La justicia

La justicia se puede definir a partir de dos dimensiones distintas: desde la relación del individuo con la sociedad y las normas y desde la validez de las normas existentes, que pueden ser consideradas como justas o injustas por los sujetos que se ven afectados por ellas.

Según la primera perspectiva, la justicia consiste en la conformidad del comportamiento humano con una serie de normas, sean del tipo que sean; según la segunda, en la validez objetiva de las normas y las reglas que se aplican dentro de unas circunstancias o una sociedad dada y que dan lugar al derecho.

Ambas perspectivas se hallan presentes a lo largo de toda la historia de la filosofía, y han sido objeto de las más diversas interpretaciones, que enlazan el concepto de justicia con otras entidades como la sociedad, el Estado o el hecho moral.

La justicia, por tanto, debe ser comprendida como el corolario de un exhaustivo estudio de la naturaleza humana, que conduce, invariablemente, al estudio de las culturas y las relaciones intersubjetivas, comprendidas éstas como el ámbito en el que se proyectan todas las virtualidades racionales del individuo.

La justicia como relación entre los hombres y las normas

La definición del concepto de justicia ha variado a lo largo de la historia, y se ha visto sujeta a la forma que cada época ha tenido de identificar la relación entre el hombre y las normas, así como la validez objetiva de éstas.

Aristóteles y el fundamento de la justicia

Para la filosofía griega, el concepto de justicia requería de un fundamento objetivo. Si cada sujeto tratase de imponer lo que considera justo, no sería posible establecer una sociedad armoniosa. Por ello, Aristóteles (384-322 a.C.) afirmaba que la justicia es la mayor de las virtudes, puesto que permite no sólo que los individuos lleven una vida virtuosa, sino también, y sobre todo, que se pueda vivir en comunidad.

La balanza, que representa la equidad, y la espada, que simboliza la fortaleza sancionadora contra los delitos que violen lo justo, son los principales atributos de la justicia, tal como puede apreciarse en esta obra alegórica de Rafael.

Para el pensador de Estagira, el equilibrio de la sociedad depende del concepto de justicia, y es necesario establecer a través de una filosofía política, apoyada por una metafísica, cuál es la manera en la que deben relacionarse el sujeto y las normas jurídicas.

Sin embargo, los pensadores griegos no encontraban nada sencillo conceptuar lo justo. Para hacerlo, primero debían identificar cuál era el fundamento de la justicia y cuál era la naturaleza del ser humano, y después establecer las relaciones elementales entre los individuos y las normas.

Hasta la irrupción de la concepción lógica de la realidad en Grecia, lo justo dependía de los dioses, de las creencias irracionales de los pueblos primitivos; sin embargo, a partir del desarrollo de la visión filosófica del mundo se trató de hallar un fundamento que fuese racional.

La justicia como desigualdad. El concepto de justicia en Aristóteles parte de la consideración de las relaciones de igualdad y desigualdad entre los hombres, por lo que surge de una antropología filosófica. Para el filósofo griego los seres humanos no son iguales, ya que hay quienes nacen con unas aptitudes y otros que carecen de ellas, hay hombres que alcanzan unos méritos y otros que no los consiguen.

En consecuencia, lo justo es que cada uno reciba lo que merece en virtud de su naturaleza, de su forma de ser y de los méritos que contraiga, de tal forma que una sociedad en la que todo el mundo reciba los mismos derechos a pesar de las diferencias constituye, para Aristóteles, una sociedad injusta.

A partir de esta noción de desigualdad, el pensador clásico estableció una distinción elemental entre dos tipos de justicia: la distributiva y la correctiva (esta última también conocida como conmutativa).

La justicia distributiva. La justicia distributiva es la que se refiere a la relación del Estado con los ciudadanos, y consiste en la «la distribución de honores, dinero o cualquier cosa compartida entre los miembros de una comunidad». Es el reparto proporcional entre los individuos que forman parte de una comunidad de lo que corresponde a cada uno en virtud de sus méritos.

