Irán

País situado en el sudoeste del continente asiático, en el territorio de Irán han habitado algunas de las primeras civilizaciones del planeta. A lo largo de su historia, que comienza bajo la denominación de Persia, cientos de pueblos han dejado huella en su suelo, a pesar de lo cual los iraníes no han perdido nunca su identidad ni su cultura.

La actual República Islámica de Irán está especialmente vinculada a la religión musulmana, asentada en el país desde el siglo VII. Su relevante puesto en el orden mundial se debe en buena parte a las cuantiosas reservas petrolíferas que sirven de base a su economía.

Bandera de Irán.

Medio físico

Con una superficie de 1.648.000kilómetros cuadrados, el mapa de Irán se configura como una figura trapezoidal, encajonada entre el mar Caspio y el mar de Omán, en el golfo Pérsico. Comparte fronteras con Armenia, Azerbaiyán y Turkmenistán, por el norte; con Afganistán y Pakistán, por el este; y con Irak y Turquía, por el oeste. Su ubicación geográfica le permite contar con una extensa salida al mar (casi 2.500 kilómetros de costa rodean al país, la mayoría en su zona sur); asimismo, su litoral incluye el estrecho de Ormuz, única salida del golfo Pérsico y punto vital, por tanto, para el transporte marítimo del petróleo.

Irán posee además pequeños territorios insulares en el mar de Omán, aunque tres de las islas, entre ellas la de Abu Mussa, se encuentran en disputa con los Emiratos Árabes Unidos, de los que sólo les separa el estrecho de Ormuz. Únicamente están habitadas once de estas islas.

El territorio iraní es muy agreste y accidentado, y su relieve conforma varias comarcas naturales. Bordeando el país, principalmente en las zonas costeras, pequeñas llanuras ascienden rápida y abruptamente hasta formar elevadas cordilleras que, en su otra vertiente, caen hasta la gran meseta central, un extenso altiplano desértico que se hunde en profundas depresiones.

Las estrechas llanuras costeras son las zonas más fértiles del país, ya que a su cercanía con el mar se une la recogida de las aguas que bajan de las montañas. En el litoral del mar Caspio se encuentran exiguas llanuras en los estados de Mazadarán y Gorgan. En la costa sur, una de las llanuras más extensas se encuentra en Shatt al-Arab, el delta que forma en su desembocadura la unión de los grandes ríos Tigris y Éufrates, que delimita la frontera con Irak. Planicies de menor tamaño se hallan junto al estrecho de Ormuz y el mar de Omán.

Vista del monte Zard Kuh, que con sus 4.548 metros es la cumbre más alta de la cordillera de los Zagros.

En la zona oeste, la más montañosa del país, se inician las dos grandes cordilleras, que prosiguen luego por caminos separados. La zona septentrional está recorrida por las cadenas montañosas del Hindu Kush, Elburz (a cuyos pies se encuentra Teherán, la capital) y los montes de Armenia. En esta área se alza el pico del Demavend, que con sus 5.612 metros es el punto más elevado del país. Por el sudeste y el sur, los montes Zagros forman un arco entre las fronteras de Irak y Pakistán. La cima más alta de los Zagros es el monte Zard Kuh (4.548 m).

Casi encerrada entre ambas cordilleras, la meseta central se extiende a una altura media de 1.200 metros, altitud que disminuye en las dos grandes depresiones desérticas: la enorme Dasht-i-Kavir, o Gran Desierto Salado, al noreste, y Dasht-i-Lut, o Gran Desierto Arenoso, en el sudeste.

Irán cuenta con muy pocos ríos, en consonancia con su desértico paisaje. El Karun, con nacimiento en los montes Zagros y desembocadura en el estuario de Shatt al-Arab, es el principal cauce navegable. Al noroeste, el Atrak ejerce de frontera natural con Armenia y Azerbaiyán. Aunque por su morfología la meseta central forma una cuenca hidrográfica, al tener impedida la salida al mar por las altas cumbres que la rodean, los escasos y tímidos cauces que la recorren se pierden en los lagos salados del interior, bastante abundantes, entre los que destaca el lago Urmia, en el noroeste del país.

El clima de Irán, salvo excepciones, se caracteriza fundamentalmente por su aridez y sequedad. No obstante, las diversas regiones presentan variaciones climáticas en función de factores como su cercanía o lejanía al mar y, sobre todo, según la altitud. Con estos criterios puede dividirse el país en tres zonas climáticas diferenciadas. Las estrechas llanuras que bordean el mar Caspio disfrutan de un clima subtropical, con suaves temperaturas en torno a los 15 ºC y precipitaciones abundantes. En las cumbres altas, el clima es de tipo continental, con lluvias más frecuentes y temperaturas más bajas en las cordilleras del norte. Por último, la zona de la meseta sufre un clima semiárido, casi desértico, con extremas oscilaciones térmicas entre el invierno y el verano y muy escasa pluviosidad.

Irán está situada en una zona de inestabilidad geológica, lo que provoca sismos relativamente frecuentes. Las sequías y las inundaciones son también fenómenos meteorológicos de cíclica aparición. Estas condiciones climáticas, además, se ven alteradas por la contaminación provocada por el desarrollo industrial, polución que alcanza cotas preocupantes en las grandes ciudades del país.

Flora y fauna

Las condiciones climáticas de Irán condicionan un terreno árido y seco en su mayor parte, en el que se limita al mínimo la existencia de vida. Sólo una pequeña parte del país es bosque, y fuera de los oasis, auténticas reservas de vida, la vegetación es escasa o incluso inexistente. Las pocas plantas que sobreviven, como los cactus o los matorrales, son xerófilas, bien adaptadas a la falta de agua.

