Egipto

Cuna de una civilización milenaria, el destino de Egipto ha ido siempre unido al de su gran río, el Nilo, que atraviesa el país desde el sur hasta el norte y es fuente de riqueza y medio de comunicación para sus habitantes desde hace más de cinco mil años. Otra vía navegable, el canal de Suez, hace de Egipto paso obligado del tráfico marítimo entre Europa y Asia. Grandes extensiones de desierto ocupan el resto del territorio, salpicado en ocasiones por oasis de palmeras, además de pirámides y templos de la época faraónica. El Cairo, la bulliciosa capital, es uno de los centros culturales más notables del mundo islámico; en la ciudad, antiguas mezquitas y bazares seducen a los miles de visitantes extranjeros que desde hace siglos acuden al país.

Bandera de Egipto.

Medio físico

Egipto ocupa una estratégica porción de tierra de 1.001.450 kilómetros cuadrados al nordeste del continente africano, desde donde se comunica con Oriente Medio. La cornisa mediterránea y el delta del Nilo delimitan la frontera norte, que se prolonga por el este hasta Palestina. Separada de África por el istmo de Suez, se sitúa la península del Sinaí, una cuña de territorio montañoso que penetra en el mar Rojo entre los estrechos de Suez y Áqaba. El litoral oriental desciende hacia el sur hasta llegar a Sudán. A lo largo del sur y el oeste, una frontera rectilínea divide el desierto sahariano entre Egipto, Sudán y Libia.

Playa del litoral egipcio.

El relieve egipcio se estructura en torno a una gran meseta central. En la península del Sinaí, un desierto montañoso contiene la cumbre más elevada de Egipto, el monte Santa Catalina, de 2.642 metros de altitud. Al este, entre el Nilo y el mar Rojo, se dispone asimismo una árida cordillera de norte a sur con alturas que oscilan entre los 1.500 y los 2.000 metros. En el desierto occidental, o de Libia, existen depresiones que se sitúan por debajo del nivel del mar, como el oasis de Siwa, y sólo al sur se produce una significativa elevación de rocas metamórficas.

Cumbres del Sinaí.

El Nilo, con sus 6.600 kilómetros de longitud, es el curso fluvial más largo de África y el único río navegable y de régimen regular de Egipto. Además, constituye casi la única fuente de agua potable y de riego. Hasta la construcción de la gran presa de Asuán en 1970, las periódicas crecidas y retiradas de agua habían permitido la acumulación de fértiles sedimentos que hicieron de las riberas un suelo muy apto para la vegetación y la producción agrícola. Desde los tiempos faraónicos, el hombre ha tratado de aprovechar al máximo las aguas del Nilo canalizando parte de su caudal. Así, en época faraónica se construyó un canal de trescientos kilómetros de longitud entre Asiut y Fayum llamado Bahr Yusuf o canal de José, y se creó el lago artificial de Qarun. En la zona del delta, tras atravesar El Cairo, el río se abre en varios brazos de agua, los más grandes de los cuales son el Roseta y el Damieta.

Vista del rio Nilo, el curso fluvial más largo de África y el único río navegable y de régimen regular de Egipto.

En las montañas del sur del Sinaí discurren algunos torrentes que vierten en el mar Rojo. En el pasado, las avenidas de agua (uads o wadis) provocadas por las fuertes tormentas facilitaron la erosión de las montañas del desierto oriental. Otras reservas de agua se encuentran en el subsuelo, especialmente bajo el desierto occidental, y afloran a la superficie, bien de forma natural (existen cinco depresiones geológicas: Dakhila, Kharija, Farafra, Bahariya y Siwa), bien con la intervención de la mano del hombre, al permitir la formación de oasis.

Con un clima de tipo desértico, Egipto está sometido a un régimen seco y en general muy caluroso. Las precipitaciones son escasas en el norte del país y prácticamente inexistentes en el resto. En determinados lugares y épocas anuales, las variaciones de las temperaturas diurnas y nocturnas pueden ser bastante acusadas. A lo largo del año, la uniformidad climática sólo permite distinguir dos estaciones: invierno y verano. De noviembre a marzo, las temperaturas son suaves, con noches frescas. Durante la primavera, se desatan a veces tormentas de arena cargadas de electricidad, conocidas como jamasin, por efecto del sistema de bajas presiones situado sobre Sudán. El resto del año el tiempo se mantiene caluroso, con picos que superan los 40 ºC en los meses de julio y agosto.

Flora y fauna

Existe una considerable variedad de vegetación autóctona egipcia a pesar de la sequedad del medio. La cornisa norte posee una flora típicamente mediterránea. El valle del Nilo y el delta con sus canales son un medio idóneo para el crecimiento de plantas acuáticas y herbáceas: juncos, bambú, loto y papiro. La palmera de dátiles es todo un símbolo del país y aparecen concentraciones de ejemplares allí donde se dispone de agua. Bajo su sombra crece una amplia variedad de plantas aromáticas y ornamentales. Acacias, sicomoros y coníferas conviven con otras especies introducidas por el hombre como la jacaranda, el mango, diversos cítricos y eucaliptos.

Tallos de papiro, planta acuática abundante en el valle del Nilo, con la que los antiguos egipcios fabricaron soportes para su escritura.

La fauna fue muy diversa en el pasado, pero los cocodrilos, hipopótamos y felinos que poblaban el territorio en época faraónica se han extinguido. No obstante, Egipto cuenta con 21 espacios naturales protegidos y numerosas especies autóctonas. En el suelo egipcio viven íbis, gacelas, zorros, linces y chacales, así como jerbos y otros roedores y reptiles. Es además lugar de paso para las aves migratorias. Los cañaverales del valle del Nilo y el oasis de Fayum acogen multitud de especies, como garzas y espátulas, que a menudo se alimentan de los más de doscientos tipos de peces que viven en el río. En el desierto occidental y en el del Sinaí subsisten águilas y otras aves rapaces. Hay algunas especies de víboras muy venenosas en regiones apartadas del valle del Nilo. Los animales domésticos más comunes son el burro, el camello, el búfalo y la cabra. Por su parte, la flora y la fauna submarina del mar Rojo son sorprendentemente variadas. Tiburones blancos y delfines merodean cerca de los arrecifes de coral y esponjas, que concentran una amplia variedad de peces tropicales.

La flora y la fauna del mar Rojo son muy variadas.

Población

Demografía

La población total de Egipto ronda los 88 millones de habitantes y mantiene un crecimiento del 1,79 %. La tasa de natalidad es de 22,9 nacidos por cada 1.000 habitantes, mientras que la mortalidad, especialmente la infantil, se ha visto reducida en las últimas décadas. Algunos intentos gubernamentales por establecer programas de planificación familiar se han dado de frente con las costumbres morales y religiosas. Con una población mayoritariamente joven, un 31,89 % con menos de quince años, el reparto es además muy desigual en el territorio, pues la gran mayoría está establecida en el valle del Nilo y su desembocadura, mientras que los desiertos están prácticamente deshabitados.

La explosión demográfica que ha experimentado Egipto ha creado una enorme conurbación en el triángulo que forma el delta del Nilo. En sus vértices se sitúan el gran Cairo, conjunto metropolitano de cerca de veinte millones de habitantes, Alejandría y Port Said, los mayores centros urbanos. En el área del canal, las ciudades más importantes son Suez e Ismailia. A lo largo del valle del Nilo, la expansión urbana, poco planificada a veces, plantea problemas de disponibilidad de suelo y polución. En este eje las mayores concentraciones humanas son Luxor, Asuán y Asiut. Con el fin de paliar en parte la sobrepoblación, se aprovechan las depresiones geológicas del desierto para extraer agua, creando nuevas áreas habitables en las zonas desérticas.

Vista aérea de la ciudad de El Cairo, la capital del país y una de las más pobladas.

Desde el punto de vista étnico, la población egipcia es de gran uniformidad. Del contacto ancestral con los pueblos nilóticos y sudaneses y, posteriormente, con árabes, turcos y otros pueblos de Oriente se ha creado una tipología nacional, la egipcia, a la que pertenece más del

99 % de la población. La nota diferenciada viene de los pueblos seminómadas beréberes y beduinos que habitan en los desiertos. Conviven también en el país algunas minorías griegas y armenias y una población estacionaria de residentes occidentales ligados a los negocios y el turismo.

Lengua

La lengua oficial y de uso común es el árabe y sólo se hablan algunos dialectos bereberes en antiguos oasis del desierto occidental, como Siwa o Bahariya. Por influencia colonial, la clase dirigente y culta habla con fluidez el inglés y el francés.

Religión

La gran mayoría de los egipcios (90 %) son seguidores de la fe islámica, principalmente en su rama suní. Del islam se deriva su propia identidad nacional y su sistema de valores sociales. La principal minoría no musulmana es la de los cristianos coptos (9 %), establecidos por todo el país, que mantienen un rito y un patriarcado específico desde los primeros tiempos del cristianismo. Otras minorías cristianas (ortodoxas, católicas y protestantes) están presentes aunque en escaso grado. No así la antigua comunidad judía, que desapareció prácticamente tras la creación del Estado de Israel. En los últimos años, el ascenso del fundamentalismo islámico ha enrarecido las tradicionales buenas relaciones entre las diferentes comunidades religiosas de Egipto.

La mayoría de la población egipcia es seguidora del islam. En la imagen, minaretes de la ciudad de El Cairo.

Economía y comunicación

Datos económicos

La economía egipcia ha estado desde el último tercio del siglo XX supervisada y dirigida por el Estado. A través de planes quinquenales se determina la producción, los precios, las rentas, el comercio exterior y la entrada de divisas. Esta doctrina socializante se ha visto, no obstante, muy desvirtuada con la entrada del sector privado en muchos ámbitos de la actividad económica. En las últimas décadas, Egipto ha ido paulatinamente abandonando su política económica proteccionista para adoptar una de libre mercado, reduciendo las subvenciones y privatizando algunos organismos. Las reformas han servido para regular las cuentas del Estado, pero no han conseguido erradicar la pobreza de amplias capas de la población. La tasa de paro se mantiene por encima del 10 % y afecta especialmente a las clases urbanas de cierto nivel cultural y a las mujeres. El empleo sumergido y no regulado está muy extendido. En general, los salarios son muy bajos, sobre todo los de la agricultura, y por tanto extremadamente vulnerables a las subidas de precios. Los trabajadores profesionales están mal pagados, si bien muchos empleados en la industria y la administración perciben beneficios adicionales y subsidios a la vivienda y la salud.

Los niveles de crecimiento económico de los últimos años de la década de 2000 fueron relativamente elevados. Aun así, el desigual reparto de los recursos y las extensas bolsas de pobreza y desempleo alimentaron el descontento social que estalló en las protestas multitudinarias de los inicios de 2011. Los cambios políticos vividos en Egipto desde esa fecha, primero con el ascenso democrático al poder de las fuerzas islamistas y después con su derrocamiento por la fuerza y sustitución en 2013 por un Gobierno avalado por el Ejército egipcio, tuvieron un profundo efecto negativo en las perspectivas económicas del país. Los sectores turístico, de fabricación y de construcción resultaron gravemente afectados, lo que motivó una ralentización del crecimiento económico que se auguraba prolongada.

