La vida sobre la Tierra. Los biomas terrestres

Los diferentes elementos que constituyen el clima hacen que nuestro planeta cuente con numerosos ambientes terrestres. Por tanto, el factor climático es decisivo para la generación de los distintos biomas, que pueden considerarse como los grandes ecosistemas que, en su conjunto, conforman la biosfera. A veces, uno solo de esos factores climáticos puede hacer que se cree un bioma concreto. Éste es el caso de los desiertos, en los que la ausencia de precipitaciones es el elemento generador esencial, mientras que otros como la temperatura o la latitud geográfica quedan relegados a un segundo plano.

Otras veces son más de uno los condicionantes que dan lugar al desarrollo de un bioma. Por ejemplo, el bosque lluvioso tropical, también llamado pluvisilva, se caracteriza por presentar una vegetación y una fauna asociadas que requieren niveles muy altos de humedad y temperaturas cálidas.

Desierto y pluvisilva son dos de los biomas más diferenciados. Ellos constituyen los extremos de una escala gradual de ecosistemas terrestres, de la que también forman parte otros como el bosque de clima templado, el pastizal, el matorral, la taiga o la tundra.

Biomas y clima

Un bioma puede definirse como una región del planeta, de extensión relativamente grande, en la que concurren un clima, un tipo de suelo, una flora y una fauna similares, con independencia de su localización geográfica. Por ejemplo, el bioma de pluvisilva, o selva tropical, se extiende por el sudeste asiático (Indonesia, Tailandia, la India), por la mitad centrooccidental del continente africano y, en América, por el sur de México, el istmo central y la Amazonia. Se trata, por consiguiente, de un ecosistema que aparece en zonas de diferentes continentes, pero sobre latitudes semejantes, siempre más o menos próximas a la línea del ecuador. De esto se deduce que los límites dentro de los que puede existir un determinado bioma quedan definidos en primer lugar por el clima propio de una franja de latitud concreta.

Dentro de los factores climáticos de los que dependen los distintos biomas, los principales son la temperatura y la humedad o, lo que es lo mismo, el nivel de precipitaciones. En las regiones tropicales y en las de clima templado las precipitaciones tienen mayor importancia como condicionantes del tipo de bioma. En cambio, a medida que se avanza hacia regiones más cercanas a los polos, la temperatura es el factor condicionante de más influencia. Otros factores abióticos también relacionados con el clima son las sequías, las inundaciones, los incendios o los cambios climáticos.

Principales biomas terrestres del planeta.

A continuación se analizan los rasgos más significativos de los principales biomas terrestres.

Los bosques tropicales

Los bosques lluviosos tropicales, también llamados pluvisilvas o, sencillamente, selvas, son biomas en los que predominan los árboles de hojas anchas, que conforman una densa cubierta vegetal en sus niveles superiores. Se desarrollan en zonas en las que las temperaturas son más o menos altas durante todo el año y las lluvias son muy abundantes.

Sin embargo, en algunas regiones del planeta se distinguen los llamados bosques tropicales secos, en los que se registran una temporada húmeda y otra seca, aunque ésta no suele ser de más de dos o tres meses al año. En este tipo de bosques los árboles pierden el follaje durante un tiempo y quedan en estado latente, como les sucede a los árboles caducifolios en los bosques de clima templado. Algunos lugares en los que hay bosques tropicales secos son Australia, la India, Kenia y Brasil.

La selva tropical tiene temperaturas cálidas y constantes y en ella llueve prácticamente a diario.

La pluvisilva

Los suelos sobre los que se asienta suelen ser antiguos y con poco contenido de minerales y materia orgánica, ya que abundan los animales descomponedores y detritófagos que los desintegran a gran velocidad. Además, las extensas redes de raíces de los grandes árboles absorben la materia orgánica del suelo muy rápidamente, por lo que la riqueza de nutrientes se acumula en la vegetación en vez de en el suelo.

Las selvas amazónicas forman parte del bioma de bosque tropical o pluvisilva. En este entorno ecológico se halla la mayor variedad de especies, tanto de flora como de fauna, de la Tierra.

La pluvisilva es, con gran diferencia, el bioma con mayor biodiversidad, tanto vegetal como animal. Los datos cuantitativos al respecto suelen ser poco fiables, puesto que se sabe que sólo una parte minoritaria de las especies de plantas y animales de la pluvisilva ha sido identificada y clasificada.

La vegetación se caracteriza porque se distribuye en estratos. El inferior es el de las plantas herbáceas, que va seguido del arbustivo, donde se hallan especies de hasta cinco metros, y del arbóreo medio, en el que los ejemplares llegan hasta aproximadamente los quince metros. Por encima de éste se alza el estrato o dosel continuo, formado por los árboles de entre treinta y cuarenta metros, del que, ya de forma más ocasional, sobresalen las copas de los ejemplares de mayor altura. Además de numerosas especies arbóreas, en la pluvisilva abundan también las plantas epifitas y las lianas.

