Lenguaje literario

El lenguaje es la facultad cognitiva y fisiológica, característica del ser humano, de comunicar pensamientos y sentimientos a través de la palabra. Cuando esa facultad se emplea con fines estéticos y artísticos para crear un texto literario, se habla de lenguaje literario.

El lenguaje humano posee un gran número de funciones dispares: puede servir para mantener una conversación, para dar órdenes, para engañar, para explicar conceptos, para lamentarse, etc. Pero todas estas funciones apuntan a un mismo acto fundamental: el acto comunicativo. A diferencia de otras formas de comunicación menos complejas y desarrolladas, el lenguaje basa su efectividad en la capacidad intrínseca que posee para evocar, hacer presente lo lejano, traer imágenes y fenómenos del pasado o adelantarse al futuro; en definitiva, para traer a la presencia de la mente tanto lo que efectivamente ha sucedido como lo que no ha pasado y puede que nunca suceda. En el seno de todas estas potencialidades comunicativas surge el lenguaje literario. Mientras el lenguaje ordinario se atiene a la comunicación inmediata, sin artificios ni formas rebuscadas, el lenguaje literario indaga en la propia esencia del lenguaje hasta encontrar formas expresivas poco ordinarias, complejas, que atienden a un principio fundamental: la búsqueda de la belleza, de la expresión formal perfecta que muestre adecuadamente lo que el escritor siente o piensa.

El lenguaje literario frente al lenguaje ordinario

El lenguaje literario se basa en unas actitudes y en unas intenciones completamente distintas a las de la vida cotidiana. En efecto, el lenguaje ordinario, el que se emplea para las acciones más comunes como saludar a un amigo, expresar una inquietud o pedir comida en un restaurante, posee una función meramente comunicativa. Se busca hacer llegar al oyente un contenido, un mensaje claro y sencillo. Los signos empleados en este tipo de lenguaje intentan ajustarse dentro de lo posible a los códigos expresivos más habituales, menos innovadores. De lo contrario se correría el riesgo de no conseguir lo que todo lenguaje ordinario busca: la comunicación directa, sencilla y efectiva. Al utilizar este lenguaje, las palabras que se emplean parecen llegar directamente, sin ninguna clase de esfuerzo, a la mente. No se suele reparar en la forma, el sonido y los posibles sentidos equívocos de lo que se dice.

El lenguaje literario, por el contrario, nace de una actitud de extrañamiento. El escritor no maneja la realidad, los objetos y fenómenos que componen la vida ordinaria de una manera común. Establece desde un principio una distancia que vuelve extraño lo que en general resulta completamente normal. Donde una persona que va a lavarse los dientes sólo ve un cepillo de dientes, el escritor puede ver un objeto que le evoca su niñez; donde un viandante sólo ve una biblioteca, un poeta puede ver un palacio lleno de libros.  

La función estética del lenguaje literario

Mientras la función del lenguaje ordinario es práctica, es decir, busca la máxima efectividad en las palabras utilizadas para ejecutar una acción útil, el lenguaje literario busca otro tipo de efectividad: la belleza. Esto es evidente sobre todo en la poesía, donde las palabras evocan formas, sonidos y sentidos que pretenden despertar en el lector la sensación de hallarse ante algo bello.

Sin embargo, esta concepción del lenguaje literario es bastante clásica. Desde el siglo XIX la literatura reconoció la necesidad de dibujar la realidad con todo su dramatismo y sus imperfecciones, encontró un camino expresivo que superaba el ámbito de la belleza para adentrarse en otras múltiples sensaciones. Así, fue habitual en los escritores de la siguiente centuria utilizar el lenguaje literario para plantear conflictos brutales o situaciones banales o escabrosas repletas de fealdad.

También es habitual emplear el lenguaje literario para indagar en la existencia humana, para evocar la fugacidad de la vida o para buscar respuestas a los interrogantes de la muerte.

El estilo

El lenguaje literario se diferencia del ordinario en la voluntad del escritor de dotar a la expresión de un estilo. El estilo es la forma personal que tiene un artista de escribir, pintar, esculpir o hacer un edificio. En el caso del escritor, estilo es el modo en que utiliza las palabras para expresar un contenido concreto.

La gran diferencia que existe entre el estilo del lenguaje literario y las formas comunes del lenguaje ordinario reside en que el literario es autorreferencial. Esto quiere decir que es un lenguaje que se observa a sí mismo, que se vigila, que es consciente de cada una de las palabras empleadas, de su forma, sonido y significado. Por el contrario, el lenguaje ordinario no necesita ser consciente de cómo suenan las palabras que se emplean, en qué orden se disponen o cuáles son todos sus significados posibles.

Por ejemplo, cuando una persona se dirige a un banco para retirar unos ahorros no piensa en la palabra “banco” como un término que significa tanto “caja de ahorros” como “lugar para sentarse”. La acción que va a realizar –retirar el dinero– anula de inmediato los otros significados posibles. Un escritor, sin embargo, puede jugar con los dos sentidos de la palabra y expresar cómo en el banco “descansan” sus ahorros.

Los recursos estilísticos

El estilo busca todos los efectos que se pueden lograr a través de la palabra. Estos recursos estilísticos se pueden resumir en tres grupos: los recursos semánticos juegan con el sentido de las palabras; los recursos fónicos buscan efectos estéticos utilizando los sonidos de las palabras; y los recursos gramaticales logran ritmo y expresividad mediante la alteración de la estructura de las oraciones.