Las zonas montañosas son las más abundantes en vida vegetal. En los montes Zagros del sur abundan los bosques húmedos, repletos de nogales, olmos, pinos y cipreses. En las laderas de los montes Elburz, cercanos al mar Caspio, se encuentran bosques de hayas, robles, fresnos o bojs, que dejan paso en las zonas bajas a pequeños arbustos y matorrales.

Las montañas iraníes acogen además una variada fauna, compuesta por zorros, lobos, osos, linces, leopardos, tigres y jabalíes. Pueden encontrarse también conejos, gacelas, carneros… Los desiertos albergan peligrosas serpientes, pero también perdices, faisanes, curiosos asnos salvajes y una especie de cebra sin rayas, endémica de Irán. En la zona de la meseta se crían, además, especies domésticas, entre las que se distinguen, aparte del ganado tradicional, los caballos, los camellos y los búfalos.

Las aves, sobre todo las marinas, son muy abundantes. En la orilla del golfo Pérsico habitan flamencos y pelícanos. También abundan, fundamentalmente en la zona del Caspio, las especies acuáticas, entre las que destaca, por su inapreciable valor comercial, el esturión.

Población

Demografía

Desde la década de 1980, Irán ha experimentado una llamativa explosión demográfica, llegando incluso a duplicar el número de habitantes, que se estima en la actualidad en casi 82 millones. Como resultado de esta reciente tendencia, la población iraní se caracteriza por su juventud: la media de edad es de 28,8 años, y casi la cuarta parte de la población se encuentra por debajo de los 15 años. La esperanza de vida, por su parte, se sitúa en torno a los 71 años.

Los iraníes ocupan el territorio nacional de manera muy heterogénea. Más de la mitad vive en ciudades, de las que la más poblada es Teherán, donde reside el 10 % de la población total del país. A la capital le siguen Isfahán, Mashad y Shiraz. Además de estos núcleos urbanos, la región del Caspio y las zonas de los valles son las áreas más profusamente habitadas. En contraste, amplias regiones del país están prácticamente despobladas, lo que da como resultado una densidad poblacional media muy baja.

La historia de Persia, repleta de invasiones, ocupaciones e intercambios, ha dejado una rica herencia en cuanto a diversidad étnica y cultural se refiere. Sin embargo, la estructura física del país ha mantenido separados y en ocasiones aislados a los diferentes pueblos, por lo que cada uno de ellos apenas ha visto alteradas sus más ancestrales señas de identidad.

Más de la mitad de la población iraní es de origen persa, grupo de ascendencia indoeuropea que mora estas tierras desde el segundo milenio antes de nuestra era. La principal minoría la componen los azeríes (16 %), también indoeuropeos, que residen principalmente en el noroeste, en la frontera con su lugar de procedencia, Azerbaiyán, aunque también se encuentran diseminados por otras regiones del país. El pueblo kurdo, ocupante de la zona de los montes Zagros, se extiende también por diferentes países del área, y a pesar de los intentos de asimilación, e incluso de eliminación, conservan intactas sus características de identidad, entre ellas el seminomadismo. Representan un 10 % de la población. Otros grupos menores son los lurs (6 %) y los árabes, los turcomanos y los baluchis, cada uno de los cuales supone una proporción en torno al 2 o 3 %. Existen, a su vez, minúsculas presencias armenias y semitas, además de pequeños colectivos de extranjeros, entre ellos refugiados afganos o iraquíes.

Lengua

El idioma oficial de Irán es el farsi, o persa, que es hablado por más del 50 % de la población. Esta lengua pertenece a la familia indoeuropea, y dentro de ella a las lenguas indoiranias. Para la expresión escrita utiliza un alfabeto árabe modificado. Irán comparte el farsi con otros países de la zona como Tadzhikistán, Afganistán, Georgia, la India y parte de Pakistán. La comunidad total de hablantes de este idioma se estima en torno a los 46 millones de individuos.

Cada grupo étnico de Irán tiene además su propia lengua. El azerí, el kurdo, el árabe o el lur son idiomas empleados por un número significativo de nativos. Otras muchas lenguas más minoritarias se escuchan en los diferentes rincones del país. Entre ellas, el inglés es el idioma de mayor uso en las ciudades con vocación internacional.

Religión

Irán es una república islámica, regida por un gobierno confesional y donde la religión oficial impregna todos y cada uno de los aspectos de la política, la cultura, las relaciones sociales y la vida cotidiana. Los iraníes observan cuidadosamente los principios del islam, la creencia en un solo Dios y la servidumbre debida en el modo que explica su libro sagrado, el Corán.

El 89 % de la población sigue la religión oficial del Estado, el islam en su vertiente chiita, que defiende la figura del imán (descendiente directo de Mahoma) y la presencia de los clérigos como guía espiritual de los fieles. Otro 9 % de los iraníes, constituido por kurdos, turcos y árabes, practica el culto islámico en su vertiente suní, la mayoritaria en el mundo musulmán. Existen también pequeños grupos de seguidores del bahaísmo y del zoroastrismo, doctrina esta última que imperó en la antigua Persia hasta la llegada de los musulmanes y que constituye una de las más antiguas religiones actualmente existentes. Judíos y católicos representan un ínfimo porcentaje de ciudadanos.

Economía y comunicación

Datos económicos

Cuidadosamente planificadas y vigiladas por el Gobierno, todas las actividades económicas fundamentales de Irán pertenecen al sector público, que abarca aquellas áreas de mayor peso, como la banca, el comercio exterior y, por supuesto, los hidrocarburos. El sector privado se limita a pequeños negocios o explotaciones agrícolas. Por otro lado, la producción y distribución de bienes y servicios a nivel interno se organiza a través de cooperativas, participadas por el Estado.

