Comercio electrónico

    Tipo de comercio resultante al aplicar las técnicas informáticas a las transacciones tradicionales, utilizando Internet como vehículo fundamental. Denominado habitualmente por su nombre en inglés e-commerce (electronic commerce), tiene como objetivos, según se deduce de lo dicho, la compraventa de bienes y servicios sin que exista contacto personal entre las dos partes involucradas en la operación.

    El origen remoto de este tipo de relaciones comerciales puede situarse en los Estados Unidos, hacia 1920, con el sistema de ventas por catálogo. En ese momento consistía en hacer llegar al consumidor un folleto con fotografías y explicaciones sobre los productos que se ofertaban. Tuvo gran éxito al permitir el acceso a esos bienes a los habitantes de zonas rurales. Otro paso importante fue la venta directa, propiciada por la implantación de la televisión, que permitía contemplar con absoluto verismo el objeto de la venta, la cual se llevaba a cabo telefónicamente.

    El inicio del comercio electrónico se sitúa hacia 1970, con la aparición de la tecnología EDI (Electronic Data Interchange), utilizada por empresas para intercambiar por vía informática información técnica y documentos contables, como por ejemplo facturas. Vista su eficacia, el desarrollo de Internet propició la aparición de páginas web en las que se ofrecía al consumidor la posibilidad de adquirir artículos a un precio menor del que tenían en las tiendas. Esta reducción del valor de adquisición se debía a que, en la red, el vendedor no precisaba de la estructura inherente a un establecimiento comercial, lo que, evidentemente, reducía costes.

    Otro factor que impulsó de manera notable el comercio electrónico fue la aparición de las tarjetas de crédito, en las que podía cargarse, también de forma electrónica, el importe de la compra que se hubiese efectuado.

    Hay varios criterios para clasificar las diferentes modalidades de comercio electrónico. Una de ellas es distinguir entre modo directo e indirecto. El primero se da cuando todo el proceso, incluida la entrega del bien, se verifica por medios informáticos, y el segundo, cuando hay que recurrir a algún aspecto de los sistemas tradicionales. Un ejemplo del primer caso puede ser la descarga de un determinado programa, previo pago de su importe, y del segundo, la venta de libros. Otras clasificaciones atienden a las partes involucradas en la transacción: empresa-particular, entre particulares, entre empresa o entre gobierno y personas físicas o jurídicas.

    Desde luego, hay bienes y servicios que se prestan más que otros para la venta on line, locución con la que también se designa el comercio electrónico y que significa realizado en Internet y en tiempo real.

    En general, los productos con naturaleza objetiva, como un determinado ordenador, especificado por su marca y las características de sus componentes, un cierto libro, una cámara digital identificada por su modelo, etc., son artículos cuya venta no despierta recelos en el comprador, al estar perfectamente definidos. Sin embargo, resulta casi imposible vender ropa por esta vía. Casi todas las personas, antes de adquirirla, desean probársela.

    Otro tanto sucede con los servicios. La mayoría de las ciudadanos que precisan una consulta legal prefieren relacionarse con su abogado asesor más bien personalmente, que por medios informáticos. Por contra, los adictos a la pornografía encuentran más cómodo y más protector de su intimidad el recurrir a Internet para la obtención de productos de ese tipo.

    Resulta claro que esta nueva actividad comercial presenta indiscutibles ventajas, basadas, fundamentalmente, en un mejor precio, como ya se ha dicho, en la rapidez, en la comodidad y en la ganancia de tiempo. Si deseamos, por ejemplo, un repuesto para una máquina, en lugar de acudir al servicio oficial de la marca, podemos solicitarlo, dando la especificación técnica de la pieza, lo que permitirá, una vez abonada, también electrónicamente, recibirla en nuestro domicilio. Otro tanto puede decirse de la adquisición de billetes de avión, barco, etc.

    Sin embargo, el comercio electrónico también tiene sus sombras. La primera es que, una vez encargado y pagado el producto, cabe la posibilidad de que hayamos sido víctimas de un timo y no lo recibamos nunca; que se halle deteriorado y sea laborioso, cuando no imposible, su sustitución por otro correcto; la dificultad de reintegros económicos cuando el proveedor incumpla plazos, calidades, etc. Desde el punto de vista fiscal, para el Estado puede ser complicado vigilar los pagos de impuestos derivados de las transacciones electrónicas y, finalmente y sin ser exhaustivos en la enumeración, el comprador deja una serie de datos suyos muy personales de los que no sabe qué uso puede hacer el vendedor. Por ello, urge la elaboración, a nivel internacional, de una normativa que regule todos estos aspectos.