La literatura en su contexto

Las características políticas, sociales y económicas que definen la sociedad en un periodo histórico determinado ejercen una influencia decisiva en los seres humanos que en ella viven. El artista está necesariamente en contacto con dicha sociedad, y el arte transmite un modo de ver el mundo; por ello, la literatura siempre mostrará de algún modo la posición del escritor con respecto a su tiempo.

Así ocurre, obviamente, cuando el autor escribe una obra que hace referencia explícita a la situación social o política que le rodea. Pero sucede incluso aunque el autor no lo pretenda. Cuando el artista está en contra de todo compromiso político o social y su objetivo es «el arte por el arte», el arte en estado puro, también está transmitiendo una determinada forma de ver el mundo, una estética o una filosofía de la vida.

Las circunstancias personales del escritor también forman parte del contexto de la obra literaria. Dentro de la obra de un mismo autor se pueden observar cambios estéticos que se corresponden con cambios vitales del artista. Por tanto, hay ciertos elementos de la biografía de los autores que deben ser tenidos en cuenta por ser relevantes para el estudio de su obra literaria. Entran aquí los condicionantes del autor, es decir, lo que les lleva a escribir una determinada obra y no otra. Hay autores, como los escritores religiosos del medievo europeo, cuya motivación para escribir era únicamente la obligación de educar en la religión y la moral cristiana. Otros, como los juglares y los trovadores humildes, también en la edad media, hacían canciones a cambio de un pequeño donativo o alguna prenda de vestir. Los poetas románticos del siglo xix escribían, en cambio, por el mero placer de dar rienda suelta a su vocación artística. También, en todas las épocas, ha habido escritores que han utilizado la literatura como medio de denuncia de injusticias sociales, lo que les ha llevado a enfrentarse con el poder e incluso al exilio, a la cárcel o, en casos extremos, a pagar su osadía con su propia vida.

Representación de un trovador en la letra capitular de un manuscrito medieval. Trovadores y juglares se encargaron de transmitir oralmente los temas épicos y líricos durante la Edad Media.

Literatura y grupos sociales

En sus inicios, la literatura era necesariamente oral. Era el único medio de transmisión de cuentos, leyendas y canciones populares antes de que la escritura se generalizara. A medida que se fue extendiendo el aprendizaje de la escritura y la lectura entre las clases sociales más poderosas, la literatura se dividió en dos grandes grupos: escrita y oral.

Así comenzó también otra gran división en los tipos de literatura según el público al que estaba destinada: la literatura elevada o culta y la popular, también llamada hoy día «literatura de masas». Es lógico suponer que, en un principio, la literatura escrita correspondía a la literatura culta y la oral era propia de las clases más populares. Esta equivalencia se mantuvo intacta durante siglos, pero con la generalización de la enseñanza de la escritura y el hábito de la lectura comenzó a escribirse también literatura popular.

Literatura popular y literatura de masas

Los términos literatura «popular» o «de masas» podrían parecer algo peyorativos; sin embargo, no tendrían por qué serlo. A lo largo de la historia de la literatura ha habido obras o géneros muy populares con un gran éxito de público y destacados valores literarios, como el teatro en la antigua Grecia y las obras del dramaturgo español Lope de Vega. No obstante, el término se suele aplicar normalmente a obras de poco mérito, como los romances y coplillas de cualquier época, la novela por entregas (también llamada folletín) del siglo xix o subgéneros literarios como las novelas rosa y del Oeste publicadas en el siglo pasado.

Algunos cantantes de música popular han convertido sus textos en auténticos poemas de excelente literatura. El estadounidense Bob Dylan, en la imagen, es uno de ellos.

Mafalda, por ejemplo, son de innegable mérito. En España, el dibujante Antonio Mingote recibió el reconocimiento de los lingüistas al ser elegido miembro de la Real Academia Española. En todo el mundo abundan los ejemplos de poetas y músicos con gran éxito de público cuyas canciones son consideradas excelentes obras literarias. Es el caso de Bob Dylan en inglés, Jacques Brel en francés, Vinicius de Moraes en portugués o Joan Manuel Serrat en español y en catalán.

