Los géneros literarios

Los géneros literarios tienen su razón de ser en la existencia de una profusa y larga tradición escrita, así como en el desarrollo de distintos estudios filológicos y estéticos. A lo largo de la historia de la literatura se han ido creando una serie de pautas estructurales y temáticas que han terminado siendo catalogadas bajo una misma categoría. Las obras que poseen una forma y una temática similares son definidas a través de un género que las fija y las pone en relación. Esta compilación presenta, sin embargo, ciertas complicaciones, pues las estructuras literarias y las temáticas han variado con el tiempo, según las ideas estéticas de cada momento histórico concreto.

Lo que actualmente se entiende como novela era entendido de otra manera muy distinta hace cinco siglos. El nacimiento de los poemas en prosa supuso algo complejo e incluso contradictorio para la cultura europea del siglo XIX. ¿Acaso existían las novelas hasta que algún filólogo las definió? Evidentemente, no. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, probablemente la novela más importante de todos los tiempos, cuando fue escrita ni siquiera era entendida como tal. Los géneros dicen mucho de la historia de la literatura, son fundamentales para comprender el mundo de los escritores; pero son aún más importantes para hacerse una idea de cómo ha sido entendida la actividad literaria en los distintos momentos de la historia.

La tradición literaria y los géneros literarios

La historia de la literatura, al igual que la historia de todas las artes, no es un proceso discontinuo en el que se producen fenómenos aislados. Los artistas no pintan, esculpen o dibujan al margen de la historia, de los fenómenos sociales o las tradiciones. La historia del arte es un proceso homogéneo, continuo, en el que cada época asume la anterior y anticipa la siguiente. Cuando se piensa que artistas como el pintor malagueño Pablo Picasso escaparon a su tiempo, que estaban más allá de su entorno artístico, se comete un gran error. Picasso, al igual que todos los artistas, tomó referencias fundamentales de los autores que lo precedieron, entre otros de Paul Cézanne, quien, a su vez, había extraído elementos estéticos de las tribus africanas, muy de moda en su época por la colonización del continente negro.

En el caso de la literatura, el proceso es muy similar. Los escritores se impregnan de su entorno, se forman en una tradición que aprovechan para plasmar sus inquietudes personales. A su vez, serán ellos quienes influyan en un futuro a nuevas generaciones de escritores. Los géneros literarios aglutinan la forma de entender la realidad y el arte a lo largo de los distintos periodos históricos. El género literario «dice» cómo es una novela o un poema, qué debe contar y cómo debe contarlo. Sin embargo, esto no quiere decir que los géneros limiten la capacidad expresiva de los literatos. Cuando Julio Cortázar escribió Rayuela y habló de ella como de la «antinovela», estaba asumiendo un subgénero y a la vez lo estaba negando y ampliando. Las tradiciones, una vez asumidas, pueden verse modificadas por el trabajo de las nuevas generaciones. Si Rayuela era en muchos sentidos lo contrario a lo que se entendía como novela en el siglo XIX, a partir de su publicación y su gran éxito pasó a convertirse en el paradigma de la novela moderna.

La novela psicológica, iniciada en el siglo xix por autores como el ruso Fiódor Dostoievski, tuvo su continuación en la centuria siguiente con maestros como el noruego Knut Hamsun. En las imágenes, página del manuscrito original de Los demonios, novela del autor ruso, y retrato del escritor nórdico.

Así pues, los géneros representan la manera en que a través de las épocas literarias se conciben las distintas temáticas y las distintas estructuras que puede seguir una expresión literaria concreta. Estos géneros absorben el pasado y señalan el camino para los futuros artistas. Un ejemplo de este proceso se puede encontrar en la obra del novelista argentino Roberto Arlt.

En el siglo XIX se puso de moda un tipo concreto de novela. Fiódor Dostoievski, uno de los mejores escritores rusos de todos los tiempos, indagó en la psicología y en la existencia de sus personajes hasta crear casi un subgénero: la novela psicológica. Varios años después de su muerte, un escritor noruego, Premio Nobel del Literatura en 1920, llamado Knut Hamsun, escribió novelas psicológicas muy similares, pero incorporando a sus libros elementos procedentes de la cultura noruega y la filosofía nietzscheana, muy de moda en su época. Finalmente, dos décadas después, el escritor argentino Roberto Arlt incorporó ambos autores a sus novelas y mezcló sus caracteres con el lenguaje de los arrabales argentinos, el tango y la decadencia de la Argentina de su época. En esta trayectoria, el subgénero de la novela psicológica amplió su estructura y su temática a través de tres momentos y tres lugares distintos.

