El trabajo

El concepto de trabajo está revestido de cierta ambigüedad, puesto que hace referencia a dos realidades similares pero no idénticas. Por un lado designa la actividad que produce algo útil, lo que supone un enunciado objetivo del fenómeno; por otro apunta a una labor penosa, que implica esfuerzo y sacrificio, lo que configura, en cierto sentido, una consideración moral del concepto.

Desde un punto de vista etimológico, el término trabajo procede de la palabra latina tripaliare, que quiere decir «torturar», lo que indica que, en su origen, el trabajo estaba emparentado con el sufrimiento antes que con la ejecución de actividades útiles. Otros dos términos latinos sirven para hacer referencia al trabajo e inciden en unos significados similares: opus, que quiere decir obra, acción de fuerza, y laboro, que indica laboriosidad.

Esta doble significación del concepto también se encontraba en los dos términos empleados en el griego clásico para referirse al trabajo: enérgeia, equivalente a fuerza, poder, y pónos, que designaba fatiga.

Aún en la actualidad, algunos idiomas, como el inglés, emplean palabras diferentes para designar el hecho de trabajar, remarcando las dos facetas del término, como sucede con work y labour.

En cualquier caso, parece evidente que la tradición occidental no puede comprender el trabajo sin ligarlo al sufrimiento y al desempeño de unas labores que son, desde un punto de vista físico o moral, penosas.

El concepto de trabajo

Lo común a todos los trabajos es que poseen un indudable valor social, de tal modo que sirven para mejorar la vida de los ciudadanos que integran las sociedades. De este modo, un trabajo que no tenga como fin inmediato la aportación de alguna clase de mejora o utilidad social no es considerado como tal, por lo que la idea de un trabajo que es un fin en sí mismo, un «trabajo por el trabajo», es una necedad.

La pensadora Hannah Arendt realizó en La condición humana una distinción muy sugerente entre labor, trabajo y acción, relacionando cada forma de actividad con una dimensión concreta de la naturaleza humana.

Para la cultura occidental moderna, el trabajo se caracteriza por su carácter trascendente, lo que quiere decir que siempre encuentra su razón de ser fuera de sí mismo, en un nuevo ámbito de aplicación. Y además implica esfuerzo, constancia y dedicación, lo que hace que pueda resultar indeseable.

Pero, como el trabajo es necesario para el desarrollo de los pueblos y de las culturas, es inevitable que alguien lo lleve a cabo. Para sentirse cómodo en el mundo, el hombre no tiene más remedio que transformar lo que le rodea, por lo que el trabajo es completamente esencial para la institución de una realidad humana, tal y como Hegel señaló en el siglo xix.

Los dos sentidos iniciales del concepto de trabajo han llegado a ser incluso separados por algunos autores utópicos, que pretendían la transformación de la naturaleza a partir del esfuerzo de las máquinas o los autómatas.

Tabla 1. Según el pensamiento clásico griego, cada forma de ciencia se relaciona con una virtud distinta. El trabajo, que está emparentado con la póiesis y con la producción, tiene en la técnica su propia virtud.

En la actualidad se sabe que esas utopías son bastante ingenuas, ya que la robotización y la automatización del trabajo no conducen necesariamente a la libertad y a la ociosidad humanas, sino, bien al contrario, a la transformación del individuo en un engranaje, a su sometimiento a unos procesos de los que ni siquiera es consciente.

La concepción clásica griega del trabajo

Desde un punto de vista filosófico, el concepto de trabajo aparece por primera vez en la cultura griega, que llamó póiesis al acto de producir alguna clase de obra. Dicha obra no tenía por qué consistir necesariamente en la ejecución de algún tipo de objeto material; también podía hacer referencia a la labor de un médico o a la de un arquitecto, que no operan físicamente sobre la realidad.

Para los griegos, el trabajo era una actividad productiva que garantizaba la supervivencia del ser humano gracias a la transformación que realizaba de la naturaleza, volviéndola más doméstica y cómoda. Así, los grandes escritores clásicos, como Hesíodo en Los trabajos y los días, afirmaban que el verdadero mal no se encontraba en el esfuerzo, sino en la ociosidad.