La periodización literaria

Tradicionalmente, para el estudio de la literatura, al igual que en el resto de las artes, se ha utilizado una división cronológica en bloques temporales de grandes periodos históricos. Los periodos artístico-literarios tradicionales son: antigüedad clásica, Edad Media, Renacimiento, Barroco, neoclasicismo o Ilustración, romanticismo, realismo/naturalismo, modernismo y vanguardias del siglo xx, siendo la pasada centuria, el momento histórico que contempló el mayor número de movimientos artísticos.

Los autores y sus obras se han clasificado en estos bloques o periodos, que a su vez pueden estar divididos en generaciones, escuelas, etc. En cualquier caso, siempre existe una íntima relación de la obra de arte con la época histórica en la que surge, relación que determina la influencia de factores sociales, económicos y políticos en los artistas, que éstos acaban reflejando en sus obras.

La clasificación por periodos, sumamente útil para el estudio a grandes rasgos de ciertas características literarias, presenta, sin embargo, numerosos problemas. En primer lugar, los periodos literarios no son compartimentos estancos, no existe una fecha determinada en la que se pueda decir, por ejemplo, que acaba la literatura medieval y comienza el Renacimiento. Del mismo modo, en España, por ejemplo, el Renacimiento empezó cuando ya estaba muy avanzado en otros lugares, como en Italia. Hay países en los que un movimiento determinado tiene características propias o que duran mucho más que en otros, autores cuyas obras no son fácilmente clasificables en un solo periodo o cuya evolución artística les hace escribir otras con características de movimientos distintos, obras que se adelantan a su tiempo y son precursoras de nuevas estéticas, etc.

Por último, es necesario recordar que una división por periodos literarios siempre es producto de una evolución lineal. En literatura, aunque ciertos elementos se agotan y desaparecen (a veces sólo por un tiempo, ya que luego muchos vuelven a resurgir) y surgen otros nuevos nunca antes considerados, siempre se da una continuidad de ciertas características. Aunque en apariencia los nuevos movimientos artísticos surjan como reacción a los movimientos anteriores, nunca son absolutamente opuestos a ellos. Son, como explicaba el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el resultado de la suma del movimiento anterior más la reacción contra él, es decir, son la síntesis, la unión de las dos formas de ver la realidad y de expresarla de forma artística (cuadro 1).

El contexto clásico

Se considera que la antigüedad clásica abarca toda la historia de la antigua Grecia y Roma, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el siglo V. Las principales obras de la literatura grecolatina proporcionaron un patrón con el que se juzgaron durante siglos todas las obras posteriores en Occidente. Casi todos los géneros literarios, temas, tópicos y figuras literarias fueron creados o utilizados por vez primera en esta época. Hasta el siglo pasado, prácticamente todos los autores conocían muy bien estas obras, y eran para ellos un referente estilístico y temático, hasta tal punto que la calidad de un texto se medía por su semejanza con los patrones clásicos.

Mosaico romano de Virgilio y las Musas, conservado en el tunecino Museo de El Bardo. El autor de La Eneida es una de las mayores figuras de la poesía latina.

La primera manifestación literaria que se conserva de este periodo son los grandes poemas épicos La Ilíada y La Odisea, atribuidos al poeta griego Homero (siglo viii a.C.). Diversos estudiosos consideran que la figura de Homero no existió y que las obras a él atribuidas fueron creadas por uno o varios poetas, que las transmitieron de forma oral. Es posible también que Homero fuera simplemente quien recopilase estos poemas. No obstante, al margen de la cuestión de su autoría, ambos poemas son dos grandes obras de la literatura universal que marcaron la pauta de toda la literatura épica posterior.

Junto con la poesía épica, el otro género fundamental de la literatura griega fue el teatro, cuyos elementos y características principales aún hoy día se conservan. Del teatro griego destacan tres grandes figuras de la tragedia, Esquilo, Sófocles y Eurípides, y el genial cómico Aristófanes.

Aunque posteriormente desglosadas del campo de la literatura, la historia y la filosofía fueron dos actividades creativas excepcionales de la antigua Grecia. Gracias a los textos históricos nos han llegado multitud de datos sobre pueblos antiguos y hechos de armas que, de otro modo, no se hubieran conocido. Los historiadores griegos, entre los que destacan nombres como Herodoto o Estrabón, vincularon en sus obras ciencia y literatura, por lo cual no es difícil encontrar páginas con contenido fantástico o mitológico.