De las numerosas especies animales que habitan en las selvas de Sudamérica llaman fuertemente la atención ciertas aves, como los tucanes, o grandes felinos, como el jaguar.

De las numerosas especies animales que habitan en las selvas de Sudamérica llaman fuertemente la atención ciertas aves, como los tucanes, o grandes felinos, como el jaguar.

La riqueza faunística es igualmente incalculable. Entre los invertebrados se dan especies caracterizadas por su gran tamaño, como los caracoles gigantes o los ciempiés y escolopendras, que pueden superar los treinta centímetros de largo. Entre los vertebrados abundan los anfibios y reptiles específicos del hábitat, como las ranas arborícolas, las pitones y las boas.

Entre las aves, de gran variedad y colorido plumaje, hay algunas que se alimentan de frutos (loros y tucanes) y otras que lo hacen de néctar (suimangas y colibríes). Entre los animales más evolucionados, grandes felinos como el jaguar americano o el tigre asiático y familias arborícolas como monos, gibones o perezosos son algunas de las especies de este singular bioma, uno de los más frágiles y agredidos por la acción humana, ya que la expansión agrícola y forestal y la apertura de vías de comunicación a través de las selvas están teniendo sobre él un efecto altamente preocupante.

Los bosques de clima templado

En las regiones de clima templado situadas entre las latitudes de 25 y 50° de ambos hemisferios se produce una cobertura vegetal similar a la de las selvas tropicales, integrada por masas de árboles de gran porte aunque de menor continuidad. Se distinguen dos tipos básicos de bosques de clima templado: los caducifolios y los perennifolios.

El bosque templado caducifolio

La estacionalidad es uno de los rasgos más significativos del clima de los bosques templados de árboles caducifolios. Los inviernos son fríos, aunque las heladas son solamente ocasionales, y los veranos mantienen temperaturas medias cálidas. Las precipitaciones alcanzan unos valores medios del orden de los 1.000-1.300 mm anuales.

Imagen otoñal de un fresno común. Este árbol es propio de los biomas de bosque templado caducifolio.

Los bosques templados con árboles de hoja caduca se extienden sobre todo por regiones del hemisferio norte, como Europa occidental. Asia oriental y Norteamérica. Los únicos bosques de este tipo que presentan una extensión significativa en el hemisferio sur son los que se concentran en la región chilena de Valdivia.

En esta clase de bosques, los suelos están constituidos por una capa superior más rica en materia orgánica y una capa profunda de carácter arcilloso y que retiene parte de los componentes minerales que no son absorbidos por las raíces de los árboles cuando la materia orgánica se descompone.

Aunque existen variaciones en el tipo de árboles que conforman el bosque caducifolio de clima templado, fundamentalmente en función de condicionantes geográficos, algunos de los más frecuentes son árboles de hoja ancha y madera dura, como el nogal, el roble, el haya, el fresno, el tilo o el arce, todos los cuales pierden su follaje con periodicidad anual.

En cuanto a la fauna específica de estos bosques, el factor de diferenciación geográfica adquiere más importancia que en lo que respecta a la flora y al arbolado. Quiere ello decir que es posible encontrar, por ejemplo, robles en bosques mixtos tanto de Norteamérica como de Europa. En cambio, es menos frecuente encontrar especies animales habituales de este hábitat en los distintos continentes.

Sin embargo, el tipo de vegetación proporciona nichos ecológicos similares a especies diversas en las distintas áreas. Por ejemplo, los bosques de árboles con frutos grandes de tipo bellota, como el propio roble, aportan alimento en los bosques caducifolios templados de Norteamérica y Europa a animales que viven en los árboles, como diferentes especies de ardillas, mientras que en los bosques asiáticos ese mismo tipo de alimento suele ser consumido sobre todo por monos arborícolas.

En el pasado, el bosque caducifolio templado albergaba muchas especies que en la actualidad se encuentran en peligro de extinción, como el oso, el lobo o el puma. Además de otros factores, a ello ha contribuido el hecho de que este tipo de bosques fueran los primeros en ser diezmados para su transformación en tierras de uso agrícola. Esto ha dado lugar a que buena parte de ellos hayan desaparecido por la tala de grandes masas arbóreas o por las actividades de desmonte, para establecer en su lugar pastos, cultivos o asentamientos humanos. Por ello, muchos de los bosques caducifolios templados que aún se conservan lo hacen en condiciones seminaturales, determinadas por la actividad humana, que puede dedicarlos a su explotación maderera, a tierras de pastoreo o a otros fines. Aunque el valor y la riqueza ecológicos de este tipo de biomas seminaturales es menor que el de los bosques vírgenes, en determinadas situaciones como los planes de explotación maderera sostenible, en los que se programan los intervalos de tala y los periodos de regeneración de las zonas replantadas, el bosque templado puede tomarse como modelo de una adecuada gestión del entorno y los recursos naturales.

