Análisis del texto literario

El análisis o comentario de textos literarios debe entenderse no como una exposición de datos aprendidos sobre un tipo de texto, un autor o una época concretos, sino como un desmenuzamiento de las características principales del texto realizado sobre la base de un sólido conocimiento previo. Este tipo de análisis constituye una forma de entrenar ciertas habilidades para habituarse de esta manera a comprender todo el significado de un texto literario. La meta final es descubrir objetivamente los valores que hacen que un texto determinado sea una obra artística.

Método para analizar un texto

Hay múltiples métodos con los que se puede llevar a cabo el análisis de un texto literario, aunque, en última instancia, éste dependerá de la experiencia y las aptitudes de quien lo comente, así como de la dificultad del texto. Aquí se presenta una propuesta que incluye los pasos más importantes que se deben seguir a la hora de abordar un texto literario, pero cada texto en particular exigirá que se haga más hincapié en uno u otro paso.

Lectura atenta

Aquellas palabras de un texto cuyo significado se desconozca deben consultarse en un diccionario. El Diccionario del español actual ha sido una de las últimas grandes obras de consulta lexicográfica en salir al mercado.

Es obvio que la lectura es previa al comentario o análisis en sí mismo y, evidentemente, comprender el texto es fundamental para su correcto análisis. Hay tres pasos que seguir para efectuar la lectura:

  • Lectura detenida. En primer lugar debe leerse el texto con detenimiento y atención, subrayando o anotando todas las palabras cuyo significado plantee alguna dificultad.

  • Búsqueda en el diccionario. Es necesario buscar en el diccionario las palabras de las que se desconozca el significado. Cuando alguna de ellas tenga varias acepciones, se deberá elegir la que corresponda al texto. Habrá por tanto que comprender bien el contexto y el sentido de las oraciones en las que se hallen las palabras desconocidas.

  • Numeración de las líneas del texto. Es un sencillo recurso que ayuda a la posterior ubicación de los elementos del texto y a hacer referencia fácilmente a ellos.

En esta fase sólo es relevante la comprensión del texto, su sentido literal, no su interpretación.

Localización

El texto para analizar puede ser una estrofa, un poema, una escena, un acto, un capítulo, o tratarse de la obra entera. En cualquier caso, en esta fase del análisis se deberá ubicar el fragmento o la obra según ciertos elementos externos al texto. Para ello será necesario dotarse de recursos adicionales, como enciclopedias o manuales de literatura.

Obra. Si se trata de un fragmento, en primer lugar hay que situarlo dentro de la obra a la que pertenece, es decir, señalar en qué momento de la obra aparece y qué función realiza dentro de ella. Si se tienen suficientes datos, también habría que hacer un breve comentario sobre la obra completa.

Autor. En el caso de que se conozca el nombre del autor del comentario y su producción literaria, se hará referencia al papel que ocupa el texto en el conjunto de su obra. Si existe algún dato biográfico relevante con respecto al texto (por ejemplo, si el tema del libro es la muerte y el autor lo escribió tras el fallecimiento de algún ser querido), deberá comentarse también.

Época. Si se conoce el movimiento literario al que pertenece la obra, deberá reseñarse aquí. Este dato es muy importante, ya que explicará muchas de las características que se encuentren en el texto.

Para comentar acertadamente una obra literaria es imprescindible leer en profundidad el texto, intentando hallar los elementos creativos sobre los que descansa su valor artístico. La imagen muestra las páginas con correcciones e indicaciones previas a la primera edición de Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez.

Un comentario de texto no es, sin embargo, una exposición teórica de conocimientos; por tanto, en este apartado sólo habrá que hacer referencia a los aspectos de la obra, autor y época que se vean reflejados en el texto.

Tema y argumento

La determinación del tema es uno de los pasos más importantes del análisis del texto. El tema es la intención última del autor, lo que ha deseado expresar con su obra. Hay temas que no son fáciles de interpretar, dado que muchas veces los autores utilizan métodos sutiles para expresar sus ideas. En otras ocasiones, en cambio, el pensamiento o las acciones de los personajes se contraponen con lo que quiere expresar el autor. Por ejemplo, el protagonista de una historia puede defender unas ideas y con ello el autor querer mostrarnos por qué él está en contra de dichas ideas. Además del tema, pueden existir en el texto subtemas y tópicos literarios (carpe diem, locus amoenus, etc.).