Excesivamente dependiente del petróleo, la economía iraní presenta graves contradicciones. Controlada con minuciosidad por el Gobierno, ha obtenido buenos resultados macroeconómicos. Las subidas del petróleo en los últimos años han permitido acumular reservas, y, a pesar de la inflación, Irán se mantiene en el decimoctavo puesto del mundo en cuanto al producto interno (interior) bruto (PIB) per cápita. Pero estas buenas cifras no llegan a la microeconomía de los ciudadanos, que subsisten sobre todo gracias a una pobre agricultura, a la que se dedica el 16 % de la población trabajadora. Además, Irán sufre una alta tasa de desempleo, superior al 10,5 %.

La esperanza del petróleo, que, iniciada a mediados del siglo XX, auguraba un próspero futuro, se truncó en crisis tras el oneroso conflicto con Irak, del que la economía iraní aún no se ha recuperado. Los últimos planes gubernamentales buscan la diversificación, tratando de independizarse de las fluctuaciones y presiones internacionales con respecto al precio del hidrocarburo.

Prueba de la falta de multiplicidad de fuentes de ingresos es que el segundo motor económico del país, la agricultura, tiene un pobre desarrollo. Unas tierras poco fértiles y unos métodos de labranza excesivamente tradicionales dan como resultado exiguas cosechas, que, sin embargo, dan trabajo a la mayor parte de la población activa.

El cultivo se centra sobre todo en productos como cereales (trigo, arroz...), patatas, remolacha azucarera, uvas, nueces o algodón. La ganadería está muy extendida, en especial la ovina de trashumancia, seguida por la explotación del ganado caprino y vacuno. Lácteos y lana son los principales productos extraídos. La pesca, tanto para consumo como para exportación, es otro pilar de la economía: el caviar iraní, obtenido del esturión del mar Caspio, es su producto estrella.

Como ya se ha señalado, los hidrocarburos son los principales recursos naturales de Irán, de los que además disfruta con gran abundancia. Las reservas de petróleo del golfo Pérsico representan las dos terceras partes de todas las reservas mundiales conocidas, y en cuanto al gas natural, los depósitos iraníes sólo son superados por los rusos. La producción y exportación de petróleo, nacionalizado desde 1973, es responsabilidad de la Compañía Petrolera Nacional Iraní. Se extrae sobre todo en la zona del sudeste, mientras que el gas natural se acumula principalmente en las septentrionales montañas Elburz.

Además de los hidrocarburos, existen generosos yacimientos de carbón, plomo, cobre, cinc y mineral de hierro, aunque la explotación de estos minerales es menor.

En desarrollo se encuentra también el sector industrial, que experimentó un espectacular avance en la década de 1950, gracias a las primeras ganancias logradas con el petróleo. Los sectores más destacados son la fabricación de maquinaria, tejidos, productos químicos y alimentación.

De creciente importancia es el sector financiero y comercial. Bancos y compañías de seguros están en manos del Gobierno desde la Revolución islámica de 1979. En la misma fecha, las autoridades iraníes rompieron relaciones con su entonces principal aliado político y económico, los Estados Unidos, y desde entonces la mayor parte de las transacciones comerciales se realizan con la Unión Europea, Japón y China. Las exportaciones de Irán son, en un 80 %, crudo y derivados del petróleo. Vende, además, las míticas alfombras persas, el famoso caviar iraní y productos como algodón, tejidos, minerales y frutos. A su vez, Irán importa maquinaria y equipos de transporte, materias primas, alimentos y tecnología.

A pesar de la cantidad de puertos y aeropuertos de los que dispone Irán, el transporte, tanto marítimo como aéreo, resulta un tanto deficiente, por lo que la carretera es el principal camino para mercancías y personas en cuanto al tráfico interno se refiere.

Los puertos más relevantes del golfo Pérsico, como Bandar-e Abbas, Bandar-e Jomeini o Abadan, se dedican a la exportación de petróleo a través del estrecho de Ormuz. Los puertos del mar Caspio, por el contrario, se emplean para el comercio con Georgia, Ucrania o Rusia.

Comunicación

Con respecto a la comunicación de masas, podría decirse que en Irán, más que en cualquier otro lugar, los medios de comunicación son el cuarto poder. Aunque la prensa es relativamente libre, en la práctica los grupos conservadores dominan la mayor parte de los medios, y en ocasiones cadenas más liberales han tenido encuentros con la censura.

La televisión, el medio más popular y difundido, está sometida a un mayor control. La Radiodifusión de la República Islámica de Irán es la televisión estatal. Dispone de cuatro canales de ámbito nacional y de emisoras de radio; cuenta, además, con emisiones vía satélite para todo el Oriente Medio. Aunque las antenas parabólicas están prohibidas en el país, las cadenas extranjeras, costeadas en parte por grupos de exiliados, penetran también en la audiencia iraní.

La prensa escrita no tiene tanta aceptación entre la población general, excepción hecha de los diarios deportivos. Se publican también varios periódicos en inglés, de línea editorial tanto conservadora como reformista.

Internet ha cambiado la manera de informarse de los iraníes. Unos ocho millones de ciudadanos tienen acceso a la red, y a pesar de los filtros oficiales que prohíben el acceso a contenidos calificados como contrarios al islam, Internet es el principal foro de las voces disidentes del régimen.