Esta concepción absolutamente positiva del trabajo empezó sin embargo, a cambiar a medida que se transformaban la cultura y la economía griegas. A partir del siglo iv a.C., gracias a las conquistas y al comercio a través del Mediterráneo, Atenas se convirtió en una ciudad próspera, llena de esclavos procedentes de otras culturas y ciudades que habían caído bajo su poder o que habían sido comprados.

Estos esclavos fueron empleados por los ciudadanos griegos para que ejerciesen las actividades más penosas, lo que a su vez implicó un paulatino desprecio del trabajo físico, del que se hicieron eco los grandes sistemas filosóficos.

Platón (428-347 a.C.), por ejemplo, diseñó una república utópica en la que los ciudadanos ejercían las labores que eran más afines a su forma de ser, de modo que los esclavos eran tales por naturaleza, no por obligación.

Así, en la República, los trabajadores ocupaban el último escalafón en la jerarquía social, tal como sucedía con los esclavos en su Atenas natal. En esta clase se integraban aquellos individuos de categoría inferior que no destacaban ni por su intelecto (los sabios gobernantes), ni por su valor (los guerreros defensores de la ciudad), sino únicamente por su habilidad manual, lo que los hacía aptos para producir los bienes que necesitaba el Estado.

En otros diálogos, Platón despreció la transformación física de la realidad y la artesanía, que se alejaban de las actividades intelectuales del sabio y de las virtudes elementales de un ser dotado de razón y alma. De esta forma, la condena del trabajo físico encajaba perfectamente con una ontología que consideraba la realidad material como una realidad secundaria, reservada para los brutos.

Este hecho cuestiona de manera radical la naturaleza de la democracia griega, que estaba erigida sobre la consideración de los esclavos como animales que sustentaban el bienestar de los hombres libres, que no debían trabajar.

Aristóteles (384-322 a.C.), por su parte, escribió acerca del trabajo relacionándolo con los medios y las actividades necesarios para alcanzar la felicidad. Según su Ética a Nicómaco, cabía distinguir entre tres formas diferentes de vida: la contemplativa, la política y la voluptuosa, cada una de las cuales guardaba una relación particular con la consecución de la vida feliz.

La artesanía era despreciada por los pensadores clásicos, que entendían que sólo la contemplación y la vida teorética tenía sentido. En la imagen, Naturaleza muerta con copa, una alegoría de la artesanía debida a Willem Kalf.

A pesar de que, según los historiadores y los arqueólogos, la mayor parte de los griegos se dedicaban a la práctica de la vida voluptuosa, para Aristóteles la vida contemplativa era la que se hallaba más cerca de la conquista de la felicidad.

Puede que los negocios fuesen necesarios para enriquecer la ciudad, pero, según el pensador de Estagira, el hombre debía olvidar la pretensión de enriquecerse, ya que las riquezas no son un bien en sí mismo, sino un bien derivado, y, en consecuencia, no merecen el sacrificio de la propia vida.

Aunque Aristóteles ni siquiera hizo una mención explícita de ella, es de suponer que un tanto de lo mismo sucedía con la artesanía, que no sólo se realiza para enriquecerse, sino que además implica cierto esfuerzo físico.

Como filósofo y amante de la verdad y la sabiduría, el autor de la Metafísica consideraba en su ética que la forma de vida que más acercaba al hombre a la felicidad era la contemplativa, puesto que era la que mejor se ajustaba a su naturaleza, a su condición de animal racional.

Sin embargo, para llevar una vida contemplativa, el hombre debe verse dispensado de las cargas de la existencia material, tiene que disponer de ocio, que no debe entenderse como el hecho de no hacer nada sino como la negación del «negocio», como el hecho de no tener que ocuparse de los trabajos cotidianos que exige la existencia mundana.

Tabla 2. Según Aristóteles, el trabajo, al contrario que la contemplación, no conduce a la felicidad, ya que, como en el caso del negociante, se reduce al esfuerzo vano por adquirir bienes materiales.

Así, para que unos pocos puedan dedicarse al cultivo de su ocio y su saber, es necesario que la sociedad sea sustentada por unos individuos que no tengan otro objeto que paliar las necesidades de los «mejores».

