Luxor

    Estatua de Ramsés II del templo egipcio de Amón, en Luxor

    La ciudad de Luxor, que se encuentra situada en la orilla este del río Nilo, ocupa hoy gran parte de lo que un día fue la antigua ciudad de Tebas. La fascinación que la historia de aquella fabulosa civilización ha ejercido en los hombres a lo largo de los siglos continúa siendo hoy la fuente de riqueza mayor de Luxor, cuyo foco principal de atracción, 4.500 años después de su construcción, está en la contemplación de las ruinas del colosal templo.

    Esta enigmática civilización, que brotó en las fértiles orillas del Nilo hacia el año 3000 a.C., alcanzó un asombroso grado de conocimientos científicos y técnicos. Sin embargo, su extraordinaria sensibilidad artística se caracteriza por un profundo y misterioso sentimiento religioso que, como las crecidas anuales del Nilo, invadió todas las esferas de la vida y de la muerte.

    El templo de Luxor fue realizado durante el Imperio Nuevo (1580 a.C.) por las Dinastía XVIII y XIX, a las que se les debe la construcción de templos inmensos por encargo de los faraones Amenhotep III y Ramsés II, ávidos de verse rodeados por una corte lujosa. En el exterior, el espectacular espacio contaba con dos estatuas sedentes de Ramsés II, pilonos, dos grandes obeliscos (uno de los cuales fue trasladado a París tras la campaña de Napoleón Bonaparte) y una avenida de esfinges. El interior fue construido prácticamente durante el reinado del faraón Amenhotep III. Se trataba de un patio rodeado de columnas que desembocaban en la sala hipóstila cubierta por un techo de madera pintada, una zona dedicada a los sacerdotes y, por último, la cámara del dios. Otros faraones, desde Akenatón, Tutankamón, Horemheb, Nectanebo I y Alejandro Magno continuaron la tarea de embellecimiento del grandioso recinto con construcciones menores, bajorrelieves y otros cambios en el aspecto decorativo.