La historia del español

Cerca de cuatrocientos millones de personas hablan hoy el español o castellano, siendo actualmente el cuarto idioma más empleado en el mundo. El uso del español se distribuye entre países y continentes de muy diversos caracteres y culturas, aunando hasta cierto punto la manera de expresarse de personas de muy distinto origen, pero también respetando y alentando las particularidades culturales de cada uno de estos pueblos. Su historia representa un interesante viaje a través de la vida política, religiosa, social y económica de Europa y América, constituyendo el puente cultural entre dos mundos que intercambian a través del idioma intereses, inquietudes y perspectivas. El español, tal como es concebido actualmente, supone la culminación de un largo proceso histórico que es necesario conocer para valorar el idioma en todas sus dimensiones. Sobre todo ahora, cuando se estrechan los lazos culturales entre los dos continentes debido a los frecuentes fenómenos migratorios.

Origen y evolución del español

El español forma parte de las lenguas romances, es decir, de aquellas que derivan del latín vulgar. Este idioma fue «exportado» a la península ibérica a finales del siglo iii a.C., cuando los ejércitos romanos conquistaron gran parte del levante español. Roma, sin embargo, no se limitó a una simple dominación militar del territorio peninsular, sino que implantó sus formas de gobierno y su cultura, tal y como hizo posteriormente en otros territorios del sur europeo. El latín se convirtió así en un idioma común en todas las regiones mediterráneas de la antigüedad; sólo con el paso del tiempo, cada pueblo iría modificando el latín vulgar para adaptarlo a sus propias características y realidades. Ésta es la razón por la que en Europa abundan tantos idiomas de origen romance como el catalán, el francés o el español: los romanos mantuvieron hasta el siglo v su hegemonía política, cultural, económica y militar sobre una gran parte del continente europeo.

Lenguas romances surgidas del latín.

A partir del siglo iv, se inició lentamente el desmembramiento del Imperio romano, con lo que se rompió la unidad lingüística del sur europeo, desarrollando cada región sus propias variantes idiomáticas. En el caso de la península ibérica, la evolución fue especialmente singular, ya que el latín hablado en Hispania era vulgar, aquel que hablaban los colonizadores, procedentes en su mayoría del sur italiano. Su latín estaba lleno de modismos que nada tenían que ver con las últimas innovaciones lingüísticas que se daban en la capital del imperio y que sí llegaron a otras regiones conquistadas más cercanas a Roma.

A estos modismos se le añadieron distintos vocablos procedentes de las ricas culturas que poblaron la península antes de la llegada de los romanos. La mayoría de lenguas prerromanas se extinguieron a medida que los distintos pueblos españoles se adaptaban a la cultura romana, sobreviviendo solamente el vasco o euskera, un idioma todavía hablado hoy en día en el País Vasco (Euskadi) y que ha aportado algunos vocablos al léxico castellano (como izquierda o pizarra, por ejemplo). Todas estas circunstancias, unidas al hecho de que España era uno de los territorios conquistados más alejados de la capital del imperio, hicieron que se comenzara a forjar el español, que siguió viéndose sujeto a las invasiones de otros pueblos y sus culturas.

Las invasiones germánicas y árabe. En el siglo V, tras la desaparición del Imperio romano de Occidente, España fue invadida por distintas tribus germánicas, también conocidas como «bárbaras». Una de ellas, los visigodos, consiguió hacerse con el control del territorio y, aunque estos invasores rápidamente se adaptaron a la cultura peninsular, adoptando el catolicismo y el latín, también contribuyeron a llenar el incipiente idioma español de formas bárbaras, de elementos extraños. Impusieron sobre todo vocablos relacionados con el trabajo en el campo, como feudo, o con el ámbito militar, como yelmo.

Mucho más importante fue la contribución de los musulmanes, que invadieron la península ibérica en el 711 y permanecieron hasta 1492. A diferencia de sus antecesores, los visigodos, los árabes consiguieron con el transcurrir de los siglos imponer su idioma en los territorios del sur peninsular; en el norte, mientras tanto, fueron evolucionando formas propias de cada región, como fue el caso del gallego o el catalán.