Aristóteles escribió que el ocio, entendido como la ausencia de necesidades, era necesario para la felicidad y para el pensamiento. La imagen muestra La fábula de Diógenes, de Giovanni Benedetto Castiglione, en la que se representa al más ocioso de los pensadores griegos.

De esta forma, la consideración del trabajo como condena en Grecia no sólo respondía a una situación económica, política y social, sino que además ayudó a generar toda una filosofía aristocrática, que entendía la diversión y el ocio a partir de la consideración de determinados hombres como instrumentos, como útiles desprovistos de derechos o iniciativa.

La concepción medieval del trabajo

A lo largo de la Edad Media se produjo una reivindicación del trabajo a partir de la difusión, la lectura y la interpretación de la Biblia, en la que se describía al hombre como un siervo de Dios que tenía la obligación de trabajar la tierra. De este modo, el pensamiento judeocristiano sacralizó la transformación de la naturaleza, tal como se puede leer en el Génesis:

  • «Así que el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara».

Sin embargo, también la tradición cristiana efectuó una caracterización ambigua del trabajo, puesto que, si bien afirmaba su carácter divino, también remarcaba su condición de condena, de castigo heredado del pecado de Adán y Eva en el Paraíso:

  • «Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol prohibido, maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida. Ella te dará espinas y cardos, y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la que fuiste formado, porque eres polvo y al polvo volverás».

Según el relato del Génesis, la Tierra podría haber sido perfectamente un paraíso que ofreciera al hombre todo lo que necesitase sin ninguna clase de esfuerzo, pero el hecho de que el ser humano hubiera querido ser libre y hubiera preferido desobedecer a Dios implicó que el mundo se hubiese llenado de misterios, sufrimientos y esfuerzos.

La estructura y el sentido de este mito cristiano se halla presente en otras tradiciones, como la griega, en la que se describe cómo el esfuerzo del trabajo surge de la caja de Pandora. Incluso Hesíodo, autor del canto más elevado y célebre a la actividad laboral, Los trabajos y los días, admite que echa de menos aquellos tiempos en los que los hombres y los dioses hermanados hacían de la Tierra un lugar perfectamente habitable sin necesidad de recurrir al esfuerzo y al dolor del trabajo.

Durante la Edad Media, la maldición descrita en las Escrituras se correspondía con la situación real de los artesanos. La economía era tan deficitaria que casi toda Europa vivía sumida en la pobreza, y los artesanos y los trabajadores manuales eran los que más sufrían esta situación. Esto se debía a la existencia de una rígida jerarquía que hacía de los trabajadores manuales los seres menos cualificados y, en consecuencia, los que ocupaban el escalafón inferior dentro de la sociedad.

Según la división de Aldaberon de Laon, la sociedad cristiana estaba compuesta por tres estamentos: los oratores, los bellatores y los laboratores.

La clase de los oratores estaba integrada por los clérigos y por los monjes, que tenían por función la oración, el estudio y la contemplación de Dios. Desempeñaban un papel fundamental dentro de la sociedad medieval, ya que posibilitaban el contacto entre el ámbito divino y el ámbito terrenal, haciendo de interlocutores privilegiados.

La clase de los bellatores estaba compuesta por los soldados, que tenían la función de proteger las ciudades y eran muy estimados. Estos caballeros terminaron dando lugar al establecimiento de una nueva nobleza, que disfrutaba de todas las comodidades y todos los privilegios.

Por último, la clase de los laboratores era la que se dedicaba a los oficios manuales, al desarrollo del trabajo en el campo. Su función era la de proveer a las otras dos clases de todo aquello que necesitaban, y no disponía de derechos ni privilegios.

Esta jerarquía social recuerda más a la República de Platón que a las Escrituras. Sin embargo, los clérigos propagaron entre los fieles esta dudosa interpretación de la palabra evangélica.

Por otra parte, cabe señalar que los artesanos no se encontraban del todo integrados dentro del estamento de los laboratores –que hacía referencia casi exclusiva a los labradores–, y eran tratados con cierto respeto por los clérigos y los caballeros, ya que ofrecían objetos y utensilios muy estimados.

