Las estructuras de la moralidad

La ética es la disciplina que consiste en el estudio y el análisis de los actos morales, comprendidos éstos a partir de la decisión y la libertad humanas. Dentro de este ámbito se pueden encontrar unos conceptos fundamentales que requieren de un estudio pormenorizado, concreto y exhaustivo, ya que se presentan como las estructuras elementales de la dimensión ética; se trata de conceptos como el de bien, mal, virtud o valor.

Cada uno de estos términos hace referencia además a distintas facetas de la dimensión moral, acotando su sentido y delimitando el alcance del actuar humano. La historia de cada uno de ellos reviste un gran interés antropológico y cultural al revelar la forma en la que cada época y cada sociedad ha entendido las actividades, en términos universales, del hombre y su relación con Dios y el mundo.

Las estructuras de la moralidad están definidas por una serie de extremos valorativos, dentro de los cuales se hallan definidos la esencia humana y el sentido de su existencia. Así, la moral, comprendida como uno de los elementos que constituyen lo propiamente humano, como una realidad que resulta de una naturaleza libre aunque sometida a la necesidad de elegir en todo momento, se presenta como un fenómeno precioso y complejo que recorre transversalmente la historia de la existencia del individuo y las sociedades, la historia de sus logros, sus derrotas, sus sistemas políticos, su arte o su filosofía.

Las ideas de bien y de mal

El concepto de bien fue el que marcó la caracterización clásica de la moral. Se trata del polo al que se dirigen todas las consideraciones morales, definiendo lo absolutamente adecuado, lo que es completamente deseable. Posteriormente, con la llegada de la modernidad en general y de la obra de Immanuel Kant (1724-1804) en particular, el término fue prácticamente desplazado por el de valor, más acorde con las ideas racionalistas y científicas de la época.

La idea de bien

La idea de bien o bueno es un concepto ambiguo, ya que puede hacer referencia a realidades muy distintas, de tal modo que su sentido varía diametralmente dependiendo del contexto en el que se emplee. Así, no funciona de la misma manera en la frase «éste es un buen coche», que en la frase «lo que aquel chico hizo no está bien». En el primer caso se habla de la perfección de un objeto para llevar a cabo un fin concreto, un fin material; mientras que en el segundo se valora la actitud moral de una persona.

El buen samaritano, de Cornelis van Haarlem. En filosofía, el concepto de bien se relaciona con la actuación humana en libertad, tal y como ejemplifica la historia del buen samaritano, y no con lo material.

Para los pensadores de todas las épocas, desde los antiguos como Aristóteles (384-322 a.C.) hasta los modernos como David Hume (1711-1776) o los contemporáneos como Jürgen Habermas (nacido en 1929), el bien en su sentido moral, a diferencia del bien en su sentido «vulgar», se caracteriza porque surge de la valoración de los actos humanos realizados a partir de la libertad.

Evidentemente, esta forma de concebir el bien carece de sentido a la hora de hablar de cosas materiales u objetos inertes, ya que éstos carecen de voluntad o libertad alguna y en su actuar no comprometen su forma de ser, que es completamente inocua. La bondad, entendida desde la ética, no se refiere a la utilidad material sino a las implicaciones vitales del actuar humano.

Hecha esta distinción queda otra. A lo largo de la historia del pensamiento se ha hablado de dos formas concretas de bien, señalando cada una de ellas una manera distinta de entender al hombre y su mundo: el bien en absoluto y el relativo.

El bien en absoluto. Ésta es la forma de bien más habitual en el pensamiento de filósofos metafísicos y religiosos como Platón (427-347 a.C.) o santo Tomás de Aquino (1225-1274). El bien en absoluto es aquel que se refiere a la bondad de todo lo que hay, a la existencia, por lo que suele ser conocido como bien metafísico, como forma de bondad que existe por encima de los hombres y de sus acciones particulares.

El bien metafísico ha sido mantenido por un gran número de pensadores, la mayoría de los cuales son optimistas desde un punto de vista ontológico. Así, por ejemplo, para Platón, la existencia es un bien, y el simple hecho de que algo exista quiere decir que es bueno. Una postura similar mantuvieron otros filósofos célebres como Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) o Georg W. F. Hegel (1770-1831).

