Bien

    Al igual que sucede con el concepto de mal, el concepto de bien debe ser comprendido dentro de dos esferas bien determinadas: la del ámbito de la ontología, en el que aparece el bien metafísico; y la del ámbito subjetivo, del que resulta el bien subjetivo.

    Desde un punto de vista metafísico, el bien encuentra en la teoría de las ideas de Platón su expresión más perfecta y definitiva. Para el pensador ateniense, el bien se corresponde con aquello que hace que haya ser, además de con aquello que hace que lo que es sea inteligible, se pueda conocer.

    Como narra una de las metáforas más célebres de Platón, el bien se asemeja al sol, que hace que las cosas existan y se puedan ver, se puedan inteligir. Más tarde, los neoplatónicos hicieron uso de esta metáfora para hacer coincidir a Dios con el bien. Más tarde, la Escolástica siguió hablando del concepto de bien en estos términos, aunque uniéndolos a la teoría del conocimiento de Aristóteles. De esta manera dieron lugar, sin pretenderlo, a un Dios intelectualizado, semejante a las ideas y a la razón suprema.

    De la forma de concebir al bien como emanación y encarnación del mismo Dios se sigue otra de las ideas elementales del bien metafísico: el bien se identifica con el ser, con lo que hay, con lo que Dios ha creado. Para el pensamiento cristiano, el hecho de que exista el mundo es un milagro, y supone además una muestra de la bondad de Dios. Por lo tanto, cada uno de los elementos de la creación y todas las formas de la existencia son buenas por el mero hecho de ser, por el mero hecho de existir. Este pensamiento tan propio del cristianismo, tan puramente platónico, aparece incluso en la última filosofía moderna; como la de Hegel, quien entiende el bien como existencia, como plenitud del Espíritu.

    Por otro lado, el hombre no puede sino desear el bien metafísico, no tiene más remedio que considerarlo como bueno. Esto se debe a que él mismo es parte inteligente de la creación, ya que participa de la naturaleza de Dios, lo que le lleva a apreciar los productos del bien supremo, los entes creados por el creador en su perfección.

    El bien subjetivo, por el contrario, se basa en la identificación de lo bueno a partir del deseo. Esto es: si se desea algo es porque es bueno. Sin embargo, Aristóteles, que fue uno de los primeros pensadores que habló del concepto de bien subjetivo, señala que dentro de todos los bienes debe primar el metafísico, el que se corresponde con Dios y su creación.

    Los estoicos y los hedonistas se adelantaron a Aristóteles y trataron en profundidad el concepto de bien subjetivo mucho antes. Para éstos, el bien se identifica con la apetencia, y es algo personal, que nada debe a las grandes ideas metafísicas ni al orden natural de la realidad. De esta manera, en cierto sentido, estaban creando la primera noción de bien relativo o valor privado, que tanta importancia adquirió en siglos posteriores.

    Como es lógico, durante la edad media el término desapareció en favor del concepto de bien metafísico. Hubo que esperar al Renacimiento para que se volviese a hablar de apetencias personales y deseos privados. Así, Thomas Hobbes retomó la idea, remarcando su carácter subjetivo y su dependencia de los instintos y el placer. Más tarde, Immanuel Kant corrió a matizar el alcance de estas afirmaciones.

    Según Kant, la bondad o maldad de un objeto o hecho cualquiera no se encuentra en las apetencias irracionales, sino en las consideraciones que efectúa la razón a partir de ellas. Como es lógico en un pensador racionalista e ilustrado, no se podía dejar el concepto de bien a merced del relativismo propugnado por Hobbes. Al hablar del consentimiento de la razón, lo que Kant estaba haciendo era universalizar el bien, darle una categoría más aséptica, más limpia, menos mundana y más metafísica.

    Sin embargo, poco después del fin de la modernidad, el concepto de bien empezó a ser sustituido por el de valor. Dentro de las caracterizaciones del valor destaca muy en particular la de Max Scheler, heredero tanto de Kant como de Nietzsche, quien se había desecho de las ideas de bien y de mal hablando de su carácter interesado, completamente profano.