Mediterráneo (Mar)

    En el que fuera bautizado como Mare Nostrum por los romanos hunde sus raíces la civilización occidental, lo que le confiere una enorme trascendencia histórica avalada también por su privilegiada situación entre Europa, África y Asia.

    El Mediterráneo es prácticamente un mar interior con una única salida natural al océano Atlántico en su extremo occidental a través del estrecho de Gibraltar, que divide los continentes africano y europeo. Con el mar Rojo está conectado por el sudeste por medio del canal de Suez. Desde Gibraltar hasta Siria, el Mediterráneo tiene una longitud de 4.000 kilómetros y baña en total un área que ronda los 2.966.000 kilómetros cuadrados. Está compuesto por varios golfos, como el de León, al sur de Francia, y el golfo de la Gran Sirte, al norte de Libia, y por varios mares secundarios que son el Tirreno, el Adriático, el Egeo, el Jónico y el mar Negro.

    El Mediterráneo se gestó a partir del primitivo mar de Tetis durante la era terciaria. Una cadena montañosa que se expande por su fondo marino entre Sicilia y el litoral africano actúa de línea divisoria entre la cuenca mediterránea occidental y la oriental. Ambas están subdivididas en otra serie de cuencas inferiores que son, siguiendo una dirección de oeste a este, la de Alborán, la argelina, la tirrena, la jónica y la levantina. El Mediterráneo alcanza su mayor profundidad en su sector oriental, a la altura del cabo griego de Matapán, registrando unos 5.000 metros bajo la superficie. Las costas mediterráneas septentrionales presentan un aspecto más abrupto (penínsulas montañosas y abundantes golfos e islas) que las de su orilla meridional, mucho más uniformes.

    El nombre del mar denomina también el tipo de clima propio de esta región, de carácter suave y árido, aunque con diferencias en los distintos lugares que la integran según el influjo ejercido por el océano Atlántico, el desierto del Sáhara, el frente polar y las áreas continentales. Las aguas más cálidas del Mediterráneo se localizan en el golfo de la Gran Sirte, donde registran un promedio de 31 ºC en la época estival así como en su dominio oriental. El mar experimenta una fuerte evaporación durante los meses de verano que supera de forma considerable las aportaciones que le hacen los ríos Nilo, Danubio, Po, Ródano y Ebro y que provoca un elevado porcentaje de salinidad.

    La falta de nutrientes, unida a otros factores, impide la existencia de abundante flora y fauna marinas. Entre las especies más destacadas figuran rodaballos, lenguados, salmonetes rojos, atunes, crustáceos y moluscos y el apreciado esturión, que habita en el mar Negro.

    En las dos últimas décadas del siglo XX, la producción de gas natural y petróleo empezó a incrementarse en países ribereños como Italia, Egipto, Argelia y Libia. Sin embargo, el turismo constituye el sector económico por excelencia debido a las decenas de miles de turistas que cada año disfrutan de los numerosos atractivos de los países mediterráneos.

    Desde tiempos remotos, el mar Mediterráneo propició fructíferas relaciones culturales y comerciales entre sus pueblos costeros. Dos siglos antes de que se iniciara la era cristiana, los romanos lograron culminar la unidad política del Mediterráneo. A partir del siglo VII, la expansión musulmana por las tierras meridionales del mar fomentó el crecimiento de ciudades emblemáticas como Valencia, Barcelona, Marsella, Venecia, Alejandría, Trípoli, Génova o Venecia. El próspero intercambio comercial decayó en el siglo XV tras la toma de Constantinopla (Estambul) por los turcos y el descubrimiento de nuevas rutas comerciales hacia Asia y América, y no se recuperó hasta la apertura, en 1869, del canal de Suez.