Contaminación marina

La contaminación marina es el conjunto de fenómenos y situaciones que inducen efectos perjudiciales en los ecosistemas de mares y océanos. Esta forma de polución constituye uno de los principales problemas ambientales a gran escala en el planeta y tiene efectos nocivos duraderos no sólo para la evolución de sus ecosistemas sino también para las condiciones de habitabilidad de las costas, la conservación del medio ambiente y la explotación sostenible de los recursos marinos.

Los principales elementos que contribuyen a la contaminación de mares y océanos son los vertidos de distintas sustancias, puntuales o continuados, que se asocian a los desechos industriales, residenciales y agrícolas. Otra fuente común de contaminación es la extensión de organismos invasores en regiones del océano en las que no se habían asentado previamente. Por otra parte, la atmósfera y los océanos mantienen entre sí un equilibrio dinámico en el que interaccionan e intercambian compuestos químicos de forma permanente. Por tanto, el cambio climático y la polución del aire tienen una influencia indirecta en la modificación de los entornos marinos. Por último, diversas especies, sobre todo los grandes mamíferos acuáticos, sufren las consecuencias de la contaminación acústica provocada por los barcos y sus dispositivos de propulsión y localización como, por ejemplo, el sonar.

Tipos de contaminación marina

En términos generales, cabe distinguir varias categorías generales de contaminación marina, como son la acidificación, la eutrofización, la acumulación de plásticos y otros residuos, la proliferación de sustancias tóxicas y los vertidos de hidrocarburos. Las disposiciones legislativas a escala nacional y supranacional, aunque cada vez más estrictas a este respecto, no son suficientemente flexibles y robustas para frenar el deterioro asociado a esta degradación ambiental.

La acidificación de los mares es un fenómeno general en virtud del cual los océanos del planeta se vuelven cada vez más ácidos. Este hecho supone una amenaza para el equilibrio de los ecosistemas marinos y, en especial, de los más delicados, como los arrecifes de coral. El origen de la creciente acidificación de los océanos está relacionado con el cambio climático observado en la Tierra. A consecuencia de la actividad industrial y otras causas, en las últimas décadas se ha producido un incremento en el contenido porcentual en la atmósfera de gases de invernadero, responsables del calentamiento global. El principal de estos gases es el dióxido de carbono, un compuesto que es absorbido en cantidad significativa por las aguas de los océanos.

De este modo, el aumento de los gases de invernadero en la atmósfera y la condición de los océanos de sumideros de dióxido de carbono han llevado a que las aguas marinas incrementen su concentración de esta sustancia. A su vez, parte del dióxido de carbono absorbido se convierte en ácido carbónico al combinarse químicamente con el agua marina, que se vuelve más ácida. La acidificación de los océanos tiene varias consecuencias conocidas, como el fenómeno del blanqueamiento del coral, una enfermedad que aqueja a algunos de los principales arrecifes del mundo. Además provoca efectos perjudiciales en el metabolismo y el sistema inmunitario de numerosas especies de vertebrados e invertebrados.

Por otra parte, se llama eutrofización al incremento de nutrientes químicos en la composición de los ecosistemas de los océanos, en particular compuestos ricos en nitrógeno y fósforo. Estos nutrientes provienen principalmente de los abonos utilizados en agricultura, los restos orgánicos de las explotaciones ganaderas y los vertidos urbanos y de las poblaciones humanas en general. Los ecosistemas del litoral, como deltas, estuarios y marismas, son los más afectados por la eutrofización. Una consecuencia grave del fenómeno es la proliferación asociada de poblaciones de algas que, sustentadas por el incremento de nutrientes, actúan como especies invasoras y agreden a ecosistemas clásicos como, por ejemplo, las praderas submarinas de posidonia.

La acumulación de plásticos y otros residuos procedentes de desechos industriales y urbanos no biodegradables se ha erigido en un problema de contaminación marina de primera magnitud. Desde su vertido en las costas y playas, que son los primeros puntos de contaminación, estos plásticos tienden a acumularse en los denominados giros oceánicos hasta los cuales son arrastrados por las corrientes marinas. Existen varias de estas zonas en mitad de los océanos seriamente contaminadas por plásticos. La principal de ellas es la denominada isla de plástico, o gran isla de basura, una enorme superficie de límites difusos y gran extensión en el centro del Pacífico norte.

