Edafogénesis

La formación de un suelo, o edafogénesis, tiene lugar a través de una serie de pasos. Se inicia con la disgregación de la roca madre por efecto de la meteorización. La lluvia, el viento, el hielo, los seres vivos y el resto de los agentes meteorizantes destruyen la superficie de las rocas, fragmentándola en pequeños trozos.

Se forma así sobre el terreno un manto de alteración, o regolito, lo que constituye la segunda etapa del proceso. Este regolito se compone de partículas minerales de diferentes tamaños y no puede considerarse todavía un suelo.

En la tercera etapa de la edafogénesis comienza la aparición de materia orgánica en el regolito. Los primeros organismos vivos en aparecer son de muy reducido tamaño: bacterias, algas unicelulares y líquenes. Gradualmente se desarrolla una fauna más compleja.

Una vez muertos, los restos de los seres que la componen se incorporan al suelo en formación, lo que permite que se produzcan los fenómenos de putrefacción y fermentación, de gran importancia en esta etapa. Se dice que existe un suelo incipiente cuando la materia mineral del regolito inicial ya se ha combinado con materia orgánica. Este proceso se inicia en la parte superficial de regolito y avanza hacia abajo.

Un suelo puede permanecer en el lugar donde se formó o bien ser transportado hasta otro emplazamiento por la gravedad, el viento, las corrientes de agua u otros agentes. En el primer caso los suelos se denominan autóctonos, y se engendran a partir de la roca in situ, de ese mismo lugar. En el segundo caso se habla de suelos alóctonos o transportados. Tales son, por ejemplo, los que aparecen en las terrazas fluviales, en los depósitos que se forman en los costados de los meandros de los ríos.

Los líquenes se encuentran entre los primeros seres vivos que aparecen durante la edafogénesis.

Factores que condicionan la edafogénesis

La velocidad a la que se produce la formación de un suelo, así como su profundidad y el tipo de suelo resultante, dependen de una serie de factores. Entre ellos destacan los siguientes: tipo de roca madre, clima, actividad orgánica, tiempo y topografía.

Tipo de roca madre

Los fragmentos aportados al suelo por la roca madre constituyen el soporte físico del mismo. Dependiendo del tamaño y la forma de tales fragmentos, el suelo puede ser más o menos compacto.

Además, la composición mineral de los fragmentos condiciona cuál va a ser la textura del suelo, o distribución en tamaños de sus granos. En general, las rocas más apropiadas para la formación de suelo son las que se pueden meteorizar con facilidad, como las areniscas, las pizarras y los basaltos.

El soporte físico del suelo está formado por los fragmentos meteorizados de la roca madre. En la imagen, suelo procedente de areniscas meteorizadas.

Clima

Sin duda el factor de mayor importancia en la edafogénesis es el clima. En casi todas las reacciones químicas que se producen durante la formación de un suelo es necesaria el agua, la cual resulta también crucial para el transporte y distribución de sustancias en el suelo. Por otra parte, las altas temperaturas son beneficiosas para la edafogénesis, dado que favorecen que tengan lugar las reacciones químicas necesarias.

Un ambiente húmedo y templado permite un mayor desarrollo de la flora y la fauna. Además, en tales condiciones, los restos de estos organismos se degradan a gran velocidad, por lo que existe un gran aporte de materia orgánica al suelo. Así pues, la temperatura y el agua son los factores climáticos con mayor influencia en los suelos.

Actividad orgánica

De los organismos que de un modo u otro intervienen en la formación de un suelo, las plantas producen el efecto más destacado. Cuando los vegetales mueren, sus restos se depositan en el suelo e inician un lento proceso de oxidación, cuyo resultado es el humus, un constituyente de gran importancia de los suelos. A medida que la materia vegetal se oxida, se generan ácidos que favorecen la descomposición química de los minerales y dotan a los suelos de un color pardo o negro.

La formación del humus depende en gran medida de la temperatura. En los climas fríos, las bajas temperaturas hacen que el proceso de oxidación sea tan lento que el ritmo de acumulación de restos vegetales es superior al de formación del humus. En otras palabras, el humus no dispone de tiempo para formarse. En los climas cálidos y húmedos, por el contrario, el humus se forma con mucha velocidad. Sin embargo, la gran abundancia de bacterias existente hace que éstas consuman el humus también muy rápidamente, sin permitir que se acumule en gran cantidad.

La putrefacción de restos vegetales influye en la composición química de los suelos.

Tiempo

El plazo necesario para la formación de un suelo es variable, pero siempre corresponde a periodos extensos. En los climas cálidos y húmedos, donde la acumulación de materia orgánica se produce con rapidez, se necesitan unos 200 años para que la edafogénesis llegue a su término. Éste es un caso particular, ya que en general hacen falta varios miles de años para que se forme un suelo.

Se habla de suelos maduros cuando la edafogénesis ha alcanzado un punto en el que el suelo ha dejado de evolucionar y se encuentra en equilibrio con las condiciones ambientales. Por el contrario, los suelos jóvenes, o brutos, se hallan todavía en proceso de formación, sin haber llegado al equilibrio.

Topografía

La inclinación de un terreno, la posición del nivel freático en el mismo o el hecho de que se halle más o menos resguardado de los elementos influyen en la formación de los suelos. La orientación con respecto al Sol, por ejemplo, hace que un suelo retenga más la humedad, como ocurre con los que miran al norte, o bien que sea más seco pero con una mayor variedad de población vegetal, como en los que se orientan al sur.