A pesar de esta división y los continuos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes, los idiomas romances fueron adquiriendo diversas palabras del árabe. Esta «absorción» tuvo lugar por dos vías: en primer lugar, las gentes de los reinos cristianos fueron empleando palabras que referían realidades para las que el latín vulgar no tenía respuesta; en segundo lugar, a medida que avanzaba la reconquista, estos reinos fueron englobando entre sus súbditos a gentes que no hablaba ninguna de las formas romances peninsulares sino árabe. Muchos de los vocablos que ellos utilizaban fueron así incorporados a los dialectos latinos medievales.

El nacimiento del español

El español como idioma completamente identificable y autónomo surgió entre los siglos X y XI. Mientras en el norte del país se desarrollaban otras lenguas romances, como el catalán o el gallego, en Castilla, región situada en el centro de la península ibérica, se impuso una particular forma de habla romance: el castellano. Éste comenzó lentamente a desplazar al latín medieval como lenguaje de comunicación escrita tal y como lo demuestra el hecho de que en pleno siglo X, aparecieron las primeras anotaciones en español: las llamadas Glosas emilianenses y las Glosas silenses.

A partir del siglo xi, el castellano y el catalán fueron ganando terreno a idiomas como el gallego, el bable o el aranés, gracias a la pujanza que las coronas de Castilla y Aragón (en la que se englobaba Cataluña) tuvieron sobre el resto de entidades hispánicas.

Durante los siglos xi y xii se modificaron diversos aspectos del idioma aunque sin seguir una norma común o establecida. Esto se puede apreciar en los primeros textos literarios en castellano: el anónimo Cantar de mío Cid, obra épica que marcó el inicio de la tradición literaria española, o los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. Ambos están llenos de incoherencias ortográficas y abundantes dialectalismos, procedentes en su mayoría de la zona burgalesa, corazón por aquel entonces del territorio castellano.

A lo largo del reinado de Alfonso x el Sabio (1252-1284), España atravesó un importante periodo de esplendor cultural. El monarca se rodeó en su corte de artistas, escritores y científicos, cuya labor literaria y de traducción sirvió, entre otras cosas, para terminar de fijar unas reglas ortográficas comunes (modeladas según el habla de Toledo, la nueva «capital» del reino). Asimismo, se produjo una importante incorporación de palabras técnicas procedentes del árabe, debido a la necesidad de crear vocablos castellanos que reflejasen los nuevos conocimientos de astronomía, matemáticas o agricultura que surgían en las traducciones.

Ya a finales de la Edad Media, el español apareció como un idioma ya formado, capaz de unificar lingüísticamente un país y de expresar los sentimientos e ideas de escritores y humanistas. Prueba de ello son las importantes obras del arcipreste de Hita (Libro del buen amor, h. 1330), el infante don Juan Manuel (El conde Lucanor, 1335) o, posteriormente, Elio Antonio de Nebrija (Gramática castellana, 1492) y Fernando de Rojas (La Celestina, h. 1499).

El esplendor cultural coincidió asimismo con un auge económico y militar que llevó al país a buscar otros territorios con los que poder comerciar y aumentar su prestigio. Como resultado de ello se colonizaron primero las Canarias y posteriormente, América, lo que permitió al castellano romper sus fronteras peninsulares y extenderse por el Nuevo Mundo.

El español en el Siglo de Oro. Se conoce como «Siglo de Oro» la etapa de la historia de España en la que se alcanza un mayor esplendor político, económico y cultural. Durante este periodo, que abarca desde el descubrimiento de América hasta mediados o finales del siglo xvii, la lengua española terminó de fijar algunos aspectos relativos a los arcaicismos latinos, es decir, a las palabras en desuso de origen latino, y a la gramática. También en ese momento la lengua comenzó a asentarse en otros países. Se trata además del momento en el que se escribieron algunas de las grandes obras literarias que hicieron del español un idioma universal. Entre éstas cabe destacar los trabajos de Luis de Góngora (Fábula de Polifemo y Galatea, 1613), de Francisco de Quevedo (El buscón, 1626) y la que es considerada como la obra más importante de la historia de la literatura hispana, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605-1615), de Miguel de Cervantes y Saavedra.

En estas obras ya es posible ver algunas de las nuevas incorporaciones al léxico castellano. Por una parte, se añadieron paulatinamente los conocidos como americanismos, esto es, palabras procedentes del Nuevo Mundo que servían para reflejar realidades hasta entonces desconocidas en el mundo castellano: cacao, tabaco, tomate, patata, etc. Del mismo modo, se «importaron» palabras italianas como consecuencia del esplendor renacentista en la península itálica y su influencia en toda Europa; llegaron así vocablos como soneto, novela, etc.

