La democracia

El concepto de democracia aparece en la historia de la humanidad como la manifestación ideal de un logro político, social y cultural. Si se tienen en cuenta la cantidad de sistemas políticos corruptos que han determinado la vida de millones de hombres, la posibilidad de que exista, se defienda y se practique la democracia, da cuenta de la riqueza que encierra el espíritu humano.

Democracias ha habido muchas, aunque es importante tener en cuenta que en numerosas ocasiones no han sido sino tapaderas políticas que han ayudado a legitimar otras formas de poder absolutista encubiertas bajo un inmenso aparato propagandístico. El hecho de que todos los ciudadanos tengan acceso al voto no tiene por qué decir que efectivamente se vaya a cumplir su voluntad.

De hecho, aunque todos tengan derecho al voto, éste se puede ver condicionado de muchas formas. Los candidatos pueden estar preasignados de tal forma que la voluntad popular siempre tenga como resultado un personaje perteneciente al «aparato» político dominante. En otros casos, el político electo puede sufrir el continuo control de una instancia superior (como la asamblea de clérigos iraní) por lo que el derecho al voto en realidad no es sino una pantomima. Finalmente, pueden darse todos los condicionantes legales para que en realidad se pueda hablar de un sistema democrático pero si las condiciones económicas no son las adecuadas, las elites siempre tendrán la capacidad de influenciar y dirigir la intención de voto de la masa, tal y como ocurrió en grandes zonas de España a finales del siglo xix. La democracia, por lo tanto, debe ser entendida como algo más que un simple voto.

El concepto de democracia a lo largo de la historia

Es necesario considerar el pasado, el presente y el futuro de la democracia para comprender cuál es su sentido originario, en qué formas se ha venido presentando a lo largo de la historia, cuáles han sido las teorías más importantes que han sustentado sus principios, o cuáles son los problemas más frecuentes a los que se ha enfrentado, se enfrenta y tendrá que enfrentarse.

La democracia en Grecia y en Roma

A pesar de que actualmente se llama democracia a una realidad política muy concreta que tiene su origen en la modernidad, en Grecia se puede hallar la prefiguración de una primera forma de democracia que contiene ya algunos de los elementos más característicos de este sistema de gobierno. De hecho, la palabra democracia tiene su origen en dos términos griegos, demos y kratein, que quieren decir, respectivamente, «pueblo» y «gobernar». De esta forma, «democracia», desde los primeros tiempos, quiere decir «gobierno del pueblo».

Si bien la palabra democracia o «gobierno del pueblo» proviene del griego, en el mundo clásico adquiría un significado muy distinto del actual al estar basado en relaciones sociales muy desiguales, ya que excluía a numerosos sectores de la población como las mujeres y los esclavos. En la imagen, una estatuilla que representa a un esclavo boecio.

Durante su esplendor, Atenas, la polis o ciudad-estado griega por antonomasia, basó su funcionamiento en un Estado democrático, según el cual, el gobierno debía estar determinado por la participación directa de los ciudadanos. No se trataba sólo de que se eligiesen representantes, sino también, y sobre todo, de que todos los ciudadanos se pronunciasen directamente.

Sin embargo, dentro de esta primera concepción de lo democrático hay que matizar el alcance del concepto de ciudadano, ya que no todas las personas que vivían en Atenas eran consideradas como tales. No todos los griegos podían participar de la democracia.

Para el pensamiento político griego, como señalan en sus respectivas obras Platón (428-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.), existían ciudadanos legítimos y esclavos, que no tenían derecho a votar y que, por su naturaleza, estaban destinados a obedecer. Por otro lado, las mujeres, que para Aristóteles eran seres inferiores a los hombres, tampoco eran consideradas aptas para votar, lo que hacía que la presunta democracia ateniense estuviese en realidad limitada a un número muy reducido de personas. Este hecho ha conducido a la afirmación generalizada por parte de pensadores e historiadores de que no era tanto una democracia pura como una que encubría una aristocracia, un sistema de gobierno basado en la voluntad de unos pocos elegidos.

El pensador ateniense Platón concebía cinco formas de gobierno distintas: la aristocracia, la oligarquía, la timocracia, la tiranía y la democracia. Siempre mostró pocas simpatías hacia esta última porque no se ajustaba a su concepción del mundo y la virtud. En su República, Platón cuenta cómo es el sabio, el filósofo, el que debe gobernar, puesto que es el que tiene más virtudes para hacerse cargo del destino de los demás.