Los géneros literarios

El concepto de género literario se puede definir como el conjunto de estructuras y temáticas fundamentales para abordar la expresión literaria. Los tres grandes géneros literarios son la narrativa, la lírica y el teatro, también conocido como género dramático. Aunque su adscripción a la literatura es discutible, las preceptivas literarias suelen añadir un cuarto género, el didáctico. Los rasgos esenciales de los géneros se han mantenido con pocas modificaciones a lo largo del tiempo. Las variaciones han surgido por medio de los denominados subgéneros, que han dado cabida a las particularidades de cada época; a su vez, estos subgéneros han producido modificaciones en los géneros, añadiéndoles matices. Por ejemplo, la novela es un subgénero de la narrativa, tal vez el más importante, pero la incorporación a la novela de elementos líricos, como sucede con Paradiso, del escritor cubano José Lezama Lima, amplía sutilmente el alcance de la propia narrativa.

La función de los géneros literarios es la de facilitar el conocimiento, la comprensión y la comparación de las obras que componen la historia de la literatura. Además, para los autores son útiles porque les ayuda a estructurar su labor creativa. Los géneros pueden funcionar como marcos en los que encuadrar el aluvión de ideas que dan origen a una novela o a un poema. Las estructuras y las formas propias de cada género pueden ser más o menos apropiadas para el desarrollo de unas intenciones artísticas dadas. Así, para una obra en la que intervienen muchísimos personajes y que está llena de diálogos, en la que las descripciones son breves y el narrador no juega un papel subjetivo, el género más adecuado será el dramático, es decir, la obra de teatro.

La narrativa. El género narrativo se caracteriza por la presencia en la obra de un narrador. Éste es la voz que relata la historia que se expone en la obra, cuya acción se desarrolla en un lugar y a lo largo de un espacio de tiempo. También es muy habitual en la narrativa la presencia de una serie de personajes, alrededor de los cuales gira la trama. Dentro de estas constantes propias del género narrativo es posible encontrar un gran número de variantes y subgéneros en los que se juega con el tono empleado por el narrador para relatar, además de otros muchos elementos que pueden hacer de una narración una gran obra o una obra más.

La lírica. La lírica se caracteriza fundamentalmente por ser una creación muy subjetiva. El poeta, en lugar de alejarse de lo que se narra o de lo que se describe en los versos, se implica hasta confundirse con ellos. La lírica es un despliegue de la subjetividad del autor, de sus ideas, sus impresiones y sus sentimientos.

El teatro o drama. A diferencia de la narrativa, el teatro, a pesar de que también emplea personajes en un espacio y un tiempo concretos, debe tener siempre presente que lo que se narra debe estar estructurado de tal manera que pueda ser representable sobre un escenario. Esto implica el uso de un conjunto de técnicas y estructuras que facilitan la representación de los dramas. No obstante, el Fausto del alemán Johann Wolfgang von Goethe, aunque se trata de una de las más importantes obras dramáticas de todos los tiempos, es muy difícil de representar. Su texto, muy largo, está repleto de diálogos en forma de reflexiones filosóficas que los actores difícilmente pueden memorizar sobre un escenario. Sin embargo, no por ello deja de ser una obra de teatro. Igual sucede con muchas poesías y muchas novelas, que escapan a las estructuras habituales de cada género y emplean elementos de otras tradiciones.

La principal característica del género narrativo consiste en la figura del narrador, quien relata los acontecimientos que viven los personajes y describe el entorno en el que se desarrollan sus peripecias. La fotografía reproduce la cubierta de la novela El código Da Vinci, del estadounidense Dan Brown, uno de los mayores éxitos de la narrativa contemporánea.

Todo ello es una muestra de que los géneros son sobre todo categorías que tratan de aproximarse a una actividad completamente libre e impredecible: la literatura.

La narrativa

El escritor de narrativa genera a través de sus obras un mundo ficticio. Es posible que el mundo que recrea la narrativa sea aproximado al real y que el propio autor participe en la acción que transcurre en la obra; sin embargo, sigue siendo una obra de ficción en el sentido de que no busca expresar la verdad de un hecho, sino mostrar una recreación artística y subjetiva de ese hecho. En Abbadon el exterminador, del escritor argentino Ernesto Sábato, el propio Sábato aparece en la trama. Es parte de lo que sucede en la novela. Sin embargo, eso no implica que lo que relata sea cierto, que no sea una obra ficticia. Es más, la mayoría de los elementos que componen una obra literaria tienen su origen en la realidad. Lo que hace que una narración sea ficción no es otra cosa que la intención del autor.

El narrador. Desempeña un papel esencial en la narrativa, pues es la voz que describe lo que sucede en la narración. La figura del narrador puede situarse en dos planos frente a la trama: en tercera o en primera persona. En una novela relatada en tercera persona, el narrador permanece ajeno a los hechos que cuenta. Se trata de un plano desde el que se toma una postura objetiva ante la trama. Lo que sucede parece más cierto porque el que lo relata no está implicado en ello, parece imparcial. Este tipo de narración escrita en tercera persona ha dado grandes novelas en la historia de la literatura, en especial hasta las vanguardias del siglo XX. Veamos un ejemplo:

  • El casamiento de Rowena y de Ivanhoe se celebró en la catedral de York, el más augusto de los templos. El rey lo honró con su presencia, y lo mismo que en otras circunstancias, estuvo afectuoso con los sajones. Oprimidos y despreciados éstos hasta entonces, concibieron la esperanza de un porvenir más halagüeño y de un trato más equitativo de lo que razonablemente pudieran esperar de las vicisitudes de una guerra civil.