La filosofía griega, por su parte, ha constituido la base de la filosofía occidental. Sus principales representantes fueron Sócrates, del que no se conserva ningún escrito; Platón, discípulo de Sócrates que, además de dar a conocer la obra de su maestro, fue autor de los Diálogos, excepcionales textos filosófico-literarios, y Aristóteles, alumno a su vez de Platón y primer filósofo en escribir una Poética, es decir, un tratado sobre literatura.

En cuanto a la literatura latina, al igual que otros muchos aspectos artísticos y culturales del pueblo romano, es heredera directa de la griega. El Imperio romano, que llegó a abarcar una gran extensión desde la las islas británicas hasta el Próximo Oriente, hizo llegar su idioma y su cultura a todos los rincones de sus dominios. Por tanto, lo que hoy conocemos como literatura latina incluye a autores de muchas regiones de Europa.

La lírica latina está representada por tres grandes figuras: Virgilio, Ovidio y Horacio. El primero es el autor de La Eneida, poema épico que sigue la tradición marcada por Homero. En sus Metamorfosis, Ovidio narra numerosas historias mitológicas que tuvieron una importante repercusión en obras posteriores. Asimismo, las Odas de Horacio influyeron en buena parte de la lírica renacentista.

Dentro de la historiografía romana destacó Tito Livio, quien en su Ab urbe condita –de la que sólo se ha conservado una parte– narra la historia de Roma desde su fundación hasta el año 9 a.C. Por último, también el pensamiento romano legó una notable figura, Marco Tulio Cicerón, autor de numerosos discursos, escritos filosóficos y manuales de retórica.

El contexto medieval

El medievo fue un amplio periodo situado entre el siglo iv –desde la caída del Imperio romano– hasta el siglo xv. Comenzó en Europa con la invasión del territorio antes dominado por los romanos por parte de los pueblos bárbaros, es decir, los pueblos procedentes de Centroeuropa.

El sistema económico, político y social en la Edad Media europea era el feudalismo, en el que los siervos cultivaban los feudos o grandes propiedades de los nobles y de la Iglesia. La sociedad, por tanto, era una sociedad rural, dividida en clases muy definidas: nobleza, clero y campesinos. La nobleza era la clase dominante y disfrutaba de numerosos privilegios. Su función principal era el apoyo a la monarquía, tanto económicamente como participando de forma directa en los numerosos conflictos bélicos de la época. El clero tenía también muchos privilegios y, junto con la nobleza, poseía numerosas riquezas y territorios. Desempeñó un papel fundamental como preservador de la cultura. Los campesinos no poseían ningún derecho, eran los siervos de los terratenientes, a quienes debían pagar impuestos por trabajar en sus tierras. Por encima de todas estas clases estaba el rey, a quienes todos los súbditos debían obediencia y lealtad.

Desde el siglo XI, la burguesía comenzó a consolidarse en las ciudades europeas. A partir de entonces, numerosas miniaturas medievales recogieron las actividades de la emergente clase social.

En el último periodo de esta época, conocido como Baja Edad Media (siglos xi al xv), poco a poco fueron desarrollándose las ciudades, con lo que surgió una nueva clase social: los burgueses (habitantes de los burgos, es decir, las ciudades), dedicados sobre todo al comercio o la artesanía.

Esta sociedad era teocéntrica, es decir, Dios y la religión constituían el centro y el fin de toda actividad humana y la vida terrenal se consideraba un mero paso hacia la vida eterna. Religión y poder político estaban unidos y se creía que el poder del monarca descendía de Dios, que le inspiraba en todos sus actos.

La cultura, como ya se ha comentado, estaba en manos del clero. Los eclesiásticos eran prácticamente los únicos que sabían leer y escribir y transmitían ese saber en las escuelas monásticas. Hasta más o menos el siglo X, casi toda la literatura se escribía aún en latín, lengua de prestigio en toda Europa. Es a partir de esta época en la que comienzan los primeros escritos en otras lenguas.

