Dorsal oceánica

    Imagen satelital en la que se aprecia la dorsal atlántica.

    Cordillera submarina formada por la llegada a la superficie de la corteza terrestre de materiales fundidos procedentes del manto. Las dorsales oceánicas se conocen también como bordes constructivos de la corteza, puesto que, una vez enfriados, los materiales que de ellas brotan contribuyen a la formación de las placas litosféricas oceánicas.

    El conjunto de las dorsales oceánicas del planeta abarca una extensión de más de 60.000 km. La situada en el océano Pacífico lo recorre de norte a sur, más próxima al continente americano que al asiático, mientras que las de los océanos Atlántico e Índico se ubican en el centro de los mismos. Pueden alcanzar los 2.000 km de anchura y poseen 3 km de altura media.

    Para que una dorsal se forme es necesario que se concentre una importante cantidad de magma en la parte superior del manto terrestre. El aumento de temperatura en la zona provoca un adelgazamiento de la corteza y la aparición de un domo o hinchazón en la superficie, que constituye la base de la dorsal. La unión de varios domos, formando una cadena, da lugar a una dorsal. El aporte de materiales fundidos provoca que los domos se hinchen y terminen por fracturarse en su zona central. Aparece así una fosa tectónica que recorre a lo largo la dorsal y por donde se efectúa el aporte de nuevo magma a la superficie, magma que al solidificarse causa el crecimiento de las placas litosféricas. Confirman este proceso los hechos de que la edad de las rocas del fondo de los océanos aumenta a medida que crece la distancia a las dorsales, a la vez que sucede lo mismo con el espesor de los sedimentos que las cubren.

    La actividad de las dorsales provoca una expansión de los océanos, que crecen a ambos lados de las mismas. Tal expansión alcanza una velocidad de unos 12 cm anuales en el caso del océano Pacífico, de 6 cm en el Índico y de 4,5 en el Atlántico.