El bosque templado perennifolio

Los bosques de árboles de hoja perenne y clima templado, que deben distinguirse de los bosques perennifolios boreales que forman el bioma de la taiga, suelen crecer en regiones de clima suave, con pocas heladas, y pueden ser de árboles de hoja ancha o de hojas finas, pequeñas, duras y espinosas, en cuyo caso se denominan bosques esclerófilos. Los árboles de los biomas boscosos esclerófilos son coníferas, como el pino, el abeto, la picea o la tuya, mientras que entre los de hoja caduca –una categoría cuantitativamente escasa en comparación con los esclerófilos– sobresalen la encina, el magnolio o el alerce, este último una de las escasas coníferas caducifolias.

Entre las masas arbóreas más características de los bosques templados perennifolios se encuentran las grandes extensiones de pinares.

La diversidad faunística de estos biomas se ve condicionada por factores geográficos que, como sucede en los bosques templados caducifolios, determinan analogías de nichos ecológicos. En general, en los bosques de clima templado existen zonas de predominio de las especies de hoja caduca o de hoja perenne, aunque es poco frecuente que se presenten como entidades independientes.

La sabana

Las sabanas son biomas que se caracterizan por la presencia de una vegetación en la que predominan las plantas herbáceas con árboles dispersos, relativamente escasos y de no mucha altura.

Las sabanas aparecen en zonas tropicales en las que el clima es caluroso, con precipitaciones escasas o estacionales y con largos periodos de sequía. Las precipitaciones medias oscilan entre los 800 y los 1.500 mm, mientras que las variaciones de temperatura se mueven dentro de márgenes relativamente pequeños.

Las mayores extensiones de terreno en las que este bioma predomina son el norte de Australia, la India, la parte centrooriental de África y, en Sudamérica, determinadas áreas de Brasil, Colombia y Venezuela.

Los nutrientes del suelo de las sabanas son en general escasos, entre otras cosas, debido a que, en época de lluvias, la lixiviación es intensa, por lo que las aguas arrastran los nutrientes o solubles del suelo hacia las capas más profundas. Por otra parte, se observa una importante diferencia entre la riqueza de los suelos de las grandes extensiones de llanura herbácea y la de las áreas en las que crecen árboles, ya que en estas últimas las hojas, los tallos y los demás restos que caen a tierra son descompuestos por insectos y otros pequeños invertebrados y microorganismos, aportando al suelo una mayor concentración de nutrientes.

Las especies vegetales de la sabana varían en función de la ubicación geográfica que el bioma ocupe. En la sabana africana, que es aquella en la que la denominación se aplica más específicamente, los árboles más característicos son las acacias, los baobabs y determinadas especies de palmeras.

Tanto las herbáceas como los árboles de sabana tienen sistemas de raíces subterráneas más o menos extensos, lo que les permite regenerarse tras los incendios que afectan periódicamente a este tipo de biomas.

En la sabana africana, de moderada flora, conviven multitud de especies faunísticas. Los extensos parques naturales de la región albergan desde animales herbívoros, como las jirafas o distintas familias de cérvidos, hasta temibles depredadores carnívoros, como los leones.

En la sabana africana, de moderada flora, conviven multitud de especies faunísticas. Los extensos parques naturales de la región albergan desde animales herbívoros, como las jirafas o distintas familias de cérvidos, hasta temibles depredadores carnívoros, como los leones.

En la sabana africana, de moderada flora, conviven multitud de especies faunísticas. Los extensos parques naturales de la región albergan desde animales herbívoros, como las jirafas o distintas familias de cérvidos, hasta temibles depredadores carnívoros, como los leones.

La sabana es el hábitat de una amplísima variedad de fauna. Entre los invertebrados, los saltamontes y las orugas son algunos de los principales consumidores de hojas y demás materiales vegetales que se desprenden de los árboles y caen al suelo, mientras que las termitas actúan como descomponedores de los restos foliares y leñosos.

En las sabanas americanas y australianas es importante el ganado, tanto bovino como ovino, que se destina a su explotación comercial. Sin embargo, la fauna de vertebrados de sabana por excelencia es la africana. Aquí vive el mayor conjunto de herbívoros de pezuña del mundo. Antílopes, gacelas, ñúes, cebras, jirafas o elefantes se nutren de la materia vegetal y proporcionan alimento a depredadores, como el león, o a carroñeros, como la hiena y el buitre.

