Autofoto (selfie)

    Una autofoto es la fotografía que una persona toma de sí misma, sola o en compañía de otras. En su forma más característica, se trata de un autorretrato realizado con una cámara digital o un dispositivo móvil, tal como un teléfono inteligente o una tableta. Coloquialmente se conoce también por el término inglés selfie.

    La técnica de obtención de autofotos con los dispositivos móviles y las cámaras digitales es muy sencilla. Basta con extender el brazo y encuadrar la imagen propia en la pantalla del dispositivo. Para facilitar esta labor se comercializan extensores del brazo, unos aparatos denominados palos de autofoto, o palos de selfie, en cuyo extremo se acopla la cámara conectada a unos cables que llegan hasta el disparador, situado en la empuñadura del palo.

    Las autofotos han proliferado extraordinariamente en los últimos años por la confluencia de dos factores interrelacionados: el abaratamiento de costes de las cámaras digitales y el auge de las redes sociales informáticas. En este contexto, los selfies se han erigido en elementos de comunicación que permiten transmitir la situación de una persona, el lugar en que se encuentra, las personas o circunstancias que la acompañan o su estado de ánimo. Utilizadas con sentido lúdico o informativo, las autofotos intercambiadas en las redes sociales facilitan un estilo de comunicación caracterizado por la espontaneidad y la inmediatez.

    La práctica extendida del selfie se ha relacionado con algunos de los rasgos distintivos de una sociedad cada vez más tecnológica y abstraída en el narcisismo, el ensimismamiento y el exhibicionismo. No obstante, este fenómeno puede entenderse también como una forma de evolución lógica de la fotografía. En sus inicios, esta técnica obedecía primordialmente al impulso de plasmar la cotidianidad del instante, como heredera de las artes pictóricas y con un componente muy intenso de reflejo de la realidad. El sentido artístico inherente de la fotografía condujo a la práctica de la escenificación, en la cual el fotógrafo-artista no sólo recogía documentalmente el estado de un momento de tiempo, sino que lo interpretaba a través de su mirada individual.

    En las últimas décadas, el avance tecnológico de la fotografía digital impuso un cambio drástico en esta concepción. Tradicionalmente, el fotógrafo obtenía sus instantáneas utilizando la cámara como una prolongación del ojo. Al encuadrar y enfocar mediante el sistema clásico de lentes del ocular y el objetivo, otorgaba a su mirada una continuidad recreada que añadía a la escena un componente subjetivo y de exploración estética.

    Las modernas cámaras digitales han abandonado, mayoritariamente, este modo de acercamiento a la realidad. En su forma más habitual, el fotógrafo-usuario no observa la escena a través de un sistema de lentes, sino que la contempla en una pantalla digital que le permite alejarse de la misma y adoptar puntos de vista que no se corresponden con los de su propia mirada. Este distanciamiento le facilita el acceso a imágenes que no ve de forma directa (por ejemplo, cuando eleva el brazo por encima de una multitud que le obstruye la visión y enmarca la escena con ayuda de la pantalla).

    Desde esta perspectiva, resulta natural que la cámara termine por girarse para encuadrar al propio fotógrafo, que se convierte en autor y en protagonista. Las técnicas de enfoque automático facilitan la obtención de instantáneas de suficiente calidad. De este modo, la autofoto se emparenta con soluciones ya aplicadas antes en la práctica, como son los reflectogramas (autorretratos con cámara realizados con un espejo u otra superficie reflectante). Como elemento novedoso, en general las autofotos no están concebidas como registros fotográficos permanentes. Responden más bien al impulso del instante, a la necesidad de compartir vivencias y sensaciones con otras personas en el contexto de una sociedad hipertecnológica en la que la inmediatez y la comunicación en grupo se han convertido en cualidades definitorias.