Administración y política

División territorial

La República Islámica de Irán tiene su capital en Teherán, ciudad que remonta sus orígenes a la Edad Media. Otras metrópolis relevantes, tanto por su historia como por su papel actual, son Isfahán, Mashad y Shiraz.

Panorámica aérea de Teherán. La ciudad, de origen medieval, es la capital y el centro cultural, político y económico de Irán.

Desde el punto de vista administrativo, Irán se divide en treinta provincias. La configuración de algunas de ellas, como Fars, Jorasán o Luristán, data de épocas antiquísimas, mientras que otras han diseñado su trazado actual, mediante secesión o unión, en las últimas décadas, como es el caso de Gorgan, Qazvim o Qom. Jorasán es la provincia de mayor tamaño y la segunda en población. La más habitada es Teherán.

Forma de gobierno

La Constitución, redactada tras la Revolución islámica de 1979, materializa los principios islámicos en la forma de gobierno. Como república teocrática que es, todos los poderes del Estado están sujetos a la autoridad divina, derivada directamente del imán, el supremo líder religioso. Bajo su mando se articula una compleja estructura de organismos gubernamentales, algunos de ellos de carácter religioso y otros organizados en virtud de principios democráticos en su elección y funcionamiento.

El Líder Supremo, o Rahbar-e Moazam, es también el líder religioso, o Wali Faqih, y representa el máximo poder del país. Bajo su supervisión pasan todas y cada una de las líneas políticas de la república, y su cargo incluye el puesto de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y jefe de los Servicios de Inteligencia y Seguridad. Es, además, cabeza de la judicatura y de los medios de comunicación. El cargo, de carácter vitalicio, fue desempeñado hasta su muerte en 1989 por el líder de la revolución, el ayatolá («signo de Dios») Ruholá Jomeini. Desde ese año, el liderazgo supremo recae sobre el ayatolá Alí Jamenei.

El segundo puesto de mayor responsabilidad es el de presidente del Gobierno, elegido por sufragio universal para un periodo de cuatro años. Su función es ser jefe del Ejecutivo, para lo que se rodea de ocho vicepresidentes y de un Consejo de Ministros designados por él y aprobados por el Parlamento.

La Cámara Legislativa, compuesta por 270 miembros, recibe el nombre de Asamblea Consultiva Islámica, o Majles-e Shura-ye Eslami, y para cumplir con sus tareas de redacción y aprobación de leyes y tratados, requiere la aprobación de otro estamento, el Consejo de Guardianes.

Este Consejo, de carácter religioso, está formado por doce juristas islámicos, la mitad de ellos elegidos por el Líder y la otra mitad por el presidente. Su función es interpretar la sharia o ley islámica y velar para que las leyes se adecuen a ella. Para desempeñar esta función, el Consejo de Guardianes tiene pleno derecho de veto sobre el Parlamento. Las disputas entre ambos órganos son resueltas por el Consejo Expedientador, instrumento consultivo del Líder Supremo, creado por Jomeini en 1988. El Consejo de Guardianes, además, da su visto bueno a la idoneidad de los candidatos a presidente, parlamentarios y miembros de la Asamblea.

La Asamblea de Expertos, consejo asesor del Líder Supremo bajo su mando inmediato, está formada por 86 clérigos elegidos por el pueblo en función de su moralidad, virtud y experiencia para un mandato de ocho años. Entre los miembros de la Asamblea, y por votación interna, es elegido el Líder Supremo.

El poder judicial está también bajo su supervisión. La institución principal es el Tribunal Supremo, y bajo él se suceden tribunales civiles y penales. Existen además cortes revolucionarias, que entienden de determinados casos, como delitos contra la seguridad nacional o contra la república, y cuyos veredictos no son apelables. Igualmente categóricas son las resoluciones de la corte administrativa especial, tribunal directamente dependiente del Líder Supremo que se encarga del enjuiciamiento de crímenes supuestamente cometidos por religiosos.

Apenas existe en Irán tradición de partidos políticos. En cierta medida, su función la realizan los grupos de presión, los cuales tienen un gran peso en la determinación de los intereses a seguir. Pueden distinguirse, sin embargo, dos facciones claramente diferenciadas: Ruhaniyat, el partido de línea reformista, y Ruhaniyoun, formación de ideología ortodoxa. Ambos grupos concurren enfrentados a las elecciones.

Servicios del Estado

A lo largo del siglo XX, las condiciones sanitarias de la población iraní han mejorado de manera sustancial. Enfermedades endémicas como la tuberculosis, la viruela o la malaria están prácticamente controladas. No obstante, los servicios sanitarios son, aun hoy en día, un tanto deficientes, con escasez de instalaciones y de profesionales cualificados. La situación es aún más complicada en las zonas rurales, donde reside casi la mitad de la población.

Al igual que sucede con los demás aspectos de la sociedad, el sistema docente, en todos sus niveles, se rige por los preceptos islámicos. Desde 1943, la educación es obligatoria hasta los 10 años, disposición que ha logrado elevar los niveles de alfabetización de la población general a más del 80 %. La asistencia escolar, sin embargo, se vio seriamente afectada durante la guerra con Irak, que dejó al país sin medios materiales ni humanos. Desde su finalización, y tras la recuperación nacional, casi la totalidad de los niños en edad escolar están de nuevo escolarizados.

El número de asistentes a la enseñanza secundaria disminuye ligeramente. Para los niveles superiores existen en Irán más de cien universidades y escuelas de altos estudios, a las que asisten casi el 20 % de los jóvenes. La más renombrada es la Universidad de Teherán, fundada en 1932. Isfahán y Shiraz cuentan también con centros universitarios relevantes.