Tanto en las sabanas africanas como en las de otros continentes, los herbívoros tienden a ser reemplazados progresivamente por bovinos domesticados. En zonas como el Sahel africano, el sobrepastoreo de los grandes rebaños, además de otros condicionantes como las cada vez más frecuentes sequías, hacen que las áreas marginales de las sabanas experimenten un rápido proceso de desertificación.

El pastizal

Los pastizales están constituidos por tierras en las que la vegetación está formada por una cubierta más o menos continua de hierba. Puede considerarse que se trata de un ecosistema de climas templados equivalente a la sabana, si bien algunos ecólogos diferencian con claridad ambos biomas. El factor principal que suele tenerse en cuenta para distinguir la sabana del pastizal tropical es la presencia de árboles, prácticamente inexistentes en este último y que en cambio caracterizan, aun sin grandes masas arbóreas, el paisaje de sabana.

El clima de las regiones de pastizal presenta ciertas variaciones en función de la latitud y la altura sobre el nivel del mar, pero, en general, en los pastizales templados es de veranos cálidos e inviernos fríos (aunque sin valores extremos), mientras que en los pastizales tropicales las temperaturas medias son más elevadas y uniformes.

La mano del hombre ha acondicionado las tierras de pastizal para su provecho, bien como uso agrícola o bien para pastos de ganado. En las imágenes dos ejemplos de ello: las explotaciones bovinas de la Pampa argentina o los cultivos cerealísticos de las Grandes Praderas de los Estados Unidos.

La mano del hombre ha acondicionado las tierras de pastizal para su provecho, bien como uso agrícola o bien para pastos de ganado. En las imágenes dos ejemplos de ello: las explotaciones bovinas de la Pampa argentina o los cultivos cerealísticos de las Grandes Praderas de los Estados Unidos.

El pastizal es uno de los biomas que ocupa una mayor extensión en el mundo, aunque se debe tener en cuenta que ello es, en buena parte, culpa de la intervención del ser humano, que ha modificado muchos entornos naturales para establecer en ellos tierras de pastizal destinadas a la alimentación del ganado o al cultivo (los cereales, por ejemplo, corresponden a este tipo de bioma). En cuanto a su distribución geográfica, los pastizales de tipo tropical se encuentran en el Sahel africano y en Australia y los de clima templado se extienden por zonas de Norteamérica, la Argentina, Uruguay y Brasil, así como por las grandes llanuras euroasiáticas.

En el caso de los pastizales americanos hay que distinguir, además, dos grandes ecosistemas que cubren extensas áreas del centro de Norteamérica y la parte meridional de Sudamérica. Se trata, respectivamente, de las Grandes Praderas de los Estados Unidos y de la Pampa argentina.

Las primeras se extienden entre las Montañas Rocallosas (o Rocosas) y el río Mississippi. Se trata de inmensas llanuras con vegetación herbácea que, antes de la llegada del hombre blanco, constituían el hábitat natural de las grandes manadas de bisontes. Más tarde, al ser la gran mayoría trasformadas en tierras de cultivo, las Grandes Praderas se convirtieron en una de las principales áreas cerealeras del mundo. Por su parte, la Pampa es la extensa llanura, casi desprovista de masa arbórea, que se extiende en el centro de la Argentina desde los Andes a la costa atlántica. Los llanos y algunos altiplanos adyacentes de Uruguay y la Patagonia presentan características ecológicas semejantes, pero no se les suele designar con este nombre, que sí se da, en cambio, a algunos altiplanos de las zonas fronterizas entre la Argentina, Chile y Bolivia. La Pampa, que ha experimentado también una importante transformación agrícola y ganadera, concentra cultivos de trigo, lino, maíz y plantas forrajeras y, sobre todo, enormes explotaciones de ganado bovino.

El suelo de los pastizales es en general rico en nutrientes, ya que la parte aérea de las plantas herbáceas que lo forman muere una vez cumplido cada ciclo estacional, mientras que las raíces y los rizomas quedan bajo la superficie en estado latente. Así pues, la materia orgánica procedente de los tallos aéreos del pasto pasa a los suelos, donde se acumula en una capa inferior a la superficial en los pastizales más secos, y en estratos más profundos en los húmedos, al ser arrastrados por lixiviación por las aguas de lluvia.

Es precisamente la riqueza en nutrientes del suelo de este tipo de biomas el principal enemigo de los pastizales silvestres. Las buenas condiciones para el cultivo hacen que gran parte de ellos se hayan convertido en tierras de labranza. Se estima, por ejemplo, que en torno al 90 % de las Grandes Praderas del centro-este de los Estados Unidos, en su día pastizales naturales, se han convertido en regiones de cultivo o en áreas colonizadas por la creciente urbanización.

La flora de los pastizales incluye una amplísima variedad de plantas herbáceas, entre las que predominan las de la familia de las gramíneas.