(Walter Scott, Ivanhoe.)

Figura clave de la llamada Generación del 98, Miguel de Unamuno nos ha legado una extensa obra donde se alternan páginas de pensamiento con textos de literatura propiamente dicha. A la creación literaria corresponde la novela Niebla, en alguno de cuyos fragmentos aparece el propio autor como personaje de la trama.

Dentro de la narración en tercera persona tiene un papel muy destacado en la historia de la literatura el llamado «narrador omnisciente». Este narrador, además de relatar los acontecimientos de la obra, es perfectamente consciente de todo lo que sucede en la trama. No sólo de las acciones de los personajes, sino también de sus pensamientos, sus deseos, sus intenciones y sus sueños. Este tipo de narrador fue fundamental en el siglo XIX para desarrollar el subgénero conocido como «novela psicológica», ya que tenía acceso a la mente de los personajes y podía describir las motivaciones de sus actos:

  • Ya era tarde cuando Alioscha llamó a la puerta de la prisión. Caía la noche, pero él sabía que le dejarían entrar sin dificultad.

(Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamazov.)

En el otro extremo se encuentra el narrador en primera persona, que se involucra en la acción y no tiene conocimiento de todo lo que sucede. Este tipo de narrador no consigue explicar las razones de todo lo que sucede en el texto, pero hace la trama más verosímil al limitarse a sus impresiones y a las acciones de los personajes que son visibles desde su perspectiva. De hecho, a partir de mediados del siglo XX la narración en primera persona se hizo muy popular, ya que se consideraba que el narrador omnisciente era inverosímil:

  • Anulé los privilegios, prohibí que los oficiales gozaran de licencias demasiado frecuentes; mandé que se suprimieran en los campamentos las salas de banquetes, las casas de reposo y sus costosos jardines.

(Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano.)

Sin embargo, conviene no olvidar que las voces narrativas pueden alternarse, como sucede en Primavera con una esquina rota, del uruguayo Mario Benedetti. También se pueden encontrar narradores omniscientes mezclados con narradores subjetivos, como en Los premios, de Julio Cortázar; y también narradores omniscientes que de repente aparecen en la trama, como en el caso de la novela Niebla, de Miguel de Unamuno.

La acción. Es el conjunto de hechos que presenta el narrador –la trama narrativa– relacionados en el tiempo de forma lógica. Estos acontecimientos se pueden contar de forma cronológica o lineal, pero también provocar rupturas y saltos temporales como recurso literario. A veces se anticipan hechos que se producirán más tarde o se retrocede en el tiempo (retrospección) para contar un suceso anterior al momento en que se narra la historia. Los verbos desempeñan un papel esencial por su uso para contar lo que sucede. Por lo general, se suelen utilizar verbos en pasado, sobre todo en pretérito indefinido («llegó a la casa») y en pretérito imperfecto («vivía allí desde hace tiempo»).

Los personajes. Los personajes de las novelas pueden ser muy variados. Ellos son en gran medida los que dan consistencia a la trama, por lo que deben ser creíbles y resultar reales para el lector. De lo contrario, lo que sucede en la novela no tendrá un peso dramático, no emocionará, no conseguirá la complicidad del lector, ya que unos hechos que no le pueden pasar a nadie apenas suscitarán interés.

Los personajes son descritos a través de acciones, pensamientos y recuerdos. Esto depende mayormente del tipo de narrador que relate la novela. Dentro de los personajes cabe distinguir entre el protagonista (aunque también puede haber varios), los personajes secundarios y el antagonista, que es aquel que se opone al protagonista. Es habitual que los personajes se articulen en la narrativa de esta manera, pero también es posible que en una novela haya muchos protagonistas y ningún antagonista: es lo que se conoce como «novela coral». En este tipo de novelas, multitud de personajes protagonistas se mueven a lo largo de la trama, ajenos los unos a los otros, o tropezando en los momentos culminantes de la narración. La colmena, de Camilo José Cela, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, son dos de las más grandes novelas corales de todos los tiempos.

Con La colmena, Camilo José Cela inauguró en las letras españolas la llamada «novela coral», en la que no existen protagonistas individuales sino un colectivo social integrado por multitud de personajes. La fotografía muestra al autor, a la izquierda, recibiendo el Premio Nobel de Literatura de 1989 de manos del rey Carlos Gustavo de Suecia.