El tema siempre se puede expresar con unas pocas palabras, a menudo con una única palabra abstracta: soledad, amor, rebeldía, etc., y no debe incluir ningún elemento superfluo. Si se «descubre» un tema que requiere una explicación más extensa, se deberá desconfiar. En este caso, es probable que se esté confundiendo el tema con el argumento. El argumento es el desarrollo que hace el autor sobre el tema, es decir, un breve resumen sobre lo que dice el texto, que también habrá que reflejar en el análisis. Un recurso para hallar el tema consiste en reducir el asunto del argumento a un concepto general.

Tan importante como el argumento es el marco narrativo, es decir, el modo en que el autor se sitúa espacial y temporalmente respecto al texto. Éste puede estar narrado en primera persona, es decir, con el narrador situado como personaje o testigo directo de la acción (narrador interno), o en tercera persona (narrador externo), que suele ser lo más habitual. En algunas ocasiones, la narración está realizada en segunda persona. El narrador puede ser omnisciente, es decir, puede conocer todo sobre los personajes, su pensamiento y los hechos que tienen lugar en el texto. También puede ser único o múltiple, dependiendo de si la historia se relata desde un único punto de vista o a través de las miradas de varios personajes.

Conocer la peripecia vital del autor es otro paso esencial en el análisis de la obra literaria. Los galardones que el escritor ha obtenido, como el Premio Cervantes recibido por el mexicano Octavio Paz en 1981 que reproduce la fotografía, definen muchas veces el reconocimiento internacional del autor.

Estructura

En esta fase debe señalarse si el texto es poesía o prosa y el género y subgénero al que pertenece la obra, es decir, narrativa, lírica o teatro. Muchas veces esta división no es tan clara, ya que puede haber narrativa lírica, por ejemplo. El género se incluye en el apartado de la estructura porque la forma de expresión de un texto está determinada por su género.

Estructura externa. Todo texto tiene una estructura, hasta el más pequeño. Si el texto está escrito en verso, debe estudiarse la medida y la rima de los versos, así como las estrofas que lo forman. Si esta estructura corresponde a un tipo de estrofa conocida, deberá señalarse. Cuando se trate de un texto en prosa, se explicará si está dividido en párrafos, capítulos, escenas o actos y se indicará cuántos componen la obra.

Estructura interna. Según su contenido, el texto puede estar dividido en partes que no tienen por qué coincidir con los párrafos o estrofas. Cada una de estas partes tiene una función que hay que describir: presentación del tema, desarrollo, desenlace, conclusión, etc.

Todas estas partes determinan la estructura interna del texto: cerrada si la acción se presenta como acabada, abierta si no es así, concéntrica si regresa una y otra vez a un mismo hecho o circular si acaba en el mismo punto en el que empieza. Las alteraciones del orden cronológico de los acontecimientos, como los flashbacks y las anticipaciones, son recursos utilizados en los tipos más complicados de estructura.

Puede darse el caso de que haya textos sin estructura aparente. La razón puede deberse a que el autor deliberadamente no ha querido dársela, porque desea expresar una sensación de inquietud, desorden o caos.

Análisis de la forma

El objetivo de este punto es comprobar, paso a paso a lo largo del texto, cómo los rasgos formales están determinados por el tema. Se deberán estudiar estos rasgos por orden de aparición, en especial las figuras literarias, en los tres niveles de la lengua (fónico, morfosintáctico y semántico). No es necesario hacer aquí un análisis lingüístico exhaustivo; simplemente se trata de analizar los elementos fónicos, gráficos, morfológicos, sintácticos y semánticos más expresivos que intervienen en el contenido del texto que se está analizando. Es muy importante argumentar todo lo que se explique con ejemplos del texto; en caso contrario, el análisis entero carecerá de validez.

Las consideraciones sobre el estilo, argumentadas también con ejemplos, se incluirán al final de este apartado, una vez comentadas las características formales sobre los tres niveles de la lengua.

