Cartesianismo

    Se llama cartesianismo tanto a las doctrinas más elementales que se siguen del pensamiento de René Descartes como a las diversas escuelas y corrientes que tomaron estas ideas para llevar a cabo la elaboración de su propio pensamiento. Así, fueron cartesianistas Enrique Reggio, Antoine Arnauld y demás jansenistas, además de los ocasionalistas como Nicolás Malebranche.

    A grandes rasgos, la idea fundamental del cartesianismo es el cogito, es decir, la sustancia pensante, el pensamiento en tanto que actividad, constituye la base de la realidad, es el primer dato certero que existe, y su valor y primacía son indubitables. Su descubrimiento, que es fruto de la actividad de la duda metódica, hace que constituya la primera evidencia, y que la realidad de lo existente se comprenda siempre a partir de la autoconciencia, de la reflexión de la propia actividad pensante.

    Esta autonomía gnoseológica del cogito conduce a lo que es conocido como dualismo cartesiano, que consiste en la consideración de que existen dos sustancias difíciles de conciliar: una res cogitans, que es la sustancia que piensa, y una res extensa, que es la sustancia que ocupa el espacio, que es material.

    Entre estas dos sustancias se da además una relación jerárquica, en la que lo pensante es siempre superior a lo extenso. Esto se debe a que el comportamiento del cogito siempre viene caracterizado por la libertad y la autodeterminación; mientras que el de la res extensa es un comportamiento mecánico, dirigido y dependiente.

    En consecuencia, la razón, que es capaz de descubrirse a sí misma sin necesidad de apoyarse en ninguna otra clase de realidad, es omnipotente. Siempre que esté bien dirigida por las reglas del método puede desentrañar el mundo, no conoce límites a su actividad. Este hecho hace que muchos pensadores califiquen el racionalismo cartesiano de dogmatismo, que se suele oponer al empirismo y al escepticismo de autores como John Locke o David Hume.

    De todo esto se deriva además la existencia de las ideas innatas, de aquellas nociones que existen en la mente del sujeto antes de que haya tenido ninguna clase de contacto con la realidad sensible.

    Mientras las ideas que se derivan de la consideración de la experiencia están condenadas a la posibilidad del error, las ideas innatas jamás pueden ser erróneas, puesto que se basan en las estructuras universales del pensamiento y no en ningún caso concreto.

    Un ejemplo de idea innata son las matemáticas. Dos y dos son cuatro en cualquier circunstancia o lugar, por lo que son mucho más importantes y definitorias que las ideas que se derivan del conocimiento directo del mundo. No en vano, todas las formas de conocimiento tienen que ajustarse a las verdades matemáticas, ejemplo y paradigma del conocimiento cierto y evidente.

    En el cartesianismo, la idea innata más relevante dentro del universo cartesiano es la de Dios. Ésta aparece en la mente del sujeto cuando considera la existencia en su pensamiento de la idea de infinito. Esta idea no puede proceder de la experiencia ni de su imaginación, puesto que todo en el mundo sensible es mecánico y limitado.

    En consecuencia, la idea de infinitud no puede proceder sino del propio Dios, que es el que ha puesto en la mente del hombre su propia idea.

    Si la duda metódica cartesiana había puesto en duda la realidad del mundo externo, de la res extensa, Dios, que es infinitamente bueno y sabio, no puede querer que el hombre se equivoque, por lo que garantiza la posibilidad de que éste conozca el mundo tal y como es, sin ninguna clase de duda o error.

    Todas estas verdades, que constituyen la base del cartesianismo, vienen acompañadas de un método, que es el que origina el sentido de todas ellas. El método cartesiano consiste en hallar un punto sobre el que apoyar toda la teoría de la realidad. Así, primero es necesario dudar de todo aquello con lo que se cuenta para finalmente alcanzar algo de lo que no se puede dudar.

    El punto de Arquímedes sobre el que Descartes pretende elevar todo su edificio filosófico es el de la indubitabilidad del pensamiento en tanto que actividad. Cogito ergo sum quiere decir que si se puede dudar hasta de la realidad del mundo externo, sensible, de lo que no se puede dudar en absoluto es del hecho de que se duda; es decir: de que el pensamiento en tanto que actividad existe, se da, es evidente.