De esta forma, a pesar de que el medievo mantuvo una jerarquía social similar a la de los sistemas esclavistas, los trabajos manuales empezaron a ganar cierta consideración.

La concepción del trabajo en la Edad Moderna

Si la Edad Media había comenzado a reconsiderar el valor de los trabajos manuales, la nueva visión del hombre y del mundo surgida en la Edad Moderna estableció un nuevo paradigma que consideró esencial el papel de los trabajadores.

Tabla 3. En la Edad Media el trabajo se siguió considerando como una actividad de orden inferior. La nueva estructura social, basada en la religión y en la guerra, se fraguó precisamente sobre estas consideraciones.

El avance de las ciencias aplicadas y el desarrollo de sistemas filosóficos como el de Francis Bacon transformaron radicalmente la relación entre el ser humano y la naturaleza. Ya no se trataba de respetar escrupulosamente lo que la naturaleza ofrecía ni tampoco mantener la concepción de que el hombre era un siervo de Dios creado para trabajar sus tierras. El paradigma científico y tecnológico de la Edad Moderna llevó al hombre a transformar la naturaleza para satisfacer sus ambiciones, y en esta labor el trabajo pasó a ocupar una posición privilegiada.

La interpretación religiosa del trabajo en la Edad Moderna. El nuevo hombre de la Edad Moderna es idéntico a Dios en lo que se refiere a su capacidad para crear nuevas realidades a partir de la naturaleza. El siguiente fragmento del Génesis describe bien esta novedosa situación:

  • «Y creó Dios a los hombres a su imagen; y a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra.”».

Así, según algunos filósofos modernos como Max Weber (1864-1920), la institución de un nuevo modelo antropológico y laboral también está determinada por las profundas transformaciones religiosas que se produjeron en Europa hacia el siglo xvi. Para el pensador alemán, la reforma protestante dignificó el trabajo hasta unos extremos antes insospechados.

La labor desarrollada por los monjes en los monasterios sirvió para que en la Edad Media empezasen a considerarse de manera positiva los trabajos artesanales. En la imagen, San Jerónimo en su celda, obra de Nicolás Francés.

Por su parte, Martín Lutero (1483-1546) llevó a cabo una reinterpretación de la Biblia en clave moderna, dándole un nuevo sentido a los viejos conceptos. Así, el trabajo se convirtió en una «profesión», en el sentido en que constituía una obligación moral de carácter divino. Además, el luteranismo supuso un ataque frontal contra las tradicionales órdenes eclesiásticas, que situaban la vida ascética por encima de la vida de los artesanos y los trabajadores manuales, que debían dedicarse a servir a las iglesias. Bajo la nueva perspectiva reformista, la vida monacal suponía en realidad una huida de las obligaciones del mundo, mientras que el trabajo manual implicaba en verdad la expresión más perfecta del amor a Dios y al prójimo.

Alegoría del protestantismo, de Girolamo da Treviso. La obra de Martín Lutero, quien luchó contra la ortodoxia católica, dio lugar a una nueva concepción del trabajo, que pasó a ser dignificado y comprendido como la expresión más perfecta del amor al prójimo.

En manos de Lutero, la célebre frase de san Pablo «quien no trabaje que no coma» se convirtió en una forma de instigación contra las clases acomodadas, que se servían de los viejos argumentos de santo Tomás de Aquino para justificar la inactividad, a la que consideraban buena siempre y cuando no hubiese ninguna clase de urgencia.

El pensamiento medieval siempre había situado la vida contemplativa por encima de la mundana, de tal modo que mientras hubiese recursos para sobrevivir o se dispusiese de cierta riqueza no había necesidad de dedicarse a los trabajos manuales. Sin embargo, estas convicciones eran utilizadas como coartadas para justificar la explotación del pueblo, que suministraba al clero lo que éste necesitaba para llevar una vida acomodada. Con la Reforma de Lutero esta situación se vino abajo, y dentro de la propia Iglesia surgieron corrientes y órdenes que propugnaron la humildad y los trabajos manuales.