Conclusión

La conclusión debe incluir, primero, un breve resumen de todo lo anterior, con el fin de dar unidad a los argumentos expuestos. Asimismo contendrá la opinión personal sobre el texto, basada también en los ejemplos anteriores. La conclusión nunca debe expresarse con afirmaciones del tipo «es un texto muy bonito» o «no me ha gustado». Debe ir mucho más allá, y para ello es necesario preguntarse cuál era el objetivo del autor e intentar averiguar, tras todo el análisis, si se ha logrado o no ese objetivo y si el texto transmite las sensaciones e ideas que el autor pretendía.

La determinación de la estructura y el análisis de la forma constituyen los últimos pasos del comentario de texto. En una obra dramática clásica, como el auto sacramental El gran teatro del mundo, de Pedro Calderón de la Barca, que se muestra en la imagen, deberán analizarse las figuras literarias y las formas poéticas.

La determinación de la estructura y el análisis de la forma constituyen los últimos pasos del comentario de texto. En una obra dramática clásica, como el auto sacramental El gran teatro del mundo, de Pedro Calderón de la Barca, que se muestra en la imagen, deberán analizarse las figuras literarias y las formas poéticas.

En estas consideraciones interviene en gran medida el tipo de lector que exige el texto. El papel del lector puede ser activo o pasivo. El lector pasivo es aquel que simplemente lee la obra y encuentra en ella todos los elementos proporcionados por el autor. Sin embargo, en muchas ocasiones el autor deja entrever muchos elementos y es el lector quien debe descifrarlos; este último caso requiere la presencia de un lector activo.

A continuación, y a modo de ejemplo, se realizará un comentario de un texto literario. El esquema de la tabla 1 puede resultar muy útil para encarar el trabajo.

Ejemplo práctico

El texto para comentar está conformado por diversos fragmentos del cuento de Julio Cortázar (1914-1984) titulado «Axolotl». Como paso previo se recomienda la lectura completa del breve relato (algo más de una página), perteneciente al volumen de cuentos del autor argentino Final del juego.

Localización (obra, autor y época). Como ya se ha señalado, este relato de Cortázar es uno de los que configuran el libro Final del juego, publicado por primera vez en 1956. Es una de las primeras obras del autor.

El cuento, al igual que prácticamente toda la obra de Cortázar, puede relacionarse con el realismo mágico, la corriente literaria latinoamericana que, en el siglo xx, introdujo el elemento fantástico en un tipo de literatura no de evasión. En estas obras, lo fantástico es un intento de alcanzar una realidad que se esconde tras lo cotidiano, un intento de explicar las contradicciones de la realidad. Es decir, lo fantástico no es un tema en sí mismo y no invalida lo real, sino que es un apoyo para comprenderlo mejor.

Un rasgo propio de las obras de Julio Cortázar es que lo inquietante y sobrecogedor surge a partir de lo más cotidiano e irrelevante. Precisamente por eso resulta tan sorprendente el comienzo del texto, por la oración que cierra el breve primer párrafo y su total sencillez: «Ahora soy un axolotl».

Tema y argumento. Se trata de un texto complejo, en el que no hay un único tema. Como posibles temas, se podrían señalar: el problema de la identidad, la locura, la identificación del hombre con la naturaleza o incluso el compromiso social. Una interpretación no está reñida con las otras. Precisamente es un rasgo de la calidad literaria el hecho de que un texto tenga más de una interpretación.

El argumento es muy sencillo. Se trata de un hombre que se ve interesado por un tipo concreto de pez, el axolotl, que descubre en un acuario del zoológico de París. Con el tiempo, el pez le va obsesionando cada vez más e intenta imaginarse si tendrá pensamiento o no y qué sentirá dentro de su acuario. Finalmente, el hombre se llega a identificar tanto con el pez que acaba ocupando su lugar. El relato finaliza con el hombre convertido en axolotl que observa desde dentro del acuario al hombre que antes fue.

Tabla 1. Ejemplo de esquema previo sobre el que tomar notas antes de emprender la redacción de un comentario de texto.

Estructura. Este cuento está dividido en párrafos. Consta de una pequeña introducción en la que ya se nos desvela el final («Ahora soy un axolotl»), el desarrollo de la acción (es decir, su obsesión gradual con el pez), el desenlace (su conversión en axolotl) y una breve conclusión (último párrafo).