Los subgéneros en la narrativa

El género narrativo se divide en un conjunto de subgéneros que deben su formación y desarrollo a las circunstancias históricas en las que se escribió la narración. Cada época suele caracterizarse por hacer uso de un subgénero que se ajusta mejor a los sucesos y a las ideas propias del periodo. Los subgéneros narrativos más importantes son:

Épica. La épica es el subgénero narrativo de más larga tradición, pues su origen se remonta a los grandes relatos orales de la literatura antigua. En las narraciones épicas –frecuentemente escritas en verso, al contrario que en los demás subgéneros narrativos, donde predomina la prosa– se suelen describir las grandes hazañas y batallas que sirvieron para crear un pueblo o una determinada situación histórica. Las dos obras más importantes de la historia de la épica son La Ilíada y La Odisea, ambas del autor griego Homero.

Dentro de la épica se suelen encuadrar también los cantares de gesta, versión medieval de los poemas épicos clásicos. El principal cantar de gesta de la literatura en lengua castellana es el Cantar del Mío Cid:

  • Ved cómo aumenta la honra  

  • [por el que en buena nació.

  • Dejó este siglo mío Cid,

  • [que fue en Valencia señor,

  • día de Pentecostés;

  • [¡de Cristo alcance el perdón!

  • ¡Así hagamos nosotros,

  • [el justo y el pecador!

  • Estas fueron las hazañas

  • [de mío Cid Campeador;

  • en llegando a este lugar

  • [se termina esta canción.

  • (Cantar del Mío Cid, fragmento final.)

Novela. La novela es, sin lugar a dudas, el subgénero más extendido de la narrativa. Nació hacia el siglo XVI, aunque no recibiría el nombre de «novela» hasta mucho después. En los mismos inicios del subgénero Cervantes escribió el Quijote, novela que la mayoría de los estudiosos consideran como la más importante de todos los tiempos. A pesar de que en su origen la novela se basó de manera explícita en los textos épicos de caballerías, las primeras obras ya consiguieron separarse de aquéllas al resultar mucho más realistas, perfilar los personajes con mayor profundidad y desarrollar una trama más compleja, con varios planos semánticos y una voz narrativa muy trabajada.

Dentro del subgénero de la novela hay, a su vez, un sinfín de subdivisiones. Entre otras deberíamos citar la novela de aventuras, con autores tan destacados como Alejandro Dumas (padre) o Walter Scott; la policiaca, donde destaca la obra de G. K. Chesterton y Arthur Conan Doyle; la romántica, con títulos como Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; la surrealista, como El otoño en Pekín, de Boris Vian; la de ciencia-ficción, inaugurada por Julio Verne y continuada por multitud de escritores del siglo XX, etc. De las letras hispanoamericanas nació, hacia mediados de la pasada centuria, un nuevo subgénero: el llamado «realismo mágico»:

  • ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

(Julio Cortázar, Rayuela.)

Cuento. El cuento posee muchas similitudes con la novela, aunque mantiene con ésta una diferencia fundamental: la extensión. Los cuentos, al ser más cortos que las novelas, tienen que adecuar la trama, los personajes, la voz del narrador y las descripciones a un espacio reducido, por lo que se han terminado creando técnicas propias de cuentistas. Es más, ser un buen escritor de cuentos no implica necesariamente ser un buen escritor de novelas. Entre los grandes cuentistas de todos los tiempos destacan figuras como el francés Guy de Maupassant, el estadounidense Edgar Allan Poe o el italiano Italo Calvino. El ámbito latinoamericano ha dado a cuentistas de la talla de los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar; el mexicano Juan Rulfo, o el guatemalteco Augusto Monterroso.

La obra de Eduardo Galeano, considerado uno de los narradores más inteligentes y sutiles de la historia del cuento, se caracteriza por la brevedad y la ternura de sus textos, que reivindican las tradiciones culturales indígenas de Latinoamérica:

  • Fue en la selva, en la Amazonia ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:

  • —¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?

  • Y contestaron los que lloraban:

  • —Para que sepa que la queremos mucho.

(Eduardo Galeano, «Llorar», de El libro de los abrazos.)

Aunque muchos de sus rasgos formales son comunes a la novela, el cuento presenta como características esenciales la brevedad y la concisión del relato. Edgar Allan Poe, del que la imagen muestra un dibujo alusivo a su narración La máscara de la muerte roja, está considerado como uno de los mejores cuentistas de la historia de la literatura.

La lírica

Lo que mejor caracteriza a las obras literarias líricas es la posición que adopta el autor frente a lo que escribe, ya que la lírica es marcadamente subjetiva. A diferencia de la narrativa o el teatro, el poeta no quiere mantener ninguna distancia entre lo que expresa y lo que él es. Se puede decir que el poeta se identifica de manera absoluta con lo que escribe hasta el punto de narrarse a sí mismo en clave lírica. El poeta, en lugar de narrar historias, cuenta sus sentimientos, sus recuerdos, sus sensaciones e ideas cargados de emoción y sinceridad.

