Filosofía de la historia

    La filosofía de la historia es la rama de la filosofía que tiene como objeto el estudio de la historia a partir de una comprensión general, trascendental y profunda del ser humano, su cultura y sus actos.

    A pesar de que la filosofía de la historia tuvo un desarrollo especial a lo largo de la modernidad, que culmina con la obra de Hegel, todos los grandes pensadores se han planteado su naturaleza, dando lugar a distintos modelos de comprensión.

    A grandes rasgos se puede hablar de cinco formas elementales de comprender la historia desde un punto de vista filosófico: la historia como decadencia; como proceso compuesto por ciclos que se repiten; como realidad promovida por el azar; como proceso esencialmente progresivo, y como providencia.

    La historia como decadencia. La comprensión de la historia durante la antigüedad se caracteriza por su interpretación como decadencia. Esta idea se halla estrechamente ligada a la fe en la existencia de una serie de edades que van separando al hombre y a sus actos de un estado inicial idílico, ligado a la existencia de los dioses y a la armonía con todo lo existente.

    Por ejemplo, para Hesíodo había cinco edades, la de oro, la de plata, la de bronce, la de los héroes y la de los hombres. Cada una de ellas suponía un proceso decadente que conducía desde la perfección inicial, en la que los hombres vivían como los dioses, hasta un desenlace que se correspondía con su contemporaneidad, marcada por el desencanto, el caos y la desorientación.

    El mismo Platón, con su ontología, describió la manera en la que la existencia que llevaban los hombres de su tiempo no era sino el resultado de una caída desde la perfección hasta la finitud y el sufrimiento. Así, distinguía tres edades: la de los dioses, la de los héroes y la de los hombres.

    Posteriormente, la modernidad supuso la inversión de esta visión decadente de la historia, y se empezó a hablar de ella como un proceso progresivo marcado por el optimismo.

    La historia como proceso cíclico. Sin embargo, la concepción antigua de la historia convivió en Grecia con otra de gran relevancia en la historia del pensamiento: la idea de que la historia se comportaba de manera cíclica.

    Los estoicos, por ejemplo, con su análisis del mundo natural llegaron a la convicción de que el devenir del mundo constaba de una serie de ciclos que se iban sucediendo, de tal modo que cada vez que acababa uno empezaba otro, que era idéntico, en el que se repetían los mismos sucesos.

    Estos pensadores antiguos creían que, de forma paralela, a cada ciclo del mundo le correspondía un ciclo histórico, de tal modo que todo lo que sucedía en el mundo de los hombres se volvería a repetir una y otra vez de forma idéntica, dando lugar a los mismos hombres y a los mismos hechos.

    En la teoría del eterno retorno de lo mismo, enunciada por Friedrich Nietzsche, se pueden encontrar ecos de esta idea, aunque fue sin embargo Oswald Spengler el que mejor supo adaptarla al moderno estudio filosófico de la historia.

    Según el filósofo e historiador alemán, la historia se comporta de manera cíclica, aunque no dando lugar a los mismos personajes y a los mismos hechos, tal y como sostenían los griegos. Cada ciclo consta de tres momentos, un nacimiento, un desarrollo y una muerte, que son identificados como un estado inicial, un apogeo y una decadencia.

    Así, no se trata de que los ciclos sean idénticos en lo que se refiere a su contenido, sino de que la forma de los ciclos históricos es siempre la misma, y se componen de los tres momentos antes descritos.

    La historia como fruto del azar. Aunque Aristóteles ya comparó la labor de los historiadores con la de los estudiosos que consideran hechos aislados, particulares, a partir de unas leyes y unas generalidades dudosas, la idea de que la historia se comporta de forma azarosa empezó a intuirse a partir de la obra de Maquiavelo.

    Según el pensador político florentino, los hechos que llenan el acontecer histórico se deben, la mayor parte de las veces, a la fortuna. Es cierto que los hombres pueden actuar para evitar que la historia arrase con sus ideas y sus proyectos, pero, en último término, es siempre la fortuna, que es gemela del azar, la que determina el triunfo o el fracaso de las empresas.

    Este irracionalismo aplicado a la historia se ve reforzada por la genialidad de la que hacía gala el florentino. Así, son sobre todo los hombres geniales los que determinan el acontecer histórico.

    Al término de la modernidad, el filósofo pesimista alemán Arthur Schopenhauer describió la historia como el sucederse caótico de los actos insignificantes de las culturas y las sociedades.

    Si en su ontología comprendía dos planos de realidad, el de la voluntad y el de la representación, el acontecer histórico quedaba reducido a un mero sucederse de incongruencias que la voluntad alentaba sin que la razón pudiese hacer nada.

    En consecuencia, la historia no sólo es azarosa, sino que además no conduce a ninguna clase de fin o sentido, como todos los actos y las ideas humanos.

    Por último, Antoine Augustin Cournot comprendía el azar en la historia a partir de la oposición de ésta a la naturaleza, de tal forma que si lo natural se comporta en virtud de un orden y un plan perfectos, lo histórico, que se corresponde con lo artificial, está siempre sesgado por el azar y por lo caótico.

    Lo curioso de estas tres propuestas es que suponen la negación palmaria de lo que la mayor parte de los pensadores modernos sostenían acerca de la historia, que consistía en su concepción como progreso dirigido hacia un fin concreto, racional y perfecto.