Esta estructura está presentada de forma circular: al principio, como ya se ha señalado, el narrador del texto nos presenta el final, y durante el resto del relato nos cuenta cómo ha llegado a ese estado.

  • Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl. […]

Análisis de la forma. El texto comienza de una forma muy sencilla; de hecho, el texto introductorio tiene oraciones muy cortas en las que no aparece ningún adjetivo. La última de ellas, la ya citada «Ahora soy un axolotl», es tremendamente simple, recurso que el autor utiliza para potenciar la inquietud que desea transmitir al lector.

  • […] Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. […] Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte mas sensible de nuestro cuerpo. […] Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. […] A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias, supongo. […] Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos. […]

El relato continúa con frases sencillas y breves hasta que se va complicando progresivamente y comienzan a aparecer referencias a la transformación del narrador: «sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino», «la parte más sensible de nuestro cuerpo», «Es que no nos gusta movernos mucho […] apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros», «el tiempo se siente menos si nos estamos quietos». Además del uso de la primera persona del plural, abundan en este párrafo las descripciones, con un abundante uso de los adjetivos. Son descripciones muy plásticas, sobre todo las referidas a los colores y la luz («Y entonces descubrí sus ojos, su cara […] dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior»). Esto hace que el lector se introduzca en la escena, ya que consigue recrear de forma muy viva a los axolotl en su acuario.

  • Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo. […] La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

En este párrafo se establece un paralelismo entre los axolotl y los humanos, y el narrador comienza a atribuirles cualidades humanas («Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales»). Este paralelismo continúa a lo largo del texto, ya que el propio narrador los imagina «conscientes, esclavos de su cuerpo» y atrapados en el acuario. Es en este momento en el que se puede intuir que quizá el narrador esté afectado por algún tipo de locura y todo sea una invención de su imaginación: «Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas».

Estos rasgos de locura se hacen patentes cuando se afirma que el guardián del acuario supone que el narrador debe estar «un poco desequilibrado», y se reafirman cuando el lector comprueba que la obsesión del narrador ha llegado demasiado lejos: va todos los días al acuario y de noche sigue pensando en los peces.

Julio Cortázar, autor del cuento «Axolotl» que se comenta en este capítulo. La visión del realismo mágico que el escritor argentino transmite en este relato provoca en el lector un hondo desasosiego.

  • Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. […]

  • Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. […]

Por otra parte es importante señalar el uso de la sinestesia por el autor en numerosas expresiones como «dulce, terrible luz», «dolor sordo» o «canibalismo de oro». Al atribuir a ciertos sustantivos cualidades propias de sentidos con los que no podemos percibirlos, Cortázar crea imágenes desconcertantes que producen un fuerte impacto, potenciando así la sensación de desasosiego en el lector.

  • […] Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era po­sible. Él estaba fuera del acuario, su pen­samiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía –lo supe en el mismo momento– de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente.

  • […] Él volvió muchas veces pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. […] Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Los últimos párrafos, correspondientes al desenlace, son las reflexiones que realiza el narrador sobre su transformación. Intenta explicar por qué sucedió, y cuenta sus sentimientos al darse cuenta de la transformación. El párrafo final empieza de forma desconcertante: «Él volvió muchas veces pero viene menos ahora». Inmediatamente el lector se pregunta quién es ese «él» y la lógica dice que debe referirse al narrador. En ese momento, el narrador se desdobla, ahora hay dos: el que comenzó a contar la historia y el axolotl en el que se ha convertido. De nuevo el lector queda desorientado. La sensación final de desconcierto que permanece en el lector es un recurso que le motiva a seguir pensando en la historia incluso cuando ésta ya ha acabado, una incitación a continuar indagando el posible o posibles significados de la narración.

Conclusión. Julio Cortázar utiliza magistralmente los recursos expresivos antes comentados para lograr su objetivo: crear desconcierto y desasosiego en el lector, inquietud que persiste incluso después del desenlace del relato. El lector no se limita así a leer un cuento más o menos inquietante o fantástico, sino que sigue pensando en él y en sus posibles interpretaciones una vez terminado.