Tradicionalmente, la fauna del pastizal silvestre presentaba un conjunto de especies características, diferenciadas según los entornos geográficos, aunque, como se ha dicho, la intervención del hombre ha condicionado el desarrollo de este bioma también en el aspecto zoológico. Por ejemplo, en la Pampa abundaban unos ciervos característicos muy diezmados en la actualidad. Otras especies originales de este medio son roedores, armadillos, zorros y un ave endémica, la rea, similar al ñandú y al avestruz. En las praderas norteamericanas también hubo animales que llegaron a ser símbolos de este tipo de entorno, como el gran bisonte americano. Especies frecuentes en los pastizales son conejos, liebres, tejones y diversos tipos de aves y reptiles.

La vida animal del ecosistema de matorral la componen principalmente reptiles, aves y mamíferos de pequeño tamaño, como las ardillas (en la imagen) o múltiples especies de roedores.

Con independencia de su localización en el mapamundi, es característico de todos los pastizales el hecho de que la biomasa total de invertebrados supere con creces a la de los grandes vertebrados, salvo en las zonas en las que hay extensos rebaños de ganado.

El matorral

El matorral, al que también se le da otras denominaciones como chaparral o monte bajo, es un bioma cuya característica principal es el predominio de los arbustos en la vegetación, aunque puedan presentarse también en él zonas aisladas de pastizal o pequeñas masas boscosas.

Los matorrales se dan en zonas de clima mediterráneo, es decir, con inviernos benignos, de precipitaciones más o menos frecuentes, y veranos secos y prolongados. Además de en la cuenca del mar Mediterráneo, esta pauta climática se presenta también en otras zonas del mundo como Chile y California –en América–, Sudáfrica y el sur de Australia. Se trata, de todas maneras, de un bioma poco extendido en comparación con otros como el pastizal, el desierto o los diferentes tipos de bosque.

El suelo del matorral es poco fértil y en él son relativamente frecuentes los incendios durante la estación seca.

La vegetación de matorral es similar en las distintas áreas del mundo en las que se presenta, aunque muchas especies varían en función de la ubicación geográfica. En general predominan los arbustos de tamaño medio y pequeños árboles de hoja perenne (encinas, olivos, pinos), junto a las plantas herbáceas y arbustivas de poca altura, que forman el llamado monte bajo. En el hemisferio sur, por ejemplo en Chile, en las tierras de matorral la vegetación está integrada por plantas de las familias de las compuestas, con géneros como Baccharis, y de las leguminosas, con géneros como Acacia y Dalea. También abundan las cactáceas de todo tipo. En cambio, en el matorral septentrional, centrado en las riberas del Mediterráneo, son los brezos, retamas y otros muchos arbustos espinosos los más característicos.

La escasa presencia de grandes mamíferos es uno de los rasgos más significativos de la fauna de matorral. Sólo algunos cérvidos adaptados a la vegetación xerófila forman parte a veces del paisaje de este hábitat. Sí son en cambio habituales los mamíferos de menores dimensiones como zorros, ardillas y roedores, reptiles como lagartos y serpientes y diversas especies de aves.

Al igual que sucede con otros biomas como el pastizal, también una parte importante de la vegetación de matorral es de origen antropogénico, es decir, debido a la actividad del hombre sobre el entorno. Por ejemplo, el matorral se extiende muchas veces por áreas deforestadas de bosque en las que el crecimiento de densas masas de monte bajo y plantas espinosas, más rápido que el de los árboles, llega a ocupar el terreno de las especies arbóreas antes dominantes, que no pueden recuperarlo.

El desierto

El desierto es un tipo de bioma en el que los niveles de aridez son tan altos que la vegetación sólo puede desarrollarse de manera dispersa o en puntos aislados en los que se concentra.

Según algunos ecólogos, puede considerarse desierto toda extensión de terreno en la que no se encuentre apenas vegetación. Ello incluiría, por tanto, los llamados desiertos polares, con climas permanentemente fríos, situados en los círculos polares Ártico y Antártico, y sin formas de vegetación por estar siempre cubiertos por los hielos. Sin embargo, en el presente análisis de los biomas terrestres, este tipo de hábitat queda encuadrado, más adelante, en el epígrafe dedicado a las tierras polares y la tundra.

En general, en la mayoría de los estudios de ecología se hace referencia a los desiertos como regiones sin apenas vegetación y con niveles de precipitaciones mínimos, que se localizan en latitudes de clima cálido o templado.

Los desiertos de latitud cálida pueden ser de dos tipos: subtropicales y costeros. Las fotografías muestran sendas imágenes características: superior, dunas de arena del desierto subtropical africano del Sahara; inferior, árido paraje del desierto costero chileno de Atacama.

Los desiertos de latitud cálida pueden ser de dos tipos: subtropicales y costeros. Las fotografías muestran sendas imágenes características: superior, dunas de arena del desierto subtropical africano del Sahara; inferior, árido paraje del desierto costero chileno de Atacama.

