Filosofía política

La filosofía política es la rama de la filosofía que tiene como objeto el estudio del fenómeno político. En consecuencia, su desarrollo está determinado por la manera que tienen cada autor y cada periodo filosófico de comprender las relaciones humanas, el estado o el poder.

A grandes rasgos cabe distinguir cuatro acepciones o formas elementales de acercarse al concepto de política, cada una de las cuales busca su fundamento desde una perspectiva diferente. Así, se suele distinguir entre la política como doctrina moral, como teoría en torno al estado, como ciencia que estudia el arte de gobernar, y como fenómeno que engloba y analiza los comportamientos de los sujetos agrupados dentro de una misma totalidad.

La política y la ética

Una de las formas más típicas y antiguas de considerar el fenómeno político parte de su relación con la ética. Así, ya los primeros pensadores griegos intentaron formular una teoría elemental de la ciudad y la vida política en torno al concepto de justicia.

Si los sofistas se movieron siempre dentro del relativismo y propugnaron la convivencia de ideales contradictorios en el seno de una misma comunidad política, Sócrates primero y Platón después intentaron establecer un ideal de justicia universal, que fuese válido bajo cualquier circunstancia.

Los esfuerzos por parte de por imaginar una ciudad ideal lo llevaron a escribir La república, obra en la que proyecta idealmente la mejor forma de gobierno posible. En ella, el filósofo griego hace depender la función de cada uno de los miembros de la polis de su naturaleza, por lo que enlaza la teoría política con una metafísica y con una ética.

Mientras los sofistas, como Cacicles, propugnaban el gobierno del más fuerte, Platón propuso el gobierno del más sabio, el gobierno del filósofo. Así, el filósofo griego consideraba que la única manera de establecer una ciudad equilibrada y bien gobernada pasaba por identificar los valores tal y como éstos eran, no sesgados por las circunstancias o por las apariencias. En consecuencia, el filósofo, que se dedica al estudio de las ideas, es el más capaz para detectar estos ideales universales de justicia, por lo que debe ser el gobernante de la república.

La imposibilidad de poner en práctica una utopía tan alejada de los hechos reales y concretos hizo que Platón abandonase este proyecto ideal en su madurez, pasando a proponer en Las leyes una filosofía política mucho más pragmática, que se ajustaba mejor a los hechos y a las circunstancias materiales.

Aristóteles por su parte también identificó la filosofía política con la ética, con el establecimiento de un bien común, sin embargo su obra destacó sobre todo por el desarrollo de una ciencia precisa, que partía del análisis directo y objetivo de los hechos.

Consecuencia inmediata de todas estas teorías fue la filosofía política del medievo, que trató de articular el poder terrenal con el divino, y las utopías del Renacimiento, que trazaron la ciudad ideal a partir de un ideal de justicia impracticable.

Por último, cabe señalar que todas las filosofías políticas que parten del reconocimiento de la existencia de un derecho natural toman como base la identidad entre el fenómeno político y la ética, que sustenta cualquier forma de organización social o estatal.

La política y el estado

Aunque ya Platón y Aristóteles esbozaron una teoría política en torno a la existencia de un estado, la polis griega era una ciudad antes que un estado, y los autores medievales hablaron de la relación entre los poderes divino y humano, hasta la modernidad no se desarrollaron las teorías políticas más relevantes en torno al fenómeno estatal.

A partir del Renacimiento el poder civil se separó del religioso, dando lugar a un nuevo estatus político que requirió de un fundamento original, que no fuese ni la ética ni un ser divino. En este contexto, Thomas Hobbes primero y Jean-Jacques Rousseau después dieron lugar a la moderna concepción del estado.

Ambos autores propusieron con sus obras lo que actualmente se conoce como contractualismo, que consiste en sostener, a grandes rasgos, que el estado es el resultado de la libre voluntad de los individuos para asociarse firmando un presunto pacto que asegura la supervivencia y limita las libertades individuales.

Para Hobbes, este contrato social se establecía a partir de un estado original que se caracterizaba por la guerra continua entre los hombres, al que se ponía fin con el establecimiento del estado, un órgano superior que garantiza los derechos y la vida a cambio de la limitación de las libertades individuales.

Sin embargo, para Rousseau, por contra, el estado es el resultado de un contrato social voluntario que debe hacer de las voluntades individuales una voluntad común. Así, para el francés, la coacción de las libertades individuales puede y debe evitarse a través de la constitución racional del querer y de la libertad.

Si todos los ciudadanos consideran su querer desde la racionalidad, que es una facultad universal, los deseos dejarán de solaparse y darán lugar a un mismo querer, que es el de la voluntad común.

Posteriormente, con el desarrollo del romanticismo y el idealismo en Alemania, el estado empezó a comprenderse como la expresión del espíritu del pueblo, como el reflejo objetivado de las voluntades finitas y subjetivas.

De esta forma, para el filósofo idealista Hegel, el estado ya no tiene el deber de garantizar ninguna clase de libertad a los individuos, son éstos los que deben esforzarse por integrarse dentro del sistema, que supone la proyección de lo individual en lo universal.