El español en los siglos xviii y xix. Durante el siglo xviii, las letras hispánicas entraron en decadencia, debido en gran parte al fin del mecenazgo cortesano, motivado a su vez por las dificultades económicas de la corona, y a la preponderancia francesa en Europa. De hecho, fue en este siglo cuando se introdujeron numerosos galicismos al castellano (gabinete, funcionario, etc.).

Esta influencia francesa y la expansión de las ideas ilustradas por Europa provocaron que en 1713 se fundase la Real Academia Española con la finalidad de «limpiar, fijar y dar esplendor» –tal y como fija su lema– a la lengua castellana. Fruto de esta actividad académica surgieron el Diccionario de autoridades (1726-1739), la Ortografía (1741), la Gramática (1771).

Su rígida normativa fue sin embargo contraproducente para la evolución del castellano. Los literatos del siglo xix, sobre todo aquellos pertenecientes a la corriente romántica, buscaban un idioma más actual y evocador que el propio del Siglo de Oro, tomado como referencia por los académicos. A esto se le añadía la necesidad de incorporar nuevos tecnicismos así como de aceptar las variantes americanas del español, las cuales por aquel entonces vivían su propia «revolución» gramatical de la mano de gente como el venezolano Andrés Bello (Gramática de la lengua castellana, 1847).

Debido a todo ello, en el siglo xx, la Academia tuvo que abandonar sus ideales restrictivos y aceptar la propia evolución del idioma. Así, ha ido aceptando aquellas palabras extranjeras sin un claro equivalente en el castellano (software) o adaptando otras a una grafía más española (caso de pirsin por el original inglés piercing). Fruto de este compromiso con la flexibilización del idioma castellano nació el Diccionario panhispánico de dudas (2005): éste pretende unificar criterios de una lengua supranacional como el español de acuerdo con la norma que rige el «español culto» pero aceptando la idiosincrasia de las diversas regiones hispanohablantes.

El español en América

El español de América surge de la comunión de dos culturas, de dos continentes que, a través del lenguaje, establecen un proyecto común y solidario que pretende respetar las particularidades de cada cultura. La historia del español en América es también la historia de dos culturas que chocan, se encuentran y se estimulan mutuamente para construir un ideal lingüístico que se mantiene hasta la actualidad.

Esta confluencia de dos mundos culturales se observa en el propio desarrollo del idioma español en América. El castellano no evolucionó de igual forma en todas las partes del continente americano, sino que adoptó un conjunto de peculiaridades según la zona geográfica de la que se tratase. Esto se debe a que el español no llegó de la misma manera a todas las regiones americanas, sino que dependió del origen y estatus de los colonizadores y de las lenguas indígenas con las que tuvo que compartir su espacio geográfico.

Las lenguas indígenas

Cuando los colonizadores españoles llegaron a América se encontraron con unos 170 grupos lingüísticos que debían agrupar en torno a 600 lenguas en total. A pesar de la resistencia de los grupos indígenas a adoptar el idioma de los conquistadores, reticencias a menudo nacidas de la vida urbana del colono y la rural del indígena, muchas de ellas fueron desapareciendo en favor del propio castellano o de otras lenguas precolombinas mayoritarias o con capacidad de perdurar en el tiempo.

El español de América se ha visto enriquecido por la adopción de numerosos términos indígenas y por los continuos contactos con el inglés estadounidense, lo que ha originado el nacimiento del spanglish. En las imágenes, dos indígenas del grupo lingüístico quechua, una de las lenguas que más aportaciones ha realizado al español, y manifestantes portorriqueños con mensajes escritos en español y spanglish.

El español de América se ha visto enriquecido por la adopción de numerosos términos indígenas y por los continuos contactos con el inglés estadounidense, lo que ha originado el nacimiento del spanglish. En las imágenes, dos indígenas del grupo lingüístico quechua, una de las lenguas que más aportaciones ha realizado al español, y manifestantes portorriqueños con mensajes escritos en español y spanglish.

