Luna

    Único satélite natural de la Tierra, la Luna resulta singular en varios sentidos. Como segunda luminaria más brillante del firmamento, después del Sol, ha cautivado la imaginación del ser humano desde la más remota antigüedad y ha despertado su curiosidad hasta convertirse en uno de los motivos más representados de la historia de la humanidad.

    En tiempos pasados fue objeto de culto, adorada como divinidad y fuente de numerosas leyendas que llegaron a especular acerca de la existencia de habitantes inteligentes, o selenitas, sobre su suelo. Sus efectos físicos, el influjo gravitatorio que se asocia a su cercanía al planeta, se dejan sentir de forma espectacular en el flujo y reflujo de las mareas. Por otra parte, el ciclo lunar, de unos 27,3 días, no parece ajeno a los ritmos biológicos de los animales, como sucede con el de la fertilidad de las mujeres.

    Actualmente, el estudio científico exhaustivo ha privado al satélite lunar de parte de su misterio. No se han descubierto selenitas, y se ha podido fotografiar y explorar su cara oculta (por un efecto gravitatorio, traslación y rotación lunar siguen un mismo periodo cíclico, con lo que el satélite siempre muestra frente a la Tierra una misma cara). Es además el único cuerpo planetario extraterrestre sobre el que el hombre ha posado su huella; por primera vez, lo hizo el estadounidense Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11, en 1969.

    Con todo, la fascinación que ejerce la Luna no se ha disipado. Aun desentrañando sus misterios y alejando su romanticismo, los avances científicos siguen estimulando la imaginación y se han aventurado proyectos para instalar en el satélite una base permanente como lugar de referencia para proseguir con la exploración espacial.

    Desde un punto de vista astronómico, la Luna es un cuerpo rocoso, de forma aproximadamente esférica, dotado de un núcleo central pequeño y metálico, que orbita alrededor de la Tierra siguiendo una trayectoria elíptica, aunque casi circular. La distancia media al planeta es de 384.000 km, y el radio ecuatorial del satélite se estima en unos 1.740 km. El periodo orbital es ligeramente superior a 27 días.

    La ausencia de un magnetismo intrínseco y la escasa actividad sísmica sugieren que la mayor parte de la actividad interna lunar desapareció hace bastante tiempo. En cambio, la ausencia de atmósfera favorece el bombardeo continuo de meteoritos sobre la superficie lunar. Esta actividad ha dejado su huella en los numerosos cráteres de impacto que se aprecian en la misma.

    Además de estos cráteres, algunos accidentes orográficos destacados de la superficie de la Luna son las cadenas montañosas y las llanuras o mares, que son depresiones profundas del terreno. El mayor de los cráteres lunares se conoce como Bailly, con 295 km de diámetro y casi 4 km de profundidad. El más extenso de los mares es el Mar de las Lluvias (Mare Imbrium), cuyo diámetro supera los 1.000 km. Los sistemas montañosos de máxima altitud se sitúan en las cercanías del polo sur: las cordilleras Leibniz y Doerfel, de unos 6.100 m de altura.

    El tamaño relativo Luna-Tierra, bastante superior al de otros planetas, ha atraído la atención de los científicos. No en vano, la proyección en el cielo de la Luna y el disco solar cubre aproximadamente una misma distancia angular. Ello provoca la aparición de eclipses solares y lunares cuando el sistema Tierra-Luna forma una misma línea con la dirección del Sol.

    La exploración astronáutica de la Luna se inició en la década de 1950 con los programas Luna, de la Unión Soviética, y Surveyor, estadounidense. No obstante, fue la NASA, con su Proyecto Apolo, la que realizó una inversión más cuantiosa y constante en naves tripuladas a la Luna, lo que llevó al alunizaje del Apolo 11 en 1969 y al de otras naves de la serie en los años siguientes. En años posteriores al final de las misiones Apolo decayó el interés astronáutico en la Luna. Ya en la década de 1990, este interés revivió con proyectos como Clementine, Lunar Prospector o SMART-1.