La primera distinción entre formas de justicia fue establecida por Aristóteles, quien diferenciaba entre la justicia distributiva, referida a la proporcionalidad, y la correctiva, que trata sobre las relaciones entre los individuos.

Esta distribución debe estar sujeta al concepto de igualdad antes descrito. Una sociedad en la que todos los ciudadanos reciben lo mismo no es justa, puesto que para recibir primero hay que dar, antes debe contribuirse al bien común y al desarrollo de la ciudad.

Los méritos son definidos de forma distinta según la concepción que se tenga tanto del hombre como de la sociedad. En el caso de Aristóteles, los mayores méritos son los referidos al desarrollo de la intelectualidad.

La justicia correctiva. La justicia correctiva es aquella que regula las relaciones voluntarias e involuntarias entre los ciudadanos, lo que incluye fenómenos tan dispares como las relaciones comerciales, la familia, el asesinato o el hurto.

Si en la justicia distributiva se establecían diferencias entre los ciudadanos a partir de los méritos de cada uno, en la correctiva todos los hombres son considerados iguales, y de lo que se trata es de que «la ley sólo mira a la naturaleza del daño y trata ambas partes como iguales, al que comete la injusticia y al que la sufre, al que perjudica y al perjudicado».

Esta concepción clásica de la justicia responde a unas circunstancias sociales y políticas muy concretas: las de la polis ateniense. En ella, la democracia consideraba como iguales a unos pocos ciudadanos, mientras que obviaba al resto de la población. Estos individuos «iguales» tenían derecho tanto a ser tratados justamente por la ley (lo que se conoce como isonomía) como a participar directamente en el ágora, en las asambleas democráticas en las que se decidía el futuro de la ciudad (lo que recibe la denominación de isegoría).

Las críticas a la justicia como desigualdad. La teoría de la justicia aristotélica ha sufrido por parte de los filósofos y juristas modernos las críticas más severas, entre las que destaca muy especialmente la elaborada por el jurista austriaco Hans Kelsen (1881-1973). Según este pensador, lo que propone Aristóteles es una tautología que carece de contenido. Decir que hay que darle a cada uno lo que le corresponde es lo mismo que decir que lo justo es lo justo.

Tabla 1. La isonomía y la isegoría garantizaban el ejercicio de la justicia en Grecia. Sin embargo, amplios conjuntos sociales carecían de estos derechos.

Según Kelsen, para que la justicia distributiva tenga sentido primero habría que definir cuáles son los méritos que hacen iguales a los iguales y diferentes a los diferentes y cuál es la idea de justicia que los sustenta. De lo contrario, la justicia presentada por Aristóteles se convierte en una mera justificación de las injusticias que se dan de hecho en todas las sociedades.

No en vano, continúa Kelsen, la justicia planteada por Aristóteles no constituye tanto una teoría de la justicia como una teoría del derecho positivo, que se limita a hacer depender la validez de lo justo de las normas ya vigentes.

Esta idea, que puede parecer extraña a la naturaleza de la justicia, es, sin embargo, muy habitual en el pensamiento de la Edad Media y la Edad Moderna. Para los filósofos medievales, como san Agustín, ya existe un cuerpo judicial perfecto y ordenado, fundamentado en Dios, que establece qué es lo justo y lo injusto, de tal modo que al hombre sólo le queda obedecer, ya que de lo contrario será condenado al infierno. Si a esta concepción de la justicia se añade el hecho de que la Iglesia se unió al poder de los príncipes y los guerreros, da como consecuencia que durante toda la Edad Media la justicia fuese una realidad inexistente, derivada de un cuerpo axiomático religioso.

Algunos pensadores modernos, como Thomas Hobbes o Immanuel Kant, consideraban que lo justo es también lo que se deriva de la existencia previa de un sistema legal, de las instituciones sociales. Para Hobbes sólo se podía hablar de justicia e injusticia dentro de los marcos establecidos por el Estado. Así, el concepto de justicia se veía sujeto al desarrollo del Estado y a la vigencia del derecho, vaciándose por completo de un sentido propio y autónomo.

