Los frescos de la Capilla Sixtina

    Vista de la bóveda de la Capilla Sixtina.

    Considerada una de las mayores obras maestras del arte y la pintura universal, los Frescos de la Sixtina representan también el mejor ejemplo de fusión entre pintura y arquitectura de la historia hasta ese momento, y el instante de mayor expresividad en la obra pictórica de Miguel Ángel.

    En 1508 el Papa Julio II encargó al artista florentino la decoración con frescos de la bóveda de la estancia más significativa del Vaticano, la capilla Sixtina, lugar donde se celebraban los cónclaves y grandes ceremonias. El conjunto lo realizó Miguel Ángel en relativamente poco tiempo, entre 1508 y 1512.

    El pecado original y la expulsión del Paraíso, uno de los frescos realizados por Miguel Ángel

    Los frescos muestran una sucesión de escenas del Génesis en la bóveda –lo que para Miguel Ángel representa simbólicamente el cielo–, que se encuentra sostenida, en sus laterales, por Profetas y Sibilas. Los desnudos sobre los plintos que enmarcan estas figuras son genios que simbolizan el mundo pagano. Las escenas elegidas del Génesis fueron La creación de los astros, El diluvio universal, El sacrificio de Noé, El pecado original y la expulsión del Paraíso y La creación de Adán.

    De todas las figuras que pintó no puede deducirse un canon. Aunque las formas hercúleas, el dinamismo y la explosión de color son constantes y parecen dar uniformidad a todo el conjunto, cada figura tiene su propia luz y su propia condición de escorzo, como el producido por el codo de la Sibila de Delfos, cuyo precedente formal se puede ver en la Sagrada Familia de 1504. Especial atención merece La Creación de Adán, una obra maestra en sí misma.

    El juicio final, una de las obras maestras de Miguel Ángel.

    El tema fue ejecutado con un método de representación que fingía dos planos de realidad, uno de los cuales es el mismo que el del espectador. Muestra el momento en que Dios decide crear un ser a su imagen, lo que poéticamente podría ser interpretado como una nueva creación de sí mismo. Adán, ya modelado, cobra vida a través de un toque sutil del Padre, que pronto hará que la lánguida mano del hombre cobre vida. Precisamente, parte de la grandeza de esta representación está concentrada en las manos, cuyo poder sugestivo es capaz de resumir por sí solo el misterio de la creación.