Las principales manifestaciones literarias escritas de esta época son los poemas épicos, como el francés Chanson de Roland o el español Cantar del Mío Cid, cristalizaciones escritas de las canciones épicas que los trovadores y juglares europeos transmitían oralmente. La literatura oral, por su parte, se nutrió de romances y canciones populares, que más tarde fueron recopilados en romanceros y cancioneros. La religión y la épica se encuentran entre los temas medievales inspiradores de un mayor número de obras.

El contexto renacentista

Varios acontecimientos marcan el final de la Edad Media y el comienzo de la época llamada Renacimiento. Dos de ellos son la invención de la imprenta por parte de Johannes Gutenberg, a mediados del siglo xv, y el descubrimiento de América en 1492. Sin embargo, en Italia, país en el que se originó el Renacimiento, se puede afirmar que éste ya había comenzado una centuria antes en la Florencia del siglo xiv. Este periodo se prolongó aproximadamente hasta finales del siglo xvi.

La invención de la imprenta por Johannes Gutenberg se convirtió en un acontecimiento decisivo para la transmisión de la cultura. En la imagen, ejemplar de la Biblia latina, primer libro impreso en el taller del tipógrafo alemán.

En esta época, el conocimiento deja de ser un privilegio exclusivo del clero. Con el crecimiento de las ciudades, el desarrollo en ellas de las universidades y, en gran medida, gracias a la imprenta, la nueva burguesía culta y parte de la nobleza desarrollan una nueva forma de ver el mundo: el humanismo.

El humanismo, que marca el pensamiento de la época, hunde sus raíces en las obras filosóficas y literarias de la antigüedad clásica, y sustituye la visión teocéntrica del mundo por una antropocéntrica, es decir, aquella en la que el hombre se convierte en el centro del Universo y en la medida de todas las cosas. El objetivo principal de la obra de arte pasa a ser la imitación de las obras clásicas.

Detalle de una página de la edición de 1531 de La Celestina. La obra de Fernando de Rojas constituye uno de los grandes hitos de la literatura renacentista española.

Se impone un modelo ideal de noble renacentista que, además de dedicarse a la guerra, como hacía el noble medieval, cultiva artes como la música, la pintura y la literatura. Algunos de estos nobles actúan como mecenas y acogen en sus ciudades a famosos artistas que reafirman su prestigio y dan gloria a las metrópolis. Un ejemplo singular es la familia florentina de los Médicis, que llevó hasta la ciudad toscana a numerosos artistas, entre ellos el pintor, escultor y arquitecto Miguel Ángel.

Dos de los autores españoles más representativos de la época fueron Fernando de Rojas y Garcilaso de la Vega. Al primero pertenece La Celestina o Tragicomedia de Calixto y Melibea, novela dialogada que presenta rasgos verdaderamente modernos para la época. Garcilaso de la Vega introdujo la métrica italiana en la poesía castellana y sus temas siguen el modelo clásico de los poetas latinos. También es importante resaltar el nacimiento de la novela picaresca con la obra de autor desconocido El Lazarillo de Tormes, que alcanzaría una enorme influencia en la narrativa europea posterior. No obstante, la mayor figura internacional del periodo fue el dramaturgo y poeta inglés William Shakespeare, responsable de algunas de las tragedias más universales (Hamlet, El rey Lear…), así como de excepcionales comedias (El mercader de Venecia).

El contexto barroco

Este periodo artístico se suele situar entre finales del siglo xvi y mediados del xviii. Se caracteriza por una reacción a la rigidez de formas del Renacimiento y al estilo equilibrado preconizado por los renacentistas; en oposición, los artistas barrocos intentan dotar de movimiento y contraste a sus obras.

La iglesia no puede apagar la luz de la Reforma, grabado que satiriza los infructuosos esfuerzos de la ortodoxia católica por acabar con el movimiento liderado por Martín Lutero en el siglo XVI.

En un contexto fuertemente marcado por los acontecimientos políticos y religiosos sucedidos desde mediados del siglo xvi, la reforma protestante de Martín Lutero debilitó a la Iglesia y provocó en los países católicos la reacción conocida como Contrarreforma. En España, país donde más arraigó el Barroco, la época se caracterizó por una profunda crisis que afectó a los ámbitos político, social, económico y militar. Las continuas guerras, los gastos de la corte y la dependencia económica de las riquezas de América llevaron al Estado español a la quiebra económica. Para mantener los privilegios de los nobles y de la corte, las clases medias y bajas de la sociedad se vieron bombardeadas con nuevos impuestos, que acentuaron la pobreza y crearon un flujo migratorio del campo a las ciudades que hizo que éstas se llenaran de mendigos.

