Teotihuacán

    Avenida de los Muertos de la ciudad azteca de Teotihuacán

    A cincuenta kilómetros de México D. F. se encuentra la ciudad de Teotihuacán, quizá el centro arqueológico precolombino más importante del país.

    El grandioso sentido del espacio o, lo que es lo mismo, el aspecto urbanístico de la arquitectura es lo que, a primera vista, más llama la atención y sorprende de este enclave. Se trata de un centro ceremonial cuidadosamente planificado en el que se combinan módulos pequeños con grandes construcciones. Atraviesa el espacio una gran avenida central conocida como Calle de los Muertos, en la cual se situaron las tres colosales pirámides: la de la Luna al norte, la del Sol al oeste y la de Quetzalcoatl. El conjunto contaba además con otras plazas, avenidas, plataformas y altares; todo ello impregnado de un espíritu de severa austeridad.

    El centro ceremonial es sólo una parte del recinto que ocupaba la ciudad, que llegó a tener un perímetro de treinta kilómetros cuadrados y una población en torno al medio millón de habitantes. El Instituto Nacional de Antropología e Historia de México ha llevado a cabo el peso de las excavaciones, y en marcha está lo que será un estudio revelador sobre lo que fue el mapa de Teotihuacán.

    La arquitectura del recinto ceremonial constituye, en cierto modo, una escenografía para acompañar el rito religioso. Por lo reducido de las dependencias interiores, los edificios parecen haber sido proyectados para ser contemplados sólo por fuera. Son telones de piedra levantados con la intención de sobrecoger a un pueblo que concedía a sus dioses el conocimiento misterioso de las cosas del universo entero.

    Según la referencia recogida por el profesor fray Bernardino de Sahagún de los príncipes aztecas, Teotihuacán había sido el escenario de la reunión de los dioses para establecer la secuencia de las noches y los días. Ahí estaba el origen mítico de las pirámides del Sol y de la Luna. Más tarde el recinto fue adoptado como cementerio real y, por último, los aztecas lo consideraron lugar sagrado, construyendo la Ciudadela y el templo de Quetzalcoatl.

    Lo que parece evidente es que el corazón de Teotihuacán estaba constituido por su arquitectura. La pintura y la escultura son muestras de expresión artística supeditadas a esta disciplina. Hay ejemplos de un ensamblaje perfecto de lo funcional con lo decorativo, como en el templo de Quetzalcoatl, en la Ciudadela, o en el palacio de Quetzalpapalotl en el caso de la fusión entre relieve y arquitectura.

    La representación escultórica, que es simbólica y naturalista a un tiempo, conoció su momento de esplendor en el llamado periodo Miccaotli; está representado por dos piezas monumentales: Chalchiuhtlicue y Tlaloc, ambas ligadas al bloque, sólidas, estáticas. El gran estudioso del recinto de Teotihuacan, P. Westheim, los considera como entes abstractos, y es precisamente esa abstracción lo que las convierte en divinidades.

    Otras piezas características de la cultura que se desarrolló en Teotihuacán lo constituyen las máscaras de piedra. Ligadas al culto a los muertos, se encargaban de representar a los antepasados que acompañaban al difunto en su tránsito hacia la vida eterna. Se empleaban piedras semipreciosas como el ónice o los jades y, a veces, se trabajaban con incrustaciones como la que atesora el Museo de Antropología de México, una máscara con turquesas, nácar y conchas rojas. Las máscaras nunca tuvieron como fin retratar a los muertos; la máscara no era retrato, era un concepto.

    En contraste con la escultura, la pintura mural se caracterizó por el movimiento y la vivacidad. Aplicaban los colores siguiendo una técnica similar a la del temple. Aplicaban como base una preparación de cal mezclada con arena de cuarzo, lo que proporcionaba una intensidad brillante a los colores, rojo y verde predominantemente. Entre los fragmentos descubiertos destaca el Tlalocan o Paraíso de Tlaloc. Se trata de una descripción del paraíso del dios de la lluvia al que no todos los muertos conseguían llegar. Los que perdían la vida en la guerra iban al sol; y la gran mayoría de las almas de los habitantes de Teotihuacán se desvanecía a los cuatro años de morir. Eran el resto las que vivían eternamente en el paraíso del dios de la lluvia. Cuatro jarras contenían los cuatro tipos de lluvia posibles: la beneficiosa, que era la que producía el maíz; la que arrasaba las cosechas; la que creaba moho y las pudría; y la que helaba los campos y los quemaba. Cuando alguna de las jarras se rompía, su caída era oída desde la tierra en forma de rayos y truenos.

    Por lo que respecta a la cerámica, existe una tradición muy antigua de interesantes figurillas de barro.