Para Max Weber, todas estas revoluciones en torno a la concepción del trabajo en la Edad Moderna también tuvieron mucho que ver con las disputas a propósito de la predestinación y la salvación del alma. Según la doctrina ortodoxa cristiana, el hombre podía salvarse si efectuaba una serie de obras para la Iglesia. Sin embargo, la reforma de Juan Calvino (1509-1564) partía precisamente de la convicción de que el destino de los hombres estaba decidido desde su nacimiento. Es decir, antes de que un hombre actuase de una u otra forma, Dios ya había decidido cómo se comportaría en su vida, con lo que ya estaba condenado o salvado incluso antes de pecar. En consecuencia, la salvación no dependía del trabajo que uno llevase a cabo para la Iglesia, sino del plan divino.

No obstante, el calvinismo también sostenía que había que actuar como si uno estuviese seguro de su salvación, ya que, de lo contrario, se estaría mostrando ausencia de fe; y la mejor manera de demostrar que uno se consideraba salvado era precisamente trabajando, que es la mayor muestra de amor a Dios y al prójimo.

Así, los sucesores de Calvino entendieron que la arrogancia y la fe en uno mismo eran la única forma de salvarse, lo que entraba en conflicto con la postura luterana que celebraba la humildad y el trabajo desde la búsqueda del perdón.

De esta manera, en los inicios de la Edad Moderna el trabajo se vio revalorizado gracias a la religión, bien desde la arrogancia de los calvinistas, bien desde la humildad y el esfuerzo de los luteranos.

A estas condiciones puramente ideológicas y religiosas vino a sumarse una nueva situación económica, que fue la que preparó el camino hacia la comprensión contemporánea del trabajo.

La revalorización del trabajo por los pensadores ingleses de la Edad Moderna. El optimismo filosófico de los pensadores ingleses de la Edad Moderna se vio acentuado por la bonanza económica de los siglos xvii y xviii, de tal modo que empezaron a comprender el trabajo desde una perspectiva distinta, desligada de la dimensión religiosa y las significaciones existenciales.

Para John Locke (1632-1704), el trabajo no tenía por qué estar necesariamente circunscrito al ámbito de la pobreza, la necesidad y el esfuerzo. Según el filósofo empirista inglés, había que entender el fenómeno laboral como la base de una nueva forma de organización social que tenía la propiedad privada en su base.

Contra lo que mantenían los reformistas y los teóricos ortodoxos del cristianismo, el hombre no tiene por qué trabajar para mostrar su amor por Dios ni para ganarse el cielo; el individuo debe trabajar porque: «Cada humano es propietario de su propia persona, sobre la cual nadie, excepto él mismo, tiene ningún derecho. Podemos añadir a lo anterior que el trabajo de su cuerpo y la labor de sus manos son también suyos».

De esta forma, el trabajo constituye la base de la identidad humana y el origen de su prosperidad, y, cuando se transforma la naturaleza, cada uno es dueño de aquella parte sobre la que ha trabajado.

El derecho a la propiedad irrumpió en el mundo de la Edad Moderna de una forma revolucionaria, y asentó las bases del posterior liberalismo, así como las nociones elementales del egoísmo contemporáneo.

Sin embargo, Locke también advirtió sobre la explotación indiscriminada de los recursos y la apropiación de grandes parcelas de naturaleza por parte de una sola entidad. El derecho a la propiedad también supone la asunción del deber de dejar espacios naturales para que los demás individuos se desarrollen y tengan sus propias propiedades.

La Edad Moderna, con sus revoluciones científicas y el nacimiento de nuevas clases sociales basadas en el comercio, entendió que el trabajo era el medio por el cual el hombre transformaba el mundo. De esta forma, labores como las de los mercaderes, representadas en la imagen en Escena del mercado, obra de Pieter Aertsen, empezaron a ser consideradas de una manera distinta.

Poco después, Adam Smith (1723-1790) desarrolló una nueva formulación del trabajo más amplia, que no se refería tanto al individuo como a las naciones. Según la obra más célebre de Smith, Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, el trabajo se hallaba en la base de la riqueza de las naciones, lo que rompía frontalmente con las viejas teorías mercantilistas y fisiócratas (el mercantilismo antiguo mantenía que la riqueza de las naciones dependía de forma exclusiva de las reservas de oro y otros metales preciosos, mientras que los fisiócratas creían que la riqueza dependía de los recursos que ofrecía espontáneamente la naturaleza).