Esta crisis provocó un gran pesimismo y un sentimiento de desengaño. Apareció con mucha fuerza el tema de la muerte, así como tópicos clásicos relacionados, como la fugacidad de la vida. Los autores barrocos españoles abundaron en el uso de figuras literarias como metáforas, metonimias, paralelismos, hipérbatos, etc., destinadas a crear contrastes para expresar las contradicciones de la vida.

Esta época de decadencia política, social y económica se correlaciona, paradójicamente, con el «Siglo de Oro» de la literatura española, el periodo de mayor y mejor creación literaria de las letras hispanas, cuyo reflejo alcanzó incluso las tierras americanas, donde surgieron también importantes escritores.

Desde el mismo momento de su aparición, El Quijote fue recibido con admiración por los lectores y considerado una obra maestra de la literatura universal. En la imagen, el inmortal personaje creado por Cervantes según una ilustración decimonónica del francés Honoré Daumier.

La obra más universal del periodo es, sin duda, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, debida a la pluma de Miguel de Cervantes Saavedra. Al Barroco español pertenecieron excepcionales poetas, como Lope de Vega, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; magníficos dramaturgos, como el propio Lope, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, y prosistas de primer orden, como Quevedo o los autores de la novela picaresca. En América, el periodo barroco proporcionó las primeras figuras literarias del continente, entre ellas la poetisa sor Juana Inés de la Cruz y el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón.

El contexto neoclásico

El neoclasicismo es la expresión estética de la Ilustración, movimiento cultural que tuvo lugar en el siglo xviii y que, en algunos países, se alargó hasta las primeras décadas de la centuria siguiente. La Ilustración, nacida en Francia, se caracterizaba por la confianza absoluta en la razón, que permitía el conocimiento del mundo. El objetivo de los ilustrados, que abogaban por la igualdad de todos los hombres, era eliminar la superstición y la ignorancia y mejorar la sociedad a través del desarrollo científico. No en vano, este periodo culminó con la Revolución francesa (1789), y también fue la época en la que surgieron los movimientos sociales que darían lugar a la emancipación de los países de Latinoamérica en el siglo siguiente. La precipitación de estos acontecimientos marcaría el fin del llamado Antiguo Régimen, es decir, la sociedad estamental que dominaba Europa desde el feudalismo.

La literatura se convirtió en esta época en un medio de divulgación, en un instrumento que debía ser útil a la sociedad. Se creó el ensayo como género de expresión de la filosofía y las nuevas ideas. La Enciclopedia francesa, cuyo objetivo era reunir todos los saberes de la época, es la obra que ejemplifica de mejor manera el deseo de educación de los ilustrados.

La Ilustración propició la desaparición de la literatura de los excesos barrocos y la simplificación de las formas. Los autores buscaron de nuevo el equilibrio y la armonía del clasicismo, por lo que volvieron otra vez la mirada a Grecia y Roma. Como el objetivo principal era la divulgación del conocimiento y el didacticismo, la expresión de los sentimientos subjetivos en literatura pasó a un segundo plano, por lo que la poesía lírica llegó casi a desaparecer. Literaria e intelectualmente dominaron la época los pensadores franceses ilustrados, como Voltaire, el barón de Montesquieu y Jean-Jacques Rousseau. Algunos de los principales autores neoclásicos españoles fueron el ensayista fray Benito Jerónimo Feijoo y el dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín.

El contexto romántico

El movimiento romántico surgió en Alemania e Inglaterra a finales del siglo xvii, aunque en otros países, como Francia y, sobre todo, España, comenzó más tarde, ya en el siglo xix. El romanticismo surgió como reacción al espíritu racional de la Ilustración.

Históricamente, esta época se caracterizó sobre todo por el liberalismo, movimiento filosófico, político y económico que promovía la libertad de los individuos y la limitación del poder del estado sobre ellos. Este contexto se tradujo en la explosión de los nacionalismos en Europa y la independencia de los países latinoamericanos.

