Geocentrismo y heliocentrismo

    Las primeras ideas sobre la estructura del universo se hallan en los escritos conservados de las antiguas civilizaciones. En la cultura griega clásica, destacados filósofos como Pitágoras, Platón, Aristarco o Hiparco realizaron interesantes aplicaciones al respecto.

    En sus modelos basados en la simple observación, Platón postulaba la existencia de una esfera sobre la que se situaban las estrellas y la Vía Láctea, ambas con posiciones relativas fijas, y en cuyo interior se encontraba la Tierra. Pensaba, además, que las estrellas se movían en círculos, por ser ésta la trayectoria más perfecta, tal y como correspondía a su condición de cuerpos celestes.

    Estas primitivas teorías fueron recogidas por Aristóteles, quien elaboró un modelo cosmológico geocéntrico, es decir, una explicación en la cual la Tierra se encuentra inmóvil en el centro de la esfera celeste. Según este modelo, la Tierra gira uniformemente sobre sí misma, según un eje Norte-Sur, para describir una revolución completa cada 24 horas, lo cual explica la sucesión de los días y de las noches.

    Por otra parte, la idea aristotélica proponía que el resto de los cuerpos celestes, Sol, Luna y los cinco planetas conocidos en la época, se mueven cada uno dentro de unas esferas propias que los circundan alrededor de la Tierra. Para que el modelo resulte coherente, ha de explicar por qué en determinadas épocas los planetas describen complicados movimientos con respecto a las estrellas fijas, con la circunstancia de que en determinados momentos han de realizar un movimiento retrógrado (“hacia atrás”) sobre el fondo de estrellas.

    En el siglo III a.C., Aristarco de Samos sugirió que todos los fenómenos observables serían de más sencilla explicación si se aceptara la inmovilidad del Sol y el movimiento de los planetas alrededor de él. Surgió así la primera teoría heliocéntrica conocida, que encontró cierto eco en su tiempo, aunque posteriormente fue abandonada.

    La teoría de Aristarco, exenta de aparato matemático alguno que la justificase, tuvo poca influencia, por lo que el sistema geocéntrico continuó vigente, apoyado por los cálculos de Hiparco, considerado uno de los fundadores de la trigonometría. Los desarrollos de Hiparco sirvieron de base para que el griego alejandrino Claudio Ptolomeo (siglo II d.C.) expusiera, en su obra Almagesto, las bases de un sistema geocéntrico perfeccionado, que proponía las tesis siguientes:

    - El universo es esférico y está animado por un movimiento de giro.

    - La Tierra es esférica, inmóvil y se halla situada en el centro del cielo.

    - La Tierra se comporta como un punto respecto a las estrellas fijas.

    El modelo tolemaico, como ha dado en llamarse en recuerdo de su autor, mantuvo su vigencia en Europa durante toda la Edad Media. De algún modo, sus planteamientos concordaban con las tesis eclesiásticas de inmanencia y perfección del cosmos como creación divina y con la idea del hombre como criatura elegida por Dios.

    Sin embargo, el razonamiento matemático que acompañaba al modelo de Ptolomeo fue cuestionado teóricamente, ya en el siglo XV, por el polaco Nicolás Copérnico, inspirado por algunas ideas de astrónomos árabes de siglos anteriores. En su tratado De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes), resaltó las incompatibilidades del sistema geocéntrico con las observaciones y las predicciones realizables con los cuerpos celestes. En cambio, estas observaciones y predicciones eran explicables con mucha mayor exactitud desde una concepción heliocéntrica del universo, que situara al Sol en el centro del cosmos.

    La teoría copernicana, difundida profusamente en los siglos siguientes, encontró en principio una cerrada oposición, tanto por parte del recién aparecido protestantismo como por la Iglesia católica. Sin embargo, ello no impidió su progresiva aceptación, primero en círculos científicos (Galileo Galilei y Johannes Kepler fueron sus principales impulsores), como más tarde entre la sociedad culta y lega. Fenómenos como el achatamiento de la Tierra en los polos, la sucesión de los días y las noches, las estaciones, las mareas y otros quedaban suficientemente explicados por las teorías de Copérnico.

    El heliocentrismo de Copérnico fue aliento de una notable revolución científica. Hoy en día ha sido abandonado en favor de hipótesis mucho más precisas del cosmos, en particular las derivadas de la aplicación de la teoría de la relatividad. Sin embargo, su importancia histórica ha sido tal que, aún hoy, se sigue hablando de “giro copernicano” cuando se hace alusión a un cambio radical en las posiciones o los puntos de vista en el análisis de un problema o de una situación.