El mismo Platón concebía el bien absoluto como la más importante de todas las ideas, como la instancia que permitía que la realidad existiese y que ésta fuese inteligible, que pudiese ser apreciada por el hombre a través de la razón. No en vano, en muchas ocasiones, el pensador griego hablaba del Sol para hacer referencia a este bien absoluto, ya que el astro rey era el que hacía posible que se apreciasen las cosas iluminando la existencia, permitiendo su apreciación.

El bien subjetivo o el bien como deseo. Del otro lado, el bien como subjetividad consiste en la tendencia por parte del ser humano a llevar a cabo unos actos concretos, de tal modo que bueno es lo que el hombre desea hacer o tener, y malo lo que no desea hacer o tener.

Sin embargo, el bien subjetivo, en parte opuesto al bien en absoluto, depende en gran medida de éste. Aristóteles señalaba a este respecto que de todos los bienes apetecidos por el hombre concreto, el más importante era aquél que más se acercase al bien concebido en absoluto, al bien metafísico. Así, un hombre puede considerar bueno trabajar, tener una familia o ganar mucho dinero; pero para Aristóteles y otros pensadores afines, de todos los bienes que llenan la idea de acción, aquel que debe regir su vida es el que más se asemeje a la bondad de la existencia, a la consideración de que la vida es lo más valioso.

En el fondo, en esta relación entre el bien metafísico y el bien subjetivo subyace una idea de gran relevancia en la filosofía clásica y moderna, como se puede observar en el pensamiento humanista: el hombre es una imagen del mundo, su naturaleza es paralela a la esencia de la realidad. Por eso, todo lo que es bueno en absoluto también debe serlo en un sentido particular, en un sentido subjetivo.

En el pensamiento cristiano de santo Tomás de Aquino, el bien en absoluto está representado por Dios, creador de todo lo que existe. Aunque pueda imponer duras pruebas al ser humano (como la orden a Abraham de que sacrificase a Isaac, historia aquí pintada por Caravaggio), su bondad se impone al final. En este caso, dicha bondad está representada por el ángel que sujeta la mano de Abraham para que no mate a su hijo.

Sin embargo, a lo largo de la historia de la filosofía han existido un gran número de filósofos que han negado este hecho, como es el caso de Thomas Hobbes (1588-1679), para quien el bien es algo completamente relativo, ya que depende de cada persona, y que no se corresponde con ninguna realidad superior ni con ningún Dios.

De esta concepción del bien en absoluto también se sigue la relación entre el actuar humano y las leyes reveladas de lo divino. Si Dios ha creado el mundo, si ha generado el bien en absoluto, al crear al hombre también introduce en él la tendencia a desear la vida, a desear la realidad, que es buena en sí misma.

El loco, miniatura sobre manuscrito de Jacquemart De Hesdin. Kant criticó la definición dada de bien subjetivo por algunos autores al considerar que no se puede afirmar que el deseo de algo lleva implícita su bondad. Un loco, por ejemplo, puede realizar acciones porque quiere pero que no sean buenas. Por eso, el filósofo alemán considera que hay que vincular bondad a racionalidad.

El bien racional. Ahora bien, como señalaba Immanuel Kant, no basta con desear algo para que ese algo sea bueno. En tal caso, todo aquello que desean los animales serían cosas buenas; o en el caso de una persona perturbada, sus actos delictivos serían también buenos, ya que son lo que el delincuente considera como deseable. Para que algo sea entendido como bueno desde un punto de vista ético, no basta con desear, también hay que considerar cuáles son las consecuencias de los actos y cuál es el fin al que se dirigen. De esta manera, la ética es también una teoría de los fines y de los medios.

En definitiva, se puede afirmar que el bien es el fruto de la acción libre humana comprendida dentro de unos fines y de una forma de entender la realidad. La historia de la ética muestra cómo cada pensador y cada época ha hablado de una forma distinta del bien, poniendo en relación lo que el hombre desea, su concepción del mundo y su naturaleza.