El liberalismo de Adam Smith suponía además un reflejo fiel de lo que estaba sucediendo en Inglaterra a finales del siglo xviii. La revolución industrial estaba transformando las formas de producción, y los viejos mercados europeos empezaban a basar sus potencialidades en su capacidad para producir el mayor número posible de objetos al menor coste, capacidad que dependía directamente del trabajo de los obreros. La economía, por tanto, ya no dependía exclusivamente de los recursos que se poseían, sino que partía de la capacidad para trabajar sobre la naturaleza.

Los siglos xvii y xviii dieron lugar a una serie de teorías enfrentadas en torno al valor del trabajo y su relación con la riqueza de un país. Mientras mercantilistas y fisiócratas defendían que la riqueza se hallaba en el oro o en la tierra, John Locke y Adam Smith entendieron que el trabajo se encontraba en la base de la economía de las naciones.

Francia también se hizo eco de esta nueva concepción del trabajo, y La Enciclopedia de Diderot y D’Alembert (1751-1772) se hizo eco del valor de la actividad laboral. Los 28 volúmenes que integran la inmensa obra recogen cientos de profesiones, tanto artesanales como industriales.

La concepción marxista del trabajo

Si se considera la historia del concepto de trabajo se puede observar cómo éste no obtuvo cierta relevancia intelectual hasta prácticamente el siglo xix, por lo que no es de extrañar que la filosofía no se fijase en su importancia y en su alcance hasta que la revolución industrial no había empezado a transformar radicalmente la sociedad y la cultura.

Las primeras aportaciones teóricas relevantes al concepto se realizaron hacia los inicios del siglo xix, cuando los románticos y los idealistas entendieron que la función de las ideas era la de transformar la realidad hasta divinizar la existencia, hasta conseguir identificar razón y realidad.

Así, Johann Gottlieb Fichte consideraba que todo aquello que se oponía al sujeto debía ser superado a través del trabajo y el esfuerzo, de tal modo que lo material debía transformarse en ideal mediante un largo proceso histórico.

Pero fue sobre todo Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) quien mejor supo identificar el fenómeno del trabajo dentro de un sistema filosófico complejo y certero. De todas sus teorías al respecto, las que más resonancia han tenido en la historia del concepto del trabajo se hallan recogidas en la Fenomenología del espíritu, más concretamente en los fragmentos que integran la llamada «Dialéctica del amo y del esclavo».

Según estos textos, que luego influyeron notablemente en un autor tan poco hegeliano como Friedrich Nietzsche, el amo y el esclavo son dos categorías sociales, culturales y existenciales interdependientes, que se necesitan mutuamente para tener sentido.

Sin embargo, esta relación entre amo y esclavo no es tan evidente como puede parecer en principio. Para Hegel, las relaciones entre ambos son en su origen elementales y sencillas: en algún momento de la historia el amo se ha arriesgado y ha vencido al esclavo, por lo que se siente con el derecho a poseer su vida. Desde ese momento, el esclavo trabaja para sustentar no sólo su propia vida, sino también la de su amo.

No obstante, el amo necesita del esclavo para ser tal. Si acabase con la vida de éste perdería su identidad y se vería despojado de su forma de existencia, por lo que, en cierto sentido, es tan esclavo del esclavo como éste lo es del amo.

La dialéctica del amo y del esclavo conduce en realidad a la evidencia de que la relación se establece entre dos formas distintas de esclavitud. El esclavo entrega lo que trabaja al amo, pero el amo depende del esclavo para ser lo que es y además se ve privado de su relación directa con la naturaleza, con el mundo, puesto que no trabaja.

Así, lo que Hegel está planteando es que la verdadera esclavitud reside en no trabajar, en no poder disponer de los resultados del propio esfuerzo. Es cierto que en principio el esclavo está sometido a un amo, pero también lo es que el devenir histórico hará que aquél termine tomando posesión de lo que le pertenece, despojando al amo de todas sus cualidades.

De esta manera, el idealismo hegeliano hace depender la esencia del hombre de su contacto con la naturaleza a través del trabajo, que supone la objetivación de sus ideas subjetivas, su materialización.

