Epicureísmo

    Se conoce con el nombre de epicureísmo a la doctrina filosófica encarnada en la figura de Epicuro de Samos, quien fundó una escuela en Atenas hacia el siglo IV a.C.

    A grandes rasgos, la preocupación elemental del epicureísmo consiste en asegurar al hombre la felicidad, que está relacionada con la tranquilidad del espíritu, con la ausencia de inquietudes y sufrimientos. En consecuencia, para Epicuro, la filosofía debía subordinar todos sus esfuerzos especulativos a los rigores de la moral y al estudio de la relación entre el hombre, el mundo y las pasiones.

    Esta postura supone en primer lugar la asunción del sensualismo. Esto es; el criterio por el que algo debe ser considerado como verdadero o falso, bueno o malo, conveniente o inconveniente, es el que suministran los sentidos y la experiencia del mundo.

    De esta manera, Epicuro se alejaba de los planteamientos metafísicos propios de los primeros filósofos de la naturaleza griegos, quienes tenían como principal preocupación el estudio del ser, la consideración metafísica, y no ética, de la existencia.

    Este sensualismo conduce además a una analítica del placer, fuente de la felicidad humana. Frente a los cirenaicos y otros hedonistas, que buscaban la satisfacción casi indiscriminada de todas las apetencias humanas, el hedonismo de Epicuro pretendía antes la ausencia de dolor que el placer en sí. No en vano, el ideal hedonista de los epicúreos consiste en satisfacer no sólo las necesidades corporales, sino también, y sobre todo, las intelectuales, que son, en definitiva, las que proporcionan una felicidad más cabal, natural y sobre todo duradera.

    El equilibrio de las necesidades humanas conduce para Epicuro a la ataraxia, que se puede definir como la ausencia de dolor y de preocupaciones, y que se identifica con la serenidad.

    El epicureísmo supone también una filosofía de la naturaleza de corte atomista, que sigue, en gran medida, los planteamientos de Leucipo y Demócrito. Según este atomismo, la realidad física está compuesta por una serie de partículas indivisibles conocidas como átomos, que se disponen sobre el vacío constituyendo una especie de torbellinos.

    La manera en la que se relacionan los átomos en el espacio da lugar tanto a los objetos como a las sensaciones que tienen los seres humanos, lo que supone que la configuración de las partículas atómicas se traduce tanto en objetividades como en subjetividades.

    El alma humana también está compuesta por átomos, y cuando ésta sufre algún tipo de afección, se debe al influjo de algún torbellino de átomos procedente del mundo exterior sobre el sujeto, que de esta manera entra en contacto con el mundo que lo rodea.

    Por otro lado, Epicuro de Samos era semiateo, puesto que, si bien admitía la existencia de los dioses, consideraba que no tenían ningún tipo de papel en el mundo de las acciones humanas, que eran perfectamente libres.

    De esta forma, Epicuro denunciaba la existencia de las supersticiones, y afirmaba incluso que no se debía temer la muerte, puesto que ésta no se halla presente en vida, y cuando se hace realidad, ya no se posee conciencia para apreciarla, no se asiste ni a su presencia ni a su sustancia.

    La importancia del pensamiento de Epicuro hizo que sus ideas se hiciesen célebres en su tiempo, y que su influjo se extendiese a lo largo de los siglos. Se llegó incluso a pensar que el epicureísmo era la solución a la mayor parte de los problemas que se derivan de la existencia.

    Sin embargo, este éxito hizo que la mayor parte de sus doctrinas se vulgarizasen y terminasen dando lugar a un hedonismo radical que propugnaba la búsqueda sin descanso del placer y la despreocupación irresponsable ante las propias obligaciones.

    Posteriormente, el cristianismo trató de acabar con la celebridad del autor criticando su manera de concebir la existencia, que chocaba frontalmente con las ideas piadosas que integran la interpretación cristiana del hombre y su mundo.

    Aunque se poseen varios textos escritos por el propio Epicuro de Samos, casi todo lo que se conoce de su pensamiento y su vida se debe a Sexto Empírico y, sobre todo, a Diógenes Laercio, historiador del mundo antiguo, quien hizo posible que hoy se conozcan los pormenores del mundo griego clásico.