Ola

    Además de las corrientes y las mareas, el agua de los mares y océanos experimenta otro tipo de desplazamiento, si bien de un alcance menor: las olas. A causa del viento, éstas describen un movimiento en forma de ondulaciones que afecta a la superficie del agua.

    Es importante tener presente que el movimiento de las olas es oscilatorio, y no produce en esencia un desplazamiento horizontal de las moléculas de agua implicadas. Dicho de otro modo, si en una zona con oleaje se abandonara un cuerpo flotante, se podría ver que éste no avanza, sino que realiza un recorrido circular en el plano vertical, movido por las olas pero regresando siempre al punto de partida. Se puede decir que la ola avanza, pero no el agua.

    Para comprender este fenómeno es necesario conocer previamente cuáles son las fuerzas que actúan sobre una partícula de agua. En primer lugar, el agua se encuentra sometida a su propio peso, el cual la empuja hacia abajo. Al mismo tiempo, sobre una partícula de agua actúa la fuerza conjunta de todas las partículas que la rodean, ejercida al chocar éstas contra aquélla. Si la partícula de agua se encuentra en la superficie, esta fuerza conjunta actúa en la dirección vertical y tiende a levantarla, de ahí que se denomine empuje.

    Cuando la partícula de agua está en reposo, su peso y el empuje que experimenta son iguales y se compensan entre sí. Sin embargo, si sobre la partícula en reposo actúa un agente externo que rompe el equilibrio, las dos fuerzas pasarán a estar descompensadas.

    Puede ocurrir que el agente haga que la partícula se eleve. En tal caso, el empuje disminuye, haciéndose menor que el peso, y como consecuencia la partícula desciende. Al bajar gana velocidad, lo que hace que no se detenga en la posición inicial, la de equilibrio, sino que continúe descendiendo. Alcanza así un punto en el que su peso pasa a ser menor que el empuje, lo que la hace empezar a subir. De este modo, la partícula de agua permanecerá subiendo y bajando hasta que su rozamiento con las partículas colindantes le haga perder la energía aportada inicialmente por el agente externo.

    El agente que de modo más habitual actúa sobre la superficie de los océanos es el viento. Junto con el peso y el empuje del agua, el viento hace que se inicie un movimiento que no sólo es de ascenso y descenso, sino que adopta la forma de un rizo. Las partículas de agua trazan circunferencias verticales, de modo que no existe un verdadero desplazamiento.

    El punto donde la ola alcanza su mayor altura recibe la denominación de cresta, mientras que el de la altura mínima es conocido como seno o valle. Los parámetros empleados para caracterizar las olas son: longitud de onda, altura, periodo, empinamiento y velocidad de propagación.

    La longitud de onda es la distancia que separa dos crestas consecutivas. La altura consiste en la diferencia de altitud entre las crestas y los senos. Por su parte, el periodo se define como el tiempo que transcurre entre el paso de dos crestas consecutivas por un mismo lugar. Se llama empinamiento a la relación entre la altura y la longitud de onda. Por último, la velocidad de propagación es aquella a la que avanzan las olas.

    Las olas son el resultado de la acción del viento sobre las aguas.

    Una vez que el viento actúa sobre la superficie del agua y forma las olas, la velocidad de propagación de éstas depende no sólo de la velocidad del viento, sino también de otros factores, como la salinidad y temperatura del agua o su profundidad. La altura normal de una ola es de un séptimo de su longitud de onda. Si crece por encima de este valor, la ola comienza a romper y parte de su energía se consume al formarse turbulencias.

    Cuando las olas se aproximan a las costas, la trayectoria circular de las partículas de agua se ve alterada. Las partículas recorren círculos situados en el plano vertical, pero al disminuir la profundidad la parte inferior de tales círculos choca contra el fondo y la ola se frena. En esta situación, la energía acumulada por las olas durante su desplazamiento se libera rápidamente, formándose rompientes que, independientemente de la dirección de acercamiento de las olas a la costa, son paralelas a ésta.

    Las rompientes pueden ser de diferentes tipos. Las de zambullida son aquéllas en las que la ola gira de manera que su parte superior se mueve con mayor rapidez que la propia ola; en consecuencia, se forma una especie de túnel de agua. En las rompientes reventadas, la espuma cae como una cascada sobre la ladera anterior de la ola. Las colapsadas son las producidas por olas cuyo frente es perpendicular, con la forma de un escalón.

    Por último, las rompientes refluentes son las propias de las olas que alcanzan la orilla sin llegar a romperse. De todas éstas, las de zambullida y las reventadas son las que se dan con mayor frecuencia, mientras que las dos restantes se presentan sólo en zonas resguardadas de las costas o en lagos.

    Formación de olas en el mar.