Historia

Los orígenes

Las investigaciones arqueológicas datan la presencia de los primeros pobladores del territorio de Irán en unos cien mil años de antigüedad, pudiendo trazarse un nítido itinerario de su evolución desde el Paleolítico. Durante el Neolítico, las sociedades se hicieron más complejas y sedentarias, y se inició la producción de alimentos y el comercio. En torno al cuarto milenio antes de nuestra era, surgieron los primeros asentamientos urbanos, comunicados mediante rutas comerciales.

Los primeros habitantes en emplear la lengua escrita fueron los elamitas, en el tránsito del cuarto al tercer milenio a.C. El reino de Elam, poderoso imperio de comerciantes situado en la actual región de Juzestán, mantuvo constantes guerras con los estados vecinos de Babilonia y Asiria.

En el segundo milenio a.C., diversos grupos de origen indoeuropeo llegaron a la región procedentes del Asia central. Hacia el siglo XVIII a.C., ya controlaban gran parte del territorio. Los denominados medos se situaron en el noroeste, con capital en Ecbatán, mientras que los persas, cuya ciudad principal era Persépolis, lo hicieron en el sudoeste. Ambos grupos compitieron por el poder con los asirios, que previamente habían sometido a los elamitas. En torno al año 600 a.C., medos y babilonios se unieron para derrotar a los asirios. Pocos años duró, sin embargo, el Imperio medo, que fue derrotado rápidamente por los persas.

El Imperio persa

En el año 550 a.C., el rey persa Ciro I fundó la dinastía aqueménida, dueña de un vasto imperio que, en el siglo siguiente (la época de mayor prosperidad del Imperio persa), se extendía desde la India hasta el mar Mediterráneo. En el oeste, su avance conquistador fue detenido por Grecia. Entre los años 499 y 449 a.C., persas y griegos volverían a enfrentarse por la hegemonía en las costas de la península anatólica si bien Darío I y su hijo Jerjes, después, deberían claudicar ante la gran potencia ateniense. La derrota provocó que el imperio comenzara a tambalearse. El final fue ratificado con la conquista del territorio persa por las tropas macedonias de Alejandro Magno, alrededor del año 330 a.C.

El vasto imperio reunido por Alejandro fue repartido, a su muerte, entre sus generales. Persia le correspondió a Seleuco, quien instauró la dinastía que lleva su nombre, los seléucidas. Éstos fueron expulsados por los partos, linaje que construyó de nuevo una gran potencia y que luchó contra el Imperio romano por el control del Mediterráneo.

En el siglo III de nuestra era una sublevación llevó al poder a la dinastía sasánida, la cual gobernó durante más de cuatro centurias. A lo largo de esta época, el culto a Zoroastro se difundió por el país.

El Irán musulmán

A mediados del siglo VII, el califato de Damasco, regido por la dinastía Omeya, derrotó a los sasánidas y extendió sus conquistas hasta más allá del territorio iranio. Al invadir el país, marcó un punto de inflexión en su historia, convirtiéndolo en una nación islámica. De manera lenta y progresiva, los musulmanes fueron extendiendo su influencia por todo Irán, aunque fue ésta una de las regiones más independientes y autónomas del califato. Recíprocamente, la entonces provincia irania tuvo también su peso en la historia del Imperio musulmán, al desempeñar un papel importante en la sustitución del califato omeya por el abasí y mantener un peso específico en la nueva capital, Bagdad.

La presencia y, sobre todo, la influencia árabes permanecieron en Irán a pesar de las sucesivas conquistas y dominaciones. Entre los siglos IX al XIV, los turcos selyúcidas, los mongoles de Gengis Kan y los turcomongoles de Tamerlán gobernaron sucesivamente el país. Las luchas internas finalizaron con el ascenso al poder de la dinastía safawí, virtualmente descendiente de Alí, yerno de Mahoma. Bajo el mandato del safawí Abás I el Grande, a mediados del siglo XVI, se reunificó de nuevo el territorio y se expulsó a los extranjeros. El poder se centralizó, se consolidaron y engrandecieron las fronteras del país, se adoptó el islam como religión oficial y el imperio volvió a conocer tiempos de gran esplendor y prosperidad.

Tras dos centurias en el poder, los safawíes fueron derrotados por el afgano Sah Nadir, bajo cuyo mandato Irán se convirtió en una gran potencia militar que se extendía hasta la India. Disuelto su imperio, y tras un breve periodo de dominación de la dinastía Zand, en 1779 triunfó una nueva familia dirigente: los Qayar. Su primer líder, Aga Mohamed Jan, se autoproclamó sha (emperador) y estableció su capital en Teherán, en detrimento de Shiraz.

Mezquita del Sha, en Isfahán construida bajo el mandato del soberano safawí Abás I el Grande, a mediados del siglo XVI.

La influencia europea y la dinastía Pahlaví

Durante el siglo XIX comenzó a notarse en Irán la influencia occidental. Rusos y británicos se disputaban el suelo iraní, ingiriéndose en la política interna local. A principios del siglo XX, la presencia extranjera y la pérdida de territorios provocó un fuerte descontento de los ciudadanos, que se sublevaron en un movimiento conocido como la «revuelta del tabaco» que obligó al sha a otorgar al pueblo una Constitución.