La agricultura ha sido el principal modo de vida de los egipcios desde hace milenios. El sistema de regadío tradicional permitía la obtención de una cosecha anual, pero a partir del siglo XIX el sistema de canalizaciones y diques facilitó la irrigación permanente primero del delta y luego de todo el valle. En la actualidad, la tierra apta para el uso agrícola supone un 3 % del territorio y emplea todavía a un tercio de la población. El proceso de urbanización, la contaminación y la salinización del suelo reducen la superficie cultivable. Eso es lo que ha ocurrido en amplias extensiones del delta, conocidas con el nombre de barari. Con el fin de aumentar la superficie irrigable en el desierto occidental, se ha puesto en marcha el proyecto Toshka o “Nuevo Valle”. Su meta es aumentar en un 20 % la tierra cultivable trasvasando agua del Nilo hasta la depresión de Toshka, a 360 kilómetros de distancia, y completando el abastecimiento con las balsas de agua subterráneas bajo el desierto que han sido localizadas por medio de satélites.

La agricultura egipcia está basada en el cultivo de regadío y orientada al mercado exterior. Con importantes inversiones en obras hidráulicas como canales, estaciones de bombeo y esclusas se han conseguido regar de forma permanente amplias áreas. Además, el empleo de fertilizantes, la rotación de cultivos y la excelencia del sustrato permiten la obtención de, al menos, dos cosechas anuales. A pesar del aumento de la productividad, Egipto ha dejado de ser un exportador neto de alimentos y ahora se abastece de grano en el extranjero para atender a su población creciente. Cereales (arroz, trigo, maíz...), legumbres (judías, lentejas, guisantes...), caña de azúcar, índigo, tabaco y algodón (éste de gran calidad e importancia para el mercado exterior) son los principales productos nacionales. Frutas, hortalizas y flor ornamental cortada han experimentado fuertes crecimientos en la producción durante los últimos años.

La pesca tradicional en el delta del Nilo se ha visto muy perjudicada por la construcción de la presa de Asuán y por la contaminación. En el lago Nasser, por el contrario, tras la construcción de la presa se instalaron plantas de piscicultura. En cuanto a la ganadería, la ovina y caprina son las más importantes. También hay que destacar el comercio generado en torno a la compraventa de camellos, para los que existe un mercado específico en El Cairo, y la cría avícola.

La minería ha alcanzado cierto desarrollo en las últimas décadas, pero el suelo egipcio no es especialmente rico en este tipo de recursos. El volumen de extracción de petróleo no comenzó a ser importante hasta la década de 1980. Sus principales depósitos están en el mar Rojo, tanto en la costa como dentro de las aguas, y son administrados por la compañía de petróleo del golfo de Suez. Egipto dispone de reservas de fosfatos en Esna, mineral de hierro en Asuán y en Bahariya, carbón en el Sinaí, manganeso en el desierto oriental y cromo, uranio y oro en otros diversos lugares. La prospección para obtener nuevos yacimientos de crudo se realiza con el apoyo y la financiación de empresas extranjeras y en su consecución se han encontrado depósitos de gas en Abu Madi (al este de Alejandría), el golfo de Suez y el desierto occidental.

El desarrollo industrial se ha visto históricamente frenado por la colonización. Por influencia soviética, posteriormente ha estado dirigido hacia la industria pesada y las grandes obras de ingeniería. La industria, que ocupa a un 17 % de la población, está basada en la explotación de los hidrocarburos en el área del mar Rojo y el desierto y en algunos complejos siderúrgicos, petroquímicos y farmacéuticos. Existen nueve refinerías de petróleo (y está prevista la construcción de algunas más) que producen una media de 725.000 barriles de combustible al día. Hay oleoductos que transportan el crudo hasta el Mediterráneo. La industria siderúrgica cuenta con un centro de producción de acero en Helwan, al que se añadirán otros dos en las cercanías de El Cairo y Alejandría. El negocio de la construcción y la producción de cemento experimentan un fuerte crecimiento gracias a la expansión demográfica. Otras industrias importantes son la textil, la agroalimentaria y la manufacturera, de escasa mecanización. En cuanto a la producción de energía eléctrica, Egipto abastece su demanda por medio de centrales térmicas de carbón y gasoil y de las doce turbinas de la presa de Asuán, que generan dos millones de kilovatios.

El sector servicios, del que viven más de la mitad de los egipcios, se orienta hacia el turismo, la banca y la administración. El sistema bancario se organiza alrededor del Banco Central de Egipto. Las principales entidades comerciales son Bank Misr, Banco de El Cairo y Banco de Alejandría. Existen también bancos de inversión y otros de participación extranjera. Todos los bancos de participación pública cuentan con divisiones en las que se practica el sistema respetuoso con la ley islámica de no conceder préstamos, repartiendo en su lugar participaciones en el negocio.

Con una media de cuatro mil millones de dólares anuales, el turismo es la más importante fuente de divisas. Muchos egipcios dependen directa o indirectamente del turismo trabajando en agencias, hoteles, restaurantes o tiendas de recuerdos. Los acontecimientos políticos influyen enormemente en el desarrollo de la industria; así, la guerra del Golfo y el fenómeno terrorista, que tiene entre sus objetivos a los visitantes extranjeros, han provocado el reciente descenso de la actividad turística. Peores consecuencias para el turismo tuvo la profunda inestabilidad política producida en el país a raíz del derrocamiento de Hosni Mubarak, el ascenso de las fuerzas islamistas al poder por medio de elecciones democráticas y la posterior destitución y encarcelamiento del presidente islamista Mohamed Morsi por parte del Ejército, que retomó el poder. Las revueltas sociales y la represión de las protestas islamistas ahuyentaron la afluencia de turistas al país desde 2011. Aun así, los más importantes establecimientos vacacionales están localizados El Cairo, Luxor, Asuán y el mar Rojo.

Los principales socios comerciales de Egipto son la Unión Europea, los Estados Unidos, Siria, China y Arabia Saudí. En su balanza comercial tiene mayor peso el volumen de las importaciones, sobre todo de materias primas, minerales y bienes de capital. Este déficit ha sido financiado por el Fondo Monetario Internacional, generando una importante deuda externa. Además, Egipto recibe fondos en forma de ayuda oficial al desarrollo, especialmente de los Estados Unidos.

Alejandría, Damieta, Port Said y Suez son importantes puertos comerciales y de pasajeros. Egipto cuenta además con numerosos aeropuertos, varios de ellos internacionales. El aeropuerto de El Cairo está siendo ampliado con una nueva terminal para dar cabida al aumento del tráfico. La línea aérea nacional, Egyptair, ofrece conexiones internacionales con Oriente Medio, Europa, Norteamérica, África y Extremo Oriente, así como vuelos domésticos a los principales destinos turísticos del país. Toda la red de transportes está bajo control estatal y se concentra en el curso del Nilo, con ejes transversales que comunican las costas. El tráfico rodado en Egipto está sobresaturado y ocasiona grandes congestiones, pérdidas económicas y contaminación en las ciudades, además de unas cinco mil víctimas anuales en accidentes de circulación. Existe una amplia flota de autobuses, microbuses y taxis colectivos para atender la demanda, que también se sirve de una aceptable red ferroviaria y fluvial.

Comunicación

Egipto es, dentro del mundo árabe, uno de los mayores proveedores de productos audiovisuales, prensa y otros medios impresos. Al-Ahram es el más antiguo y conocido periódico egipcio y se edita bajo el paraguas del Gobierno. Los diarios de corte islamista o izquierdista están bajo sospecha y algunos de ellos han pasado a imprimirse en el extranjero para escapar al control gubernamental.

La televisión egipcia, de propiedad estatal, ofrece tres canales generales y seis regionales y un servicio internacional de difusión a través del sistema de satélites Nilesat. La televisión pública tiene la competencia de las antenas parabólicas, que invaden los tejados de las viviendas egipcias ofreciendo programación internacional.

El servicio de telefonía está bastante desarrollado. Existen más de ocho millones de líneas fijas, mientras que los teléfonos móviles superan los 83 millones. Por su parte, Internet es utilizado por unos veinte millones de usuarios.

Administración y política

División territorial, forma de gobierno y partidos políticos

Egipto es desde el año 1952 una república organizada territorialmente en 26 gobernaciones o muhafazat, que agrupan a los distritos (markaz) y concejos (qariya).

La República Árabe de Egipto (nombre oficial del país) se define como «un estado socialista y democrático», que tiene al islam por religión y al árabe como lengua. La máxima autoridad de la nación es el presidente, en quien reside el mando supremo de las Fuerzas Armadas y la autoridad para convocar consultas en asuntos de importancia o para imponer leyes de emergencia. El poder ejecutivo se completa con un primer ministro y un gabinete nombrados por el presidente. Éste, por su parte, es elegido por la Asamblea Popular y refrendado en consulta pública y obligatoria para mayores de 18 años.

La Constitución de 1971, modificada en diversos aspectos en 1980, fue sustituida por un nuevo texto constitucional aprobado en referéndum en diciembre de 2012. No obstante, esta Constitución fue suspendida desde el 3 de julio de 2013 por el régimen militar que se había hecho con el poder tras un golpe de Estado.

El poder legislativo es bicameral. La Asamblea Popular o Majlis al-Shab se compone de al menos 350 asientos, elegidos por sufragio universal cada cinco años según la Constitución de 2012. La otra cámara, Majlis al-Shura, es meramente consultiva y está formada por al menos 150 escaños.

El máximo órgano del poder judicial es la Suprema Corte Constitucional, establecida en El Cairo, que vela por la constitucionalidad de las leyes. El Consejo Supremo de Justicia es el encargado de administrar todos los organismos judiciales. Existen juzgados de distrito, de primera instancia, cortes de apelación y una corte de casación, así como cortes especiales para dictaminar en cuestiones militares y de orden público. Los Ministerios de Interior y Seguridad Pública ejercen un estricto control de fronteras y visados y hay un responsable gubernamental para la administración de prisiones y la policía turística. Una ley de emergencia vigente desde 1958 autoriza al sistema judicial a mantener arrestados a sospechosos sin cargos; asimismo, el ministro del Interior puede hacer revisar el proceso en caso de dictamen favorable para el detenido. Esta ley ha sido ampliamente utilizada por el Gobierno para detener a islamistas y otros opositores políticos. En los comienzos de la primera década del siglo XXI había en las cárceles egipcias unos quince mil presos políticos, principalmente de los grupos Gamaa Islamiya y los Hermanos Musulmanes. Por otro lado, el Gobierno ha sido denunciado por las organizaciones de defensa de los derechos humanos por no condenar la extendida práctica de la mutilación genital femenina y por diversos casos de persecución de homosexuales, y ha tenido que afrontar acusaciones de tortura en comisarías y cárceles.