Es difícil hacer un listado con todas las lenguas indígenas con las que se encontraron los españoles cuando llegaron a América, ya que casi no se conservan documentos escritos que sirvan como testigos de las lenguas desparecidas. Las principales, las que conviven actualmente con el español, son el maya, la lengua del Yucatán; el náhuatl, lengua empleada sobre todo en los estados mexicanos; el quechua, que se utiliza en las regiones con un pasado inca, como Ecuador, Perú y Bolivia; el guaraní, la lengua de Paraguay, y el aimará, que es la lengua utilizada en la región que se encuentra entre Perú y Bolivia, junto al lago Titicaca.

Supone un hecho interesante en la historia de las lenguas que España, como país colonizador, incorporase a su idioma muchas palabras de las lenguas amerindias, sobre todo aquellas que fue necesario utilizar para referirse a productos, objetos e ideas que no existían en Europa, como es el caso de canoa, maíz o cacique. Además, debido a la multitud de lenguas existentes, a menudo se incorporaron palabras distintas pero que compartían un mismo significado como son el caso de la arawak o caribeña maní y la mexicana cacahuete.

La lengua de los colonizadores

Hay que tener en cuenta que al pasar mucho tiempo alejados de su país de origen, los colonizadores utilizaban un lenguaje que se distanciaba de las nuevas normas y los nuevos giros estilísticos que se comenzaron a extender en España a partir del Siglo de Oro, época en la que se abandonaron muchos usos y formas arcaicas procedentes del latín vulgar. Por ello aún hoy es posible encontrar formas en el español americano que hace mucho que se dejaron de utilizar en España: es el caso de expresiones como vos, que desapareció hace tiempo del español hablado en España pero que pervive en amplias zonas de Sudamérica, supuestamente debido al origen hidalgo de los colonizadores del Cono Sur.

Por otra parte, hay que tener presente la procedencia de los colonizadores. En su gran mayoría, fueron de origen andaluz lo que, para la mayoría de expertos, vendría a explicar las concordancias entre las particularidades del español hablado en Hispanoamérica (como el seseo) y las de Andalucía. Sin embargo, ciertos territorios americanos, como la región andina, conocieron una mayor colonización por parte de elementos castellanos por lo que los rasgos andaluces son menos apreciables.

Características comunes

A pesar de las particularidades de las distintas regiones hispanohablantes americanas, existe una serie de constantes fonéticas, morfológicas y léxicas que permiten hablar de un español propiamente americano. A la hora de pronunciar, los americanos se caracterizan por disimular o perder la s, además de por el uso del seseo, que consiste en cambiar el sonido c o z por el de la s, como por ejemplo en casique, en lugar de cacique. También por aspirar la j, haciéndola parecer una h fuerte, o la confusión de los sonidos l y r. También es habitual el yeísmo, que consiste en pronunciar el dígrafo ll como si se tratase de una y.

Respecto a las formas sintácticas, es propio de los hispanoamericanos el uso de la forma vos para referirse a , influidos por el trato de cortesía empleado en España en la época de la colonización. También es típico del español americano utilizar el pretérito indefinido (dijo) en lugar del pretérito perfecto (ha dicho).

En cuanto al léxico, es usual en el español de América el empleo de arcaicismos, como frazada, vocablos de lenguas extranjeras o expresiones y recursos especiales como nomás. También es característica la mezcla de palabras indígenas con españolas, como sucede con mexicano, que resulta de la unión náhuatl mexica y el sufijo español -an, que indica procedencia.

Zonas lingüísticas en América

Junto a las características comunes del español americano se pueden encontrar muchas particularidades, debidas a la situación geopolítica de cada región. Así, en la zona del Caribe se emplean palabras de origen africano por la presencia de esclavos negros durante la colonización española; por su parte, los mexicanos incorporan a su léxico un gran número de palabras angloamericanas debido al continuo contacto transfronterizo. Los argentinos, uruguayos y chilenos, por su parte, se caracterizan por introducir en su lengua palabras extranjeras, de origen italiano o alemán, que pertenecen a países que han estado y siguen estando sujetos a continuos movimientos migratorios. En Colombia, por el contrario, son las lenguas indígenas mezcladas con el español las que generan un mayor número de diferencias léxicas, morfosintácticas y fonéticas.

Existen muchas zonas lingüísticas, constituyendo algunas de ellas un misterio, ya que no se poseen los suficientes datos como para incluirlas dentro de una tipología de las lenguas hispanoamericanas. Las más importantes y reconocidas son Mesoamérica, zona que comprende México y el área centroamericana; la zona del Caribe, que incluye Cuba, Puerto Rico o Santo Domingo; la andina, a la que pertenecen Perú o el norte de Chile, y el Cono Sur, que comprende Argentina, Uruguay, el sudeste de Bolivia y el centro y el sur de Chile.