Las teorías de la justicia

La idea de justicia puede considerarse desde otro punto de vista que no termina reduciéndola a una mera consecuencia del derecho. Se trata del adoptado por aquellas teorías que tratan de comprender lo justo a partir de su capacidad para garantizar de forma efectiva la relación positiva y pacífica entre los individuos que integran una sociedad. Desde esta perspectiva no se trata de subsumir al sujeto bajo el concepto de derecho o de Estado, sino de ver cuál es el fin de la justicia y si realmente funciona.

La justicia como armonía en Platón. Platón (428-347 a.C.) fue uno de los primeros autores en entender el concepto de justicia a partir de su utilidad social: lo justo es una herramienta que conduce al ordenamiento racional de las comunidades humanas. Así, según describe en su Protágoras, los hombres pudieron combatir a las fieras y a la naturaleza no sólo gracias a las artes mecánicas o a la técnica, sino también –y sobre todo– al desarrollo del arte de la política, que parte del concepto de justicia.

La justicia en Platón toma como fundamento su metafísica, de tal modo que hace corresponder las partes de la sociedad con las partes que conforman el alma. El hombre, según la República, sólo puede controlarse y tomar las riendas de su autonomía racional a partir de la relación armónica entre las tres instancias que conforman el alma: la racional, la irascible y la concupiscible. Cada una de estas instancias tiene su función, y lo justo es que se mantenga dentro de los límites que establecen la prudencia, la sensatez y la propia naturaleza ideal de las cosas.

La sociedad, mientras tanto, es justa siempre que sea capaz de establecer una relación armónica entre tres instancias: el gobierno, la defensa y la producción, que se corresponden con las partes del alma antes descritas.

La justicia como utilidad. Aunque ya algunos pensadores antiguos, como Aristóteles, comprendieron que el fin de la justicia y de la sociedad era procurar al hombre la felicidad, a partir de la Edad Moderna se empezó a entender lo justo como una herramienta que no es un fin en sí mismo, que puede servir para solucionar los problemas más comunes entre los hombres que conviven dentro de una misma comunidad.

Esta visión pragmática de la justicia obvia las realidades metafísicas a las que hacían mención los pensadores antiguos y medievales y se centra de forma exclusiva en el buen funcionamiento de las relaciones intersubjetivas.

Un ejemplo de esta forma de comprender la justicia se encuentra en el filósofo empirista David Hume (1711-1776), para quien lo justo no es una dimensión absoluta que debe desprenderse del derecho o de fundamentos metafísicos, sino un útil, un instrumento relativo que debe aplicarse de distintas maneras según las circunstancias, buscando siempre lo mejor para la mayor cantidad posible de personas o, al menos, el menor de los males. Una idea de justicia que chocaba frontalmente con el iusnaturalismo imperante en la época, que intentaba basar la efectividad y la validez de la justicia en la naturaleza humana, en una dimensión absoluta.

La justicia como libertad. Para los pensadores ilustrados, y muy especialmente para Immanuel Kant (1724-1804), la justicia se corresponde con la libertad, en el sentido de que es imposible que la justicia tenga una capacidad operativa plena si los individuos no son libres para determinar su propio querer y para imponerse normas racionales a sí mismos.

Tríptico de El Juicio Final, de Jacob de Backer. El planteamiento medieval de la justicia se basaba en la existencia incontestable de un ordenamiento judicial perfecto establecido por Dios. Quienes desobedecían estas normas sufrían el castigo de la condenación eterna.

En este contexto, ser libre es lo mismo que ser autónomo, y los Estados y las leyes deben facilitar que los individuos puedan tomar las riendas de su autonomía para comportarse en virtud de las facultades racionales.

Aunque Kant afirmase en ocasiones que lo justo se limita al cumplimiento de lo que es considerado como legal dentro de una sociedad dada, en realidad partía del deseo de que las sociedades se articulasen siempre dentro de los estrictos márgenes que resultan del respeto de la libertad, por lo que lo legal debe corresponderse siempre con lo racional. Así, las dimensiones de la justicia aparecen vinculadas a las de la moralidad.

