estaba permitido acceder a la mansión de Zeus, en la acrópolis, a cuya entrada había dos guardianes terribles. Pero entró furtivamente al taller común de Atenea y Hefesto en el que practicaban juntos sus artes y, robando el arte del fuego de Hefesto y las demás de Atenea, se las dio al hombre. Y, debido a esto, el hombre adquiere los recursos necesarios para la vida, pero sobre Prometeo, por culpa de Epimeteo, recayó luego, según se cuenta, el castigo del robo.

Texto 1. Platón describió en su Protágoras la manera en la que el hombre accedió a la técnica. Según los mitos griegos, Prometeo robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, que estaban desprotegidos y necesitaban de su técnica para sobrevivir.

David S. Landes: –La riqueza y la pobreza de las naciones

Un asunto aparentemente banal, algo que, de tan manido, puede resultar trivial. Y sin embargo, la invención de los anteojos multiplicó por dos o incluso más la vida laboral de los artesanos cualificados, especialmente de quienes realizaban trabajo de precisión: los escribas (fundamentales antes de la invención de la imprenta) y los lectores, los fabricantes de instrumentos y herramientas, los tejedores, los metalistas. El problema es de índole biológica: debido a que el cristalino del ojo humano se endurece alrededor de los cuarenta años de edad, produce un efecto similar a una buena visión de lejos (en realidad, se trata de hipermetropía), aunque el ojo ya no puede enfocar los objetos cercanos. Pero, a los cuarenta años, un artesano medieval aún podía esperar razonablemente vivir y trabajar veinte años más, los mejores de su vida laboral..., siempre y cuando viera lo suficientemente bien. Las gafas resolvieron el problema. Se tiene noticia de dónde y cuándo podrían haber surgido los primero anteojos. [...] Al parecer, esto ocurrió por primera vez en Pisa, en torno a finales del siglo xiii.

Texto 2. David S. Landes, en La riqueza y la pobreza de las naciones, señala que la Europa medieval fue una de la sociedades más inventivas que ha conocido la historia. Algunos ejemplos de inventos del medievo son el reloj mecánico, la imprenta, la pólvora y las gafas.

René Descartes: –Discurso del método

Pues tales nociones [algunas nociones generales relacionadas con la física] me han hecho ver que es posible lograr conocimientos muy útiles para la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, se pueda encontrar un filosofía práctica en virtud de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, de los astros, de los cielos y de todos lo demás cuerpos que nos rodean con tanta precisión como conocemos los diferentes oficios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlos de la misma manera en todos los usos para los cuales son apropiados y convertirnos, de este modo, en dueños y poseedores de la naturaleza. Lo cual no sólo es deseable con vistas a la invención de una infinidad de artificios, que nos permitirían disfrutar sin esfuerzo alguno de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que hay en ella, sino principalmente también para la conservación de la salud, que es sin duda el primer y el fundamento de todos los demás bienes de esta vida.

Texto 3. Incluso los pensadores más piadosos de la Edad Moderna, como Descartes, tenían una concepción optimista de la ciencia y la tecnología, y consideraban que no había que ponerle trabas al desarrollo tecnológico.