La trama frente a las impresiones subjetivas. En la lírica es posible encontrar también historias con un principio y un fin; sin embargo, estas historias basan su efectividad lírica en la capacidad para evocar sentimientos y sensaciones. No es relevante ni el tiempo ni el lugar en el que transcurren las descripciones y las acciones, sino qué sensaciones producen. Por ello, en la lírica domina la descripción por encima de la acción. Los detalles, las imágenes que llenan los poemas, son tanto o más importantes que la acción en sí misma.

La primera persona y los conceptos intimistas. En la lírica es muy habitual el uso de la primera persona y los conceptos abstractos e íntimos como «alma», «amor» o «ser». Esto la ha convertido en un vehículo expresivo muy adecuado para el desarrollo de ideas profundas y complejas.

Los juegos lingüísticos. La lírica es además un género muy exigente con el lector. Mientras la narrativa y el teatro presentan los hechos de tal forma que es sencillo entender lo que sucede, la lírica está llena de juegos lingüísticos, referencias e impresiones subjetivas que exigen del lector una participación, una implicación a la hora de interpretar las imágenes que llenan los poemas.

La intimidad del poeta dentro de su mundo de ensueños y emociones configura la característica más destacada del género literario de la lírica. La voluminosa obra poética del chileno Pablo Neruda, de la que Tercera residencia es uno de los títulos fundamentales, abarcó los más variados registros líricos.

La lírica posee además sus propias formas expresivas. A lo largo de la historia del arte se han ido creando estructuras, rimas y fórmulas líricas que marcan la composición de un poema. Al contrario que la narrativa, que se desarrolla de manera casi lineal a través de los párrafos, las páginas y los capítulos, gran parte de la lírica clásica debe adecuarse a unas formas tradicionales que para el lector no habituado a leer poesía pueden resultar difíciles. A partir de finales del siglo XIX las estructuras y las formas poéticas se volvieron más flexibles. La versificación libre fue ganando terreno a las formas literarias tradicionales, si bien el contenido de los versos adquirió en ocasiones un carácter bastante más complejo. Aunque el vehículo expresivo de la mayoría de las composiciones poéticas es el verso, también es posible encontrar poemas escritos en prosa, como sucede con una parte fundamental de la obra del francés Charles Baudelaire:

  • Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos, hundir en ellos mi rostro entero, como un hombre sediento en el agua del manantial, y agitarlos con mi mano como un pañuelo oloroso, para sacudir los recuerdos al aire.

(Charles Baudelaire, «Un hemisferio en una cabellera».)

Subgéneros y formas literarias de la lírica

Los diversos subgéneros de la lírica han ido surgiendo como respuesta a las inquietudes intelectuales y estéticas de las distintas épocas de la historia de la literatura. Muchos de estos subgéneros se han asimilado a determinadas formas literarias cuyos patrones, con ciertas modificaciones, aún se siguen empleando. A continuación vamos a comentar las estructuras formales más repetidas, es decir, los subgéneros líricos que han dejado mayor huella en la historia de la poesía en lengua española.

Soneto. Es, sin duda, el tipo de composición poética más empleado. En el plano formal consta de catorce versos, dos cuartetos y dos tercetos, que pueden rimar de múltiples maneras (o incluso carecer de rima, como los Cien sonetos de amor de Pablo Neruda); por lo general están escritos en versos endecasílabos, aunque también existen variaciones. De la infinidad de excepcionales sonetos de la literatura española sirva como ejemplo el siguiente:

  • Enhiesto surtidor de sombra y sueño

  • que acongojas el cielo con tu lanza.

  • Chorro que a las estrellas casi alcanza

  • devanado a sí mismo en loco empeño.

  • Mástil de soledad, prodigio isleño;

  • flecha de fe, saeta de esperanza.

  • Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,

  • peregrina al azar, mi alma sin dueño.

  • Cuando te vi, señero, dulce, firme,

  • qué ansiedades sentí de diluirme

  • y ascender como tú, vuelto cristales,

  • como tú, negra torre de arduos filos,

  • ejemplo de delirios verticales,

  • mudo ciprés en el fervor de Silos.

(Gerardo Diego, «El ciprés de Silos».)

Oda. Es una composición, generalmente extensa y dividida en un número indeterminado de estrofas, empleada por lo común para ensalzar a personalidades o glosar grandes acontecimientos.

  • Despertad, raza de héroes; el momento

  • llegó ya de arrojarse a la victoria:

  • que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

  • que vuestra gloria humille nuestra gloria.

  • No ha sido en el gran día

  • el altar de la patria alzado en vano

  • por vuestra mano fuerte.

  • Juradlo, ella os lo manda: «¡Antes la muerte

  • que consentir jamás ningún tirano!» […]

(Manuel José Quintana, «Oda a España después de la revolución de marzo».)

