Contaminación electromagnética

    Impacto que los campos electromagnéticos pueden causar en los ecosistemas, fundamentalmente en lo que concierne a los seres vivos que residen en ellos.

    Normalmente, la energía eléctrica es consumida en lugares muy lejanos a sus puntos de producción, lo que obliga a un transporte de la misma, mediante los correspondientes cables conductores, los cuales constituyen de este modo las llamadas líneas de alta tensión, así denominadas porque la corriente viaja en ellas a altísimos voltajes y a bajas intensidades, pero toda carga eléctrica en movimiento engendra un campo magnético que puede afectar al ecosistema.

    En primer término, el establecimiento de un tendido eléctrico obliga a la eliminación de árboles y arbustos en el entorno en que éste se desarrolle. De esta manera, además de la correspondiente pérdida de seres vegetales, aparece un evidente daño sobre la fauna, especialmente en los componentes de ella con menor capacidad para movilizarse. Por otra parte, debe cuidarse de que, una vez construida la línea, quede establecida a ambos lados de la misma una banda de seguridad que impida el crecimiento de nuevas masas vegetales, lo que en muchas ocasiones se realiza utilizando productos químicos, potencialmente venenosos para la fauna que habita en la zona. A veces, estos productos se aplican mediante irrigación aérea, con el consiguiente riesgo para aguas superficiales y para la cadena trófica.

    Otra consecuencia negativa de estas instalaciones es la electrocución de aves, especialmente las rapaces, ya que suelen utilizarlas como atalaya para dominar la perspectiva y así detectar la presencia de posibles presas por impacto contra ellas. Cuando estas aves extienden sus alas para remontar el vuelo, contactan con los cables, electrocutándose. De hecho, todo parece indicar que las águilas imperiales, en proceso de extinción en muchos lugares, deben la disminución de su población, principalmente, a esas electrocutaciones y a los envenenamientos causados por los mencionados productos empleados para evitar la reproducción de la flora.

    Otro efecto indeseable de estas líneas es que, a menudo, dividen cultivos o bien afectan a ciertas áreas naturales, como humedales. A veces, al extenderse por tierras vírgenes han afectado al hábitat de poblaciones indígenas. En ocasiones, también constituyen un obstáculo peligroso para los aviones que se emplean en la agricultura para el fumigado.

    Por otra parte, cada vez se ha denunciado, en más lugares del planeta y con mayor frecuencia, la incidencia negativa que tiene el electromagnetismo sobre la salud humana. En 1972, en la extinta Unión Soviética, se realizaron estudios que asociaban determinadas patologías con las radiaciones electromagnéticas y, poco después, el Instituto Karolinska (Estocolmo) ofrecía los resultados de una investigación realizada con 127.000 personas que residieron entre 20 y 25 años cerca de líneas de alta tensión. La conclusión fue terminante: la cercanía de campos electromagnéticos era causa de riesgo para la leucemia infantil y para cánceres diversos en adultos.

    En el mismo sentido, ya hacia 1979, aparecieron en los Estados Unidos ciertos estudios que detectaban una especial incidencia de algunos procesos oncológicos, como leucemias, linfomas y otras clases de tumores, en personas que vivían cerca de líneas de alta tensión.

    En 1993, otro estudio efectuado en Dinamarca relacionaba ciertos cánceres de la población infantil con la exposición de las mismas a campos electromagnéticos.

    En ningún momento, las compañías eléctricas han aceptado que exista una asociación entre el transporte de su energía y el aumento de la aparición de tumores en poblaciones cercanas a las líneas de alta tensión, aduciendo la falta de estadísticas adecuadas y de la justificación biológica correspondiente, pero lo cierto es que el hecho parece incuestionable.

    Sin embargo, los informes emitidos recientemente por la Universidad de Bristol y por la de Chapell Hill (Carolina del Norte) concluyen en la existencia cierta del riesgo. Incluso, actualmente, las investigaciones han trascendido del terreno oncológico, habiéndose abierto estudios sobre la incidencia del electromagnetismo en el sueño, en el ritmo cardiaco, en el sistema inmunológico humano, además de en otros aspectos fisiológicos.

    Por todo ello, en 1996 la OMS (Organización Mundial de la Salud) inició un programa de investigación, llamado Proyecto CEM, destinado a valorar los efectos que causaba, especialmente en los seres humanos, la radiación electromagnética, sin que se haya podido elaborar aún conclusión alguna.

    Parece que, en general, la postura adoptada por las autoridades es de una cierta cautela ante la falta de datos fiables. Sería lógico, mientras tanto, establecer medidas precautorias, como pueden ser la construcción de las líneas con tendidos subterráneos, en las que la radiación no desaparece, pero sí se minimiza. Sin embargo, el elevado coste inherente a ellos hace, hoy por hoy, impensable esta solución. Además, en la sociedad actual, en la que la existencia de campos magnéticos de baja frecuencia es omnipresente, es difícil arbitrar medidas que sean efectivas.

    No obstante, en diferentes países la Justicia ha ordenado la clausura de líneas eléctricas que discurrían cerca de centros escolares o en las proximidades de determinados núcleos urbanos y otro tanto se está haciendo con las antenas de la telefonía móvil.