Además del cuerpo de seguridad, las Fuerzas Armadas desempeñan un importante papel en la vida social. Los oficiales disfrutan de privilegios para asegurar su lealtad al régimen, mientras que el servicio militar obligatorio, con una duración de tres años, garantiza el abastecimiento de tropas. El gasto militar supone un 3,5 % de los presupuestos del Estado.

Los principales partidos políticos egipcios son la Alianza Democrática para Egipto; la Alianza para Egipto (Bloque Islámico); el Nuevo Partido Wafd, de corte nacionalista, con el diario al-Wafd como órgano de difusión; y el Bloque Egipcio. La formación de los Hermanos Musulmanes, proscrita durante décadas en Egipto y legalizada a raíz de los cambios políticos de 2011 en torno al Partido Libertad y Justicia, fue nuevamente prohibida por el régimen militar instaurado en Egipto en 2013.

Servicios del Estado

Los esfuerzos en materia de educación, salud y vivienda no han conseguido paliar las necesidades de amplias capas de la población. En materia educativa se ha logrado una amplia escolarización en los primeros niveles y la integración general de la mujer en el sistema. La formación secundaria y universitaria está garantizada para los mejores alumnos a través de numerosos institutos especializados y centros superiores de enseñanza. Las universidades de El Cairo, Alejandría y Asiut son los centros de enseñanza superior más importantes. Las madrasas (escuelas coránicas) de las mezquitas de Egipto poseen además una gran reputación dentro del mundo musulmán como lugar de aprendizaje de las enseñanzas del profeta. Destaca entre todas ellas la mezquita cairota de El-Azhar, que forma desde hace siglos a futuros imanes e intérpretes de la ley islámica de todo el mundo.

Los mayores problemas en materia de salud se relacionan con enfermedades causadas por la contaminación de las aguas y la falta de medidas de higiene. No obstante, se ha conseguido extender los servicios de atención sanitaria a las zonas rurales, erradicar la malaria y vacunar a gran parte de la población contra otras enfermedades. El país cuenta con 120.000 camas en los hospitales públicos y 20.000 en los privados; el número de médicos y personal sanitario también aumenta a buen ritmo.

El problema social más acuciante es el de la vivienda, tanto en las ciudades, donde la llegada de emigrantes del campo agrava la situación, como en las zonas rurales, en las que sus habitantes construyen sus propias casas con los materiales disponibles.

Historia

Periodo protodinástico

La civilización del antiguo Egipto se desarrolló a lo largo de más de tres mil años. Para tan extenso periodo de tiempo, los historiadores han establecido una cronología basada en la sucesión de dinastías reales. Así, se conocen treinta familias entre el 3150 a.C. y el 332 a.C., año de la conquista helenística. Los avatares políticos dividen asimismo la historia del Egipto faraónico en tres periodos diferenciados conocidos como Imperio Antiguo, Imperio Medio e Imperio Nuevo.

Antes de la primera dinastía, la actividad humana en territorio egipcio está documentada desde el Paleolítico inferior. Entre el 25000 y el 10000 a.C. comenzaron a desaparecer las amplias sabanas del norte de África y se aceleró el proceso de desertización del Sahara, región habitada hasta entonces por pueblos cazadores y recolectores. Éstos emprendieron un proceso migratorio desde el oeste y el sur hacia el valle del Nilo en pequeños grupos y durante varios milenios. De esta época se han encontrado piezas de pesca y herramientas de avanzada técnica. Las primeras evidencias de la práctica de la agricultura en diferentes puntos del valle del Nilo datan de alrededor del 5000 a.C. Se trata de túmulos funerarios descubiertos en diversos puntos del país: en la zona del delta, cerca de El Cairo (Fayum, Merimda), y en las inmediaciones de Luxor. Estos enterramientos parecen corresponder a grupos de campesinos sin diferenciación social. Algo más tarde, a principios del IV milenio a.C., una nueva cultura, conocida como Nagada (en la que se diferencian dos fases, Nagada I y II), parece haber experimentado cierta expansión, surgiendo algunas ciudades-estado en el área del delta y en Abydos.

Imperio Antiguo

La primera etapa del Imperio Antiguo se conoce como época tinita, término derivado del nombre de la capital, Tinis, donde se sitúa tradicionalmente el nacimiento de la historia egipcia. Allí se encuentran las tumbas reales de las dos primeras dinastías. El legendario rey Menes, que algunas interpretaciones identifican como el rey Narmer, unió el Alto y el Bajo Egipto y fundó la ciudad de Menfis. Egipto aparece ya como un territorio centralizado en el que se emplea la escritura y existe una administración burocrática. En esta época, Egipto había extendido su influencia en Palestina, en donde había entablado relaciones comerciales para abastecerse madera, y por el sur había conseguido penetrar hasta la segunda catarata del Nilo.

Durante la III dinastía, del 2650 al 2575 a.C., Abydos continuó siendo un centro urbano importante, pero Menfis adquirió la categoría de corte real. Muy cerca, en el mayor complejo funerario construido en Egipto, Saqqara, se halla la pirámide escalonada del rey Zoser, primera de toda una serie de colosales monumentos funerarios en piedra. Junto a ella se encuentra la mastaba (tumba) del arquitecto Imhotep, quien construyó la pirámide y cuya fama le convirtió en un dios más del panteón egipcio. El propio faraón estaba ya investido como la encarnación del dios halcón Horus e hijo del dios sol Ra. A estas facultades divinas se unía la protección de las dos diosas del Alto y Bajo Egipto.

La IV dinastía es la de mayor esplendor del Imperio Antiguo. Para entonces, el territorio estaba ya organizado bajo una rígida jerarquía en la que los nomos (provincias), administrados por delegados locales denominados nomarcas, se encontraban bajo supervisión del poder faraónico. La escritura jeroglífica aparece ya de forma generalizada inscrita en estelas (placas conmemorativas), estatuas y edificios. En la estela de Palermo se narra la expedición militar sobre la Baja Nubia, al norte de la segunda catarata del Nilo, pero no hay constancia de asentamientos permanentes en la zona.

Detalle de escritura jeroglífica.

Bajo los reinados de la IV dinastía, el fenómeno de la construcción de las pirámides adquirió su máximo esplendor. El fundador de la dinastía, Snefru, erigió al menos dos en Dashur (pirámide romboidal y pirámide roja). Pero fue su hijo, el faraón Keops, quien mandó construir la pirámide más grande, una de las siete maravillas del mundo antiguo. A este complejo funerario se unieron más tarde las pirámides ligeramente más pequeñas de Kefrén y Micerino. La centralización del Estado llegó a un punto en el que todos los recursos económicos y humanos se dirigían a asegurar la vida eterna del faraón. Los campesinos, es decir, la práctica totalidad de la población, contribuyeron con sus impuestos al esfuerzo colectivo y trabajaron en la construcción de las pirámides en los periodos del año en que estaban liberados de las faenas agrícolas. A esta fuerza se unieron los esclavos capturados en las campañas militares.

Pirámides de Keops, Kefrén y Micerino, faraones del Imperio Antiguo (IV dinastía), en la necrópolis de Giza.

Con la siguiente dinastía (2465-2325 a.C.), las relaciones con los pueblos vecinos del imperio permitieron la obtención de materias primas como el incienso y mirra de Etiopía, las maderas del Líbano o la piedra turquesa del Sinaí. La construcción de pirámides continuó en los emplazamientos occidentales del Nilo de Abu Shir y Saqqara. Además, algunos de los monarcas de la V dinastía mostraron una gran devoción al culto solar, construyendo templos para su adoración, que al final de este periodo se acompañaron del culto a Osiris, dios de la muerte.

En el periodo siguiente, dominado por las VI, VII y VIII dinastías (2325-2130 a.C.), se asistió a un proceso de debilitamiento del poder central. Egipto dejó de controlar la Baja Nubia y un creciente número de altos oficiales adquirieron poder local, propiciando la desintegración. Con el fin de la VIII dinastía la capital pasó a Heracleópolis, aunque Menfis siguió manteniendo parte de su esplendor. Al sur, el poder real era sólo nominal; en Tebas, la actual Luxor, apareció una nueva dinastía de gobernantes y el Alto y el Bajo Egipto volvieron a estar divididos. Este hecho marca el fin del Imperio Antiguo y abre el llamado Primer Periodo Intermedio.

Imperio Medio

Los heracliopolitanos (dinastías IX y X) sólo ejercieron el control del Bajo Egipto. En ausencia de una autoridad central, los nobles no directamente emparentados con la realeza adquirieron algunos de sus privilegios, como la preparación para la vida eterna siguiendo el culto osiriaco de la momificación. El faraón Mentuhotep, de la XI dinastía, consiguió desde Tebas gradualmente volver a unificar el territorio reclamando su soberanía sobre el Alto y el Bajo Egipto e inaugurando así el periodo del Imperio Medio (1938-1630 a.C.).

Durante la XII dinastía (1938-1756 a.C.), la llegada a Egipto de oleadas de sirios y palestinos huyendo de la inestabilidad política en Asia provocó cambios sociales en la zona del delta. Algunas de estas comunidades extranjeras adquirieron poder y autonomía hasta conseguir conquistar el trono de Menfis. Este acontecimiento puso fin al Imperio Medio e inauguró el Segundo Periodo Intermedio o de los hicsos (en griego, extranjeros). Los líderes de estos pueblos procedentes de Palestina se presentaron como faraones egipcios y fueron aceptados en gran medida, lo que facilitó el intercambio cultural y la introducción de nuevos cultivos y animales. El dominio hicso supuso la irrupción de Asia Menor en la historia política de los egipcios.

Desde Tebas, donde la resistencia al dominio de los hicsos se mantuvo constante, Ahmosis, el fundador de la XVIII dinastía, logró expulsar a los extranjeros y unificar de nuevo Egipto en torno al 1550 a.C.

Imperio Nuevo

Con el Imperio Nuevo se abrió la época de máximo desarrollo y esplendor de la cultura egipcia, así como el momento de mayor extensión e influencia territorial. Bajo los reinados de Tutmosis I y II, y sobre todo de Tutmosis III, las conquistas alcanzaron hasta la quinta catarata del Nilo; por el este, la frontera debió de situarse muy cerca de Mesopotamia, subyugando a los pueblos de Palestina hasta Byblos y Damasco y haciendo vasallos a los pueblos hititas, asirios y babilonios. En este tiempo la capital fue restablecida en Menfis, en el Bajo Egipto, pero Tebas mantuvo su preponderancia como centro religioso. Los egipcios comerciaban con pueblos del Mediterráneo, como cretenses y fenicios, recibiendo de ellos influencias que fueron incorporadas a su propia cultura.