La importancia del idealismo absoluto de Hegel se puede observar con claridad en la obra de su heredero directo, Karl Marx (1818-1883), quien invirtió la mayor parte de los planteamientos idealistas para dar lugar a un materialismo que se adaptaba mejor a las circunstancias económicas reales del siglo xix, marcadas por el incipiente capitalismo.

El capitalismo decimonónico daba tal relevancia al trabajo que había hecho de éste una mercancía, que repercutía en el devenir económico de las naciones. Así, el trabajo fue desvinculándose de sus implicaciones personales para convertirse en una relación meramente mercantil: el trabajador, como sujeto libre, vendía su fuerza de trabajo a un precio que supuestamente estaba regido por la ley de la oferta y la demanda. Por tanto, el trabajo se convirtió en empleo, lo que implicaba un salario a cambio de trabajar la jornada.

Por otro lado, el mercado contribuyó a homogeneizar la sociedad, que hasta la Edad Moderna se había caracterizado por sus marcadas diferencias entre las posiciones sociales. El resultado de todo este proceso es que lo comprado y lo vendido en el mercado del trabajo no es la habilidad o el talento individual, sino la fuerza de trabajo, de la que todo ser humano posee aproximadamente la misma. En este proceso de igualación, la única diferencia que permanece es la que existe entre aquellos que pueden comprar fuerza de trabajo y aquellos que están obligados a venderla.

Para Marx, el gran error del liberalismo de Adam Smith es que sólo consideraba al trabajador como un engranaje mercantil, que posibilitaba no tanto la realización de los individuos como la acumulación de riquezas por parte de las naciones. Hegel, por el contrario, tuvo para Marx la capacidad de señalar que el trabajo no es sólo la capacidad de ejercer un esfuerzo continuado para la producción de unos bienes, sino también, y sobre todo, aquello que hace que un hombre sea hombre, constituyendo su identidad.

A partir de estas ideas, Marx criticó la concepción capitalista de la Edad Moderna porque se basaba en la alienación del trabajador, que era despojado del resultado de su trabajo y, en consecuencia, de su identidad.

El concepto de alienación es uno de los que mejor describe la esencia de la consideración marxista del trabajo. El concepto procede del término latino alienus, que quiere decir lo extraño y lo ajeno. Con él, Marx hacía referencia a la desposesión que sufría el obrero a manos de los propietarios capitalistas, que explotaban el trabajo de los obreros para enriquecerse a su costa. Para Marx, cuando un trabajador pierde el producto de su trabajo también se pierde a sí mismo, y se convierte en capital.

Ante esta situación, el pensador alemán planteaba un futuro no muy lejano en el que los obreros serían capaces de sobreponerse al capitalismo para convertirse en los dueños de sí mismos, al modo ya expuesto por Hegel en la «Dialéctica del amo y del esclavo».

El fin del capitalismo era inevitable para Marx porque, según él, la propia historia se movía a través de una dialéctica interna en la que las situaciones se volvían insostenibles para dar lugar a un nuevo Estado. Este nuevo Estado sería el comunista, donde desaparecería la propiedad privada y se eliminarían todas las formas de alienación.

La concepción actual del trabajo

El concepto de trabajo se ha visto unido al de desempleo desde los orígenes de la contemporaneidad. Hasta la irrupción del modelo capitalista, el desempleo no existía, ya que tampoco existían los empleados. La mayor parte de la población vivía sumida en la pobreza y se dedicaba a vagabundear, y sólo los más privilegiados trabajaban a las órdenes de algún terrateniente adinerado.

Sin embargo, desde el momento en que el trabajo se convierte en una pieza clave dentro del desarrollo de las sociedades capitalistas, los empleados tienen que luchar contra el hecho de verse sin empleo.

Esto no sucedió hasta que el modelo capitalista se mostró insuficiente para acoger una mano de obra que ya no era tan necesaria. Fenómenos como la automatización del trabajo o la sustitución de los obreros por máquinas produjeron un exceso de mano de obra; por otra parte, las recesiones económicas que siguieron a las grandes guerras mundiales hicieron que no se necesitasen tantos productos.

