Dinosaurio

Tyrannosaurus rex, dinosaurio del período jurásico

Los dinosaurios conforman un grupo de reptiles prehistóricos dominantes en el medio terrestre en la era mesozoica, que se extendió desde hace aproximadamente 225 millones de años hasta hace unos 65 millones de años, tras lo cual se extinguieron.

Etimológicamente el término deriva del griego deinos, grande, temible, y sauroi, lagarto, denominación que se aplicó a los dinosaurios por las gigantescas proporciones que alcanzaron algunos de ellos, considerados como los mayores animales terrestres que han existido.

Clasificación de los dinosaurios

Desde el punto de vista taxonómico los dinosaurios forman parte del grupo de reptiles denominado arcosaurios, dentro del cual también se incluyen otras líneas evolutivas de este tipo de animales, como los pterodáctilos, voladores, y los ictiosaurios y plesiosaurios, acuáticos. De hecho, en el imaginario popular estos reptiles también se consideran comúnmente dinosaurios, aunque en el plano sistemático no lo son.

Aunque durante mucho tiempo se creyó que los dinosaurios presentaban un carácter taxonómico uniforme, en realidad se reconocen entre ellos dos grandes órdenes, diferenciados por importantes rasgos evolutivos.

Los saurisquios, o dinosaurios con cadera de reptil, presentaban una cintura pélvica con estructura ósea orientada hacia delante, proyectada en dirección craneal, mientras que los ornitisquios, dinosaurios con cadera de ave, contaban con una disposición de la pelvis proyectada hacia atrás, en sentido caudal. Paradójicamente, fueron los terópodos, suborden de los saurisquios que tenían pies con tres dedos, los que marcarían la línea evolutiva hacia las aves.

Rasgos anatómicos y fisiológicos

Los dinosaurios presentaban una ingente diversidad de formas y tamaños, aunque como rasgos comunes a todos ellos pueden citarse el cuerpo macizo con cabeza proporcionalmente pequeña y cola grande, la columna vertebral firme y ligera y las extremidades posteriores mucho más grandes que las anteriores.

Los saurisquios se caracterizaban por un cuello alargado, la existencia de al menos dos dedos, uno de los cuales podía estar armado con una uña, y cavidades óseas dotadas de sacos aéreos, signo este último antecedente filogenético de las aves. Entre ellos se contaban tanto bípedos como cuadrúpedos, así como carnívoros y herbívoros.

Sus dimensiones podían oscilar entre los 40 o 50 cm del pequeño Compsognathus hasta los gigantescos y feroces terópodos carnívoros, como el Allosaurus, el Gigantosaurus o el Tyrannosaurus, los tres de más de cuatro metros de alto y más de doce de largo.

Entre los terópodos menores se contaban los manirraptores, dotados de un hueso con forma de media luna en las articulaciones de las extremidades anteriores y de afiladas garras. De este grupo formaban parte el Oviraptor y el Velociraptor, ambos cubiertos de plumas y que constituyen el eslabón a partir del cual evolucionaron las aves.

Junto con los terópodos, el otro gran grupo de saurisquios era el de los saurópodos, enormes cuadrúpedos herbívoros, como el Diplodocus, el Brontosaurus o el Argentinosaurus, el mayor de los dinosaurios conocidos hasta la fecha.

Por cuanto respeta a los ornitisquios, eran todos ellos herbívoros y predominantemente cuadrúpedos. Para defenderse de los ataques de los grandes terópodos, desarrollaron órganos acorazados, tanto de defensa como de ataque. Así, el Triceratops, presentaba un anillo acorazado alrededor del cuello y tres grandes cuernos, el Steagosaurus se protegía con grandes placas óseas verticales en el dorso y los nodosáuridos y anquilosáuridos contaban con escudos dorsales dotados de espinas y gruesas escamas córneas.

Una de las adaptaciones más significativas de este gran grupo fue el desarrollo de ciertos rasgos en los dientes y las mandíbulas, que les permitían cortar y masticar con eficacia las plantas de las que se alimentaban. Algunos presentaban dientes que se autoafilaban y potentísimas articulaciones mandibulares.

Evolución del estudio de los dinosaurios

Los primeros trabajos paleontológicos sobre dinosaurios datan de las décadas iniciales del siglo XIX, en las que sobresalieron aportaciones como las de los británicos Edward Hitchcock, quien describió numerosas huellas de los que más tarde se conocerían como dinosaurios y aventuró ya la hipótesis de que podrían ser los ancestros filogenéticos de las aves; o William Buckland, descubridor, en 1819, del primer megalosaurio, integrante de un heterogéneo grupo de grandes dinosaurios carnívoros.

Su compatriota Richard Owen sería quien acuñara, en 1842, el término “dinosaurio” y fue también responsable de las primeras reconstrucciones de estos seres a escala real.

A lo largo de los siglos XIX y XX tuvo lugar una febril actividad paleontológica en busca de nuevas especies de dinosaurios, detectándose áreas especialmente ricas en yacimientos, como China y Mongolia en Asia, el oeste de los Estados Unidos y Canadá, el sur de África, y Sudamérica, en especial, la Argentina.

No obstante, los cinco continentes han sido escenario de hallazgos de este tipo, lo que constituye un argumento de refuerzo de la existencia de la Pangea, el continente único a partir del cual se formaron los actuales por medio de la deriva continental.

En las décadas de 1980 y 1990 la actividad de los paleontólogos “cazadores de dinosaurios” se extendió a la Antártida, donde también se encontraron nuevas especies.

El interés por todos estos hallazgos trascendió el campo de lo meramente científico y suscitó toda una mitología popular en torno a los dinosaurios que, actualmente, se ha visto reflejada en la proliferación de obras literarias y cinematográficas, juegos de computadora y toda una gama de soportes que hacen de los dinosaurios un prototipo temático, de especial aceptación entre el público infantil.

Uno de los grandes enigmas de la historia paleontológica fue el de la causa de la extinción de los dinosaurios a finales del cretácico, hace unos 65 millones de años. Los cambios climáticos, o la regresión de los dinosaurios herbívoros y, en consecuencia, la de los carnívoros que se alimentaban de ellos, son algunos de los argumentos aportados en este sentido.

No obstante, a partir de la década de 1980 adquirió relevancia la teoría postulada por los estadounidenses Luis Walter Álvarez y su hijo Walter, según la cual la extinción se debió al impacto de un gran meteorito en la península mexicana de Yucatán, que hizo desaparecer a los dinosaurios y a la práctica totalidad de los animales de cierto peso. En función de esta tesis, el proyectil celeste habría dado lugar a la elevación de una enorme masa de polvo en suspensión que invadió la atmósfera, impidiendo el desarrollo de la actividad fotosintética, uno de los pilares del desarrollo de vida en nuestro planeta.

En la transición al siglo XX se continuaron sucediendo hallazgos de nuevas especies de dinosaurios, como los ya citados Argentinosaurus y Gigantosaurus, hallados en el Cono Sur americano por el paleontólogo argentino Rodolfo Coria.

Las modernas tendencias en el estudio de los dinosaurios apuntan a la investigación de nuevos datos sobre el comportamiento de estos seres. En este contexto se encuadran, por ejemplo, la deducción de la práctica de canibalismo, a partir de las muestras fósiles de mordeduras registradas en 2003 en un yacimiento paleontológico de Madagascar, o el descubrimiento en 2007 en Montana, en los Estados Unidos, de un dinosaurio perteneciente al género Oryctodromeus, de unos dos metros de alto, en el que se registraron signos de su tendencia a excavar “madrigueras”, rasgo no observado con anterioridad en estos seres.