Con Amenofis IV sobrevino un momento de ruptura con la tradición politeísta de Egipto. El faraón renegó del culto tradicional y se proclamó hijo del disco solar, Atón. Desde entonces, reinó con el nombre de Akenatón, adoptando él y toda su familia un nuevo carácter divino. Entre los cambios, también se cuenta el traslado de la corte a la localidad de Amarna, en el centro de Egipto. En el terreno político, Akenatón hubo de hacer frente a la presión en Siria de los pueblos hititas.

Tras este paréntesis teocrático revolucionario, el faraón Tutankamón restableció el antiguo culto religioso. A partir de este momento, el dios local tebano Amón adquirió la categoría de dios creador en la forma de Amón-Ra, situándose por encima de las otras divinidades asociadas al culto de la preparación para la muerte (como Anubis, Seth, Thot, etc., deidades que aparecen siempre representadas como figuras humanas con cabezas de animal). En el ámbito político y comercial, se intensificaron los contactos con Fenicia, Siria y el Egeo, de donde los egipcios recibieron influencia artística y obtuvieron productos como la plata.

Máscara de oro de Tutankamón, faraón del Imperio Nuevo.

Con las dinastías XIX y XX, el Imperio Nuevo alcanzó el cénit de su esplendor. La saga de los reyes ramesidas, especialmente Ramsés I, II y III, promovió la construcción de nuevos templos dedicados a Amón y a las antiguas divinidades. También se fundaron nuevas ciudades, como Pi-Ramsés (o ciudad-Ramsés), en el este del delta, que tenía un marcado carácter estratégico y de avanzadilla en Asia menor. Ramsés II alcanzó un tratado de paz con los hititas en Siria, aunque la presencia de los “pueblos del mar”, procedentes del Egeo, y la descomposición del Imperio hitita de Qadesh en Siria ocasionaron nuevos conflictos políticos en el Mediterráneo oriental.

El conocimiento que poseían estos pueblos de la producción de hierro atrajo el interés de los faraones para incluirlos en sus ejércitos. Pronto se declararon independientes y acapararon autoridad en el norte del país. La caída en la recaudación tributaria provocó el agotamiento de las arcas del imperio, por lo que una serie de revueltas sociales vinieron a socavar el poder real. En esta situación se produjo el ascenso político de los sumos sacerdotes en los templos tebanos, que establecieron un régimen teocrático en la ciudad basado en el culto a Amón-Ra.

La fase de decadencia

El Tercer Periodo Intermedio (1075-656 a.C.) supuso de nuevo la división del imperio en dos centros de poder: Tanis, nueva población en el delta donde residía la dinastía XXI, y al sur, Tebas, donde la dictadura de la clase sacerdotal en torno al culto de Amón ejercía su control del Alto Egipto. Los reyes de Tanis y de Sais, en el poder hasta el 950 a.C., mantuvieron influencia sobre Palestina y entablaron contactos comerciales con los asirios, que estaban en plena expansión.

Una élite militar procedente de Libia, que había sido introducida en el norte por Ramsés III, se convirtió en clase gobernante desde la XXII hasta la XXVI dinastía. Aunque se preservaron las costumbres egipcias, el imperio entró en una fase de fragmentación feudal y guerras civiles, y la oligarquía se extendió por medio de matrimonios reales con las familias de los sacerdotes de Tebas. Además, en el siglo IX a.C. penetró por el sur el pueblo cusita, de origen nubio. En este tiempo, la presión de los asirios sobre Palestina motivó algunas incursiones militares de los egipcios sin grandes éxitos. Finalmente, en el 662 a.C., el asirio Asurbanipal conquistó la ciudad de Tebas. Incapaz de mantener una fuerza permanente en Egipto, la dinastía saíta intentó hacerse fuerte en el área del delta y negoció con los asirios para que éstos contuvieran a los medos y babilonios procedentes de Asia. Cuando el rey babilonio Nabucodonosor conquistó Jerusalén en el 586 a.C., numerosos israelitas huyeron a Egipto.

El renacimiento saíta estuvo sólo circunscrito al delta del Nilo. Se produjeron algunas innovaciones, como la de la escritura demótica, que empezó a emplearse de forma generalizada en la administración, lo que reservó a la escritura hierática, heredera de la jeroglífica, sólo para la literatura y los ritos fúnebres.

Hacia el 500 a.C. los pueblos persas conquistaron Egipto, dando comienzo a un primer periodo de dominación bajo la XXVII dinastía, cuyos gobernantes fueron Cambises, Darío I, Jerjes y Artajerjes. En la práctica, Egipto quedó como una mera provincia sometida hasta que Darío II murió y se produjo una rebelión en el delta apoyada por los griegos (enemigos de los persas), quienes introdujeron el uso de la moneda. Tras un periodo de independencia que abarcó tres dinastías, de nuevo el empuje de los persas los llevó a reconquistar Egipto durante algunas décadas.

De los Tolomeos al dominio bizantino

Tras conquistar Egipto en el 332 a.C., Alejandro Magno expulsó a los persas y proclamó su fe en las divinidades egipcias. La fundación de Alejandría dotó a Egipto de un relevante puerto de comunicación entre el Mediterráneo y el valle del Nilo; además, la ciudad se erigió en un centro cultural que irradió su esplendor por toda la antigüedad. A la muerte de Alejandro, un general del Ejército macedonio, Tolomeo, se hizo cargo de la administración del país. Sus herederos conformaron una extensa dinastía de más de una veintena de gobernantes en la que fueron frecuentes los matrimonios entre miembros de la propia familia, además de alianzas con los vecinos seléucidas de Siria y con las ciudades griegas. Durante el periodo tolemaico se emprendieron considerables obras hidráulicas en el valle del Nilo (especialmente en Fayum, donde quedó conformada un colonia griega) y se reanudó la construcción de templos por todo el territorio. En el 170 a.C., los seléucidas invadieron Egipto y establecieron en él un protectorado, que pronto entraría en conflicto con la nueva potencia emergente de Roma.

En el siglo I a.C. se asistió a la desaparición de la dinastía tolemaica, que puso fin a la extensa historia de Egipto como imperio. En el año 47 a.C. la reina Cleopatra VII accedió al trono, con grandes ambiciones de extender su prestigio con la ayuda de los militares romanos. El emperador Julio César, en su persecución de Pompeyo por el Mediterráneo, llegó a las costas de Egipto, donde fue agasajado por Cleopatra y permaneció por un tiempo. Fruto de esta relación, Cleopatra tuvo un hijo, al que puso por nombre Cesarión. Tras el asesinato en Roma de Julio César, Egipto trató de mantenerse apartado de los conflictos internos del imperio, aunque la reina acogió entonces en el país al general Marco Antonio, con el que mantuvo un nuevo concubinato en una corte llena de decadencia y lujo. En el ámbito de la lucha por el poder en Roma, Octavio, el nuevo emperador, derrotó a Marco Antonio en el año 31 a.C. en la batalla de Accio y llegó después a Alejandría, donde Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron. Anexionado al Imperio romano como una provincia más, los nuevos gobernantes introdujeron en Egipto reformas administrativas para obtener los máximos beneficios en la recaudación de tributos. Una gran cantidad de trigo cultivado en el Nilo era embarcado en Alejandría rumbo a Roma. Entre las novedades introducidas por los romanos, se cuentan el empleo generalizado de la moneda y la aparición del camello como medio de transporte por las tierras egipcias.

El acontecimiento más importante del periodo romano en Egipto es la expansión del cristianismo a comienzos del siglo II de nuestra era. La creación del Imperio romano de Oriente, su conversión al cristianismo y la fundación de Constantinopla en el año 330 arrebataron a Alejandría su tradicional prestigio en el Mediterráneo. La rivalidad entre ambas ciudades se debía sobre todo a la cuestión religiosa, pues el patriarcado de Alejandría quiso mostrar su independencia respecto a la regla imperial de Bizancio. El Concilio de Calcedonia, en el año 451, supuso la escisión de los cristianos coptos de la doctrina imperial emanada de Constantinopla.

Las invasiones árabe y otomana

Las tribus árabes islamizadas penetraron en Egipto entre los años 639 y 642 con un pequeño ejército de cuatro mil soldados. Los primeros invasores no fueron vistos como tales por la población local. Judíos y cristianos eran respetados por su apego a las Sagradas Escrituras y éstos últimos se veían liberados definitivamente de la ortodoxia cristiana impuesta por Bizancio. Los árabes introdujeron pocas modificaciones en la organización socio-económica de Egipto, excepto la obligatoriedad del pago de impuestos para los no musulmanes. El cristianismo copto continuaría siendo la religión mayoritaria de Egipto hasta el siglo X.

Egipto se convirtió pronto en plataforma de operaciones para las nuevas conquistas árabes por el norte y el sur de África. Hasta el año 868 mantuvo el estatus de provincia del califato abasí dirigido desde Bagdad, con algunos conatos de rebelión y demanda de autonomía. En dicho año, Ahmed ibn Tulun, descendiente de una clase militar turca, fue nombrado por el califa máxima autoridad de Egipto. Con este dirigente, Egipto recuperó parte de la gloria de tiempos pasados, erigiéndose en un pequeño imperio dentro del islam que gestionaba sus propias finanzas y que incluso llegó a tener bajo su control a Siria.

En el año 969, Egipto fue conquistado por las tribus beduinas fatimíes, que establecieron en la ciudadela de el-Fustat, origen de El Cairo, la capital del nuevo califato. Bajo su dominio, la vertiente chiita del islam recibió una intensa propaganda oficial que, sin embargo, no consiguió imponerse a la secta sunní, mayoritaria ya entre los egipcios. No obstante, la construcción de grandes mezquitas y madrasas dotó a Egipto de un prestigio intelectual entre los musulmanes que aún prevalece.

Una serie de rivalidades en el seno del califato debilitó el sistema. En el año 1169, un ejército llegado de Siria, entre cuyos mandos se encontraba el terror de los cruzados en Palestina, Saladino, terminó con el califato fatimí y restableció la lealtad a los abasíes. A pesar de su enemistad con los cruzados, Saladino continuó manteniendo una política tolerante hacia los cristianos egipcios. Con Saladino se abrió camino al poder una nueva dinastía, denominada ayubí. Con ella, Siria pasó una vez más a situarse bajo la influencia de Egipto y se alcanzó un tratado de paz con la cristiandad occidental, que devolvió Jerusalén a los árabes.

Por entonces, una nueva fuerza comenzó a tomar cuerpo entre las filas de los ejércitos: los esclavos de origen turco conocidos como mamelucos alcanzaron prestigio y notoriedad gracias a sus victorias ante los cruzados. Bajo su mandato, en el año 1261 Egipto restableció el califato abasí, cuya capital se ubicó en El Cairo. A pesar de no ser de origen árabe, con la casta de los mamelucos, Egipto experimentó un proceso de arabización e islamización muy acusado. La lengua árabe se convirtió en el medio de comunicación de toda la población, incluso de los no musulmanes, pues su uso reportaba el prestigio social y la ocasión de trabajar en la Administración. Además, a partir de este momento los teólogos musulmanes de Egipto comenzaron a difundir en sus escritos proclamas anticristianas.