Sin embargo, esta formulación platónica de una democracia sustituida por una aristocracia del pensamiento era demasiado idealista, y no da buena cuenta del estado real de las cosas en la Atenas clásica. En su tiempo, gracias al esfuerzo de Solón (639-560 a.C.), ya existía en la ciudad griega una democracia consolidada que había remplazado a una aristocracia no hacía demasiado tiempo, por lo que sus ideas no contaron con mucho apoyo.

Tabla 1. A grandes rasgos, Platón y Aristóteles distinguían seis formas de gobierno distintas. El primero defendía la aristocracia; mientras que el segundo, Aristóteles, prefería la democracia, que reflejaba mejor su forma de entender al hombre y al mundo.

Mucho más sugerente y científica es en este sentido la Política de Aristóteles, en la que el gobierno de los mejores es propuesto desde una perspectiva realista y científica. Para el pensador de Estagira, existían tres formas de gobierno: la monarquía o «gobierno de uno», la aristocracia, o el gobierno de unos pocos o de «los mejores», y la democracia, que es el «gobierno del pueblo». La monarquía, en cualquier caso, no era para Aristóteles sino una subforma de aristocracia por lo que llegaría a afirmar en su Política que:

  • «La democracia, (es) cuando gobiernan los libres, y la oligarquía cuando gobiernan los ricos y, en general, cuando los libres son muchos y los ricos pocos»

De todas estas formas de gobierno, aquella que mejor se adapta a su pensamiento es evidentemente la democracia, ya que Aristóteles pensaba que la virtud debía conducir a cada sujeto a ocupar el puesto que le correspondía dentro de la existencia y del Estado. En consecuencia, los «seres inferiores», como los esclavos o las mujeres, asumirían su condición de no participantes en la democracia; mientras que los ciudadanos, gracias a su natural disposición a la sociabilidad, buscarían en el sistema democrático el medio para constituir el mejor de los sistemas políticos posibles.

Aristóteles fue además el primer pensador que introdujo en la organización política democrática el concepto de ley. No bastaba con la comunión de los ciudadanos en una asamblea en la que se elegía a los representantes del pueblo, sino que también era necesario instituir un Estado de derecho, basado en unas leyes comunes que no se podían romper.

La decadencia de la democracia en Roma y en la Edad Media

Con la decadencia de la polis griega, la conquista de Grecia a manos romanas y el advenimiento del imperio, la idea de una democracia basada en la participación directa de los ciudadanos se hizo imposible. Desde sus primeros tiempos, Roma se había constituido como un Estado en el que el poder era asumido por unos pocos, ya fuera por el rey y sus allegados en la época de la monarquía, ya fuera por los patricios en la época de la república. El pueblo había conseguido adquirir ciertos derechos con el paso del tiempo pero siempre a través de la movilización y la guerra, nunca a través de un derecho institucionalizado al voto. Esta carencia de poder se hizo del todo evidente cuando Octavio Augusto se hiciera nombrar césar (emperador) en el 27 a.C.

Estatua del emperador César Augusto. La decadencia de la polis griega, la conquista romana de la península helena y la constitución del imperio de la mano de Augusto acabaron con la práctica de la democracia, concepto que pasó al terreno de lo utópico.

La Edad Media no trajo ninguna novedad en este sentido. El mundo cristiano heredó las nociones de imperium o rex pero no la de democracia y apenas la de Senado. Éstas quedaron confinadas al mundo de lo ideal o utópico y en aquellos casos en los que se «llevaron a la práctica» fue antes por compartir un nombre con el majestuoso pasado romano que por un verdadero intento por dar el poder al pueblo. Las repúblicas italianas del medievo no fueron en realidad sino principados u oligarquías que favorecían los intereses de los patricios de la ciudad.

Efectos del buen gobierno en la ciudad, obra de Ambrogio Lorenzetti. El renacimiento de las ciudades y el auge experimentado por el patriciado propició que en la modernidad se retomase el concepto democrático y se vinculase, como en la antigüedad, a los centros urbanos.

Por otra parte, la democracia carecía de un apoyo real en el mundo de las ideas. El pensamiento cristiano de la época favorecía la jerarquización de la sociedad, la cual debía imitar el modelo divino y sus diferentes rangos de ángeles, así como la centralización del poder en la figura de un monarca. De hecho, el Sumo Pontífice se iría convirtiendo con el tiempo en un príncipe más, soberano en sus territorios e incluso suficientemente osado para discutir el poder terrenal al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El papel del pueblo como entidad soberana fue arrogado por grupos nobiliarios y patriciales, que autoproclamándose en defensores del común, conseguían mediante el enfrentamiento armado o el apoyo económico diversas prerrogativas políticas de carácter pseudo democrático. Éste fue el caso de la Carta Magna inglesa de 1215, la cual limitaba los poderes del monarca al repartirlos con la nobleza, o el de diversas cartas de privilegios concedidas a aquellas ciudades que apoyaban a cualquier monarca en dificultades.