La idea de mal

Al igual que sucede con la idea de bien, la idea de mal puede ser entendida desde dos puntos de vista: el mal radical o mal metafísico por una parte y el mal subjetivo.

El mal radical o mal metafísico. Si el bien metafísico supone la afirmación de la existencia, si el bien en absoluto consiste en considerar que todo lo que existe es bueno, el mal radical o metafísico está referido a la ausencia de ser, a que no haya cosas.

Aunque parezca un contrasentido para un ser que existe, que vive, no es tan extraño encontrar actitudes vitales o pensadores que afirman el mal radical, que proponen y desean la ausencia de ser porque consideran que la existencia es mala. Es el caso de muchas de las religiones orientales o el pensamiento de filósofos pesimistas como Arthur Schopenhauer (1788-1860), para quien el mundo es un error que debe ser suprimido (v. texto 1).

El mal subjetivo. En lo que se refiere al mal subjetivo, éste no es sino la otra cara del bien subjetivo: malo es todo aquello que no es deseable según la consideración de los fines y de la razón. En este aspecto, también se pueden aplicar al concepto de maldad las grandes ideas que acompañan a la idea de bien: el hombre debe considerar como malo todo aquello que es contrario a su naturaleza o todo aquello que la razón le dicta que no es deseable para la consecución de unos fines.

La virtud

Mientras el bien y el mal se refieren mayormente a las acciones o a los objetos que llenan la vida del hombre, la virtud se refiere más bien al propio ser humano, a su capacidad para hacer el bien y el mal y a la manera en la que sus acciones terminan creando una forma de ser, un carácter.

La virtud entendida como la capacidad moral del ser humano puede ser caracterizada de cinco maneras distintas: como capacidad para llevar a cabo una acción buena, como hábito, como cálculo, como sentimiento o tendencia y como esfuerzo.

La virtud como capacidad para llevar a cabo una acción buena. Esta teoría, que fue creada por Platón, afirma que el hombre virtuoso es aquél que es capaz de atender a su naturaleza espiritual, a su alma. Así como el artista virtuoso es aquel que es capaz de desempeñar con perfección su labor (representar una idea, plasmar el color de la naturaleza); la persona virtuosa en Platón es aquella que es capaz de desarrollar las funciones del alma, que apuntan sobre todo a la contemplación de las ideas. Por tanto, la persona virtuosa en Platón niega el cuerpo, los instintos y los deseos para tener un mayor control sobre su alma y sobre su razón.

Disputa entre santa Catalina de Alejandría y los filósofos, de Johann Kracker. En Aristóteles, la virtud no consiste sólo en el cultivo de la racionalidad, sino también, y sobre todo, en la disposición constante de las facultades intelectuales, que se convierten en un hábito.

La virtud como hábito. Este concepto de virtud fue el que tuvo un desarrollo más importante durante la época clásica y la Edad Media. Aristóteles fue el que mejor supo dar cuenta de sus caracteres al considerar que el ser virtuoso es aquel que mejor mantiene una disposición racional constante. Como para el sabio de Estagira lo propiamente humano es ser racional, la acción que lo hace virtuoso es su capacidad de mantener alerta su razón, su pensamiento, para entender la realidad y dirigir sus actos.

Tabla 1. A pesar de que todas las teorías de la virtud parten del hecho de que ser virtuoso consiste en ser capaz de hacer el bien, cada autor y cada época ha entendido esta capacidad de acuerdo con su concepción del hombre y el mundo.

Sin embargo, hay que tener presente que no basta con ser racional de manera ocasional. Se debe emplear el pensamiento de manera habitual, haciendo de él el fundamento de la vida, un hábito. Los estoicos mantuvieron esta concepción aristotélica, afirmando que el hombre virtuoso hace del pensamiento un hábito constante, llegando así a una vida coherente y ordenada.

La virtud como cálculo. Esta otra concepción de la virtud fue inaugurada por los pensadores pitagóricos de la Grecia clásica, para quienes el hombre era virtuoso, hacía el bien, siempre y cuando tuviese la mente lo suficientemente despejada como para afrontar la vida con claridad, sin la perturbación de los instintos, los deseos o las tendencias irracionales.