En los 264 años de dominio mameluco se sucedieron más de 45 sultanes: a veces arraigaron momentáneamente algunas dinastías, pero lo más común fue el relevo de unas por otras a base de conspiraciones y demostraciones de fuerza. En estas condiciones, sin embargo, varios sultanes se las arreglaron para lograr estabilidad interna y mantener el equilibrio en el extranjero por medio de la acción diplomática o la campaña militar. Su hegemonía se debió en gran parte a la contención que hicieron de los mongoles en Asia, dando asilo en Egipto y Siria a todo el que huía de la devastación.

Acusados de ayudar a los chiitas y a los safávidas apostados en Persia y en el Cáucaso, los mamelucos fueron atacados y derrotados por el sultán otomano Selim I. Hacia 1520, Egipto pasó a ser una provincia más del Imperio otomano dirigida desde Estambul. Sin embargo, los mamelucos continuaron de facto dirigiendo la organización interna de Egipto e incluso desafiando en ocasiones la autoridad de la “Sublime Puerta”. Dos gobernadores egipcios, Alí Bey (1760-1772) y Mohamed Bey (1772-1775), contestaron abiertamente al poder otomano, y provistos de potentes armadas tomaron posesión de Siria. Estambul envió entonces sus naves en 1776 y restableció la situación, aunque poco tiempo después los mamelucos retomaron de nuevo el poder, el cual mantuvieron hasta la invasión de las tropas francesas al mando de Napoleón en 1798.

El periodo colonial

Napoleón Bonaparte contaba con dar un golpe mortal al boyante comercio en Oriente de los británicos al invadir Egipto. Dicha invasión sólo perduró hasta el año 1801, ya que pronto británicos y otomanos hicieron recapitular a la guarnición francesa acantonada en El Cairo. Sin embargo, la breve conquista tendría importantes repercusiones en el futuro del país. A partir de este momento, Egipto pasaba a un primer plano de la escena internacional. Con el ejército revolucionario francés llegaron comisiones de científicos e historiadores ilustrados que después difundieron en Occidente las maravillas de la antigua civilización faraónica, despertando gran interés entre los europeos. Además, el Imperio otomano estrechó el control sobre Egipto para evitar las veleidades de terceras potencias y estableció un virrey protegido por un ejército ocupante en el que sobresalía especialmente un contingente albanés. Estas tropas pronto adquirieron una gran autonomía respecto a los turcos.

Tras un breve periodo de revueltas, el albanés Mohamed Alí usurpó el poder en Egipto, se proclamó pachá y consiguió neutralizar a los mamelucos, enfrascados en sus permanentes rivalidades. Comenzó entonces una política de expansión apoyada en una fuerte presión fiscal sobre sus súbditos. Esta empresa fue posible gracias a una profunda reforma administrativa del Estado y del Ejército, pues Mohamed Alí había tomado conciencia de la necesidad de modernizar sus instituciones. A costa de la presión tributaria sobre la clase campesina egipcia, y con ayuda de asesores militares occidentales, el pachá se dotó de un poderoso ejército. Aunque al principio puso sus tropas al servicio del sultán otomano frente a los intentos de independencia de Grecia y la península arábiga, pronto Mohamed Alí hizo frente a Estambul y ocupó Siria y las ciudades santas de Arabia. En la década de 1820, los egipcios penetraron en el norte de Sudán y fundaron la ciudad de Jartum. Ante este expansionismo, las potencias occidentales decidieron actuar en defensa de los otomanos. Derrotado, Mohamed Alí preservó para él y para sus herederos las riendas del Estado, pero Egipto se vio obligado a abrirse al comercio exterior y a dejar entrar las manufacturas producidas en Occidente.

Los herederos de Mohamed Alí se mostraron en general menos capaces, pero la modernización del estado siguió su curso. Con el concurso de británicos y franceses se implantaron las primeras vías férreas y líneas de telégrafo en Egipto. En 1854 se firmó la concesión a los franceses de la construcción de un canal navegable en el istmo de Suez, que fue inaugurado en 1869. Un nieto de Alí, Ismaíl, emprendió durante su gobierno (1863-1879) importantes reformas urbanísticas de estilo occidental en Alejandría y El Cairo y supervisó los planos de las nuevas ciudades a las puertas del canal: Port Said e Ismailía. Todas estas empresas fueron financiadas por bancos y aseguradoras europeas y su monto llegó a tal volumen que el Estado egipcio se vio finalmente incapacitado para hacerse cargo de su deuda. Este hecho vino a comprometer la economía egipcia y se tradujo a su vez en una mayor injerencia de las potencias europeas.

Vistas terrestre y vía satélite del canal de Suez, que une el mar Rojo con el Mediterráneo.

Vistas terrestre y vía satélite del canal de Suez, que une el mar Rojo con el Mediterráneo.

En este estado de cosas, un grupo de oficiales egipcios hicieron suya la causa de liberar Egipto del yugo extranjero. Liderados por el coronel Ahmed Urabi, los militares nacionalistas se alzaron contra el jedive (título concedido por el sultán de Estambul al gobernador egipcio), obligándole a adoptar reformas constitucionales. Francia y el Reino Unido, alarmados por la interrupción del tráfico en el canal y por el peligro que corrían sus ciudadanos y negocios en Egipto, decidieron intervenir, derrotando a los sublevados en la batalla de Tel el-Khebir (1882) y restableciendo al jedive en su puesto.

Para asegurarse el control del tráfico marítimo por el canal de Suez, los británicos mantuvieron su presencia militar en Egipto de forma permanente. La firma de la Convención de Constantinopla en 1888 estipulaba que el canal habría de mantenerse siempre abierto en situaciones de paz o guerra. La ocupación británica supuso de hecho el fin de la autoridad otomana en Egipto. Otro acuerdo diplomático alcanzado en 1899, tras el enfrentamiento de franceses y británicos en Fashoda (el Nilo Blanco), establecía un condominio anglo-egipcio sobre Sudán, lo que aseguró el control británico del país. La injerencia en los asuntos egipcios incluía medidas para la reconstrucción de la Administración, que desembocaron ocasionalmente en conflictos con los sucesivos Gobiernos egipcios y en el recelo y frustración de la población.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el Imperio otomano y el Reino Unido entraron en conflicto abierto, y la metrópoli europea impuso un protectorado sobre Egipto. La instauración de la ley marcial alimentó la hostilidad y los deseos de independencia de los egipcios, que fueron aglutinándose en torno a un partido nacionalista, llamado Wafd. Tras una serie de revueltas populares y de negociación diplomática, finalmente sobrevino el fin del protectorado y la declaración de independencia el 28 de febrero de 1922. El sultán Fuad pasó a convertirse en rey de Egipto con el nombre de Fuad I. Los británicos mantuvieron ciertas prerrogativas: la seguridad del tráfico marítimo, la protección de los intereses extranjeros en el país y el control de Sudán.

Egipto bajo la monarquía

El nuevo reino quedaba definido como una monarquía constitucional con un Parlamento bicameral elegido por sufragio universal masculino. El partido Wafd, que obtenía la mayoría en todas las convocatorias electorales, veía sin embargo frenadas sus actuaciones por la autoridad real y el intervencionismo británico. La propia división interna del partido llevó a su escisión; ante el clima de inestabilidad política, el rey Fuad gobernó a menudo por decreto.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial se produjo la muerte del rey, al que sucedió su joven hijo Faruk. Tras la invasión de Etiopía por la Italia fascista, Egipto y el Reino Unido establecieron un tratado de defensa mutua en 1936. Durante la contienda, Egipto soportó la presencia de 140.000 soldados británicos, a los que muchos egipcios consideraban como enemigos. La penetración italoalemana en el desierto occidental fue repelida por los británicos en la batalla de el-Alamein. Tras el fin de las hostilidades, el rechazo a la presencia de las tropas extranjeras y al intervencionismo británico en los asuntos de Egipto se convirtió en un clamor que precipitaría los acontecimientos.

Al mismo tiempo, la creación del Estado de Israel llevó al primer plano de la política interna la cuestión de la causa palestina, en la que Egipto se vio directamente involucrado. La derrota egipcia en la primera guerra árabe-israelí (1948) aumentó la desilusión y la inestabilidad, pues, además, la población acusó al Gobierno de corrupción y laxitud en sus deberes. El grupo de los Hermanos Musulmanes, creado en 1928, inició una campaña de acciones terroristas que culminó en el asesinato del primer ministro.

La proclamación de la república

Bajo un clima de radicalización política, una conspiración militar conocida como de los Oficiales Libres, liderada por el coronel Gamal Abdel Nasser, puso fin a la monarquía en julio de 1952. El régimen de Nasser inició una etapa revolucionaria en la que, a pesar de los profundos cambios sociales y económicos, Egipto se mantuvo estable y experimentó un importante desarrollo. Este panorama sólo se vio empañado por el empeoramiento de la situación en Oriente Medio.

El nuevo sistema, estructurado sobre la base de un marcado nacionalismo, se orientó en los primeros momentos hacia el multipartidismo. Pero tras el intento de asesinato de Nasser por los Hermanos Musulmanes, se estableció un régimen de partido único en torno a la Unión Nacional, respaldada por el Ejército. Los oficiales revolucionarios limpiaron de corrupción el Estado, emprendieron reformas en la agricultura, la administración y la industria y se ocuparon de la educación y la asistencia sanitaria. Influenciado por el socialismo, Nasser privatizó empresas de interés público y favoreció la modernización del país. El símbolo de su etapa de gobierno fue la construcción, en el alto Nilo, de la gran presa de Asuán, que permitió a Egipto asegurar su suministro de agua y energía.

En las relaciones exteriores, Egipto siguió defendiendo la causa palestina. Por ello, fue uno de los principales promotores de la creación de la Liga Árabe, cuyo cuartel general fue establecido en El Cairo. Asimismo, expandió el nacionalismo musulmán con la creación de la República Árabe Unida, entidad política que fusionó por breve tiempo (1958-1961) a Egipto y Siria. Otras cuestiones se convirtieron en prioritarias: Sudán, que alcanzó la independencia en 1956 con la intermediación egipcia; la presencia extranjera en Suez, resuelta por medio de un tratado que estableció la retirada gradual de los soldados británicos de la zona; y las relaciones con Israel y el problema palestino, que entrarían en una nueva fase de enfrentamiento abierto. Este último escollo fue la causa principal del enfriamiento de las relaciones de Egipto con el Reino Unido y los Estados Unidos y el subsiguiente acercamiento a la Unión Soviética, que trataba de introducirse en Oriente Próximo.