Las particularidades lingüísticas de cada una de las zonas enumeradas se hacen evidentes de manera especial en el léxico. Así, se pueden encontrar palabras que varían diametralmente en su forma de una región a otra. Así, lo que en España se conoce como neumático, en los Andes se le denomina goma, en el Cono Sur, caucho, y en México, llanta. En el ámbito morfosintáctico y fonético también se pueden encontrar diferencias, aunque no tan marcadas como las referidas al vocabulario.

En cualquier caso, nada de esto ha impedido el desarrollo en toda Latinoamérica de una lengua unificada y característica que permite la comunicación y la creación de importantes obras literarias; éstas llegaron incluso a poner de moda el español hablado por los argentinos o los uruguayos entre los españoles. Esto fue posible gracias al denominado boom de la literatura latinoamericana, que incluye a autores como Juan Rulfo (Pedro Páramo, 1955), Julio Cortázar (Rayuela, 1963), Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros, 1962) o Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967), que reflejaron la forma de sentir y de pensar de los latinoamericanos.

El español en España

En España conviven hoy en día cuatro idiomas: el español, considerado lengua oficial del estado por la Constitución de 1978, y otros tres cooficiales que son el gallego, el euskera y el catalán. Asimismo existen otros dialectos que se van perdiendo, como son el bable asturiano o el aranés de los Pirineos. La fijación de la norma castellana, sobre todo a partir de la creación de la Real Academia Española, no supuso en ningún caso la pérdida de las otras lenguas existentes en el territorio español; bien al contrario se consiguió llegar a un bilingüismo que perdura hoy día y que garantiza la idea de unidad nacional y la defensa de las particularidades históricas de cada una de las regiones del territorio español.

El español y las otras lenguas españolas

Tres son las lenguas que cohabitan actualmente con el castellano en España. Sus orígenes son diversos y en la actualidad conviven con el castellano gracias al bilingüismo de sus hablantes.

El vasco. Es una lengua prerrománica de origen incierto, probablemente íbero, que consiguió sobrevivir a las sucesivas conquistas y a los diversos idiomas que penetraron en la península ibérica a lo largo de la historia. En principio fue una lengua de uso rural y poco desarrollada, pero a partir de la década de 1960 se estableció una norma oficial del idioma, desarrollando su protagonismo como signo de identidad del País Vasco. También es empleada en la parte noroccidental de Navarra y en parte del País Vasco francés, aunque en este caso, sólo por una minoría.

Tabla 1. Ejemplos de palabras españolas que varían según el ámbito geográfico.

El catalán. Se trata de una lengua de origen románico, que se habla hoy día en diversas regiones del nordeste y levante del territorio español, entre las que se encuentran Cataluña, las Islas Baleares y la Comunidad Valenciana, donde adopta el nombre de valenciano. Mantiene muchas similitudes con el francés, hasta tal punto que también se habla en algunas regiones del sur de Francia y en Andorra. Fue recuperado como lengua culta a partir del surgimiento del movimiento conocido como Renaixença (Renacimiento), integrado por escritores de la talla de Joan Maragall (Secuencias, 1911) o Narcís Oller (La papallona, 1882).

El gallego. Es una lengua romance que deriva del galaico-portugués, que gozó de gran auge en plena Edad Media hasta que la pujanza del castellano y la independencia portuguesa acabaron por provocar la escisión en gallego y portugués. Se habla en Galicia y en algunas zonas limítrofes. El gallego consiguió una gran popularidad artística gracias a la obra literaria de eminentes poetas y escritores como Rosalía de Castro (Follas novas, 1880).

Aunque el español es el idioma que se habla de forma predominante en España, en las regiones periféricas se utilizan otras lenguas como el catalán, el vasco o el gallego.

Diferencias regionales en el español de España

Dentro del propio castellano peninsular cabe distinguir varias modalidades. Sus diferentes características responden a circunstancias históricas, políticas y culturales.