En el fondo se trata de una postura muy similar a la platónica, con la diferencia de que la virtud como cálculo apunta sobre todo a la felicidad y no al mundo de las ideas. Epicuro (341-270 a.C.), por ejemplo, consideraba que el hombre virtuoso era aquel que sabía distinguir entre los placeres que lo hacen feliz y los placeres que lo hacen desgraciado. El virtuoso es entonces el sabio, que sabe qué es lo que debe elegir y qué es lo que no debe hacer. Entre los autores que tomaron esta concepción de la virtud destacan, además de Epicuro, pensadores como David Hume o Baruch Spinoza (1632-1677).

La virtud como sentimiento o tendencia. Esta teoría, que encontró en los pensadores ilustrados como Voltaire (1694-1778) o Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) a sus mayores valedores, afirma que hacer el bien se encuentra en la propia naturaleza humana, y que en consecuencia se trata de un impulso irracional.

Esta idea de virtud parte además de una concepción optimista del hombre, que entiende que satisfacer al prójimo es algo que se encuentra en la naturaleza humana. Entre los pensadores contemporáneos que defendieron esta forma de entender la virtud destaca muy particularmente Henri Bergson (1859-1941), quien relacionó el bien, la razón y las tendencias con la teoría de la evolución de Charles Darwin (1809-1882).

La virtud como esfuerzo. La virtud como esfuerzo también tuvo su origen en la Ilustración francesa, más concretamente en el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau. Sin embargo, fue sobre todo Immanuel Kant el que posteriormente la hizo propia y la desarrolló hasta sus últimas consecuencias.

Para muchos pensadores, la virtud se encuentra en el esfuerzo por aprender la distinción entre el bien del mal. Esta idea la representó Venoso Gozzoli en su cuadro La escuela de Tagaste, en el que se aprecia a un joven y aplicado en el estudio san Agustín en medio del caos organizado por otros niños (uno de ellos, siendo castigado por ello por el profesor).

Según estos filósofos, el hombre virtuoso, el hombre que hace el bien, se caracteriza porque lucha por hacer lo adecuado, porque se esfuerza por conseguir lo mejor para él y para la sociedad a partir de la razón y la libertad. Así, Immanuel Kant definió la virtud como «la intención moral en lucha»; y Rousseau escribió al respecto que no hay felicidad sin fortaleza ni virtud sin lucha. Para conseguir el bien, da igual que un hombre sea débil por naturaleza; lo que realmente importa es que esté dispuesto a esforzarse dentro de sus capacidades. En este sentido, más importante es el esfuerzo de una persona normal, de una persona corriente, que los grandes logros que los genios alcanzan sin esfuerzo alguno, sólo con dejarse llevar por su carácter genial.

Como es propio de la Ilustración, se consideraba que todos los hombres pueden ser virtuosos, que todos los individuos son válidos para alcanzar el bien. Sólo es necesario el esfuerzo y la educación.

Por otra parte, es habitual encontrar en la historia del pensamiento listados con las virtudes más necesarias. El profesor José Luis López-Aranguren (1909-1996), por ejemplo, se dedicó a tratar muchas de ellas en su obra Ética, destacando la prudencia, la justicia, la fortaleza o la templanza, las cuales relacionaba con la idea del bien y el mal:

  • Prudencia. Consideración racional de la naturaleza del bien.

  • Justicia. Determinación de qué es ese bien.

  • Fortaleza. Fuerza para mantener el bien.

  • Templanza. Control y moderación sobre el propio actuar para evitar el mal.

Cuatro de las siete virtudes realizadas por Giotto para la capilla Scrovegni de Padua: de izquierda a derecha, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Aunque el número de virtudes ha variado con el tiempo y según el contexto (cristiano, clásico, etc.), para José Luis López-Aranguren éstas cuatro pueden ser consideradas como básicas.

Cuatro de las siete virtudes realizadas por Giotto para la capilla Scrovegni de Padua: de izquierda a derecha, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Aunque el número de virtudes ha variado con el tiempo y según el contexto (cristiano, clásico, etc.), para José Luis López-Aranguren éstas cuatro pueden ser consideradas como básicas.