Tabla 2. Según Platón, tanto la sociedad como el alma se componen de tres partes, cuya armonía posibilita el equilibrio social y personal. En este marco, la justicia es la virtud que desempeña el principal papel armonizador.

La justicia como paz. Como ya se ha señalado en capítulos anteriores, a partir del Renacimiento el paradigma religioso medieval, que hacía depender la justicia de Dios, fue sustituido por un nuevo enfoque humanista, que centraba en el hombre y en su naturaleza el establecimiento del derecho, el Estado y la justicia.

El contractualismo de Thomas Hobbes (1588-1679) proponía una novedosa teoría según la cual los hombres establecían comunidades con el fin de escapar de un presunto dominio de la naturaleza, caracterizado por la guerra entre todos, y conformar el Estado, basado en un pacto implícito de no agresión.

De esta manera, la justicia supone el fin de la guerra y el principio de la paz, que permite la supervivencia de la especie gracias al establecimiento de unos organismos y unas instituciones que controlan y regulan el comportamiento de los individuos.

Si para los iusnaturalistas la justicia y el derecho tenían la obligación de respetar la naturaleza humana, el contractualismo de Hobbes promueve precisamente la idea contraria: de lo que se trata es de salir del dominio de la naturaleza, que se basa en la crueldad, el egoísmo y la guerra, para dar paso al Estado, una segunda relación natural basada en el artificio de la paz, en la justicia de la convivencia.

Lo que Hobbes proponía era que la justicia se considerase como el establecimiento de una armonía social racional que permitiese la convivencia a partir de la limitación de las libertades egoístas.

Así, si el modelo medieval se basaba en la irracionalidad, en la asunción de unas normas por su carácter divino, la Edad Moderna supone el afianzamiento de un orden racional, que se hace corresponder con la idea de justicia.

Por otra parte, esta justicia no tiene un sentido positivo, como en las teorías de la justicia que pretenden garantizar la felicidad o la libertad de los individuos, sino negativo, ya que lo que intenta es limitar las posibles agresiones mediante el control de las libertades de los individuos.

La justicia como igualdad. De forma paralela al desarrollo de las teorías contractualistas de Hobbes y Rousseau se elaboró la teoría del derecho más relevante de la historia de la modernidad, la del iusnaturalismo. El derecho natural defendió una idea de justicia menos restringida, que no partía tanto de la coacción de las libertades individuales para hacer valer un Estado de paz, como del reconocimiento de una igualdad natural entre los hombres, que implicaba el reconocimiento de unos derechos elementales.

La justicia no se limita a la proclamación de unas presuntas igualdades y derechos. La pobreza impide que aquélla se cumpla, y termina resultando uno de los mayores escollos que debe salvar la idea de igualdad.

Esta forma de justicia es, en realidad, muy similar a la planteada por Aristóteles, ya que hace depender el concepto de justicia del derecho y de la presunta existencia de una naturaleza humana, de la que se derivan las leyes y las normas.

Sin embargo, si la aristotélica era una teoría del derecho que partía de la desigualdad positiva entre los hombres, el iusnaturalismo parte precisamente de la idea contraria: todos los hombres son iguales y, en consecuencia, hay unos límites que ningún Estado ni ninguna legislación pueden sobrepasar.

El ideal de justicia que se deriva del iusnaturalismo de autores como Hugo Grocio (1583-1645) es el que promovió las diversas declaraciones de los derechos humanos de la Edad Moderna, y se halla presente en el espíritu de las democracias contemporáneas.

Sin embargo, esta forma de justicia siempre se ha visto matizada por las condiciones positivas, materiales y económicas en las que se desarrollan las democracias. Tal y como denunció Karl Marx, el liberalismo moderno encubre en realidad unas relaciones de poder que se basan en la conservación del capital por parte de unos pocos, y no sirve de nada garantizar la igualdad de todos los ciudadanos si la economía destruye dichas igualdades.

En otras palabras, la libertad positiva de los individuos se ve coartada por las condiciones económicas. No resulta fácil afirmar que todos los hombres son iguales por derecho cuando preexisten unas desigualdades económicas que ningún tratado puede modificar.