El renacimiento de la democracia en la modernidad

Entre los siglos xvi y xvii, el concepto de democracia volvió a situarse en el centro del desarrollo social y cultural de Europa gracias a dos factores elementales. Por un lado, el desarrollo de una nueva y pujante economía basada en el comercio dio lugar al auge de la burguesía, que pidió para sí la independencia política y social. Por otro, el nacimiento del humanismo renacentista propugnó una nueva concepción del hombre que remarcaba su individualidad y su protagonismo dentro de la historia y el mundo.

El fin del sistema feudal, la decadencia del Papado y las guerras de religión dejaron en un sinsentido el derecho a reinar «por la gracia de Dios», lema que si bien siguió siendo utilizado por las monarquías absolutistas, no pudo ocultar el renacimiento de la idea de democracia. En esta reivindicación de la democracia moderna, hay que destacar el pensamiento de una serie de pensadores que trataron de manifestar los valores esenciales del gobierno del pueblo.

Alejandro III y el dogo Ziani, de Jacopo Bassano. El papa Alejandro III defendió la teoría de las «dos espadas» por las que el pontificado debía asumir la dirección política de los asuntos terrenales, quedando el emperador como un simple defensor de la teocracia papal. En esta teoría, preponderante durante la Edad Media, la democracia brillaba por su ausencia.

La democracia según John Locke. En su obra Segundo tratado del gobierno civil (1690), John Locke (1632-1704) realiza una de las primeras defensas modernas del gobierno del pueblo, basándose en los conceptos de libertad e individualidad.

Para el pensador empirista inglés, en un hipotético estado de naturaleza todos los hombres son iguales, y cada uno posee su propia libertad y sus propiedades. En consecuencia, el gobierno debe resultar necesariamente del respeto de esas leyes y derechos naturales, por lo que debe consistir en una democracia, en el gobierno consensuado de la mayoría.

La cabeza de Leda, de Leonardo da Vinci. A partir del Renacimiento el hombre se centró en su propia imagen, en el estudio de sus facultades, su anatomía y su naturalidad, de tal forma que las sociedades se opusieron frontalmente a un Gobierno injusto que limitase sus derechos y sus potencialidades, demandando la soberanía del pueblo, la democracia.

La democracia según Jean-Jacques Rousseau. Casi un siglo después, cuando las nuevas clases sociales laicas se habían asentado y la Ilustración proponía de manera cabal un nuevo camino social y político basado en el uso de la razón y la educación, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), una de las principales figuras del momento, presentó en su obra El contrato social (1762) una concepción aún más célebre de la democracia.

Según su pensamiento, el hombre, bueno por naturaleza, debe establecer a través de un contrato el mejor de los gobiernos posibles, que respete sus derechos naturales y no limite su libertad en absoluto. En este sentido, la democracia se presenta como la mejor de las formas de organización política posible, aunque, admite Rousseau, se trate en definitiva de algo irrealizable.

El pesimismo del pensador ilustrado francés a este respecto se debe sobre todo a que maneja una concepción muy estrecha de la democracia. Considera que la única forma de llevarla a cabo con éxito pasa porque los ciudadanos participen directamente en las instituciones y en las decisiones del Gobierno. Esto es del todo imposible y, como se puede observar en cualquier democracia contemporánea, no hay más remedio que delegar el poder del pueblo en unas minorías elegidas a través del voto democrático. Por el contrario, Rousseau pensaba que la representación de la mayoría en partidos políticos y en figuras concretas suponía una traición al espíritu de la democracia, y que, en consecuencia, aun siendo el mejor de los gobiernos posibles, era un proyecto que no podía ser llevado a cabo:

  • «Si hubiese una sociedad de dioses, su gobierno sería democrático. Un gobierno tan perfecto no es para los hombres».

Sin embargo, todas estas ideas en torno al espíritu democrático, si bien es cierto que acabaron apuntando a un ideal imposible de alcanzar, sirvieron finalmente para denunciar los atropellos que se cometían a partir de las instituciones estatales modernas. De esta manera, otros autores ilustrados como el barón de Montesquieu (1689-1775) o Voltaire (1694-1778) apuntaron unas ideas similares basadas en la soberanía del pueblo.

