Catolicismo

La homilia de la misa

El catolicismo (palabra proveniente del griego, katholikós, “universal”) representa una de las expresiones religiosas y sociopolíticas más determinantes de la historia de la humanidad. Se calcula que hay más de mil millones de cristianos católicos en todo el mundo, lo que representa más que la suma de miembros del resto de iglesias del cristianismo.

El catolicismo hunde sus raíces en la vida misma de Cristo, en la celebración de la eucaristía y en el establecimiento de una misión apostólica que trascendió todos los límites geográficos. Su historia representa además el conflicto entre intereses de todo tipo, y no sólo religiosos, que influyeron decisivamente en el actual panorama europeo.

Sus dogmas principales se resumen en los siete sacramentos: la citada eucaristía, el bautismo, la confirmación, la penitencia, el sacerdocio, el matrimonio y la unción de los enfermos. Manifestación muy importante es también la devoción a la Virgen y a los santos.

Desde un punto de vista institucional, la Iglesia católica se basa en el establecimiento de una rígida jerarquía sacerdotal, en cuya cúspide se halla el papa de Roma, así como en el establecimiento de una serie de dogmas elementales, que han sido debatidos a lo largo de toda la historia de la filosofía por pensadores de la talla de san Agustín o santo Tomás de Aquino.

En definitiva, el catolicismo supone una institución y una religión que ha determinado y sigue determinando el destino de parte del mundo.

El origen del catolicismo

Los orígenes del catolicismo coinciden en gran medida con los del cristianismo. El apostolado en el que se basa la Iglesia de Roma fue predicado por el propio Jesucristo, quien, según las Escrituras, pronunció en la última cena las palabras "haced esto en conmemoración mía" después de transformar su cuerpo en pan y su sangre en vino, estableciendo una comunidad cuya cohesión se basaba en un pacto trascendental con la figura de Dios.

Durante los tres siglos siguientes a la muerte de Jesús, el cristianismo apuntó inmediatamente al establecimiento de cierta ortodoxia, de un canon que definiera cuáles eran los dogmas que debían asumirse y cuáles eran las figuras elementales alrededor de las cuales debía erigirse la Iglesia en tanto que institución.

Se considera que Pedro, el apóstol, fue el primer papa de la Iglesia católica, y que su muerte y martirio en la ciudad de Roma constituyeron un indicio del lugar en el que debía instituirse la Iglesia de Cristo.

Estos primeros años del cristianismo estuvieron marcados por las persecuciones de los fieles por parte de los romanos y por la lucha contra la disgregación y contra las diversas herejías que surgieron alrededor de la interpretación de las Sagradas Escrituras.

Hacia el siglo III surgió la figura de Ireneo, obispo de Lyon, que definió por primera vez las directrices a las que debía ceñirse el incipiente catolicismo: la lectura de la Biblia, la misión apostólica de los sacerdotes y el acatamiento de una regla sagrada de comportamiento, que se basaba en la vida misma de Jesucristo. Fue también Ireneo el que comenzó a hablar de la Iglesia de Roma como fundamento y base del cristianismo, lo que ya supone en cierta medida el origen del catolicismo en tanto que tal.

Sin embargo, para que Roma se convirtiese en la sede de la Iglesia cristiana tuvieron que transcurrir varios siglos y superarse importantes escisiones. La primera de ellas fue la que surgió a partir del edicto de Milán, que fue firmado por el emperador romano Constantino e imponía el respeto al culto, pero que también establecía la sede de la Iglesia en Constantinopla, que empezó a ser conocida como "la nueva Roma".

Los sectores de la Iglesia que ya estaban en Roma se negaron a acatar la institución de la sede en Constantinopla, basándose en que san Pedro había muerto en la ciudad romana y en que éste era el más importante de los apóstoles.

En cualquier caso, los primeros años del cristianismo estuvieron marcados por la creación de dos sedes de la Iglesia, una en Roma y otra en Constantinopla. Además, se estableció una ortodoxia doctrinal a partir de la labor de los primeros padres de la Iglesia, entre los que destacaron Tertuliano, Orígenes y san Agustín.

La patrística tuvo un papel fundamental en este proceso, ya que definió las verdades de fe a partir de la lectura de las Sagradas Escrituras y la influencia del pensamiento de Platón y Aristóteles, y luchó contra todas las formas de heterodoxia, que fueron muy comunes en los primeros siglos de la era cristiana.