La decisión de Nasser de nacionalizar la compañía que administraba el canal de Suez desencadenó una grave tensión internacional durante la guerra fría. Francia y el Reino Unido intervinieron con el fin de salvaguardar sus intereses económicos, apoyados por una fuerza terrestre israelí en respuesta a los ataques sobre su territorio orquestados por los palestinos desde Egipto. La derrota militar egipcia supuso, sin embargo, una victoria diplomática para Nasser. Con la intermediación de las Naciones Unidas, Egipto retuvo el control del canal, mientras que una fuerza internacional de pacificación (UNEF) se establecía en la frontera del Sinaí. De nuevo en 1967 se reavivó el conflicto tras cerrar Egipto la salida al mar a los israelíes por el estrecho de Áqaba, en el mar Rojo. El subsiguiente enfrentamiento, conocido como «guerra de los Seis Días», acabó con la derrota egipcia y la invasión israelí de la península del Sinaí. Nasser murió tres años después dejando el poder a su vicepresidente, Anwar al-Sadat.

En 1973, Egipto, apoyado por Siria, desató un ataque sobre Israel: la “guerra de octubre” o del Yom Kipur. Tras la sorpresa inicial, los israelíes contraatacaron con un bombardeo de las defensas egipcias, imponiendo su superioridad militar. La derrota obligó a Sadat a iniciar las negociaciones para detener las hostilidades, con la mediación diplomática de los Estados Unidos. El acuerdo de paz definitivo se firmó en 1979, tras las reuniones de ambas partes en la localidad estadounidense de Camp David. La normalización de las relaciones de Egipto con Israel no incluyó una solución definitiva para la cuestión palestina. En este sentido, los países árabes consideraron la postura egipcia como una claudicación ante los intereses occidentales. Egipto fue apartado de la Liga Árabe, y la sede del organismo se trasladó a Túnez.

A la pérdida del liderazgo en el mundo musulmán se sumó un resentimiento entre las filas opositoras del país, que desembocó en la radicalización de las tendencias islamistas. El acercamiento a occidente favoreció la llegada masiva de capitales, acompañada de una política económica de liberalización y apertura. Las reformas se ampliaron tímidamente a las libertades políticas. Los gama’at islamiya, o movimientos estudiantiles, y los Hermanos Musulmanes fueron autorizados, pero los grupos más radicales pasaron a las armas. El 6 de octubre de 1981, un atentado terrorista perpetrado por militantes de la Yihad Islámica acabó con la vida del presidente Sadat en el curso de un desfile militar.

La presidencia de Egipto pasó a entonces a Hosni Mubarak, quien poco a poco fue efectuando cambios en la política del Estado. En 1982, los israelíes devolvieron a Egipto la península del Sinaí, retenida por los hebreos tras la guerra del Yom Kipur. Durante la invasión iraquí de Kuwait de 1990, Egipto se alineó con la coalición internacional que derrotó al Ejército de Irak. En la última década del siglo XX, el país vivió bajo la amenaza del terrorismo islamista, que se centró sobre todo en minar el turismo (atentados de 1997), la principal fuente de ingresos de la nación. Mubarak fue reelegido por cuarta vez en 1999.

La nueva centuria se estrenó con el estrechamiento de las relaciones egipcio-estadounidenses tras los atentados de Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, la postura del Gobierno de combatir el terrorismo internacional encontró severas críticas entre amplios sectores de la población egipcia, que veían en ella una interferencia estadounidense en los intereses nacionales. La invasión de Irak de 2003 y el persistente problema palestino reavivaron, asimismo, los sentimientos antioccidentales entre muchos ciudadanos egipcios.

En 2005, un nuevo atentado islamista contra intereses turísticos en la localidad de Sharm el Sheik causó la muerte de más de ochenta personas, además de producir cuantiosos daños materiales. Ese mismo año, Mubarak, reelegido al frente de la Nación por quinta vez consecutiva, propició una apertura política, gracias a la cual diversos partidos y candidatos pudieron presentarse a los comicios legislativos.

Durante 2007 los egipcios fueron convocados dos veces a las urnas. En marzo aprobaron por una holgada mayoría una propuesta con varias enmiendas en el texto de la Constitución nacional. En junio se celebraron elecciones parlamentarias. El gobernante Partido Nacional Democrático obtuvo una clara victoria que le reservó una amplia mayoría en el Parlamento.

A lo largo de 2008 se intensificó la persecución política y judicial del grupo de los Hermanos Musulmanes, una organización política de orientación islamista fuertemente asentada en el país. En el mes de abril, 25 de sus principales dirigentes fueron condenados a penas de prisión por un tribunal marcial.

En junio de 2009, Egipto recibió la visita oficial del presidente estadounidense Barack Obama, quien anunció su disposición a estrechar los lazos con su aliado norteafricano. En términos económicos, la nación egipcia mantuvo una tendencia de crecimiento que no se invirtió durante la grave crisis financiera y económica mundial del año 2009. No obstante, este crecimiento se redujo hasta menos del 5 % del producto interno (interior) bruto (PIB) desde los valores superiores al 7 % de años precedentes.

El régimen político imperante en Egipto, bajo la presidencia de Mubarak y con el apoyo del Ejército y de sus aliados estadounidenses, se tambaleó durante 2010. Notables activistas y líderes de la oposición encabezaron manifestaciones que reclamaban un cambio en el sistema. El antiguo responsable de seguridad nuclear de las Naciones Unidas, Mohamed El Baradei, regresó a Egipto para encabezar una candidatura opositora de coalición para las siguientes elecciones.

En enero de 2011, el panorama político egipcio se alteró de forma radical. Una revuelta popular, enmarcada dentro del movimiento conocido como «primavera árabe», tuvo un seguimiento excepcional en las principales ciudades del país, con la plaza Tahrir de El Cairo como centro simbólico de la revolución. Mubarak, en un intento por aplacar las críticas, anunció que renunciaba a presentarse a la reelección y modificó profundamente su gabinete. Asimismo, designó al general Omar Suleimán como nuevo vicepresidente de la república. Suleimán, en negociaciones con los principales jefes del Ejército egipcio, anunció en febrero que Mubarak renunciaba a la presidencia y entregaba el poder al Ejército para iniciar un periodo de transición hacia la democracia.

Tras introducir las reformas constitucionales adecuadas, aprobadas en referéndum en el mes de marzo, se inició el plan que habría de conducir a la convocatoria de unas elecciones en las que participarían representantes de todas las fuerzas políticas del país. Entre tanto, Mubarak y varios de sus familiares fueron detenidos por acusaciones de corrupción, y el partido del ex presidente fue disuelto por orden del Tribunal Supremo de Egipto. Mubarak sería sometido posteriormente a proceso judicial que concluyó con su condena a cadena perpetua por su responsabilidad en la represión de las manifestaciones de enero de 2011, que causó la muerte de más de 800 personas.

Entre tanto, la renuencia de los militares a entregar el poder originó nuevas manifestaciones populares, mientras en varias zonas del país se instigaba la violencia contra la minoría copta. Las fuerzas islamistas, aglutinadas en torno a los Hermanos Musulmanes, adquirieron una presencia creciente en la vida pública del país. En un escenario de violencia e inestabilidad social, finalmente las elecciones parlamentarias se celebraron a finales de 2011. El Partido Libertad y Justicia, de los Hermanos Musulmanes, logró una victoria mayoritaria que le otorgó el 70 % de los escaños. Asimismo, el dirigente de esta formación, Mohamed Morsi, venció por un estrecho margen en las elecciones presidenciales que se celebraron en junio de 2012 y se convirtió en el nuevo jefe del Estado egipcio.

Los cambios en el país se sucedieron vertiginosamente. El nuevo Gobierno ordenó el levantamiento del estado de emergencia que se había prolongado en Egipto desde 1981. El Parlamento elaboró una nueva Constitución, que fue aprobada en referéndum. El Gobierno, encabezado por el primer ministro Hisham Qandil, contaba entre sus filas con un número mayoritario de ministros islamistas y tecnócratas, pero sin representación de figuras políticas relevantes en el seno del laicismo. Estas medidas, y la deriva autoritaria de Morsi, que pretendió investirse de poderes ejecutivos y legislativos extraordinarios, enfrentaron a las autoridades civiles con la cúpula del Ejército y dificultaron la convivencia en el reparto de poderes entre ambos estamentos.

Como respuesta, el presidente Morsi remodeló la jefatura de la organización militar del país y depuso al ministro de Defensa, Tantawi, y al jefe del Estado Mayor, Sami Annan. Como sustituto de Tantawi designó a Abdul Fatah al-Sisi, también comandante en jefe del Ejército. En diciembre de 2012, el Parlamento egipcio, con amplia mayoría islamista, aprobó un borrador de Constitución en el cual se realzaba la importancia del islam en la vida pública egipcia y se limitaban los derechos de manifestación. Esta decisión suscitó protestas entre los sectores laicos de la sociedad egipcia, los partidos de la oposición y los grupos de mujeres. Las protestas y los enfrentamientos callejeros entre partidarios y opositores del Gobierno se hicieron frecuentes en distintos puntos del país. Las violentas manifestaciones terminaron con varias decenas de muertos, mientras la economía egipcia declinaba arrastrada por la inestabilidad política y social.

En junio, en otra prueba de fuerza, el presidente Morsi designó dirigentes regionales para 13 de las 27 gobernadurías de Egipto, que puso en manos de políticos islamistas afines. Esta sucesión de iniciativas llevaron a que Morsi perdiera el apoyo de los jefes militares, entre los cuales, el ministro de Defensa, Al-Sisi, se erigió en principal representante. Al-Sisi instó al presidente a presentar su renuncia al cargo. Tras una reunión en la que obtuvo el respaldo de algunas importantes personalidades del país (Mohamed el-Baradei y otros líderes opositores, el papa copto Teodoro II, el jeque de la mezquita de al-Azhar, Ahmed al-Tayeb), en julio de 2013, Al-Sisi ordenó la destitución de Morsi. El presidente depuesto fue detenido y confinado en instalaciones militares, mientras Adly Mansour fue investido como presidente interino de Egipto.

Los Hermanos Musulmanes llamaron a sus seguidores a manifestarse multitudinariamente contra el golpe de Estado. Se sucedieron jornadas de profusa violencia, con varios centenares de muertos. El nuevo Gobierno, sustentado por el Ejército, ordenó el estado de excepción, reprimió duramente los disturbios y detuvo a los principales dirigentes de los Hermanos Musulmanes.

La situación egipcia tuvo importantes consecuencias en la política regional. Egipto, un aliado tradicional de los Estados Unidos que había suscrito un histórico acuerdo de paz con la vecina Israel, era fundamental para mantener un equilibrio en la zona. Así, la pérdida de influencia de la nación egipcia en la Liga Árabe dificultó los avances hacia la resolución del conflicto en los territorios palestinos e impidió que Egipto interviniera de forma decisoria en las reuniones internacionales que buscaban una solución para poner fin a la guerra civil en Siria.

