Bautismo

    El bautismo de Cristo, obra de Juan de Flandes (Jan van Vlaanderen).

    Sacramento del cristianismo, consistente en la inmersión de los nuevos fieles en agua sagrada y en la invocación de la Santísima Trinidad a través de la imposición de las manos por parte del sacerdote que oficia el sacramento, que acepta a un nuevo miembro dentro de la comunidad cristiana. Este rito de carácter iniciático significa un renacimiento a una nueva condición existencial, en la que se deja de estar condenado por el pecado original para pasar a formar parte de la comunidad elegida para la salvación.

    En lo que se refiere a su origen histórico, el bautismo nació a partir del rito judaico de la circuncisión, que servía no sólo para iniciarse en los misterios de la religión judaica sino también para adquirir ciertos atributos legales.

    Fue el profeta judío Juan el Bautista, que era primo de Jesucristo, el que extendió la nueva manera de señalar a los fieles de la religión judaica a través de la inmersión en el agua. Sin embargo, cuando el propio Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en las aguas del río Jordán, el rito pasó a convertirse, gracias sobre todo a san Pablo, en la seña de identidad del insurgente cristianismo.

    Jesucristo, según recogen las Escrituras, pidió a sus apóstoles que extendiesen su iglesia a través del rito bautismal, y, posteriormente, autores como Orígenes y la misma iglesia, a través de diversos concilios, establecieron el significado ortodoxo del rito bautismal, con el que se representa el renacer del hombre ante el Dios cristiano, así como el camino hacia la muerte y la resurrección, a imagen y semejanza de Jesús.

    En lo que se refiere a la práctica histórica del bautismo, en sus orígenes éste se aplicaba únicamente a hombres maduros que decidían convertirse a la nueva religión, algo completamente lógico cuando se considera que el cristianismo no comenzó a extenderse de forma sistemática hasta el siglo IV después de Cristo, por lo que la mayor parte de los hombres eran judíos.

    A partir de este momento, el bautismo se empezó a practicar en los niños recién nacidos, que estaban condenados por el pecado original a no salvarse, de tal modo que si morían prematuramente, antes de bautizarse, no podían ir al cielo, y su alma era trasladada al limbo.

    Por esta razón, al convertirse el bautismo en un rito que se aplica cuando aún no se tiene conciencia de uno mismo, la Iglesia católica estimó necesario crear la primera comunión y la confirmación, dos ritos que sirven para actualizar el bautismo y para pasar a integrar la iglesia cristiana de manera voluntaria y consciente.

    Además, el hecho de que el bautismo se aplique a los niños ha conducido a la creación de dos figuras elementales en el sacramento: los padrinos. Éstos, que acompañan al iniciado en su transformación a la nueva fe, tienen la función de guiar al niño bautizado por el camino de la piedad y la ortodoxia, así como de cuidar de su bienestar en el caso de que el niño pierda a sus padres.

    Por otro lado, con el transcurso de los siglos el rito bautismal ha sufrido diversas modificaciones. Así, en líneas generales, se ha pasado de la inmersión completa del fiel en las aguas al vertido de una pequeña cantidad de agua sagrada en la cabeza de los niños.

    Al tratarse de un mero gesto simbólico, los principios esenciales del bautismo no se ven comprometidos en absoluto.