Cuatro de las siete virtudes realizadas por Giotto para la capilla Scrovegni de Padua: de izquierda a derecha, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Aunque el número de virtudes ha variado con el tiempo y según el contexto (cristiano, clásico, etc.), para José Luis López-Aranguren éstas cuatro pueden ser consideradas como básicas.

Cuatro de las siete virtudes realizadas por Giotto para la capilla Scrovegni de Padua: de izquierda a derecha, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Aunque el número de virtudes ha variado con el tiempo y según el contexto (cristiano, clásico, etc.), para José Luis López-Aranguren éstas cuatro pueden ser consideradas como básicas.

Los valores

El concepto de valor sólo empezó a tener un sentido ético a partir de la modernidad en general y de la obra de Immanuel Kant en particular. Anteriormente, sobre todo en la antigüedad y en la Edad Media, se empleaba a partir de su significado material, económico. El valor de una cosa residía en su precio o en su capacidad para ser cambiada por otras cosas. En ocasiones también se empleaba para hablar del rango de una persona, aunque sin hacer referencia a ningún aspecto ético.

A partir de los siglos xvii y xviii el valor comenzó a tener un sentido filosófico que aún en la actualidad sigue operando. Así, valor es aquello que hace que un objeto sea preferible, que sea considerado como bueno o deseable desde un punto de vista racional.

Frente al valor relativo y subjetivo de los estoicos o de Thomas Hobbes, Kant propuso un valor objetivo, basado en el empleo de la razón y la universalidad.

Los estoicos fueron los primeros filósofos que emplearon el término en un sentido ético; aunque éste no llegó a extenderse hasta muchos siglos después. Para éstos, el valor indicaba cualquier objeto de preferencia o de selección. Esto resultaba poco habitual en la Grecia clásica, ya que la mayoría de los pensadores helenos consideraban el bien como algo absoluto, referido a la existencia, a la vida, al ser, y no a lo que cada hombre prefería.

Sin embargo, los estoicos pensaban que existía un bien subjetivo, un bien concreto según el cual cada hombre prefería una cosa a otra. Si el bien absoluto se refiere a lo buena que es la existencia, lo bueno que es que haya cosas en el mundo, o lo que es lo mismo, que haya mundo, el bien subjetivo que inauguraron los pensadores estoicos consistiría en afirmar la bondad de algo para una persona concreta. Lo bueno que es trabajar, lo bueno que es tener dinero o lo bueno que es el amor.

El valor subjetivo de Thomas Hobbes. A partir del siglo xvii y xviii, el concepto de valor terminó sustituyendo al concepto de bien. Sin embargo, el pensador inglés Thomas Hobbes, en su Leviatán, se encargó de matizar antes su sentido dentro de los nuevos tiempos modernos, como se puede apreciar en el fragmento de su obra reproducido en el texto 2.

Thomas Hobbes hablaba pues del valor como de aquello que hace que una cosa sea preferible de una manera relativa, para una persona concreta, como un bien subjetivo, y no universal o absoluto. Una persona puede considerar que el dinero es algo valioso, mientras que otra puede pensar que no tiene valor real ninguno. De esta manera, el valor de todas las cosas y de todas las acciones humanas es completamente relativo, depende de la persona que lo juzgue.

El valor objetivo de Immanuel Kant. Ya en pleno siglo xviii, el concepto de valor empezó a ponerse de moda, a llenar la mayoría de los tratados y estudios dedicados a la ética. Esto se debió muy concretamente a la labor del pensador alemán Immanuel Kant, quien supo dar al concepto una nueva serie de implicaciones, muy arraigadas en el pensamiento ilustrado y crítico que lo caracterizó.

Para Kant, el valor, lo bueno, viene determinado por los sujetos racionales considerados particularmente. Se trata de aquello a lo que tiende la naturaleza de cada ser humano. Ahora bien, si el hombre es ante todo un sujeto racional, si lo que lo define es que posee razón y basa sus acciones en ella, el valor que un hombre racional considera adecuado debe ser igualmente adecuado para todos los demás seres humanos racionales. Es decir, Inmanuel Kant también consideraba que el valor es en principio algo de cada uno, algo subjetivo puesto que parte del sujeto; pero en seguida saltaba al valor objetivo, al valor entendido no como un mero deseo o una simple tendencia sino como el resultado del uso de la racionalidad práctica en el campo de la acción, que conduce inevitablemente a la objetividad.