El catolicismo en la edad media

Durante la edad media, el cristianismo se caracterizó por el continuo enfrentamiento entre los sectores orientales de Constantinopla y los occidentales de Roma. Sin embargo, una serie de factores vinieron a beneficiar el desarrollo de la primigenia Iglesia católica.

Por un lado, los papas León I y Gregorio I favorecieron el desarrollo de la Iglesia de Roma, firmando importantes pactos tanto con los nuevos estados europeos como con los posibles invasores de los territorios romanos.

Por otro lado, a partir de los siglos VI y VII la Iglesia de oriente vio mermado su poder por el nacimiento del islam y el caos administrativo, lo que favoreció el poder centralista de Roma.

Sin embargo, entre la caída de Roma y su posterior resurgimiento en la alta edad media, la Iglesia pasó por un periodo decadente y oscuro en el que trató de aliarse con los principales soberanos y príncipes de Europa para no ver mermado su poder. A nivel doctrinal se produjeron pocas novedades.

Sin embargo, a partir del siglo XI empezaron a introducirse importantes reformas, destacando muy particularmente la llevada a cabo por Gregorio VII. Este papa desempeñó un papel fundamental en el establecimiento definitivo de la sede de Iglesia en Roma, y además estimuló el retorno a la Iglesia romana original.

Después de siglos de decadencia, el reformismo gregoriano empezó a articular nuevamente las diversas iglesias europeas en torno a la figura del papa de Roma. Como ya sucedió en los primeros siglos del cristianismo, los argumentos de Gregorio giraban en torno a la figura de san Pedro, que era, según su interpretación, el más importante de los apóstoles.

También en este mismo periodo (siglo XI) empezó a producirse el cisma entre las iglesias de oriente y occidente, que se consolidó durante el siglo XII y se ratificó en posteriores concilios celebrados a lo largo de los siglos XIV y XV.

Al reformismo de Gregorio le siguieron una serie de papados que trataron de aliar el poder eclesiástico con el poder terrenal y político, lo que respondía en gran medida a la visión agustiniana de las dos ciudades.

Según san Agustín, había que distinguir entre la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. La primera era infinita y perfecta, e implicaba la salvación; la segunda era corrupta, y la única forma que tenía de redimirse pasaba por tomar el ideal de la ciudad de Dios y aliarse con los poderes terrenales con el fin de imponer el dogma cristiano.

Esta alianza entre Iglesia y estado tuvo como primera consecuencia el desarrollo de las cruzadas, que se produjeron entre los siglos XI y XIII. Con ellas, el catolicismo pretendía no sólo acabar con la presencia de los musulmanes en determinados territorios considerados como santos, sino también ganarle terreno a la Iglesia de oriente y conquistar nuevos países para incluirlos dentro del imperio católico.

Por otro lado, el cuerpo doctrinal de la Iglesia católica se vio enriquecido por las aportaciones de los teólogos que integraron la escolástica. Pensadores como santo Tomás de Aquino empezaron a interpretar las Escrituras a partir de la lectura de Aristóteles, lo que dio cohesión a las distintas versiones que circulaban en torno a los dogmas de la Iglesia.

Destaca en este sentido la redefinición del misterio de la Santísima Trinidad o la lucha contra antiguas herejías, como el pelagianismo.

Entre los siglos XII y XIII también se produjo uno de los fenómenos más definitorios del catolicismo: el establecimiento de las órdenes monásticas. Mientras la Iglesia de Roma vivía alejada de la original pobreza y pietismo de los primeros cristianos, los carmelitas, los agustinos o los dominicos propusieron una forma de vida basada en la austeridad y el sacrificio.

En este periodo también surgió una de las instituciones más criticadas de la historia de la Iglesia católica: la Inquisición. La lucha contra los herejes se halló presente en la historia del cristianismo desde sus orígenes. Sin embargo, esta lucha se recrudeció a partir del siglo XI. Primero en Francia y luego en España, la Iglesia persiguió a los herejes hasta su encarcelamiento, tortura y ejecución.

La Inquisición se difundió durante el resto de la edad media y gran parte de la edad moderna. El Santo Oficio acabó no sólo con la vida de los presuntos herejes, sino también con la de todos aquellos que eran sospechosos de albergar ideas que no conviniesen a la política y la religión católicas.

Éste y otros muchos hechos, como la corrupción y la incultura en la que vivía sumida la mayor parte del clero medieval, hacen que este periodo sea conocido como el periodo negro de la Iglesia católica, al que siguió un profundo reformismo.

La Reforma y la Contrarreforma

Si el Renacimiento se caracterizó por la presencia de la Iglesia de Roma en todos los movimientos culturales y artísticos, también se caracterizó por suponer el origen de la transformación más radical y definitiva del catolicismo.