Tal vez los pobres puedan ser iguales a los ricos ante la justicia, pero ésta es completamente inoperante cuando las condiciones iniciales de las que se parte no son justas, no se corresponden con la igualdad.

La justicia como imparcialidad. La ineficacia de los conceptos de justicia de la Edad Moderna condujo al pensador estadounidense John Rawls (1921-2002) al establecimiento de una de las teorías de la justicia más importantes de la historia de la filosofía. Las ideas de Rawls se afirmaban en el hecho de que el siglo xx había asistido a la expresión más cabal de las desigualdades entre los hombres a pesar de los esfuerzos tanto de los contractualistas clásicos como de los iusnaturalistas.

Según el filósofo americano, reconocer que todos los hombres son iguales carece de sentido cuando se parte de unas situaciones económicas concretas en las que los ricos se imponen con claridad sobre los pobres; del mismo modo que imaginar un contrato social que garantice la paz entre los hombres parece un contrasentido cuando las guerras han asolado el planeta durante siglos.

Éstas son las bases del nuevo contractualismo de Rawls, que huye de la ingenuidad de Hobbes y Rousseau para establecer una teoría de la decisión y una teoría de los juegos completamente originales.

Según Rawls, lo primero que hay que comprender es la diferencia existente entre la verdad y la justicia, de tal modo que ésta «es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento». En consecuencia, las teorías de la justicia, el derecho o el Estado no tienen como función estudiar la naturaleza humana o el sentido de la existencia, sino hallar la mejor manera de articular la convivencia social a través de unas medidas prácticas.

Estas medidas prácticas deben determinarse a partir del reconocimiento de un contrato que se establece entre los hombres que conforman el estado social. Sin embargo, el contractualismo no puede desarrollarse a partir de la existencia de unas relaciones o unas circunstancias iniciales, ya que las decisiones que se toman son siempre parciales e interesadas cuando se considera lo que cada uno tiene.

Por ejemplo, si se le pide a un artesano que establezca las leyes que deben regir una sociedad perfecta buscará la manera de que la artesanía desempeñe un papel esencial dentro de la economía de la sociedad; mientras que si se le pregunta a un agricultor cómo debe ser la sociedad ideal, éste afirmará que la agricultura debe situarse en la base del desarrollo económico de las civilizaciones.

Por ello, de lo que se trata para Rawls es de partir de una posición inicial en la que todos sean efectivamente iguales y no existan ni la parcialidad ni los intereses. Así, la justicia como imparcialidad se refiere sobre todo a la justicia distributiva, y consiste en la búsqueda de la equidad absoluta.

En la posición inicial debe dominar la racionalidad y la libertad, pero para que ambas se produzcan de manera efectiva los sujetos no pueden verse cegados ni coartados por sus propios intereses egoístas. Esta idea viene a sustituir la antigua noción de estado de naturaleza que manejaron los primeros contractualistas, y que condujo, en realidad, a que cada uno intentase preservar lo que ya poseía. A esta posición inicial corresponde además un acuerdo original, que equivale al antiguo contrato social.

Tabla 3. La concepción de la justicia de John Rawls parte de la obra de los pensadores contractualistas y de dos procedimientos sociológicos: la teoría de la decisión y la teoría de los juegos.

Las condiciones de imparcialidad, que conducen a la más absoluta igualdad, son llamadas por Rawls «el velo de la ignorancia», puesto que se basan en el hecho de que los individuos no sean conscientes de sus intereses, de la posición real que ocupan dentro de la sociedad. Al establecer el acuerdo o pacto original los individuos no deben saber ni de dónde proceden ni a qué se dedican ni cuáles son sus talentos o capacidades naturales. Sólo así se hablará con absoluta imparcialidad y la racionalidad se impondrá por sí misma.

Después de establecer esta situación ideal, John Rawls pasa a revisar cuáles serían las decisiones que se tomarían, qué forma de justicia resultaría a partir del ejercicio de una libertad y una imparcialidad completas. Su razonamiento deduce que se tomarían fundamentalmente dos determinaciones:

  • El primer principio consistiría en el establecimiento de que toda persona tiene derecho a un régimen de libertades iguales, compatible con un régimen similar de libertades para todos. De esta forma, todos los individuos tendrían el mismo derecho a disponer de sus libertades políticas: a pensar lo que considerasen oportuno, a votar sin ninguna clase de coacción o a no ver limitada su libertad por la intervención de ninguna clase de organismo o institución.