En la imagen, Jacob luchando con un ángel, de Eugène Delacroix, cuadro que simboliza de alguna forma el pensamiento de Friedrich Nietzsche. Para el filósofo alemán, era necesario retornar a la naturaleza y a la lucha, ya que entendía que en el bien se hallaba el origen de la decadencia humana.

La crítica al concepto de valor de Friedrich Nietzsche. Sin embargo, a pesar de que la Ilustración e Immanuel Kant se encargaron de hacer del valor un concepto fundamental en el pensamiento moderno, fue sobre todo Friedrich Nietzsche (1844-1900) el que terminó de ponerlo de moda en el siglo xx, gracias, paradójicamente, a su impulsiva crítica.

Nietzsche consideraba que la metafísica y la moral eran una forma de enfermedad vital. En el siglo xix, según él, la vida había terminado de tocar fondo, estaba enferma, no resultaba sincera, fuerte y peligrosa. Esto se debía fundamentalmente, continuaba el pensador ateo, a la influencia de la metafísica y la moral cristiana en la vida de los europeos. Esta moral, que acapara todo el pensamiento metafísico europeo desde Sócrates (470-399 a.C.) y Platón hasta Hegel, desde el siglo v a.C. hasta el siglo xix de la era moderna, suponía en el pensamiento nietzschiano la imposición de unos valores que atentaban contra la vida misma.

Nietzsche pensaba que amar al prójimo, ser prudente, creer en Dios, perdonar a los demás o renegar de los instintos que residen en el cuerpo y en la carne era en realidad invertir el verdadero sentido de la vida. Al seguir este tipo de prescripciones se niega la fortaleza del fuerte y se trata de imponer la forma débil de vivir, que niega lo que existe en este mundo para afirmar lo que supuestamente existe en otra realidad metafísica.

La imposición de estos valores «enfermos» encuentra para Nietzsche su origen en el resentimiento de los débiles, de los hombres espirituales, que al no ser capaces de imponerse a la fuerza, al no poseer la suficiente fortaleza vital, tratan de emplear la palabra, la debilidad y la mentira para oprimir a los fuertes.

Nietzsche llamó a esta crítica a la moral cristiana la inversión de todos los valores, y consideró que la única y verdadera función de la filosofía debía ser la de acabar con esa manera débil de entender la vida y reivindicar la existencia auténtica de la lucha, la guerra y la victoria de los fuertes.

Teniendo esto en cuenta, se puede establecer que dentro del pensamiento de Nietzsche, lo valioso, lo bueno, es todo aquello que afirma la vida, todo aquello que haga sentir que se está vivo. Esto implica necesariamente reafirmar el cuerpo, el sufrimiento, el dolor y el esfuerzo.

El concepto de valor a partir del siglo xx. Si Kant había hecho del bien y del mal un asunto formal, racional, sin contenido alguno, y otros autores como Thomas Hobbes o Wilhelm Dilthey (1833-1911) habían insistido en la relatividad y la subjetividad de los valores, con la aportación de Nietzsche se empezó además a considerar el valor como un fenómeno arraigado en el cuerpo, en los instintos, en el sentimiento. A partir de esta idea, de la crítica radical de Nietzsche al concepto de valor, un gran número de autores contemporáneos se dedicaron a rescatar ideas fundamentales como el relativismo y el absolutismo de los valores.

En este sentido, destacan muy particularmente las aportaciones del pensador alemán contemporáneo Max Scheler (1874-1928), quien trató de aunar el pensamiento kantiano, el dogma cristiano y la filosofía nietzscheana. Para Scheler, los valores tienen su origen en lo que él llama sentimiento. Éste sentimiento por su parte consiste en «una forma de experiencia cuyos objetos son completamente inaccesibles al entendimiento» (v. texto 3).