Los papas Julio II y León X hicieron importantes encargos a los pintores, escultores y arquitectos más famosos y brillantes de la historia, como Miguel Ángel o Rafael, aunque también basaron la financiación de sus obras en el pago de indulgencias.

Según el catolicismo de la época, la gracia de Dios no dependía únicamente de su poder absoluto, sino también del papel mediador de la Iglesia y los sacerdotes. Así, para expiar los pecados era posible comprar indulgencias, pagar dinero a la Iglesia para que todos los pecados careciesen de repercusión.

En este contexto surgió la figura del monje agustino Martín Lutero, quien a partir de la interpretación directa de la Biblia (se cuenta que tuvo en su poder más de cinco textos diferentes para llevar a cabo su admirable interpretación y traducción de la Biblia al alemán) acusó a la Iglesia de haber roto con el verdadero apostolado que se propugnaba en el Nuevo Testamento.

Martín Lutero rompió con la Iglesia de Roma e inició el movimiento protestante, que partía de la humildad, la pobreza y el reconocimiento de que Dios es el único capaz de perdonar los pecados.

Después de clavar las 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittemberg, Martín Lutero contó rápidamente con el apoyo de los príncipes alemanes y consiguió crear una modalidad del cristianismo que influyó decisivamente en el desarrollo de Europa a partir del siglo XVI.

De manera paralela al reformismo de Martín Lutero surgió el calvinismo, otro movimiento reformista encabezado por el teólogo y humanista francés Juan Calvino. El calvinismo partía de unas premisas similares a las del luteranismo, aunque llegaba a unas conclusiones mucho más radicales. El calvinismo se implantó en Ginebra y en la mayor parte de Francia, a lo que se respondió con la masacre de más de cien mil hugonotes (protestantes franceses).

A la Reforma de Lutero y Calvino siguió el concilio de Trento, celebrado en el año 1545, en el que la Iglesia se reafirmó como iglesia deudora del apostolado original cristiano y en el que se negaron todas las posturas reformistas.

De esta forma nació un nuevo periodo dentro del catolicismo que se basó en la depuración del clero, la preparación de los sacerdotes y el establecimiento de unos dogmas más precisos que no permitiese ninguna clase de interpretación que pudiese conducir a la corrupción.

En este mismo periodo se produjeron además dos hechos elementales en la historia del catolicismo. Por un lado nació la iglesia anglicana a partir de la separación entre la iglesia de Inglaterra y la de Roma, motivado por la prohibición expresa por parte de los católicos de que Enrique VIII pudiese divorciarse de su esposa para contraer matrimonio con Ana Bolena. Por otro lado se produjo la expansión del catolicismo por todo el mundo de la mano del colonialismo que se inició con la conquista de América. De esta forma, si bien la Iglesia católica había perdido poder en Europa debido al surgimiento de las diversas formas de protestantismo, también empezó a ganarlo en otros territorios, como el americano.

El catolicismo en la actualidad

A partir del siglo XIX el catolicismo tuvo que enfrentarse al surgimiento de nuevas ideas y modelos económicos y políticos, por lo que se vio ante la urgencia de modernizar sus ideas y sus instituciones. El evolucionismo de Charles Darwin, el ateísmo de Friedrich Nietzsche o el comunismo de Karl Marx ponían en entredicho la naturaleza misma del cristianismo y exigían una rápida modernización por parte de la Iglesia católica.

En este contexto se produjeron los dos concilios más determinantes de la historia reciente del catolicismo: el concilio Vaticano I y el concilio Vaticano II. En ellos se pretendió actualizar el estatus de la iglesia acercando posturas con las nuevas manifestaciones políticas, e intentando comprender a la ciencia no como un fenómeno contrario a la fe, sino como un mero complemento a su servicio.

Por otro lado se celebraron los primeros concilios ecuménicos, a través de los cuales la Iglesia de Roma pretendió la unión de todas las creencias bajo la figura de Cristo.

El siglo XX también se caracterizó por la expansión del catolicismo en el Tercer Mundo, sobre todo en determinadas zonas de África y casi toda Latinoamérica, donde han surgido tendencias renovadoras como la teología de la liberación.

En el proceso de modernización de la Iglesia católica ejerció un papel fundamental el papa polaco Juan Pablo II. Tras su muerte, el papa Joseph Ratzinger, conocido como Benedicto XVI, volvió a plantear unas posturas más conservadoras y tradicionales.