Hidrosfera

Mapamundi en el que se puede apreciar la extensión de la hidrosfera en el conjunto de la Tierra.

La parte de la Tierra que se halla formada por agua es la hidrosfera. Se trata de una capa mayoritariamente fluida que abarca el 71% de la superficie del planeta y constituye su segundo recubrimiento, después de la atmósfera. La hidrosfera abarca los océanos y mares, los ríos, lagos, pantanos y aguas subterráneas, y también el agua en estado sólido presente en los polos, glaciares y cumbres montañosas.

Esta enorme cantidad de agua no se encuentra estática, sino que está envuelta en un ciclo continuo del cual depende en buena medida que la Tierra posea el aspecto que tiene hoy día. El ciclo del agua, o ciclo hidrológico, se nutre de la energía aportada por el Sol para evaporar el agua de los océanos y producir nubes que, posteriormente, al descargar sobre tierra firme, reponen las reservas de agua dulce necesarias para que se desarrolle la vida en los continentes.

A continuación, el exceso de agua se filtra a través del terreno hasta llegar a los depósitos subterráneos, o bien discurre por los ríos y es devuelto al océano, donde el ciclo recomienza. Durante su recorrido por los continentes el agua no sólo contribuye a la vida, sino que también modela el paisaje a causa de la erosión.

Origen de la hidrosfera

La aparición de la hidrosfera está ligada al proceso de formación de la Tierra. La Tierra se formó a partir de una nube protoplanetaria de partículas ionizadas que giraba alrededor del Sol. Con el paso del tiempo esta nube comenzó a concentrarse y las partículas se unieron para formar un protoplaneta. Una vez constituido éste, su fuerza de gravedad contribuyó a que nuevas partículas, que hasta entonces flotaban en el espacio, se ligaran a él, aumentando así, poco a poco, sus dimensiones. Se formaron el núcleo líquido de la Tierra −compuesto por hierro y níquel−, el manto y la corteza.

Durante el primer periodo de existencia del planeta abundaban los volcanes. Sus erupciones aportaban enormes cantidades de gases a la atmósfera primigenia. Entre estos gases figuraban dióxido de carbono, metano, amoniaco, nitrógeno y también vapor de agua. No obstante, hacía todavía demasiado calor para que el agua pudiera permanecer en la atmósfera. Por efecto de la radiación solar se disociaba en sus componentes, oxígeno e hidrógeno.

Hubo que esperar hasta que la Tierra empezó a enfriarse para que el vapor de agua de la atmósfera se condensara y comenzara a llover en el planeta. Esto ocurrió hace aproximadamente unos 3.800 millones de años. Las abundantes precipitaciones formaron los primeros océanos, cuyas temperaturas, debido a la actividad volcánica y al intenso efecto invernadero producido por el alto contenido en dióxido de carbono de la atmósfera, rondaban los 50 °C.

Al enfriarse el planeta aumentó la condensación que se producía y también las precipitaciones. De este modo fue incrementándose el volumen de la hidrosfera, hasta que hace aproximadamente 1.000 millones de años alcanzó el volumen con el que cuenta hoy en día. Desde entonces se ha mantenido casi constante.

De forma continua, la hidrosfera viene sufriendo aportes y pérdidas que se compensan entre sí, sin que lleguen, por tanto, a afectar al volumen total. Los aportes provienen de las nuevas emisiones de gases que realiza el planeta, gases entre los que, al igual que durante el periodo de formación de la Tierra, figura el vapor de agua. Las pérdidas tienen lugar en las capas altas de la atmósfera, donde la radiación ultravioleta del Sol descompone el vapor en oxígeno e hidrógeno.

Distribución del agua en la hidrosfera

La mayor parte del agua que compone la hidrosfera, el 97,2%, es el agua salada de los mares y océanos. El agua dulce, aunque cuenta con una importancia biológica crucial, dado que es imprescindible para la supervivencia de los seres humanos, animales y plantas, sólo representa un escaso porcentaje del total de la hidrosfera, el 2,8%. Tal valor se encuentra repartido entre el agua de los ríos, torrentes, lagos y pantanos, el agua que ocupa los depósitos subterráneos, o acuíferos, y la que permanece en estado sólido en los polos terrestres, glaciares y cimas de las montañas.

También puede dividirse la hidrosfera en aguas oceánicas y aguas continentales. Las aguas de los mares y océanos cubren casi las tres cuartas partes de la Tierra, con una profundidad media de 3.800 metros. Resulta evidente, por tanto, que representan el mayor depósito de agua del planeta. Entre las aguas continentales superficiales destacan los ríos y los lagos.