Según estos sentimientos, el hombre va estableciendo una serie de valores a distinto nivel, de tal forma que no todos los sentimientos son igual de importantes, por lo que no todos los valores que cumplen esos deseos son igualmente valiosos. Se establece pues una jerarquía de valores, aunque siempre a partir del sentimiento y la subjetividad.

Conclusión

Las estructuras de la moralidad giran en torno a un conjunto de conceptos fundamentales, dentro de los que destacan las ideas de bien, mal, virtud y valor. Con ellos se hace referencia a los polos valorativos dentro de los cuales se encuadra la acción humana y la capacidad del hombre para acceder a esos polos. El bien hace referencia a lo preferible y el mal a lo no deseable; la virtud halla su fundamento en el actuar humano, en su capacidad para hacer el bien; y el valor, al igual que el bien, a lo que se prefiere.

Dentro del mundo de los valores destaca el juego entre dos opciones que siguen barajándose en el pensamiento contemporáneo: la existencia de valores subjetivos, relativos, propios de cada persona en tanto que ser moral; y la existencia de unos de carácter absoluto y objetivo, y por tanto, válidos para todo el género humano y dependientes de instancias y facultades superiores como Dios o la razón.

Análisis de textos

Arthur Schopenhauer: –El mundo como voluntad y representación–

El único fin que podemos señalar a la existencia es el de convencernos de que valdría más no existir. Ésta es la más importante de todas las verdades y es necesario proclamarla, por contradictoria que sea con las opiniones que dominan actualmente en Europa. En cambio, es reconocida y profesada, lo mismo hoy que hace tres mil años, por todo el Oriente no musulmán.

[…]

La verdadera equidad, la inviolable justicia, la primera y más importante de las virtudes cardinales, es obra tan difícil, que para consagrarse a ella sin reservas y de todo corazón hay que hacer sacrificios que quitan a la vida las dulzuras que nos ofrece para que nos contentemos con ella, y que, desviando de ella a la voluntad, nos impulsan a la resignación. Lo que hace a la equidad tan respetable son los sacrificios que cuesta; en las cosas pequeñas no nos inspira admiración. Su esencia real consiste en que el justo no procura, como el malvado, echar sobre otro las cargas y los dolores de la vida por medio de la astucia o de la violencia, sino que lleva él mismo la carga que le corresponde; la parte correspondiente a toda existencia humana pesa por entero sobre sus espaldas.

Texto 1. Para Schopenhauer, existe un mal absoluto que recae sobre las espaldas de los justos, lo que llena la vida de dolor.

Thomas Hobbes: –Leviatán

El valor o estimación de un hombre es, como el de todas las demás cosas, su precio; es decir, tanto como sería dado por el uso de su poder. Por consiguiente, no es absoluto, sino una consecuencia de la necesidad y del juicio de otro. Un hábil conductor de soldados es un gran precio en tiempo de guerra presente o inminente; pero no lo es en tiempo de paz […] Y como en otras cosas, así en cuanto a los hombres, no es el vendedor, sino el comprador quien determina el precio. Porque aunque un hombre (cosa frecuente) se estime a sí mismo con el mayor valor que le es posible, su valor verdadero no es otro que el estimado por los demás […] La manifestación del valor que mutuamente nos atribuimos es lo que comúnmente se denomina honor y deshonor. Estimar a un hombre en un elevado precio es honrarle; en uno bajo, deshonrarle.

Texto 2. Thomas Hobbes vinculó el concepto de valor y precio, dotando al primero un carácter subjetivo al estar vinculado a las ideas de «oferta y demanda», de necesidad.

Max Scheler: –El formalismo en la ética y la ética material de los valores

Hay una forma de experiencia cuyos objetos están completamente cerrados al entendimiento; respecto de ellos el entendimiento es tan ciego como el oído y la audición lo son para los colores; pero es una experiencia que nos conduce a auténticos objetos efectivos y a un eterno orden entre ellos, precisamente los valores, y a una jerarquía que entre ellos se da.

Texto 3. En la obra de Max Scheler, los valores no son tanto entidades intelectuales o racionales como tendencias y sentimientos que deben ser jerarquizados en virtud de la idea de espiritualidad.