Los plásticos, así como las redes de pesca abandonadas o perdidas, suponen una amenaza de asfixia para peces, mamíferos y aves marinas, tortugas y crustáceos. A ello se añade el riesgo de que numerosas especies consuman por error unas sustancias plásticas que pueden ser perjudiciales para su organismo.

Finalmente, el vertido en los océanos de productos industriales, agrícolas y urbanos de carácter tóxico ha adquirido una magnitud relevante en las últimas décadas. Las más peligrosas sustancias tóxicas son compuestos químicos estables que tienen una vida larga en las aguas marinas. Metales pesados, pesticidas, dioxinas, fenoles, furanos y residuos radiactivos se cuentan entre los principales. Además de su carácter nocivo para las especies biológicas y los ecosistemas, estos productos pueden favorecer una pérdida de calidad de los recursos pesqueros como, por ejemplo, la derivada de la acumulación de mercurio y otros metales en los peces que son tóxicos para el consumo humano.

A los problemas mencionados se añaden otras fuentes de contaminación para las cuales se ha observado una tendencia creciente en las últimas décadas. Entre ellas, el cambio climático ha provocado un calentamiento global de la temperatura del agua oceánica, lo que modifica las condiciones de los nichos ecológicos y favorece la penetración de especies invasoras en regiones de los océanos a las que antes no habían tenido acceso. El aumento en la concentración de estrógenos y la contaminación por microorganismos patógenos constituyen otros riesgos importantes para la futura sostenibilidad de los ecosistemas marinos.

Contaminación por hidrocarburos: mareas negras

Los vertidos de combustibles fósiles suponen una de las principales amenazas para la conservación de los ecosistemas en los océanos. Este problema, que ha existido desde hace siglos, se ha agravado extraordinariamente a partir de la segunda mitad del siglo XX con la eclosión del desarrollo industrial y de los transportes basados en el consumo del petróleo y sus derivados. Según datos manejados por las instituciones conservacionistas, en la década de 2010 la industria petrolera comercializaba al año más de tres mil millones de toneladas de crudo. Un elevado porcentaje de esta cantidad era objeto de transporte desde los lugares de producción a los de destino por vía marítima, lo cual supone una amenaza permanente de contaminación de los océanos.

El tráfico de los productos del petróleo en este periodo se realizaba a bordo de más de seis mil buques. Durante la segunda mitad del siglo XX, esta densidad de tráfico llevó a que se produjeran en torno a 200 accidentes graves de barcos de transporte de crudo y sus derivados, algunos de tal magnitud que fueron calificados de catástrofes medioambientales. Varios de estos accidentes son especialmente recordados, como los del Urquiola, en España, en 1976; el Exxon Valdez, frente a las costas de Alaska, en 1989, o el Erika, en Francia, en 1999. Ya en el siglo XXI, el desastre del Prestige, frente a las costas españolas de Galicia, en 2002 ensució con derivados de crudo de ínfima calidad las costas y las playas del norte de España, Portugal y el golfo de Vizcaya en Francia.

La explosión, el incendio y el hundimiento en abril de 2010 de una gran plataforma petrolífera en el golfo de México, frente a las costas de Luisiana, en el sur de los Estados Unidos, reveló de forma dramática otro de los riesgos de vertidos de hidrocarburos que amenaza a los océanos. Once personas perdieron la vida en el accidente y la marea negra resultante contaminó los humedales del delta del río Mississippi, con grave riesgo para su rica fauna y flora. Las dificultades de la empresa explotadora, British Petroleum, para sellar el pozo submarino del que brotaba el crudo pusieron de relieve la gravedad potencial de este tipo de situaciones.

Como factores causantes de los vertidos de hidrocarburos por accidentes se ha señalado a los fallos de seguridad de una flota de barcos en estado deficiente y de unas plataformas petrolíferas que perforan el subsuelo marino sin suficientes garantías de control. Aunque estas causas se han abordado a escala global con una mejora de la legislación internacional del transporte marítimo y de la creciente obligatoriedad de utilizar barcos de doble casco para contener posibles derrames, la frecuencia de los episodios catastróficos registrados revela la insuficiencia de estos esfuerzos.

Con todo, los grandes vertidos accidentales de petróleo y sus derivados no constituyen la fuente principal de contaminación marina por hidrocarburos. Según informaciones de la organización conservacionista Greenpeace, tales vertidos suponen apenas el 10 % del total de esta clase de polución. El 90 % restante se origina a consecuencia de prospecciones petrolíferas en el lecho marino, la limpieza de los tanques de los grandes barcos y la carga y descarga de los buques en los puertos.