Empirismo

    El empirismo es la postura filosófica que parte de la consideración de la experiencia como la única realidad que puede determinar el contenido de la verdad. Es decir: frente a los racionalistas y los fundamentalistas, que proponen un conjunto de verdades necesarias y universales, los empiristas proponen una verdad matizada, de corto alcance, aplicable sólo a un conjunto determinado de experiencias.

    El carácter universal de las verdades racionalistas afecta a la totalidad de la experiencia, incluso a aquellos hechos que no se han experimentado siquiera. Con esto, la realidad queda reducida a la razón, y no cabe crítica ni salida a las grandes verdades. El método racionalista, tal y como era definido por Leibniz, se basa en la concatenación lógica y necesaria de las verdades. Dentro del mundo de la lógica, las cosas no pueden ser definidas de otra manera, y las contradicciones que puedan surgir de la experiencia carecen de validez, ya que provienen de un área completamente distinta de la lógica.

    En este contexto, la verdad es impuesta, se convierte en un dogma, y sólo cabe acatarla. Los empiristas, por el contrario, aunque no se oponen a la razón, sí matizan su validez. Ésta no puede operar como una ley indiscutible, sino que debe partir de lo observable, de lo que se experimenta. En este sentido, los empiristas se asemejan mucho a los escépticos como Sexto Empírico, para los que la verdad es inalcanzable y siempre debe estar sometida a la crítica. De este reconocimiento de la experiencia como la gran fuente y el gran límite de todas las verdades, se deriva un conjunto de principios empiristas fundamentales.

    Así, por ejemplo, se niega la existencia tanto de pensamientos o verdades innatos como de realidades ultraterrenas o metafísicas. Es decir, si la experiencia es la única ley a la que debe adherirse el pensamiento, todas aquellas ideas que hablan de verdades que existen más allá de la experiencia carecen de realidad. Las ideas innatas suponen que aun antes de que se haya experimentado nada, ya existen unas ideas válidas en la mente; mientras que la existencia de un mundo ultraterreno supone que existe una realidad de la que no se puede tener experiencia, y que, por tanto, no puede ser criticada.

    En consecuencia, lo único a lo que se le concede realidad es a aquello de lo que se tiene una experiencia directa. Lo que verdaderamente interesa son los datos, las condiciones en las que suceden las cosas. Además, adquiere una gran relevancia la ciencia y los instrumentos experimentales de los que se dispone, ya que las verdades parciales que se derivan de la experiencia dependen en gran medida de los instrumentos de los que se disponga. Carece de sentido hablar de realidades a las que no se tiene acceso directo o de realidades que no pueden ser medidas o analizadas por ninguna clase de instrumento. Es por ello que disciplinas como la metafísica quedan puestas en entredicho a favor de pequeñas verdades constatables inmediatamente.

    Sin embargo, esto no quiere decir que no se puedan hacer teorías generalizadoras. De los datos obtenidos y de su análisis se pueden derivar todas las verdades parciales que se consideren oportunas; pero siempre dentro de los límites establecidos por la experiencia.

    En lo que se refiere a la historia del empirismo, ésta encuentra su origen en las primeras obras de Sexto Empírico, quien ya hablaba a través del escepticismo de la inutilidad de las verdades que no se basaban en los sentidos y en la experiencia. Posteriormente, Platón habló repetidas veces de la necesidad de partir de las apariencias de la experiencia para poco a poco ir subiendo hacia las grandes verdades; mientras que en la edad media, Guillermo de Occam se anticipó en gran medida a los lugares comunes del escepticismo más palmario. Éste por su parte encontró en los pensadores ingleses John Locke y David Hume su máxima expresión.

    A partir de la modernidad, varios autores insistieron en la importancia que el empirismo tuvo en sus obras. Immanuel Kant, por ejemplo, señaló que la obra de David Hume le despertó de su sueño dogmático, mientras que los positivistas se basaron en las grandes teorías y principios de los empiristas para abordar el estudio científico de la realidad.

    En definitiva, el empirismo se presenta como un espíritu crítico que atraviesa transversalmente la totalidad de la historia de la filosofía, planteando dudas e imponiendo el sentido común a los grandes sueños desaforados de los pensadores más racionalistas y dogmáticos.