  • El segundo principio consistiría en la asunción de las desigualdades de hecho. Esto es, aceptar que las desigualdades siempre se deben producir bajo dos premisas elementales: que deben estar asociadas a cargos y posiciones abiertos a todos en las condiciones de una equitativa igualdad de oportunidades, y que deben procurar el máximo beneficio para los miembros menos aventajados de una sociedad. Este principio se aplica al reparto de riqueza, cargos, responsabilidades, puestos sociales, etc. Con él se pretende que la uniformidad total no termine anulando la posibilidad de que los que realizan unos mayores esfuerzos o estén mejor dotados terminen desapareciendo bajo la operatividad de una igualdad absoluta.

En cualquier caso, ambos principios se pueden sintetizar bajo la idea elemental de justicia sostenida por John Rawls:

  • «Todos los bienes sociales primarios [...] han de ser distribuidos de un modo igual, a menos que una distribución desigual de uno o de todos estos bienes redunde en beneficio de los menos aventajados».

Tabla 4. Al igual que los autores contractualistas tradicionales, John Rawls propone una situación hipotética, que no se da de hecho, con el fin de establecer una situación perfecta que determine qué es lo correcto dentro de la justicia.

La teoría de la justicia de Rawls se configura, en consecuencia, como la culminación de todos los proyectos presentados a lo largo de la historia de la filosofía, ya que supone la asunción tanto del contractualismo como del iusnaturalismo o la teoría de la igualdad (o la desigualdad) de Aristóteles.

Es cierto que lo que plantea el pensador norteamericano es del todo impracticable, ya que no es posible una posición inicial en la que los individuos no decidan qué es lo justo a partir de sus propios intereses. Sin embargo, Rawls era perfectamente consciente de esto, y no presentaba su teoría de la justicia como una realidad de hecho (que se pudiese llevar a cabo), sino como un límite trascendental, como un ideal a tener en cuenta.

Con su teoría, Rawls trataba de extraer las consecuencias ideales de una situación imposible, con el fin de denunciar la ausencia de equidad en las sociedades reales.

Análisis de textos

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

Está claro que, puesto que el injusto es desigual y lo injusto es lo desigual, debe haber un término medio de lo desigual, que es lo igual; esto es, en toda acción en que existe lo más y lo menos necesariamente debe existir también lo igual. Entonces, si lo injusto es lo desigual, lo justo tendrá que ser lo igual (y es esto lo que estiman todos), y como lo igual es un término medio, también lo justo será una clase de medio. Por otro lado, como lo igual supone por lo menos dos términos, lo justo debe necesariamente ser medio e igual y relativo a algo y para algunos. Y mientras que medio lo es entre lo más y lo menos, como igual supone dos cosas: en tanto que justo, y ciertas personas para quienes lo sea; necesariamente, entonces, lo justo ha de suponer cuatro términos por lo menos: las personas para las cuales se da algo justo, que son dos, y las cosas en las que reside, que son también dos. Y como en razón de cómo están éstas entre sí, estarán aquéllas también, entonces la igualdad será la misma para las personas que en las cosas. Pero si las personas no son iguales, no tendrán cosas iguales, y es en esto en que tienen su origen los pleitos y reclamos: cuando a los iguales les tocan partes desiguales, o a los no iguales partes iguales. Es además evidente por lo que ocurre en relación con el mérito: todos reconocen que las distribuciones, para ser justas, deben realizarse según ciertos méritos; el problema es que no todos están de acuerdo en cuanto al mérito mismo, siendo para los demócratas la libertad; entre los de la oligarquía, para unos la riqueza, para otros el linaje; para los aristócratas, la virtud.

Texto 1. Para Aristóteles, la justicia se halla en la igualdad o término medio, entendiendo esto como proporcionalidad.