Aunque, como se ha visto, la definición de este tipo de biomas está sujeta a variaciones, en general se considera desierto a un área en la que la precipitación media anual es inferior a 250 mm. Además de escasas, en los desiertos las lluvias son muy irregulares: a veces, después de años sin caer una sola gota, en un desierto pueden darse lluvias torrenciales en pocas horas.

El escaso nivel de concentración de vapor de agua en la atmósfera del desierto hace que las temperaturas tiendan a ser extremas en el curso de un mismo día, por lo que entre las diurnas y las nocturnas hay a veces diferencias de hasta 30 °C. Según su situación geográfica, se distinguen desiertos cálidos y templados.

Desiertos de latitudes cálidas. Estos desiertos se localizan en la franja intertropical terrestre. Se diferencian, a su vez, en subtropicales y costeros.

Los desiertos subtropicales se caracterizan por estar situados en zonas permanentemente anticiclónicas, en las que el aire caliente no proporciona casi ninguna lluvia. Entre los principales se cuentan el Sahara y el Kalahari, en África; el de Arabia, en Asia; los de Gibson y Victoria, en Australia, y los de California, Arizona y Sonora, en Norteamérica.

Entre la flora de los desiertos del norte de América es fácil encontrar diversas variedades de cactus; en cuanto a su fauna, abundan reptiles tan peligrosos como las víboras.

Entre la flora de los desiertos del norte de América es fácil encontrar diversas variedades de cactus; en cuanto a su fauna, abundan reptiles tan peligrosos como las víboras.

Los desiertos costeros se originan por masas de aire frío que, cuando llegan a las costas occidentales de los continentes, se recalientan y dan lugar a zonas de atmósfera muy seca. Ejemplos de este tipo de desierto son el de Atacama, en Chile –el más árido del mundo–, y el costero peruano, formados ambos en el litoral pacífico sudamericano por influencia de la corriente de Humboldt. Otros desiertos costeros importantes son el de Namib, en África; el Gran Desierto de Arena, en Australia, y el de Baja California, en Norteamérica.

Desiertos de latitudes templadas. Son los que se forman en áreas de clima continental más o menos alejadas del mar, hecho que contribuye a aumentar su aridez. Ejemplos de este tipo de desiertos son el de Gobi, en Mongolia, y los de Colorado, Nuevo México y Chihuahua, en Norteamérica.

En consecuencia con su escasa vegetación, los suelos desérticos son, como es lógico, pobres en nutrientes orgánicos, aunque presentan en ocasiones altas concentraciones de sales minerales (inorgánicas). Estas sales aparecen a veces en capas en forma de costra, debido a la rápida evaporación. Por ejemplo, el salar de Uyuni, en el altiplano boliviano cerca del desierto de Atacama, tiene formaciones salinas de este tipo que contienen una de las mayores reservas de potasio y litio del mundo.

Para adaptarse a la sequedad, las plantas del desierto ponen en práctica estrategias como la de expandir al máximo sus raíces, reducir la superficie de evaporación, transformar las hojas en espinas o desarrollar tejidos carnosos capaces de almacenar agua. Estos mecanismos se dan, sobre todo, en las distintas variedades de cactus y en otros arbustos y matorrales xerófilos, es decir, adaptados a la sequedad.

Asimismo, los animales que viven en el desierto deben desarrollar adaptaciones a un medio en general hostil. Por ejemplo, los camellos y dromedarios obtienen líquido por oxidación de la grasa contenida en sus jorobas, mientras que la rata canguro americana metaboliza el agua de los alimentos que come, de forma que apenas necesita más agua que la contenida en ellos.

Con excepciones como los camélidos, en general los grandes mamíferos suelen estar ausentes de la fauna del desierto, ya que sus necesidades de agua y nutrientes son mayores que las de otros grupos zoológicos.

Además de diversos insectos y arácnidos adaptados a la aridez (característicos son los grandes escorpiones emperador del Sahara), en los desiertos se encuentran reptiles, como lagartos y serpientes (crótalos y víboras); roedores, como la mencionada rata canguro o el pequeño jerbo, y algunas aves de presa.

En las épocas de máxima aridez, algunos animales del desierto excavan galerías subterráneas y permanecen refugiados en ellas en un estado de latencia llamado estivación, similar, aunque opuesto en su motivación, a la hibernación.

Factores como el cambio climático, la sobreexplotación de los acuíferos subterráneos o el sobrepastoreo hacen que biomas limítrofes como la sabana se vean alterados, de modo que, en muchas latitudes, el desierto tiende a expandirse, con lo que se reduce la extensión de los biomas circundantes. Actualmente, algunas de las principales regiones en las que la desertificación progresa con mayor velocidad son el Sahel, al sur del desierto del Sahara, y el Asia centromeridional.