A pesar de su declaración de neutralidad, Irán fue ocupado durante la Primera Guerra Mundial por Rusia y el Reino Unido, naciones que dividieron el territorio iraní en dos zonas de influencia. Al finalizar la gran contienda, la brigada iraní de cosacos encabezó una rebelión que destituyó al último monarca de la dinastía qayarí y situó en el poder a su jefe, el general Reza Jan. Éste se proclamó sha en 1925 con el nombre de Reza Pahlaví. Durante su mandato liberó al país de la presencia extranjera e introdujo mejoras en la economía y en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Irán fue nuevamente ocupado por los aliados, que, interesados en la explotación petrolífera, instaron al sha a abdicar en favor de su hijo, Mohamed Reza Pahlaví, cuyo talante era más afín a los europeos.

La pugna por los intereses nacionales frente a los extranjeros, fundamentalmente en lo que a los beneficios económicos se refiere, fue la tónica de los años siguientes. Las estrechas relaciones internacionales del sha fueron decisivas para bloquear en 1953, mediante un golpe de Estado, el intento del primer ministro, Mohamed Musadaq, de nacionalizar el petróleo. A partir de entonces, el poder casi absoluto de Reza Pahlaví combinó modernización con occidentalización. Encabezó la denominada revolución blanca, por la que se materializaron grandes progresos para el pueblo, como un mejor reparto en la propiedad de las tierras, la secularización de la educación, la disminución del analfabetismo y la consecución del voto femenino. Sin embargo, ejerció su poder de un modo dictatorial, enfrentándose con el Parlamento, prohibiendo los partidos políticos y modificando la Constitución a su conveniencia.

Esta política férrea le acarreó a Reza la impopularidad entre amplios sectores de su país. Además, su cercanía a los Estados Unidos, la laxa observancia de los preceptos religiosos y la crisis económica fueron acrecentando el descontento popular, que cristalizó en la Revolución islámica de 1979, dirigida por el líder religioso ayatolá Ruholá Jomeini desde su exilio parisino. Tras sangrientas luchas, la rebelión, encabezada por clérigos, estudiantes e intelectuales, expulsó del país al sha y situó a Jomeini a la cabeza de la Nación. El 1 de abril de 1979 se proclamó la República Islámica de Irán.

La república islámica

Con el ayatolá al frente del país, y basando su política en la estricta aplicación de la ley coránica, se suprimieron las medidas prooccidentales, se rompieron las relaciones con los países no creyentes y se abandonaron las libertades de tendencia «infiel» previamente adquiridas.

Los primeros años de la revolución estuvieron marcados por los conflictos internacionales. Durante varios meses entre 1979 y 1980, el secuestro de decenas de rehenes en la Embajada estadounidense mantuvo en vilo al mundo entero. A finales de 1980 se inició la guerra con el vecino Iraq (primera Guerra del Golfo), conflicto que duraría ocho largos años y que tendría devastadoras consecuencias para ambas naciones.

Jomeini, el guía de la revolución, murió en 1989. Como sucesor en la cúspide religiosa y política del país fue nombrado Alí Jamenei, anterior presidente durante dos legislaturas. Su línea fue conservadora y continuista. Al frente del Gobierno se situó el más moderado Alí Akbar Hashemi Rafsanyani, quien fue reelegido en 1993. Durante estos años, Irán continuó a la cabeza del fundamentalismo islámico mundial y promovió la lucha de los países árabes contra Israel.

En 1997, la elección como presidente del Gobierno de Mohamed Jatami, de tendencia moderada, propició un nuevo acercamiento a los países occidentales, la implantación de reformas progresistas y una cierta liberalización de las costumbres.

A pesar de las perspectivas abiertas tras la reelección de Jatami en 2001, la tendencia reformista se interrumpió en 2004, al acceder a la presidencia el ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, fiel seguidor de la ideología del Líder Supremo, el ayatolá Jamenei. El progresivo deterioro de las relaciones exteriores llegó a su punto culminante en 2006, con la defensa por parte de Ahmadineyad del derecho inalienable del pueblo iraní a utilizar energía nuclear, proyecto que la comunidad internacional consideraba como una grave amenaza y que se mostró dispuesta a frenar mediante sanciones políticas y comerciales.

En el ámbito interno, las fuerzas conservadoras afianzaron su influencia en el Parlamento y en el Gobierno. En las elecciones generales celebradas en marzo de 2008, los conservadores conquistaron cerca de dos terceras partes de los escaños en disputa. Varias formaciones opositoras no pudieron concurrir a los comicios por obstáculos legales. En junio de 2009, los iraníes acudieron nuevamente a las urnas para elegir a su presidente. Ahmadineyad resultó claramente vencedor y fue investido para un segundo mandato al frente de la jefatura de Gobierno. Estos resultados fueron recibidos con sonoras protestas en las calles de las ciudades iraníes por partidarios de las formaciones opositoras. Hossein Mosavi se erigió como destacado líder opositor al Gobierno. Por su parte, en el nuevo gabinete instituido por Ahmadineyad, por primera vez desde el triunfo de la revolución islámica de Jomeini figuraron mujeres.

La política exterior iraní continuó marcada por las conflictivas relaciones con los Estados Unidos y otros países occidentales y por la declarada enemistad política con Israel. El Gobierno iraní mantuvo sus planes de desarrollo nuclear, a pesar de las amenazas de sanciones internacionales. En septiembre de 2009, reconoció que en la planta de Qom se estaban realizando procesos de enriquecimiento de uranio, aunque según las autoridades se trataba de un proyecto civil. El Ejecutivo iraní estableció un acuerdo con Alemania y otros países occidentales para el envío al exterior de uranio enriquecido con vistas a su ulterior tratamiento para optimizar el rendimiento de las plantas nucleares.