El año 2014 se inició en Egipto con la aprobación de una nueva constitución, redactada a instancias del gobierno interino. El texto constitucional fue votado en referéndum y aprobado con un bajo nivel de participación (cercano al 39 %) y una abrumadora mayoría de apoyo entre los electores (el 98 %). Dicho texto introducía entre sus artículos la prohibición de todos aquellos partidos que basaran su programa político en la religión. Los Hermanos Musulmanes, que habían sido declarados grupo terrorista en diciembre del año anterior, quedaron así proscritos por ley.

Semanas más tarde, Al-Sisi renunció a su condición de jefe de las fuerzas armadas egipcias e hizo pública su intención de concurrir como candidato a las elecciones presidenciales que se celebrarían en el mes de mayo. Los comicios contaron con la oposición de los grupos que habían impulsado la revuelta contra Mubarak y, obviamente, también de los Hermanos Musulmanes. Con una participación ligeramente inferior al 50%, Al-Sisi vio avalada su gestión con el 97 % de los sufragios a su favor.

El Ejecutivo presidido por Al-Sisi mantuvo una política de férreo control interno, con una dura persecución de los opositores, laicos o religiosos. Sólo en 2013 se dictó un millar de condenas de muerte y 23.000 opositores fueron encarcelados. En abril de 2015, el antiguo presidente Morsi fue condenado a veinte años de prisión por incitación a la violencia durante la llamada «revolución egipcia» que lo aupara al poder y por sus responsabilidades en la detención y tortura de manifestantes a lo largo de su mandato presidencial. Un mes más tarde, se dictó contra él una sentencia de muerte bajo la acusación de haber favorecido la masiva fuga de miembros de los Hermanos Musulmanes de la prisión de Wadi el-Natrun en el marco de dicha revuelta popular.

A pesar de la represión de que fueron objeto, los colectivos de inspiración islamista siguieron muy activos en los primeros años de la presidencia de Al-Sisi. El grupo armado Ansar Beit al-Maqdis, asentado en el Sinaí, hizo pública su alianza con el autodenominado Ejército Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) presente en territorio sirio e iraquí y uno de los principales actores de la guerra en Siria. La península del Sinaí fue objeto de varios ataques yihadistas, como el lanzado por el ISIS en julio de 2015.

Especialmente grave fue, en el mes de octubre de ese año, el atentado contra un avión comercial ruso que había despegado del aeropuerto de Sham el-Sheikh y que estalló en el aire por el estallido de un artefacto explosivo. La tripulación del aparato y sus 224 pasajeros, en su mayor parte de nacionalidad rusa, perdieron la vida en el ataque, que fue reivindicado por la rama egipcia del ISIS. El asesinato del fiscal general Hisham Barakat y otras tres personas en junio de 2015 y los asaltos cometidos contra objetivos en Giza y varios lugares de interés turístico acentuaron la inestabilidad interna en Egipto y fueron contestados por el Gobierno con amplias medidas represivas.

En mayo de 2016 se produjo otro accidente aéreo que afectó a un vuelo de la aerolínea egipcia EgyptAir. El avión había despegado del aeropuerto internacional de El Cairo con destino París, pero se estrelló en el mar Mediterráneo a unos 290 km al norte de Alejandría. Perdieron la vida sus 66 ocupantes. Aunque se barajaron diversas hipótesis acerca del siniestro, entre ellas la de un atentado con bomba a bordo, varios meses después del mismo los equipos de investigación no habían logrado determinar la causa del accidente.

En política exterior, la desestabilización en Libia, Siria e Iraq y la prolongación del conflicto palestino-israelí reforzaron la importancia estratégica de Egipto en la zona. El ejército egipcio lanzó en febrero de 2015 un ataque aéreo contra las posiciones del Estado Islámico en el este de Libia, al tiempo que reclamaba el amparo de las Naciones Unidas para reforzar la legitimidad de su actuación. En este marco, la acción del Ejecutivo de Al-Sisi mantuvo una línea de continuidad con la ejercida por Mubarak durante su largo periodo al frente de la jefatura del Estado. La alianza estratégica con los Estados Unidos y el apoyo militar y diplomático recibido de este país se consolidaron como elemento central del desarrollo nacional.

En este sentido, el Gobierno de Al-Sisi logró cierto grado de estabilidad interna que permitió impulsar mejoras económicas consideradas imprescindibles para la modernización del país. Sin embargo, su gestión política se enfrentó a la oposición tácita de extensos sectores sociales, que no veían mejorar su calidad de vida y se mostraban afines a los principios defendidos por los Hermanos Musulmanes.

Al-Sisi fue reelegido para un segundo mandato en marzo de 2018 y vio reforzado su poder cuando, un año más tarde, una reforma constitucional aprobada en referéndum permitió que pudiera volverse a presentar en elecciones sucesivas por periodos de seis años. La reforma fortalecía la autoridad del presidente y le dotaba de autoridad para el nombramiento de los consejos judiciales.

En junio de 2019, el ex presidente egipcio Mohamed Morsi, en prisión desde 2013, falleció poco después de haber sufrido un desvanecimiento durante su declaración en una de las vistas judiciales en que se hallaba inmerso. Las autoridades sanitarias egipcias atribuyeron el deceso a causas naturales (un ataque cardiaco), mientras desde las Naciones Unidas se instaba a investigar las condiciones de su permanencia en prisión y las circunstancias del tratamiento médico que debería haber recibido. Entre tanto, en el país se mantenía una situación social de conflicto, ante la actividad clandestina y desestabilizadora de miembros del Estado Islámico y otras formaciones islamistas que denunciaban la ilegitimidad del Gobierno egipcio.

Sociedad y cultura

Ciencia y tecnología

En la época de los faraones no existía la ciencia como disciplina diferenciada. Sin embargo, la observación de los fenómenos naturales llevó a los egipcios a adquirir un gran conocimiento de su entorno y a dotarse de un saber que, sin poderlo disociar de sus creencias religiosas, fue muy avanzado en su momento. Así, descubrieron que las estrellas realizaban un giro completo en 365 días y crearon un calendario según ese ciclo. Alcanzaron asimismo importantes conocimientos en la aritmética y la geometría, y disponían de sistemas de medidas que aplicaron a la construcción de las pirámides. En el campo de la medicina, la práctica del embalsamamiento hizo de los egipcios unos grandes conocedores de la anatomía humana y la cirugía.

En el periodo alejandrino se lograron importantes avances en el terreno de las matemáticas (Euclides, Hiparco), la física (Arquímedes), la geografía (Eratóstenes) y la medicina (Galeno de Pérgamo).

En la época musulmana, la riqueza de la corte fatimí se caracterizó por la tolerancia hacia las ciencias de la antigüedad, lo que permitiría un considerable desarrollo de disciplinas como las matemáticas, la medicina o la astronomía.

Literatura

Entre los antiguos textos egipcios se cuentan obras de gran belleza que ensalzan la gloria y las virtudes de las divinidades. Los textos de las pirámides y de los sarcófagos recogen las oraciones para que el ka o alma del difunto alcance la vida eterna. De estos escritos, el más conocido es el Libro de los muertos, que aparece en el Imperio Nuevo y contiene todo el compendio de la religión de Osiris. Otras obras legendarias son Enseñanzas para el rey Merikare, Lamentaciones de un campesino elocuente y Diálogo de un desesperado con su alma.

En época tolemaica, la mítica biblioteca de Alejandría reunió una colección de más de 500.000 papiros que incluían toda la tradición escrita de la antigüedad. Los más importantes poetas del periodo helenístico fueron Teócrito, Calímaco y Apolonio de Rodas.

La mayor parte de la literatura árabe está escrita en prosa, teniendo como modelo de referencia estilística el Corán, que está redactado en un tipo de prosa rimada conocida como saj. Los escritores Abd al-Rahman al-Jabarti y Alí Pasha Mubarak escribieron en el siglo XIX sendas crónicas de la historia de Egipto en las que aparece la confrontación entre Oriente y Occidente, un tema recurrente en la literatura nacional. La novela de corte histórico, inspirada a menudo en la época faraónica, fue un género cultivado en la pasada centuria por figuras como Taha Husayn. La aparición de la prensa supuso un importante desarrollo del ensayo. De las letras egipcias, un nombre que brilla con luz propia es el de Naguib Mahfuz, Premio Nobel de Literatura de 1988, cuyas obras reflejan, entre otras inquietudes, el desencanto por las promesas no cumplidas tras la revolución de 1952. La libertad de expresión se ha visto a veces limitada por la censura gubernamental y la crítica de las autoridades religiosas. El extremismo islámico se llevó la vida del secularista Faraj Fawda y trató asimismo de asesinar al propio Mahfuz. Con todo, la ciudad de El Cairo es el mayor centro de publicaciones de todo Oriente Medio.

Artes plásticas

El arte faraónico expresa los hábitos mentales y las creencias religiosas de los antiguos egipcios. Así, el orden y el rigor geométrico presentes tanto en la arquitectura como en la escultura y el relieve son el reflejo de una organización social y política jerarquizada e inmutable. La monumentalidad y el fin propagandístico son también características de un arte puesto al servicio del poder y la religión, en el que el propio artista no tiene ningún protagonismo ni libertad en la ejecución de la obra. Por otro lado, es un arte que capta con gran aproximación la naturaleza, de la que extrae su propia simbología, como queda plasmado en los jeroglíficos, donde palabra e imagen forman un todo.

A principios del III milenio a.C., los cánones de la representación ya se habían establecido como modelos que se repetirían con escasos cambios durante todas las épocas del imperio. En la pintura y el relieve, cada parte de la figura humana se representaba desde su ángulo más reconocible; el rostro aparece de perfil pero no así el ojo, que se muestra de frente. El torso y los hombros vistos de manera frontal resaltan el poder divino y la autoridad, mientras que las piernas, de perfil y en movimiento, imprimen dinamismo. En el mismo sentido, el tamaño de las figuras expresa su rango; los dioses o reyes siempre tienen una escala mayor que el séquito o los hijos de los personajes principales.

Un realismo majestuoso, sereno y atemporal aparece en las esculturas y pinturas de las tumbas del Imperio Antiguo. Aparte de las numerosas efigies de faraones dotadas de gran solemnidad, se esculpieron otras muchas estatuas, sobre todo en piedra y madera, con incrustaciones de cristal de roca en las cuencas de los ojos y profusamente pintadas en colores brillantes que las dotaban de gran vivacidad. En ellas, las líneas de la figura humana se suavizan y el cuerpo adquiere una consistencia carnal (estatuas como las de los esposos Rahotep y Nofret o la de Ka-Aper, más conocido como Alcalde del pueblo, ambas en el Museo Egipcio, o el escriba sentado, del Museo del Louvre). Estas obras no estaban realizadas para ser expuestas, sino que eran introducidas en las tumbas y formaban parte de un rito funerario destinado a favorecer la llegada del alma del difunto a la otra “orilla” en el viaje de la barca solar desde Oriente hasta Occidente. De ahí la disposición exacta de las pirámides siguiendo la dirección de los cuatro puntos cardinales. Las tumbas, al principio, eran construcciones que reproducían la casa en vida del difunto, con muros en talud sobre un pozo que daba a una cripta. Más tarde, durante los tiempos de la IV dinastía, estas construcciones, denominadas mastabas, se superpondrían escalonadamente en forma piramidal. En esta época, la construcción de las pirámides alcanzó la perfección, como atestiguan numerosos ejemplos en Giza, Saqqara y otros emplazamientos. Aunque de menor tamaño, las pirámides y templos funerarios de las dinastías posteriores adquirieron gran calidad técnica. En Saqqara, los enterramientos pertenecientes a reinas, príncipes y altos funcionarios de la corte están profusamente decorados en su interior con bajorrelieves policromados de gran belleza.