Pensador, novelista, dramaturgo y poeta, la figura del alemán Johann Wolfgang von Goethe resultó esencial para la irrupción y consolidación del romanticismo en Europa.

La rigidez neoclásica y su afán por reprimir la expresión de la subjetividad en aras de la razón provocaron en literatura una violenta reacción contraria. El romanticismo literario exaltó el sentimiento, la individualidad, la imaginación y la libertad en todos los sentidos. Como es lógico, al contrario que en el neoclasicismo, en el romanticismo el género más importante fue la lírica.

Los románticos renovaron la temática literaria: la exaltación de la naturaleza, los rebeldes o proscritos (piratas, presidiarios), los paisajes exóticos o las épocas lejanas fueron algunos de los temas más tratados por los autores románticos. Al mismo tiempo, el romanticismo ahondó en los nacionalismos, es decir, en la exaltación de los valores y los rasgos propios de los países de los autores.

El francés Victor Hugo, el alemán Johann Wolfgang von Goethe y los poetas ingleses lord Byron y Percy Bysshe Shelley fueron las grandes figuras literarias del movimiento. Entre los principales románticos españoles debe citarse a José de Espronceda y a Gustavo Adolfo Bécquer. En Latinoamérica, donde surgió la emotiva voz de Gertrudis Gómez de Avellaneda, las leyendas indígenas y los temas nativos se convirtieron, asimismo, en temas literarios. Así nació la poesía gauchesca, exaltadora del gaucho como personaje mítico de la Pampa argentina, cuya mejor plasmación fue el Martín Fierro, obra de José Hernández.

El contexto realista/naturalista

El realismo es una constante histórica de la literatura universal, pero en la segunda mitad del siglo xix se convirtió en una corriente estética, principalmente en literatura y pintura. Este movimiento partía de la observación minuciosa de la realidad, y su objetivo era plasmar sin artificios dicha realidad en el arte: describir la vida de la forma más objetiva posible.

Los temas del realismo fueron los personajes y situaciones vulgares o cotidianos, que eran analizados minuciosamente por los autores, en muchas ocasiones por medio de prolijas descripciones. La novela fue el género realista por excelencia, y se convirtió en un espejo fiel de la vida mediante un estilo sencillo y sobrio, muy alejado del romanticismo. Los autores adoptaron además un punto de vista omnisciente en la narración, es decir, conocían todo sobre sus personajes.

El realismo pronto dio lugar al naturalismo, que exageró los rasgos analíticos realistas y se centró en los personajes más marginales de la sociedad, como los delincuentes, los alcohólicos y las prostitutas. El destino de los personajes de las novelas naturalistas estaba determinado por su herencia genética y el ambiente en que vivían.

El realismo y, sobre todo, el naturalismo tuvieron un fuerte componente de denuncia social. En muchos países donde se vivía el auge del capitalismo y el utilitarismo, la literatura realista se nutrió de las nuevas teorías comunistas preconizadas por Karl Marx y contribuyó a provocar grandes cambios sociales. La sociedad decimonónica, con el aumento de la pequeña burguesía en las ciudades y las precarias condiciones laborales de los trabajadores, fue motivo de disección para los escritores de la época. Los valores de la nueva burguesía, como la búsqueda del éxito económico y social a toda costa, sirvieron de inspiración a una pléyade de autores, entre los que destacaron los franceses Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, el inglés Charles Dickens y el español Benito Pérez Galdós. Rusia entró en la literatura mundial con dos grandes maestros del realismo: Fiódor Dostoievski y Liev Tolstoi.

El contexto modernista

En las postrimerías del siglo xix surgió el modernismo, movimiento que ejerció su influencia entre la década de 1880 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914. El modernismo se opuso radicalmente al realismo y al naturalismo: frente a la crudeza y la fealdad mostrada por estos movimientos, los modernistas abogaron por los temas exquisitos, pintorescos y exóticos.

Con títulos como Azul o Prosas profanas, el poeta nicaragüense Rubén Darío sentó las bases del modernismo literario. Diplomático a la par que escritor, la imagen le muestra con el traje de gala de embajador de su país.