Canción. Reciben este nombre las composiciones poéticas destinadas a ser cantadas con acompañamiento de un número variado de instrumentos musicales. Son textos por lo general breves y, en muchas ocasiones, de autor anónimo. El poeta y músico español Juan del Enzina escribió canciones adaptadas de la tradición literaria italiana.

  • Querría no desearos

  • y desear no quereros,

  • mas si me aparto de veros

  • tanto me pena dexaros

  • que me olvido de olvidaros.

  • Si os demando galardón

  • en pago de mis servicios

  • daisme vos por beneficios

  • pena, dolor y pasión;

  • por más desconsolación,

  • yo no puedo desamaros,

  • aunque me aparte de veros,

  • que si pienso en no quereros

  • tanto me pena dexaros

  • que me olvido de olvidaros.

(Juan del Enzina, «Canción».)

Letrilla. Se denominan letrillas a un tipo de composiciones que presentan como particularidad el hecho de que cada cierto número de versos se repite uno a modo de estribillo. Tratan por lo general sobre temas satíricos o amorosos.

  • Que esté la bella casada

  • bien vestida y mal celada,

  •   bien puede ser;

  • mas que el bueno del marido

  • no sepa quién dio el vestido,

  •   no puede ser […]

  • Que sea médico más grave

  • quien más aforismos sabe,

  •   bien puede ser;

  • mas que no sea más experto

  • el que más hubiere muerto,

  •   no puede ser […]

  • Que junte un rico avariento

  • los doblones ciento a ciento,

  •   bien puede ser;

  • mas que el sucesor gentil

  • no los gaste mil a mil,

  •   no puede ser.

(Luis de Góngora, «Lo que puede y no puede ser».)

Epitalamio. Conformado por las palabras griegas epi («sobre») y thálamos («tálamo»), es una poesía que se entona como un canto en honor a los recién casados. Suele tener una breve extensión y un carácter lírico o irónico.

  • ¡Vivan muchos años juntos

  • los novios, ruego a los cielos,

  • y por envidias ni celos

  • ni riñan ni anden en puntos!

  • Lleven a entrambos difuntos,

  • de puro vivir cansados.

  • ¡Vivan muchos años!

(Lope de Vega, Fuenteovejuna.)

Madrigal. Poema de corta extensión que trata de modo galante el sentimiento amoroso de un hombre hacia una mujer.

  • Ojos claros, serenos,

  • si de un dulce mirar sois alabados,

  • ¿por qué, si me miráis, miráis airados?

  • Si cuanto más piadosos

  • más bellos parecéis a aquel que os mira,

  • no me miréis con ira,

  • porque no parezcáis menos hermosos.

  • ¡Ay, tormentos rabiosos!

  • Ojos claros, serenos,

  • ya que así me miráis, miradme al menos.

(Gutierre de Cetina, «Madrigal».)

Elegía. Poema de honda lamentación, con el que se llora la desaparición de un ser querido o admirado. El poeta suele verter en él sus sentimientos más profundos.

  • Yo quiero ser llorando el hortelano

  • de la tierra que ocupas y estercolas,

  • compañero del alma, tan temprano.

  • Alimentando lluvias, caracolas

  • y órganos mi dolor sin instrumento,

  • a las desalentadas amapolas

  • daré tu corazón por alimento.

  • Tanto dolor se agrupa en mi costado,

  • que por doler me duele hasta el aliento […]

  • Tu corazón, ya terciopelo ajado,

  • llama a un campo de almendras espumosas

  • mi avariciosa voz de enamorado.

  • A las aladas almas de las rosas...

  • del almendro de nata te requiero,

  • que tenemos que hablar de muchas cosas,

  • compañero del alma, compañero.

(Miguel Hernández, «Elegía a Ramón Sijé».)

Égloga. Composición de género pastoril en la que el autor, frente a un paisaje idealizado, reflexiona sentimentalmente sobre temas bucólicos.

  • El sol tiende los rayos de su lumbre

  • por montes y por valles, despertando

  • las aves y animales y la gente:

  • cuál por el aire claro va volando,

  • cuál por el verde valle o alta cumbre

  • paciendo va segura y libremente,

  • cuál con el sol presente

  • va de nuevo al oficio,

  • y al usado ejercicio

  • do su natura o menester le inclina,

  • siempre está en llanto esta ánima mezquina,

  • cuando la sombra el mundo va cubriendo,

la luz se avecina.

  • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

(Garcilaso de la Vega, fragmento de la «Égloga I».)

Epitafio. Vocablo compuesto por los términos griegos epi («sobre») y taphe («sepultura»), se trata de un poema dedicado, literal o metafóricamente, a una persona muerta. Aunque lo más frecuente es que elogie la figura del fallecido, la poesía contemporánea lo ha utilizado con cierto valor irónico.

  • Se creía dueño del mundo

  • porque latía en sus sentidos.