Las deficiencias de las leyes del mercado destaparon hacia la década de 1930 la imperfección del modelo capitalista. En consecuencia, propiciaron el reconocimiento del derecho a percibir el subsidio de desempleo y generaron la aparición de los primeros sindicatos, que trataban de proteger los derechos de los trabajadores.

Tabla 4. El siglo xx ha dado lugar a tres soluciones distintas al problema del desempleo: la soviética, la nacionalsocialista y la socialdemócrata. Todas ellas se han mostrado inoperantes por motivos diferentes.

Dentro de las propuestas para acabar con el problema del desempleo en el siglo xx destacan tres modelos fundamentales: el soviético, el nacionalsocialista y el socialdemócrata.

El modelo soviético se basó en la estatalización de todos los sectores económicos, que eran coordinados desde un poder central represivo que restaba a los ciudadanos su libertad.

El modelo nacionalsocialista pretendió basar la economía y el pleno empleo en la guerra, que generaba un auge productivo e industrial a costa de la salud del planeta y de la vida de millones de personas.

El modelo socialdemócrata, que parte de las teorías de John Maynard Keynes, promueve, frente al ahorro y la contención económica, un expansionismo ilimitado que incida en el aumento del poder adquisitivo y el gasto público.

Estos tres modelos han mostrado sus deficiencias en distintos momentos de la historia, y el siglo xxi no ha tenido más remedio que seguir buscando soluciones al principal problema al que se enfrenta el trabajo.

Análisis de textos

Jenofonte: –Económico

Los oficios llamados artesanales están desacreditados y es muy natural que sean muy despreciados en las ciudades. Arruinan el cuerpo de los obreros que los ejercen y de los que los dirigen obligándoles a llevar una vida casera, sentados a la sombra de su taller e incluso a pasar todo el día junto al fuego. Los cuerpos, de esta manera, se reblandecen, las almas se hacen también más flojas. Sobre todo estos oficios, llamados de artesanos, no les dejan ningún tiempo libre para ocuparse también de sus amigos y de la ciudad, de manera que estas gentes aparecen como individuos mezquinos, ya sea en relación con sus amigos, ya sea en lo que toca a la defensa de sus respectivas patrias. Por eso, en algunas ciudades, sobre todo en las que pasan por belicosas, se llega hasta a prohibir a todos los ciudadanos los oficios de artesanos.

Texto 1. En la Grecia clásica existía una consideración negativa del trabajo, más concretamente de la artesanía, que conducía, según Jenofonte, a la desidia y a la debilidad.

Aristóteles: –Política

La vida es acción, no producción, y por ello el esclavo es un su­bordinado para la acción.

[...] En la utilidad difieren poco: tanto los esclavos como los animales domésticos suministran lo necesario para el cuerpo. La naturaleza quiere sin duda establecer una diferencia entre los cuerpos de los libres y los de los esclavos, haciendo los de éstos fuertes para los trabajos serviles, y los de aquéllos erguidos e inútiles para tales menesteres, pero útiles en cambio para la vida política.

[...] Los ciudadanos no deben llevar una vida de obrero ni de mercader (porque tal género de vida carece de nobleza y es contrario a la virtud), ni tampoco deben ser labradores los que han de ser ciudadanos. [...] También son éstos los que deben tener la propiedad, porque los ciudadanos tienen que poseer recursos abundantes [...]. Es claro, pues, que las propiedades deben ser de ellos, si los labradores han de ser necesariamente esclavos o bárbaros periecos.

Texto 2. Como se puede comprobar en estos textos de Aristóteles pertenecientes a su Política, el pensador de Estagira no sólo consideraba de naturaleza inferior el trabajo, sino que además creía que los esclavos estaban constituidos físicamente para trabajar.

Karl Marx: –Manuscritos: economía y filosofía

¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja, y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. [...] De esto resulta que el ser humano (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano, y lo humano en lo animal.

Texto 3. Karl Marx, inspirándose en Hegel, llevó a cabo la descripción moderna más célebre del trabajo. Dentro de su conceptualización del fenómeno destaca la teoría de la alienación, que se produce cuando el trabajador pierde el contacto con el producto de su trabajo y con su propia identidad.