Durante el Imperio Medio, y sobre todo el Nuevo, la arquitectura funeraria dejó de ser la única que se construía en piedra, y los templos de ofrenda a los dioses, que hasta entonces se habían levantado con adobe, comenzaron a dotarse de obeliscos y grandes columnas. La tipología de soportes es muy variada atendiendo a sus capiteles: campaniformes, palmiformes, lotiformes, con la cabeza de la diosa Hathor (o hatóricos), etc. El relieve, la pintura y la escritura jeroglífica alcanzaron entonces un enorme desarrollo para mostrar en las paredes de templos y tumbas la liturgia asociada a las creencias de los antiguos egipcios.

El periodo de herejía del faraón Akenatón durante la primera mitad del Imperio Nuevo supuso también una revolución en el campo de las artes. Incluso para el tallado de las esculturas se establecieron nuevas unidades de medida que dieron como resultado unas piezas de gran estilización, cuyo ejemplo más notable es el busto de la esposa del faraón, la reina Nefertiti, conservado en el Museo Egipcio de Berlín, en el que la nueva iconografía alcanzó todo su desarrollo. Suelos y paredes de los nuevos palacios en Tell el-Amarna se llenaron de pinturas de tipo naturalista.

Busto de la reina Nefertiti, actualmente en el Museo de Egipto, en Berlín. Constituye un magnífico ejemplo de la estilización de la escultura de la primera mitad del Imperio Nuevo.

La vuelta a la ortodoxia y el establecimiento de la sede religiosa del imperio en la ciudad de Tebas dieron un nuevo impulso a la construcción de templos. Los más emblemáticos son el de Luxor y la ciudad-templo de Karnak o de Amón-Ra, que se hallaban unidos por una avenida de esfinges. La disposición del templo es siempre la misma: una entrada flanqueada por grandes pilonos y precedida de obeliscos que da paso a un patio abierto bordeado por un pórtico, detrás del cual se encuentra la sala hipóstila sustentada por gigantescas columnas. Todo el conjunto se encuentra profusamente decorado con relieves policromados y jeroglíficos. Otros grandes templos son el de Deir el-Bahari y Medinet Habu, sitos en la orilla occidental de Luxor, donde también se encuentran los mejores ejemplos de pintura mural en los hipogeos del Valle de los Reyes. Esta tipología de enterramientos, excavados en las montañas para impedir su profanación, ha hecho posible que los pigmentos se encuentren en un buen grado de conservación, permitiendo al espectador captar toda la variedad cromática de las pinturas y los bajorrelieves.

Ruinas del templo de Karnak.

En el periodo tardío de la época faraónica se asistió a una ampliación de los templos existentes y a la construcción de otros nuevos en el delta del Nilo (Tanis, Sais, Bubastis) en los que la influencia persa se hizo patente en algunos elementos arquitectónicos.

Capítulo aparte es el de las artes aplicadas, en las que los egipcios utilizaron los mejores materiales (oro, marfil, piedras preciosas...) y las más elaboradas técnicas y diseños para crear singulares obras de orfebrería, mobiliario y joyas. De este epígrafe destaca el conjunto de piezas hallado en la tumba del faraón Tutankamón.

El arte del periodo helenístico y tolemaico supuso un desarrollo paralelo de los estilos grecorromano y egipcio, pero raramente se produjo una mezcla de ambos en las obras. Los templos siguieron construyéndose según la misma tipología, pero en ellos aparece ya bien diferenciado el sancta sanctorum, como lugar más sagrado, al final de una sucesión de patios y antesalas. De esta época, los más importantes son el de Edfú, Dendera, Kom Ombo y Filae, todos ellos en el alto Nilo. En el arte funerario, sin embargo, sí son más acentuados los cambios estilísticos. Aunque continuó practicándose el embalsamamiento, se introdujo la costumbre romana de poner una máscara funeraria sobre el difunto, sólo que en Egipto se hizo sobre las momias, unas veces en estuco y otras, como en el caso de las máscaras de Fayum, en madera.

La propagación del cristianismo condujo paulatinamente a la extinción de las creencias del antiguo Egipto, por lo que se abandonó para siempre el arte asociado a ellas. El arte cristiano copto tiene una base grecorromana y está elaborado a partir de una simbología muy arcaica que sirvió para la comunicación secreta entre los fieles durante los primeros años de persecución. Sus iglesias y monasterios contienen antiguos iconos de santos y refinados trabajos sobre madera.

El arte islámico de Egipto incluye algunas de las más antiguas mezquitas del mundo musulmán. Sólo en El Cairo se encuentran más de mil, entre las que destacan por su belleza las de Ibn Tulun; la fatimí de el-Azhar, donde se observa una cierta tolerancia con respecto a presupuestos suníes, pues se hace relativamente frecuente el recurso figurativo; y la de Mohamed Alí, de clara influencia turca.

Mezquita de Mohamed Alí (El Cairo), construida entre 1830 y 1848.

Patrimonio cultural

El legado artístico del antiguo Egipto es ingente, por lo que el patrimonio cultural del país es uno de los más importantes y voluminosos del mundo. Buena parte de las obras de arte del Egipto faraónico se encuentran fuera de sus fronteras, expuestas en los mejores museos del planeta. El desarrollo de la egiptología adquirió gran impulso en el siglo XIX, tras el desciframiento de la escritura jeroglífica por el francés Jean François Champollion. Desde entonces, numerosas expediciones internacionales han sacado a la luz infinidad de piezas que han hecho posible reconstruir en gran parte la evolución política y cultural de la era faraónica. El momento cumbre de esta empresa llegó en 1922, cuando el británico Howard Carter descubrió intacto el tesoro de la tumba del faraón Tutankamón.

El conjunto monumental más célebre del país es sin duda el conformado por las tres grandes pirámides de Giza, acompañadas de la enigmática esfinge, los templos funerarios adosados y la barca solar realizada en cedro del Líbano y descubierta en 1954, que atraen a miles de turistas de todo el mundo.

Entre las instituciones museísticas destacadas del país figura en primer lugar por importancia y solera el Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo, que aloja las piezas rescatadas en las diversas excavaciones realizadas por todo el país. En él se expone el tesoro hallado en la tumba de Tutankamon, además de momias, sarcófagos, esculturas, mobiliario, joyas y papiros de todas las épocas del Egipto faraónico. El moderno museo local de Luxor fue construido para preservar los hallazgos realizados en el área de Tebas. Otras colecciones importantes se muestran en los museos Islámico, Copto y de Arte Moderno, todos ellos en El Cairo.

Egipto mantiene estrechas relaciones con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés), organismo que ha contribuido a la creación del Centro de Estudios Nubios, en el Museo Nubio de Asuán, y del Museo de la Civilización Egipcia, en El Cairo. Durante el proceso de la construcción de la presa de Asuán en la década de 1960, la comunidad internacional se alió en una empresa sin precedentes para salvaguardar los importantes monumentos de Abu Simbel, que se localizaban dentro de una zona que iba a ser inundada por las aguas. Más recientemente, la UNESCO ha colaborado en la construcción de la nueva Biblioteca de Alejandría, que quedó inaugurada en 2002.

Egipto cuenta con seis enclaves en su territorio catalogados como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Éstos son: el barrio islámico de El Cairo, con sus mezquitas; Abu Mena, en Alejandría, que reúne restos arqueológicos de una ciudad romana y las primeras iglesias cristianas; las tumbas y templos de la antigua Tebas, en Luxor; el yacimiento de Menfis y los campos de pirámides aledaños, como Giza, Saqqara, Abu Shir y Dashur; los monumentos de la Baja Nubia, desde Abu Simbel a la isla de Filae; y el área de Santa Catalina, en la península del Sinaí, que cuenta con un antiguo monasterio ortodoxo.

Fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel.

Artes escénicas y música

Durante los primeros siglos bajo la regla islámica, el teatro egipcio se limitó al ámbito de la mímica, el espectáculo de sombras y las pequeñas representaciones populares. El arte dramático comenzó su desarrollo durante el gobierno de Mohamed Alí en el siglo XIX, en cuya época se construyeron auditorios en El Cairo y Alejandría. El contacto con Occidente propició también la construcción de un teatro de la ópera en la capital, en el que se estrenó en 1871 la obra de Verdi Aida, con motivo de los fastos de la finalización del canal de Suez.

Las melodías faraónicas se han preservado en la liturgia de la Iglesia copta y en los cantos populares de los feyahín (campesinos) y artesanos. Con el islam se ha mantenido una rica cultura musical en la recitación del Corán y a través de una tradición de influencia turca conocida como sufismo. Después, la radio y el cine impulsaron las iniciativas particulares. Los cantantes Umm Khultum, verdadera gloria nacional, Mohamed Abd al-Wahhab y Farid al-Atrash son las más conocidas figuras del siglo XX. Los instrumentos musicales tradicionales en la música egipcia más empleados son el laúd, el nay (una especie de flauta) y la cítara, a los que se incorporó más tarde el violín. Existe en El Cairo un conservatorio de música occidental y tradicional, y muchas compañías egipcias actúan en el país y en el extranjero. Las danzas sufís, en las que los bailarines giran sobre sí mismos sin parar, y las del vientre (permitidas al principio por la religión solamente en bodas y otras celebraciones) fueron muy apreciadas por los soldados británicos durante la ocupación y ahora son las más populares en espectáculos turísticos.

Cinematografía

Egipto es, dentro del mundo musulmán, uno de los mayores productores y exportadores de material audiovisual. En 1934 se crearon los estudios de cine Misr, propiedad del gran grupo egipcio Bank Misr, y con la llegada de la televisión la industria cinematográfica ha adquirido un gran desarrollo, siempre bajo las limitaciones de la censura estatal y el recelo de los musulmanes más conservadores. El productor Yusuf Shahin y el actor Omar Sharif son las figuras más renombradas.

Deportes

El deporte estrella de Egipto es, sin duda, el fútbol, en el que es una potencia regional. En la Copa Africana de Naciones de 2006, organizada en el país, la selección nacional se proclamó campeona. Después del fútbol, el deporte en el que Egipto ha alcanzado mayor nivel es el balonmano, en el que es el mejor combinado de África y una de las selecciones habitualmente presentes en los campeonatos del mundo.