Así, el estado se convirtió en lo que Hegel llamó el Dios real, y dejó de ser un fenómeno meramente político para transformarse en una realidad ontológica, en la expresión racional y concreta de la idea que se desenvuelve en la historia.

Posteriormente, esta forma de entender el estado fue duramente criticada por la Escuela de Frankfurt, que vio en ella el origen de la alienación que Karl Marx denunció en su momento. Para Adorno y compañía, el estado moderno es sólo una coartada que sirve para proteger los intereses de los poderosos y para hacer del hombre un engranaje dentro de la gran maquinaria capitalista.

La filosofía política como la ciencia del gobierno

Tanto Platón como Aristóteles definieron la política como el arte de gobernar bien. Sin embargo, si el primero se basó en ideas demasiado metafísicas para establecer una república que funcionase desde un punto de vista práctico, el segundo desarrolló una política mucho más fiel a los hechos, que partía de la consideración científica de las formas de gobierno ya existentes, para plantear el mejor gobierno posible.

La finalidad del gobierno, para Aristóteles, era que los ciudadanos viviesen bien, sin embargo, se calcula que en Grecia sólo eran considerados como ciudadanos el 10% de la población. El resto, esclavos, mujeres, niños y metecos no eran considerados como iguales, por lo que no disfrutaban de las consecuencias del buen gobierno.

Por otra parte, Aristóteles analizó las distintas formas de gobierno posibles para establecer el mejor, lo que lo llevó a condenar el gobierno de los ricos y las distintas formas de tiranía. En principio, se mostró partidario de un gobierno fuerte sustentado por un soberano. Sin embargo, consciente de las dificultades que entrañaba encontrar un monarca justo, terminó señalando la democracia como la mejor forma de gobierno posible.

De esta forma, la polis ateniense constituye el primer esbozo de la democracia moderna a pesar de que se admitiese la esclavitud y se considerase que las mujeres eran inferiores a los hombres. El principio de isonomía hacía que todos los hombres iguales tuviesen derecho a participar directamente en las asambleas, proyectando sus opiniones y sus ideas a partir del libre ejercicio de la racionalidad.

Sin embargo, como ya se ha señalado, la polis griega no era tanto un estado como una ciudad, por lo que la filosofía política desarrollada en ella no se ajusta por completo a lo que actualmente se comprende como filosofía política.

Así, la ciencia del gobierno más representativa de la era moderna de la filosofía es la de Nicolás Maquiavelo. Con su Príncipe, el pensador florentino estudió desde un positivismo científico cuál era la mejor forma de gobierno posible y qué aptitudes debía tener el gobernante perfecto.

Las teorías de Maquiavelo se caracterizan por su utilitarismo. El gobierno debe ser una especie de dictadura encubierta, en la que el príncipe debe gobernar para el pueblo pero sin él, ya que éste es, según Maquiavelo, demasiado inconsciente e inculto como para saber qué es lo que le conviene.

Así, el príncipe debe ser un buen retórico, capaz de seducir y, a la vez, de inspirar miedo; también debe contar con la ayuda de la fortuna para actuar en los momentos apropiados de la manera más conveniente.

Maquiavelo marca el origen de la filosofía política como arte del buen gobierno porque emplea una metodología completamente científica para analizar el fenómeno político, y supone, en gran medida, el antecedente más importante de la filosofía política y la sociología contemporáneas.

La política como sociología

A partir del siglo XIX, gracias en gran medida a la obra de Auguste Comte, la política empezó a ser comprendida como sociología, como el análisis de las relaciones posibles entre los sujetos que conforman una comunidad determinada.

No en vano, una de las obras más relevantes del filósofo y sociólogo francés se titula Sistema de política positiva; en ella afirma que los hechos políticos están sujetos a una serie de leyes estáticas que se van repitiendo a lo largo de la historia, dando lugar a unas pautas positivas que se pueden estudiar de manera científica.

Así, el fenómeno político se analiza a partir de la consideración de las relaciones que se establecen entre los individuos, dejando de lado las consideraciones metafísicas o la presunta naturaleza humana.

Esta visión positivista de la filosofía política condujo posteriormente al desarrollo de la sociología contemporánea.

En la actualidad, la filosofía política destaca por el planteamiento de situaciones ideales en las que se establecen unos ideales de derecho y de justicia iniciales, basados en la comunicación y el diálogo.

Por otra parte, todos los hechos acontecidos a lo largo del siglo XX han venido a poner en cuestión la validez de los fundamentos propuestos durante la modernidad en general y la Ilustración en particular.

Así, para la escuela crítica, tanto el contractualismo como la teoría romántica del estado han conducido a la deshumanización de la esfera política.

Otros autores, como Max Weber, han señalado las relaciones existentes entre el establecimiento de los estados políticos y las relaciones de poder, además de la importancia del influjo de la religión en el nacimiento de los grandes paradigmas políticos.

De esta forma, la filosofía política se ha abierto a nuevas perspectivas y a nuevas disciplinas, convirtiéndose en una de las ramas de la filosofía más importantes en la actualidad.