    La historia como progreso. La concepción de la historia como progreso es la propia de la modernidad, y es la que más influencia e importancia ha tenido dentro del mundo contemporáneo, a pesar de que las grandes guerras y el deterioro del planeta estén conduciendo a una nueva concepción pesimista de ella.

    La comprensión de la historia como progreso significa que los actos humanos poseen un sentido interno y externo que conducen a un destino, a un fin determinado que justifica cada uno de los eventos que se han producido en el devenir histórico.

    Esta visión del acontecer histórico es muy típico de la Ilustración, y alcanzó su formulación más perfecta con la obra de pensadores como Voltaire e Immanuel Kant.

    Según Giambattista Vico, existe un orden ideal en el que se describe el progreso tal y como éste debería ser, y las diferentes culturas pretenden adecuarse a él mediante los esfuerzos históricos.

    Sin embargo, las dificultades para que se produzca una identidad entre el progreso histórico ideal y el progreso histórico real son tales que lo más habitual es que los procesos históricos conduzcan a la decadencia y al desaliento.

    Por otra parte, en estos inicios de la modernidad también era habitual distinguir varias edades o momentos, al igual que en la concepción decadente de la historia antigua, aunque se hacía desde una perspectiva más optimista.

    Así, según Vico, dentro de lo que llamaba la historia ideal eterna había que distinguir tres edades: la de los dioses, la de los héroes y la de los hombres, aunque, según su pensamiento, la última, la de los hombres, se terminaba convirtiendo en un continuo, que no daba lugar a un nuevo periodo dorado.

    La Ilustración, sin embargo, vino a transformar profundamente esta visión de la historia, e impuso la idea según la cual la razón terminaría por liberar a los hombres de la ignorancia, convirtiendo el desarrollo histórico en un proceso que conduce, inevitablemente, hacia la perfección y la felicidad universales.

    Estas ideas se pueden encontrar, aunque matizadas, en Voltaire y, sobre todo, en Kant, para quien la razón debe entenderse como el hilo conductor de los hechos históricos.

    La historia como providencia. La concepción de la historia como progreso llevaba sin embargo a una curiosa paradoja: si la historia es un proceso progresivo que conduce a la perfección gracias al imperio de la razón, la historia misma está destinada a desaparecer, ya que, una vez se alcanza la finalidad de algo, ese algo deja de tener sentido.

    Esta concepción de la historia es la que asumen los milenaristas, y alcanzó su expresión más perfecta gracias a la obra del pensador idealista alemán Hegel.

    A grandes rasgos, el providencialismo consiste en la creencia en que ningún momento histórico es mejor que otro, ya que, si el proceso histórico conduce a la perfección, cada uno de los momentos que lo integra es necesario tal y como se da.

    Según el pensamiento cristiano de Orígenes, por ejemplo, el fin de la historia es retornar a la presencia de Dios, es decir: el fin mismo de la historia con la desaparición del hombre en la figura del creador.

    En este sentido, la historia no es sino un proceso vinculado a la providencia, a un plan que está por encima de los hechos particulares y que los justifica en virtud de la perfección divina.

    San Agustín expresó esta idea a través de la confrontación de dos historias y dos mundos: el de la ciudad celestial y el de la ciudad terrenal. Según esta teoría religiosa y filosófica, la historia de los hombres está integrada por tres momentos que responden a un plan celestial, y conduce necesariamente al retorno a la gracia de Dios.

    Pero, si el plan providencial no es cognoscible según los pensadores religiosos, el idealismo de Hegel supone, precisamente, el reconocimiento filosófico y racional de la forma en la que lo divino y lo humano, lo finito y lo infinito, la particular y lo universal se articulan, dando lugar al desarrollo histórico y al fin de la propia historia.

    El romanticismo y el idealismo suponen en este sentido la afirmación absoluta de la necesidad de la historia para que el plan divino se haga realidad.

    Según Hegel, Dios gobierna el mundo a través de la historia, y los actos humanos deben ser siempre comprendidos a partir de un plan perfecto y racional, que redime el mal y pone en relación lo particular y finito con lo universal.

    De esta forma, todo lo que de injusto, inmoral o malvado hay en la historia es relativo a un fin que los absuelve, que explica cuál es su verdadero sentido y su necesidad. Así, no existe ni un solo hecho que no encaje perfectamente en el plan divino de la razón, y la función de la filosofía es la de comprender a través de la autoconciencia qué sentido tiene lo ya sucedido.

    Como demostró Hegel, este providencialismo no tiene por qué identificarse con una asunción de la existencia de una entidad divina. La razón suplanta en este instante a Dios, y la ciencia de la historia nace precisamente de su ausencia.

    Auguste Comte, por ejemplo, concibió la historia como el desarrollo racional de la humanidad o el "gran ser", que se comporta a partir de unas pautas que pueden ser estudiadas desde un punto de vista científico.

    En el mismo sentido, el marxismo, que parte en gran medida del idealismo de Hegel, comprende la historia como un proceso material que conduce a un estado de perfección. Los hechos son providenciales, no pueden darse de otra manera, y el fin de la historia es el triunfo del proletariado sobre los capitalistas.

    De esta forma, la historia de la filosofía ha conducido al hombre contemporáneo a comprender la historia como un proceso que está destinado a consumirse a sí mismo, por lo que los autores posmodernos han hablado de la realidad del fin de la historia.