Tiahuanaco

    Tiahuanaco es una cultura americana preincaica que se desarrolló en la orilla boliviana de la cuenca del lago Titicaca. En torno al siglo VIII a.C. aparecieron los primeros vestigios, y hacia el siglo XII estaba prácticamente extinguida. La palabra proviene de la lengua aymara y significa “piedra parada, piedra centro”. El foco principal fue la ciudad de Tiahuanaco que, con una vida organizada sobre la base de una economía de pastores y agricultores, a 3.900 metros de altura, en un paraje desolado donde parece imposible que pueda brotar nada, constituyó un foco ceremonial considerado por los peregrinos el centro del universo.

    En su momento de mayor apogeo, a pesar de la hostilidad geográfica circundante, extendió su área de influencia por el sur de Perú, aproximándose por la costa a la cultura Nazca, pueblo agrícola que logró florecer gracias a su habilidad para aprovechar las aguas de los ríos que bajaban de los Andes; por el interior llegó hasta la cultura Wari o Huari. Hacia el norte, alcanzó el valle de Cajamarca y a la costera Lambayeque. En los Andes centrales, la costa está formada por una estrecha tira de desiertos interrumpida por fértiles valles que surgen en las desembocaduras de los ríos. En el interior, los focos de civilización se alternan entre valles y altiplanicies.

    En Tiahuanaco, la organización política y social se basó en un poder teocrático que desde los centros urbanos implantó su dominio político y religioso por gran parte del sur del Perú, el norte de Chile y parte de Bolivia. La divinidad principal era el dios de los Báculos, también venerado por la cultura Wari o Huari.

    Los historiadores y arqueólogos no se han puesto de acuerdo a la hora de establecer los orígenes de la cultura de Tiahuanaco. Parece que se hallan lazos de conexión con la cultura Chavín de Huántar, un centro ceremonial enclavado en la Cordillera Blanca peruana, que se desarrolló entre los siglos X al II a.C. y de la que existen muestras escultóricas consideradas de las más importantes de América del Sur. Los yacimientos hablan de un conjunto complicado de plataformas, galerías, plazas, patios, obeliscos y templos de grandes losas cuadradas, con muros de aparejo de sillería con cabezas empotradas semejantes a los de Tiahuanaco.

    Las construcciones arquitectónicas de esta cultura comprenden una serie de edificios colosales levantados con enormes bloques de basalto y arenisca. Se conservan seis conjuntos, el mayor de los cuales, situado en el centro de la ciudad, se conoce como Kalassasaya, una plataforma gigantesca a la que se accede por seis escalones megalíticos. Destaca sobre todos ellos el monolito conocido como la Puerta del Sol, una entrada monumental decorada con relieves. Se trata de una pieza lítica de tres metros de altura orientada hacia occidente. En el friso superior del gran dintel de la puerta, en el centro exacto, aparece una figura de cabeza coronada que porta un báculo en cada mano. A derecha e izquierda, el relieve se completa con una serie de personajes antropomorfos, medio hombres medio pájaros, que miran al dios de los Báculos situado en el centro. Otra construcción importante es un templo, en parte subterráneo, en el que aparecen los sillares en los que se intercalan cabezas empotradas como los de Chavín de Huántar. En este recinto se encuentra también un colosal menhir conocido como la Estela Bennett, una mole de piedra profusamente decorada con seres antropomorfos, cóndores y felinos, que sostiene en una mano un vaso y, en la otra, como olifante, una concha marina.

    Tiahuanaco mantuvo una industria próspera de tejido y cerámica, y alcanzó un gran dominio en la industria metalúrgica; prueba de ello son los objetos encontrados en los yacimientos con muestras de aleaciones de plata, cobre y oro, así como trabajos finos de orfebrería.

    Garcilaso de la Vega “el Inca”, en el siglo XVI, describió de la siguiente manera la antigua ciudad de Tiahuanaco:

    “La obra más admirable del país es una colina o, si se quiere, un montículo de mano de hombre tan alto, que cuesta esfuerzo el creerlo. Los indios, que parecen haber querido imitar la naturaleza en la estructura de este monte, habíanle puesto como cimientos grandes masas de piedra muy bien ligadas para impedir que estas prodigiosas terrazas colocadas unas sobre otras no se deslizasen y desplomasen, aunque se ignora con qué designio hicieron esta maravillosa edificación.”