En el plano económico, el fuerte descenso de los precios del petróleo en los mercados internacionales provocó una pérdida sustancial de ingresos para la economía iraní. El desempleo y el subempleo se situaban en los inicios de la década de 2010 como principales elementos de desestabilización económica y social. A ello vino a sumarse un incremento preocupante de las tasas de inflación.

En los primeros años de la década de 2010, el programa nuclear iraní fue objeto de un estrecho seguimiento por parte de la comunidad internacional y derivó en la imposición de sanciones económicas adicionales al estado islámico. Aunque las autoridades iraníes expresaron repetidamente su derecho a desarrollar procesos de enriquecimiento de uranio para el abastecimiento de centrales nucleares con fines civiles, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) manifestaron su preocupación por el posible uso armamentístico de dicho uranio enriquecido. En este periodo, mientras el programa nuclear iraní seguía avanzando, se sucedieron varias mesas de negociación internacionales en ciudades como Ginebra y Estambul, sin que se obtuviera de las reuniones ningún resultado concluyente.

La inquietud internacional se acrecentó con las repetidas declaraciones incendiarias del presidente Ahmadineyad, dirigidas principalmente contra el Estado de Israel. La muerte en circunstancias no explicadas de varias personas prominentes en el programa nuclear de Irán dejó entrever una pugna soterrada entre los países implicados. En los inicios de 2010, el profesor iraní de física, Masud Ali Mohammadi, falleció en un ataque con bomba en Teherán sin que ningún grupo se atribuyera el atentado. En septiembre de 2010, el virus informático Stuxnet, presuntamente creado por un estado extranjero, afectó seriamente a los sistemas industriales de la planta nuclear iraní de Bushehr. En enero de 2012, otro científico nuclear iraní, Mustafá Ahmadi Roshan, perdió la vida en el norte de Teherán por la explosión de una bomba adosada a su automóvil. Este mismo año, a las sanciones internacionales aplicadas contra el régimen iraní se sumó un boicot de la Unión Europea (UE) a las exportaciones petrolíferas desde este país y la ruptura de relaciones diplomáticas con Canadá.

En el orden interno, a mediados de febrero de 2011 se produjeron las mayores protestas populares contra el régimen desde las elecciones celebradas catorce meses antes. Las manifestaciones siguieron la estela de las que se habían producido en Túnez, Egipto y otros países en la denominada «primavera árabe». La extensa respuesta policial puso fin a los disturbios, alimentados asimismo por el deterioro de la situación económica, no ajeno a la imposición de bloqueos y sanciones internacionales.

A lo largo de su mandato, el presidente Ahmadineyad mostró un progresivo alejamiento de las posiciones mantenidas por el guía espiritual de la revolución iraní, el ayatolá Jamenei. En las elecciones parlamentarias celebradas en marzo de 2012, los partidarios de Jamenei y críticos con el presidente iraní obtuvieron una amplia mayoría de los escaños. Ahmadineyad fue relevado en el cargo, tras los comicios presidenciales de junio de 2013, por el clérigo Hassan Rouhani, considerado de talante reformista moderado.

La política de Rouhani estuvo encaminada a mejorar las relaciones diplomáticas de Irán, con el objetivo de poner término a las sanciones internacionales que lastraban su desarrollo económico. En este sentido, declaró públicamente que el programa nuclear iraní, centro y motivo de dichas sanciones, se restringía a un ámbito exclusivamente civil y que su país no fabricaría armas nucleares. Al mismo tiempo, facilitó los controles de los inspectores de las Naciones Unidas y la Agencia Internacional de Energía Atómica sobre sus instalaciones. Esta actitud se plasmó en el inicio de conversaciones, en la ciudad suiza de Ginebra, para volver a valorar la situación de Irán. En ellas tomaron parte representantes de los cinco países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) más Alemania.

Entre tanto, Irán mantuvo una posición activa en los conflictos armados de Siria e Iraq, como prueba de su condición de potencia regional en auge. El Gobierno iraní ofreció su apoyo al ejército regular de Iraq y a las facciones chiíes implicadas en los enfrentamientos, en contra de los insurgentes suníes y de los combatientes del autodenominado Ejército Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés).

Finalmente, después de varios años de negociaciones, en julio de 2015 las potencias reunidas en Suiza llegaron a un arreglo sobre el contencioso nuclear de Irán. En virtud del acuerdo, el Estado iraní tendría una capacidad limitada de enriquecimiento de uranio durante una década y no construiría nuevas instalaciones nucleares en quince años. También se contemplaban medidas de transparencia para el control del programa nuclear iraní y la remodelación de varios de sus reactores. A cambio se pondría término a las sanciones económicas impuestas sobre Irán, un anuncio que fue recibido con grandes expectativas en los mercados internacionales de la energía y el comercio.

Por otra parte, la rivalidad regional entre Irán y Arabia Saudí alcanzó cotas de inusitada gravedad a raíz del ajusticiamiento en el país árabe del clérigo chií Nimr al-Nimr. Un nutrido grupo de manifestantes asaltaron la embajada saudí en Teherán, ante lo cual los gobiernos de Arabia Saudí y varios de sus aliados rompieron relaciones diplomáticas con Irán.

Sociedad y cultura

La cultura iraní actual recoge fundamentalmente tres tipos de influencias: por un lado, la extensa y rica tradición histórica que, con modificaciones, ha llegado hasta nuestros días; en segundo lugar, la diversidad étnica y cultural, que aporta diferencia y colorido a las manifestaciones artísticas; y, por último, la religiosidad que impregna toda la vida iraní.

Literatura

Los textos más primitivos encontrados en territorio iraní son las inscripciones cuneiformes de la monarquía aqueménida de la antigua Persia. Durante la época sasánida se escribió el Avesta, libro que contiene los preceptos religiosos del culto a Zoroastro.