Las tierras de montaña

Las zonas de alta montaña conforman un bioma propio, que se caracteriza por una vegetación carente de árboles y con condiciones climáticas variables en función de la altitud y de la naturaleza del relieve. A medida que se va descendiendo desde los niveles más altos de las montañas por sus laderas, el bioma específico de montaña va siendo sustituido por otros, como los bosques o los matorrales.

El incremento de la altitud influye en la variación del clima de montaña, ya que en los niveles superiores las temperaturas y la humedad disminuyen, por lo que durante las noches y en el periodo invernal se producen importantes descensos térmicos. El clima de montaña presenta, por otra parte, diversos condicionamientos. Por ejemplo, las laderas orientadas al ecuador, es decir, las vertientes sur en el hemisferio norte y las vertientes norte en el hemisferio sur, presentan características climáticas más suaves que las opuestas para los mismos valores de altitud. De igual modo, en los valles se dan fenómenos por los que las masas de aire frío descienden a niveles inferiores, mientras que en otros más altos el aire es caliente y las temperaturas son más cálidas.

Los niveles superiores del ecosistema de alta montaña se caracterizan por la presencia de grandes masas rocosas prácticamente carentes de vegetación.

Los principales biomas de montaña son los situados en Asia, en el Himalaya y el Tíbet; la larguísima cadena montañosa que se extiende por el oeste de América desde Alaska a la Tierra del Fuego, cuyas principales cordilleras son las Montañas Rocallosas, la Sierra Madre y los Andes, y otros sistemas montañosos menos elevados, como los Alpes y los Pirineos en Europa, los Urales y el Cáucaso en Asia, o el Atlas en África.

Los suelos de alta montaña son en general muy pobres en nutrientes. Esto se debe a que la erosión de los vientos y de los hielos suele arrastrar los escasos elementos nutritivos. En los niveles más altos predominan las masas rocosas en las que el suelo herbáceo es prácticamente inexistente. En las cumbres de origen volcánico, las cenizas expulsadas en las erupciones aportan profundidad y fertilidad a los suelos.

A partir de cierta altitud, la vegetación en las montañas no existe, dado que lo habitual es que el terreno esté cubierto por nieves y hielos perpetuos. A medida que se desciende, los niveles más altos de las laderas están cubiertos de musgos, líquenes y arbustos leñosos resistentes al frío, hasta la llamada línea de árboles, a partir de la cual comienzan a desarrollarse las masas arbóreas y cuyo nivel varía según la latitud, la temperatura, la humedad, etc. En las montañas del hemisferio norte los árboles que crecen por debajo de la línea de árboles son, sobre todo, coníferas, como abetos, pinos o piceas. En el hemisferio sur hay además árboles de montaña endémicos, como el roble pellín y otros representantes del género Notophagus, de la familia de las fagáceas, que comprende varias especies propias de la Argentina, Chile y Australia.

Existen especies faunísticas especialmente adaptadas a la vida de la alta montaña. Algunas de las más específicas de América son la llama, habitual en los altiplanos andinos, y el cóndor, que sobrevuela las mayores alturas del continente.

Existen especies faunísticas especialmente adaptadas a la vida de la alta montaña. Algunas de las más específicas de América son la llama, habitual en los altiplanos andinos, y el cóndor, que sobrevuela las mayores alturas del continente.

Los animales de las zonas de montaña son los propios de las áreas geográficas de las regiones en las que éstas se alzan. Por ejemplo, en las laderas montañosas de Norteamérica se encuentran osos, lobos o ciervos, mientras que en la cordillera de los Andes existen otras especies propias de la zona y bien adaptadas a la vida en altitud. Entre ellas hay aves, como el cóndor, o camélidos, como el guanaco y sus parientes domesticados, la llama y la alpaca. En los niveles más altos, insectos y otros invertebrados son los que predominan.

Las tierras polares y la tundra

Las tierras polares y la tundra son los biomas que se sitúan en el entorno de los círculos polares Ártico y Antártico. En realidad, en el caso de las tierras polares el término se refiere a aquellas zonas que limitan con las áreas de hielos perpetuos, en las que las formas de vida vegetal y animal son prácticamente inexistentes: es el llamado desierto polar.

Por su parte, la tundra es un bioma caracterizado por una vegetación carente de árboles y temperaturas medias muy bajas. Se distinguen dos tipos de tundra: la ártica y la alpina. La primera cubre las regiones más septentrionales de Eurasia y América, mientras que la tundra alpina es la que se encuentra en zonas de alta montaña, por encima de la línea de árboles, es decir, del límite a partir del cual las condiciones climáticas impiden que crezcan masas arbóreas.

