Papel

    Uno de los artículos más cotidianos del mundo moderno es el papel. Pese al auge de los medios electrónicos, sigue utilizándose para leer, escribir o imprimir textos de toda índole.

    El papel es producto de la amalgama de varias fibras vegetales, por lo general de celulosa, que se mantienen unidas por puentes de hidrógeno. Las fibras empleadas son generalmente de origen natural (procedentes de pulpa maderera, pero también de algodón, lino, arroz, etc.), aunque es habitual que otras fibras sintéticas como el polipropileno y el polietileno se le añadan para conferirle características especiales.

    El papel fue uno de los cuatro grandes inventos de la antigua China, junto a la brújula, la pólvora y la imprenta. Su invención se atribuye a Cai Lun, un funcionario de la dinastía Han que vivió en el siglo II de la era cristiana. No obstante, se han hallado restos de papel no escrito que se remontan al siglo II a.C. Por aquellos tiempos se empleaba, entre otras cosas, para empaquetar o proteger espejos delicados de bronce. No sería hasta el siglo III de nuestra era cuando se generalizase su uso como soporte para la escritura. Aquel papel, a diferencia del que usamos modernamente, era muy fino y translúcido: sólo permitía escribir por una cara.

    La técnica de fabricación de papel se extendió en el siglo VII a Corea, y desde allí a Japón. Fueron los árabes quienes lo introdujeron en suelo europeo (España y Sicilia) en el siglo X. La invención hacia 1450 por Johannes Gutenberg de la imprenta de tipos móviles daría un fuerte impulso a su empleo en Europa. En América, los hallazgos arqueológicos apuntan a que los mayas debieron inventar por su cuenta el papel (amatl) antes del siglo V después de Cristo. Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, este producto ya estaba muy extendido entre las culturas mesoamericanas.