  • Lo aprisionaba con su carne

  • donde se estrellaban los siglos.

  • Con su antorcha de juventud

  • iluminaba los abismos […]

  • Se creía dueño del mundo

  • porque nunca nadie le dijo

  • cómo las cosas hieren, baten

  • a quien las sacó del olvido,

  • cómo aplastan desde lo eterno

  • a los soñadores vencidos.

  • Se creía dueño del mundo

  • y no era dueño de sí mismo.

(José Hierro, «Epitafio para la tumba de un héroe».)

Sátira. Poema hiriente y burlesco que arremete contra defectos físicos y/o morales. Escrito, a veces, en forma de romance, su humor está cargado de causticidad.

  • Pues me hacéis casamentero,

  • Ángela de Mondragón,

  • escuchad de vuestro esposo

  • las grandezas y el valor.

  • Él es un médico honrado,

  • por la gracia del Señor,

  • que tiene muy buenas letras

  • en el cambio y el bolsón.

  • Quien os lo pintó cobarde

  • no lo conoce, y mintió,

  • que ha muerto más hombres vivos

  • que mató el Cid Campeador […]

  • Piensan que es la muerte algunos;

  • otros, viendo su rigor,

  • le llaman el día del juicio,

  • pues es total perdición.

  • No come por engordar,

  • ni por el dulce sabor,

  • sino por matar la hambre,

  • que es matar su inclinación […]

(Francisco de Quevedo, «Romance satírico».)

Villancico. Composición poética de temática religiosa en la que se ensalzan los personajes y acontecimientos de la Navidad. Lope de Vega escribió excelentes villancicos.

  • Las pajas del pesebre,

  • niño de Belén,

  • hoy son flores y rosas,

  • mañana serán hiel.

  • Lloráis entre las pajas

  • de frío que tenéis,

  • hermoso niño mío,

  • y de calor también.

  • Dormid, cordero santo,

  • mi vida, no lloréis,

  • que si os escucha el lobo,

  • vendrá por vos, mi bien.

  • Dormid entre las pajas,

  • que aunque frías las veis,

  • hoy son flores y rosas,

  • mañana serán hiel.

  • Las que para abrigaros

  • tan blandas hoy se ven

  • serán mañana espinas

  • en corona cruel.

  • Mas no quiero deciros,

  • aunque vos lo sabéis,

  • palabras de pesar

  • en días de placer [...]

(Félix Lope de Vega, «Villancico».)

Los subgéneros poéticos citados no son, ni mucho menos, los únicos presentes en la lírica española, sino, como antes se ha subrayado, los que cuentan con mayor número de composiciones. Una somera enumeración de las restantes debería recorrer desde las primitivas jarchas hasta los epigramas, las baladas, los idilios o los zéjeles.

El drama o teatro

El teatro se compone, en su concepción y ejecución, de dos elementos que no deben separarse: un texto literario y una representación física de dicho texto sobre un escenario.

El texto literario. En principio, un drama debe ser escrito pensando siempre en su representación sobre un escenario. Es necesario condensar en el texto un gran número de indicaciones en torno a cómo debe representarse la obra. Estas indicaciones reciben el nombre de «acotaciones», e indican elementos tales como el vestuario, los juegos de luces, los decorados o incluso las expresiones de los actores. El grueso del texto que compone la obra de teatro está compuesto mayormente por diálogos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las novelas, en las obras de teatro son fundamentalmente los diálogos entre los personajes los que mantienen la trama y los que describen a esos personajes:

  • Max: Latino, me parece que recobro la vista. ¿Pero cómo hemos venido a este entierro? ¡Esta apoteosis es de París! ¡Estamos en el entierro de Víctor Hugo! Oye, Latino, ¿pero cómo vamos nosotros presidiendo?

  • Don Latino: No te alucines, Max.

  • Max: Es incomprensible cómo veo.

  • Don Latino: Ya sabes que has tenido esa misma ilusión otras veces.

  • Max: ¿A quién enterramos, Latino?

  • Don Latino: Es un secreto que debemos ignorar.

  • Max: ¡Cómo brilla el sol en las carrozas!

  • Don Latino: Max, si todo cuanto dices no fuese una broma tendría una significación teo­sófica… En un entierro presidido por mí, yo debo ser el muerto… Pero por esas coronas, me inclino a pensar que el muerto eres tú.

(Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia.)

También es posible encontrar en un texto dramático largas acotaciones líricas en las que se describen los elementos decorativos de una manera más novelística, con un desarrollo más prolijo. Este tipo de obras, aunque también pueden ser representadas, son escritas sobre todo para ser leídas.

En muchas culturas distintas a la occidental, el teatro carece de texto; no es tanto literatura como recreación ritual de situaciones divinas e históricas que aparecen acompañadas por bailes y músicas. Este tipo de teatro tuvo una muy especial relevancia a partir del siglo XX, al plasmarse en obras vanguardistas alejadas de las nociones dramáticas clásicas.