El modernismo literario, cuya principal figura fue el poeta nicaragüense Rubén Darío, defendió el concepto de «el arte por el arte», para lo que renovó todos los recursos expresivos a su alcance. Potenció la musicalidad del lenguaje mediante el empleo de vocablos poco frecuentes, el uso de figuras literarias, como la aliteración, y la creación de numerosas imágenes visuales y símbolos. A pesar de su corta vigencia, el modernismo fue cultivado por numerosos autores hispanoamericanos; en la península destacó la obra de los hermanos Manuel y Antonio Machado.

El contexto de las vanguardias del siglo xx

La pasada centuria se caracterizó históricamente por la presencia de grandes convulsiones: la Primera Guerra Mundial, la revolución bolchevique en Rusia, el crack de la bolsa de Wall Street de 1929, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la caída del comunismo, etc. Los nuevos medios de comunicación (radio, televisión y, en la última década del siglo, Internet) hicieron que todas las novedades artísticas y estéticas se transmitieran mucho más rápido que en cualquier otra época. Estos factores convirtieron al siglo xx en el periodo literario de más difícil estudio.

La literatura surrealista fue cultivada por buen número de escritores en las primeras décadas del siglo XX. El español Rafael Alberti, representado en la imagen, es el autor del poemario Sobre los ángeles, uno de los libros paradigmáticos del movimiento.

Las primeras décadas del siglo vieron nacer las llamadas vanguardias: futurismo, surrealismo, dadaísmo, expresionismo, creacionismo y ultraísmo. El término «vanguardia», procedente del lenguaje militar («en primera línea de combate»), aplicado al arte significó la primera línea de creación, la renovación total de forma y contenido con respecto a las tendencias anteriores. Cada uno de estos movimientos, que se sucedieron vertiginosamente a lo largo del primer tercio del siglo, contó con sus peculiares características; en conjunto, todas las tendencias exploraron una gran cantidad de posibilidades expresivas hasta entonces no conocidas.

La aparición de la novela Cien años de soledad, escrita por el colombiano Gabriel García Márquez, revolucionó la temática y la estética literarias de la segunda mitad del pasado siglo. En sus páginas se mostraba un nuevo concepto creativo que sería conocido como «realismo mágico».

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial se divulgó, sobre todo en Europa, una literatura de fuerte contenido pesimista, nacida de los planteamientos filosóficos del existencialismo. Frente a esta tendencia, o como complemento a sus postulados, surgió, a mediados de la centuria, en los países latinoamericanos el movimiento literario más influyente de las últimas décadas: el llamado «realismo mágico». La principal característica de los cultivadores de esta literatura era fundir elementos irreales y fantásticos en la realidad cotidiana. Muchos de esos elementos fantasiosos –procedentes a menudo de las leyendas o la tradición oral americana– no sólo sorprenden al lector, sino que se configuran como un método expresivo capaz de transmitir ciertas emociones demasiado sutiles para ser mostradas mediante la narrativa convencional. De los numerosos cultivadores hispanoamericanos de este estilo destacan figuras como los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, el cubano Alejo Carpentier, el peruano Mario Vargas Llosa, los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar y el colombiano, Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, autor de la que tal vez sea la obra más famosa del género, Cien años de soledad. El vitalismo de esta literatura y su gran éxito de público se han prolongado hasta nuestros días.

G. W. F. Hegel (1770-1831), filósofo alemán nacido en Stuttgart, definió un sistema para entender la historia de los movimientos filosóficos e ideológicos, según el cual cada movimiento surge como respuesta a las contradicciones del movimiento anterior. Este sistema se conoce con el nombre de dialéctica.

La dialéctica de Hegel se divide en tres momentos: tesis, antítesis y síntesis. Mediante la aplicación de estos tres pasos puede explicarse la sucesión de movimientos artísticos en la historia. La tesis corresponde a un estado determinado, una visión del mundo o un movimiento artístico. La antítesis es la negación del estado anterior, del movimiento defendido por la tesis. La síntesis es la vinculación de la antítesis y la tesis, cuyo resultado es la superación del estado anterior y la creación de un nuevo estado: el siguiente movimiento artístico.

Cuadro 1. Los tres pasos de la dialéctica de Hegel.