El clima de la tundra ártica presenta una temperatura media anual inferior a –10 °C, aunque pueden alcanzarse valores por debajo de –30 °C. Las precipitaciones son escasas, del orden de 100 a 1.000 mm anuales. Además de en las regiones que lindan con el Círculo Polar Ártico, la tundra se encuentra también en la Tierra del Fuego argentina, en los archipiélagos próximos a la Antártida y en las regiones de ésta que no están cubiertas por hielos perpetuos.

Por las bajas temperaturas, el suelo de la tundra está permanentemente congelado, en ocasiones hasta capas profundas (es el denominado permafrost), y sólo un estrato superficial, la capa activa, se deshiela en el breve verano ártico.

La vegetación de la tundra está formada por abedules, sauces enanos y otros pequeños arbustos en las zonas más meridionales. En latitudes superiores hay sólo herbáceas resistentes al frío, y en las zonas próximas al desierto polar sólo soportan las condiciones extremas algunos musgos y helechos. A grandes rasgos, la tundra alpina presenta un patrón similar, correlacionado en este caso con la altitud.

Ciertos tipos de animales están específicamente adaptados a las rigurosas condiciones de vida en los polos de la Tierra. Sin duda, el oso polar es uno de los más característicos.

La fauna de estos biomas presenta adaptaciones como las de la liebre de las nieves o el zorro ártico, que en la estación fría adoptan un pelaje blanco que los mimetiza con el entorno. Las aguas de los mares polares son ricas en plancton y, por tanto, en peces, de los que se alimentan focas, leones marinos, morsas y, en los mares antárticos, pingüinos. El oso polar es otro de los de los animales característicos de los paisajes árticos.

Durante la estación menos fría es frecuente encontrar pastando en la tundra a herbívoros como el caribú, el buey almizclero o el alce, especies que en invierno buscan refugio en el hábitat menos extremo del bosque boreal o taiga.

El bosque boreal

La taiga es el bosque perennifolio boreal. Se trata de un bioma que cubre más del 15 % de la superficie terrestre y que sólo se da en el hemisferio norte, ya que en el sur no hay tierras emergidas sobre latitudes equivalentes.

En general, el clima de estos bosques es frío, aunque no alcanza los extremos rigores de la tundra. Las temperaturas medias se sitúan en niveles comprendidos entre algunos grados sobre cero y –10 °C. No obstante, existen muchos factores que hacen que las condiciones climáticas puedan presentar notables variaciones según la localización geográfica. Algunos de ellos son el ángulo de inclinación de la radiación solar, el número de horas diarias de insolación o la extensión de la cubierta de nieve. Las precipitaciones son relativamente escasas, situándose en valores medios de unos 500 mm al año.

Bajo un suelo permanentemente congelado, son escasas las especies vegetales que crecen en el bosque boreal.

La taiga forma un cinturón que comprende toda Norteamérica y Eurasia, desde Escandinavia hasta el estrecho de Bering. En este punto, singularmente, lo extremo de las temperaturas, que determina un ambiente de tipo polar, hace que no llegue a formarse el bosque boreal.

El suelo del bosque boreal es muy ácido y presenta un contenido relativamente bajo en minerales pero con una capa de nutrientes de cierta profundidad, formada por un denso manto de hojas aciculares de pino y abeto en continuo proceso de descomposición. Las capas de suelo permanentemente congelado, o permafrost, que en la tundra conforman todo el subsuelo, en la taiga son discontinuas. Por otra parte, la acción de los glaciares originó en épocas pasadas depresiones del terreno en las que, al producirse el deshielo de dichos glaciares, surgieron numerosos lagos, elementos paisajísticos habituales en este bioma.

Las coníferas predominan en los bosques boreales, en los que abundan abetos, pinos, piceas y cedros, árboles perennifolios que se combinan con otros de hoja caduca, como abedules y álamos. Las hojas de las coníferas se han adaptado a la forma acicular para reducir al mínimo la perdida de agua por su escasa superficie. Así pueden resistir los meses del invierno septentrional, en los que el suelo, congelado, impide que las raíces puedan absorber agua y nutrientes.

El alce es un animal que se adapta bien al hábitat del bosque boreal americano. La imagen muestra un ejemplar de tierras canadienses durante la estación cálida.

Algunos animales característicos de estos bosques son el caribú americano y el reno euroasiático, el alce y otras especies como lobos u osos. Sin embargo, predominan los animales de tamaño medio y pequeño, como castores y otros roedores, conejos y liebres, martas, armiños o visones.

El bosque boreal es la principal fuente mundial de madera y pulpa para elaborar papel y sus derivados. Por ello, la sobreexplotación forestal se ha convertido en las últimas décadas en un problema acuciante para este bioma que, como otros muchos, tanto terrestres como acuáticos, se ven cada vez más agredidos por la actividad humana.