La representación de la obra de teatro. En el escenario entran en juego muchos elementos que no son puramente literarios, lo que convierte a la obra de teatro en la suma de varias disciplinas artísticas. Es posible encontrar coreografías de una gran belleza y complejidad que son por sí mismas una obra de arte. Es el caso de los decorados del pintor catalán Salvador Dalí, quien colaboró en muchas ocasiones con los dramaturgos surrealistas de mediados del siglo XX. Lo mismo sucede con el vestuario y el maquillaje, elementos a veces fundamentales en el desarrollo de la trama.

Las obras de teatro se escriben pensando en su escenificación, aunque también hay textos dramáticos que son en sí mismos obras literarias. Esto es muy habitual en las piezas de carácter filosófico:

  •   Liza (Que ha recuperado el control, con taciturna desesperación): ¡Curarlo! No quiero curarlo. No quiero ser para usted una hermana de la caridad. ¡Pídaselo a Dasha! ¡Es un perro que lo seguirá a donde sea! Y no tenga pena por mí. Sabía de antemano lo que me esperaba. Siempre supe que si me iba con usted me llevaría a un sitio en que viviría una araña monstruosa del tamaño de un hombre, que nos pasaríamos la vida mirando la araña y temblando de miedo y que en eso se quedaría nuestro amor...

(Albert Camus, Los poseídos.)

Los subgéneros dramáticos

Dentro del género dramático destacan la tragedia, la comedia, el drama y el entremés.

La tragedia. Se trata del subgénero dramático más antiguo e importante. Son especialmente famosas las tragedias griegas, en las que muchos filólogos ven el origen de la cultura occidental. La tragedia se caracteriza porque sus personajes son elevados –mitológicos en muchas ocasiones– y luchan en vano contra el destino. Los finales de las tragedias son, por la propia definición del subgénero, terribles.

La comedia. Frente a la fatalidad de la tragedia, las comedias son obras alegres y ligeras, en las que se describen múltiples enredos con diálogos llenos de ingenio que desembocan en un final feliz. La historia de la literatura está llena de grandes escritores de comedia, desde los clásicos griegos (Aristófanes, Menandro) y romanos (Plauto, Terencio), pasando por los maestros renacentistas (Shakespeare) y barrocos (Lope de Vega, Tirso de Molina, Molière), hasta los comediógrafos del pasado siglo (Mihura, Jardiel Poncela).

El drama. También conocido como tragicomedia, supone una mezcla de los elementos dramáticos de la tragedia y los rasgos cómicos propios de la comedia. El subgénero se inauguró con una de sus obras maestras, la Tragicomedia de Calixto y Melibea, también conocida como La Celestina, escrita por Fernando de Rojas. Después lo han cultivado múltiples escritores de todas las lenguas y épocas.

El entremés. Se trata de una obra corta, ligera y divertida, escrita para ser representada en los descansos de las obras de mayor longitud. Fue muy típica en el Siglo de Oro español.

El género didáctico

La existencia del género didáctico como parte de la literatura ha sido muy discutida. Los textos de filosofía no suelen encuadrarse dentro de la literatura, aunque existen reflexiones que, sin llegar a ser digresiones filosóficas, sí vinculan el desarrollo intelectual de un pensamiento a una esmerada forma literaria: son los llamados ensayos. Erasmo de Rotterdam, Michel de Montaigne o los más cercanos Miguel de Unamuno, Azorín o Albert Camus han sido notables ensayistas.

Además, dentro del género didáctico se incluyen obras en las que se pretende enseñar algún tipo de disciplina, como puede ser la gramática. La principal característica del género didáctico es el orden y la claridad expresiva. Esto se debe a que la intención fundamental de las obras didácticas es educar.

Subgéneros de la didáctica. Dos subgéneros son los más destacables dentro de la didáctica: el ya referido ensayo y la fábula. En el ensayo se reflexiona sobre un tema que puede ser de naturaleza muy variada. Se pretende indagar en los aspectos más complejos del asunto con el fin de llegar a alguna verdad que arroje luz sobre él:

  • Este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda la filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.

(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida.)

Bien distinta es la fábula, ya que se trata de un breve relato en el que los personajes son animales personificados, animales que hablan como los hombres y representan las actitudes de los seres humanos. Suelen estar llenos de contenidos morales y terminan con una moraleja, breve frase que recoge una enseñanza fundamental que se puede extraer de lo relatado en la fábula. La historia de la literatura ha conocido fabulistas de la talla del griego Esopo, el francés Jean de la Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego:

  • Dijo la zorra al busto,

  • después de olerlo:

  • «Tu cabeza es hermosa,

  • pero sin seso».

  • Como éste hay muchos,

  • que aunque parecen hombres,

  • sólo son bustos.

(Félix María de Samaniego, «La zorra y el busto».)