Tras la arabización del país surgió, en el siglo X, la obra de Rudaki, precursora de la épica nacional. En la centuria siguiente, Firdusi llevó este género a su cumbre con su obra maestra, Libro de los reyes, que recoge en sesenta mil versos dobles ancestrales leyendas épicas. A lo largo de los siglos dejaron su herencia literaria otros autores, como los poetas Umar Jayyam, Yalal al-Din y Muhtasam de Kasán y los prosistas Djoweyni y Rasid al-Din.

La literatura iraní comenzó una profunda renovación en los inicios del siglo XX a partir de los trabajos de investigación de Mohamed Qazvini. En la primera mitad de la centuria destacaron el poeta Mohamed Taqi Bahar y los prosistas Mohamed Alí Yamalzadé y Mohamed Hijazi. La literatura moderna iraní mantiene influencias épicas tanto en el uso del lenguaje como en las temáticas, aunque pretende acercarse más al pueblo y tratar temas de la vida cotidiana. Algunos representantes de estas nuevas corrientes son Nima Yusiy, Sohrab Sepehrí y Sadeq Hedayat.

Artes plásticas y música

Entre los primitivos vestigios de la arquitectura persa destacan los palacios de Pasargada y Persépolis y las tumbas de Ciro el Grande y Darío I. Estos edificios estaban ornamentados con extraordinarias obras escultóricas en relieve, cuyos temas habituales eran la representación de arqueros y de dignatarios extranjeros en actitud de ofrecer tributos al rey. Durante el periodo seléucida nació el arte gráfico, aunque posteriormente tuvo un escondido desarrollo, para resurgir, junto con la caligrafía, en torno al siglo XVI.

La inmensa mayoría de los restos artísticos iraníes que se conservan son posteriores a la islamización del país. En ellos se advierte claramente la influencia religiosa, patente, por un lado, en la ausencia de representaciones humanas y animales y, por otro, en la exquisitez alcanzada en el trazo de elementos decorativos geométricos y en la caligrafía ornamental de los textos del Corán. Las mezquitas y escuelas coránicas de Isfahán constituyen el mejor ejemplo de arte islámico de Irán.

Mausoleo de Ali Ibn Hamze, en Shiraz, una de las obras destacadas del patrimonio arquitectónico iraní.

Muy interesante es, asimismo, el nivel alcanzado por el arte no representativo, en especial por la artesanía. Las alfombras persas, de reconocida fama internacional, pueden considerarse como la seña de identidad del arte iraní. Su elaboración, iniciada en el siglo V a.C., es en la actualidad una próspera industria, así como un relevante complemento en la vida cotidiana de los iraníes, dada su presencia obligada en las celebraciones culturales y religiosas.

Tanto la fabricación de alfombras como la artesanía persa en general son de elevada calidad, además de tremendamente variopintas. Se trabaja con madera, vidrio, marfil, tejidos, oro, plata y piedras preciosas para crear los más variados objetos: mosaicos, miniaturas, espadas y dagas, prendas de vestir, objetos decorativos, juegos de té, etcétera.

En la música se deja ver claramente la peculiar mezcolanza entre tradición y modernidad de la que hace gala la sociedad iraní, que se manifiesta, por ejemplo, en el reciclaje de sus artes más ancestrales. En el país pueden escucharse canciones de pop o rock cuyas letras, en farsi, se inspiran o reproducen fielmente versos épicos del siglo XIV. Otra de las grandes fuentes de la música iraní es la tradición de las minorías étnicas. El aislamiento mantenido a lo largo de los siglos ha hecho que los sonidos folklóricos de kurdos, lurs o turcomanos se conserven en todo su esplendor.

Patrimonio cultural

Debido a su dilatada historia, Irán se encuentra repleto de monumentos, reliquias y maravillosos vestigios del pasado. Desafortunadamente, la conservación de estos restos no ha sido siempre tan cuidadosa como hubiera sido deseable. Varios puntos de interés histórico, cultural y artístico han merecido la declaración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Ruinas de Persépolis, la que fue gran capital del Imperio persa desde el siglo VI a.C.

Tchoga Zanbil, antigua ciudad elamita, conserva ruinas de templos, capillas y un gran zigurat (templo en forma de pirámide escalonada). La mezquita del imán, o Meidan Eman, completamente recubierta de intrincados e indescriptibles mosaicos, adorna la ya de por sí bella Isfahán. En las ruinas de Takht-e Sulaiman, al noroeste del país, se conserva un importante templo zoroástrico. Por último, tres ciudades aqueménidas completan la lista del patrimonio iraní: Pasargada, la primera capital, donde se levanta el sencillo mausoleo de Ciro II el Grande; Bam, cuya espléndida ciudadela fue seriamente dañada en el terremoto de 2003; y la mítica Persépolis, la gran capital del Imperio persa desde el siglo VI a.C. hasta su destrucción a manos de Alejandro Magno.

Cinematografía

El séptimo arte ha sido el último en sumarse al resurgir de las artes iraníes, y es el responsable, además, de algunos de los más recientes éxitos internacionales. En la pujante industria cinematográfica de Irán destacan directores como Mohsen Majmalbaf, uno de los más premiados dentro del país, y Abbas Kiarostami, reputado realizador a nivel internacional cuyo filme El sabor de las cerezas se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1997. El último gran éxito de esta cinematografía ha sido la película irano-iraquí Las tortugas también vuelan, del director BahmanGhobadi, ganadora en 2004 de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián y del Premio Especial del Jurado del Festival de Chicago.