Centro y norte de España. En la mitad norte de España el castellano se caracteriza por intentar ser fiel a la norma castellana, a su versión más genuina. Se evitan el seseo y el ceceo (cambiar el sonido s por el sonido z), aunque es cada vez más habitual el laísmo, que consiste en el uso erróneo de las formas la y las del pronombre ella para el complemento indirecto. Por ejemplo, en lugar de decir «él le dio a ella un billete», dirían «él la dio a ella un billete». También es usual que, dependiendo de las regiones del norte en las que se hable el castellano, éste aparezca mezclado en lo que a léxico y gramática se refiere con las formas propias de cada lengua autónoma. Así, en Galicia se tiende a mezclar las formas del castellano puro con expresiones del gallego y en Cataluña con las del catalán.

Sur de España. También conocido como español atlántico, se caracteriza por el empleo del seseo y el ceceo, además de por la pronunciación suave, casi ininteligible, de la s cuando ésta aparece al final de la palabra. Por ejemplo, en lugar de pronunciar coches se pronunciaría cocheh. Las evidentes similitudes entre el andaluz y el español americano hacen que los estudiosos de la lengua consideren el español atlántico como el origen de muchas de las formas más características de español que se habla en América.

El español de España en la actualidad

Con el desarrollo de las nuevas tecnologías, y muy especialmente de los medios de comunicación, el español se ha visto sujeto en España a un gran número de innovaciones. Éstas proceden en su mayoría del uso de palabras extranjeras para referirse a los nuevos objetos tecnológicos que han ido llenando la vida de los españoles, como sucede en el caso de Internet y palabras derivadas de su uso como web o mail.

Por otra parte, en los últimos diez años, el fenómeno que más impacto ha tenido sobre el idioma español ha sido el de la inmigración. La llegada de trabajadores latinoamericanos ha supuesto el reencuentro entre el castellano de España y el americano. Se comienzan a reconsiderar los préstamos y las influencias entre ambas lenguas, llegando a plantearse su futuro como un continuo intercambio de ideas y perspectivas lingüísticas. Las familias de inmigrantes, instaladas de manera casi definitiva en España, llevan a sus hijos a las escuelas españolas, donde mezclan e intercambian su cultura y su idioma con las nuevas generaciones de españoles.

Análisis de textos

Glosas emilianenses

Quidam qui en fot mo nacus filius sacerdotis ydolorum... Et ecce repente lueco unus de principibus ejus ueniens adorabit eum. Cui dixit diabolus ¿unde uenis? Et respondit: fui jn alia prouincia et suscitabi lebantai bellum pugna et effusiones bertiziones sanguinum... similiter respondit: jn mare fui et suscitabi lebantaui conmotiones moueturas et submersi trastorne nabes cum omnibus... Et tertius ueniens elo terzero diabolo uenot... jnpugnaui quemdam monacum et uix ueiza feci eum fornicari.

Texto 1: En rojo y en negrita, las llamadas glosas, aclaraciones manuscritas en castellano sobre el texto en latín.

Juan Ruiz, arcipreste de Hita: –Libro del buen amor

Dios Padre, Dios Fijo, Dios Spíritu Santo:

El que naçió de la Virgen, esfuerço nos dé tanto,

que siempre lo loemos en prosa et en canto,

sea de nuestras almas cobertura et manto.

El que fiso el çielo, la tierra, et el mar,

Él me done su graçia, e me quiera alumbrar,

que pueda de cantares un librete rimar,

que los que lo oyeren, puedan solás tomar.

Texto 2: Con el Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, aparece un español ya formado.

Miguel de cervantes: –Don Quijote de la mancha (1605-1615)–

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

Texto 3: Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, una de las grandes obras del Siglo de Oro español.

Diccionario panhispánico de dudas (2005)

respecto. 1. a ese (o este) respecto. → 2.

2. al respecto. Locución adverbial que significa «en relación con esto»: «Tengo un par de ideas en la cabeza al respecto» (Chavarría Rojo [Ur. 2002]). Puede decirse igualmente a este/ese respecto: «¿Qué puedo decirte de nuevo a este respecto?» (Cano Abismo [Col. 1991]). También se usa al respecto de como locución preposicional: «Saqué la impresión de que me consideraba equivocado al respecto del negocio vacuno» (TBallester Filomeno [Esp. 1988]); pero en este caso se prefiere hoy (con) respecto a/de (→ 4).

Texto 4: La necesidad de armonizar las distintas variantes del español ha llevado a la Real Academia Española a flexibilizar algunas normas referentes al vocabulario.