La democracia en John Stuart Mill. Si bien tras las revoluciones estadounidense y francesa, las guerras napoleónicas o la emancipación latinoamericana hubo un intento por retomar la «normalidad» absolutista (Restauración), la idea de democracia estaba ya firmemente asentada en los círculos burgueses. El nuevo patriciado mercantil urbano, impulsado por la bonanza económica de la revolución industrial, no aceptaba ya ser apartado de las esferas de poder por monarquías caprichosas y aristócratas empobrecidos. Exigían mayores cuotas de poder.

En este contexto, el pensador y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873) reformuló los principios de la democracia dentro de un nuevo contexto mercantil, dando lugar al utilitarismo moderno. Según el autor de Sobre la libertad (1859), existe una serie de principios básicos que no deben ser vulnerados por ninguna clase de gobierno. Entre estos principios, que son ya clásicos en la constitución de cualquier sociedad política moderna, destaca el de libre asociación o el de libertad de pensamiento.

Esta postura de Mill dio lugar a una concepción de lo democrático basada en la no intervención en los derechos individuales, que antes se veían comprometidos por la vigilancia del Estado. Así, las primeras democracias modernas, continúa Mill, trataban a los ciudadanos como si fueran niños pequeños que necesitan que se les diga qué es lo que deben hacer. Por el contrario, una democracia moderna, en lugar de preocuparse por limitar el querer de los ciudadanos, debe proteger sus ideas y sus propuestas individuales.

Por otro lado, John Stuart Mill fue uno de los primeros pensadores que se preocupó por defender el papel de la mujer dentro de la democracia, proponiendo su acceso al voto.

La obra de Stuart Mill no pudo ser más clarividente en lo que se refiere a la marcha de la economía mundial a partir de los inicios del siglo xx. Al pedir el respeto de las empresas y las iniciativas individuales, lo que estaba haciendo además de defender la democracia era darle un espaldarazo definitivo al librecambismo. El Gobierno de ningún pueblo debía intervenir en el desarrollo de la economía privada, y debía garantizar que cada uno fuese dueño de explotar sus propias empresas y sus propias ideas.

El comunismo frente a la democracia liberalista. Sin embargo, el desarrollo de las revoluciones industriales condujo a una lucha por imponer el sistema político más apropiado para hacer frente a la nueva situación que se estaba implantando en toda Europa y en América. La opresión política que resultaba de los sistemas del siglo xix era mucho menor que la de las monarquías absolutistas de los siglos xvii y xviii pero los círculos burgueses, recién llegados al poder, se mostraban poco deseosos por compartirlo con el nuevo proletariado que se iba formando en las ciudades.

En este sentido, el pensador alemán Karl Marx (1818-1883) señaló que la democracia sólo era la forma suave que empleaban los capitalistas para imponer el gobierno de unos pocos a través del uso de la economía. Al fin y al cabo, argumentaba el ideólogo del marxismo, ¿de qué sirve una democracia si no se dispone de dinero para ejercerla? De la misma forma que una monarquía injusta puede acabar con la libertad de los ciudadanos, una democracia que corre paralela al librecambismo y al capital puede hacer cautivos a todos aquellos ciudadanos que no dispongan de dinero o propiedades para llevar hacer realidad su libertad.

Los gobernantes, planteaba Marx, no son los que ostentan el poder efectivo, sino los que tienen las propiedades, las tierras y el dinero. La democracia es una ilusión que encubre las verdaderas relaciones de poder, que residen en la economía. En consecuencia, Karl Marx, frente a la imperante democracia, propuso la creación de grandes organizaciones internacionales que contasen con un poder centralizado que permitiese al pueblo asaltar el poder y, después de un periodo dictatorial (dictadura del proletariado), asegurar la instauración de una verdadera democracia.

La democracia en el siglo xx

Dentro del pensamiento contemporáneo en torno a la idea de democracia, destaca muy particularmente la obra de tres autores: John Dewey, Jürgen Habermas y John Rawls, además de la crítica de la Escuela de Frankfurt.

El marxismo denunció a las democracias del siglo XIX al describirlas como un arma en manos de la burguesía para oprimir a los trabajadores y las clases populares dentro de un «marco legal». En la imagen, viñeta de la época que recoge dicha idea, comparando a los políticos burgueses con los antiguos barones feudales.

La democracia en el siglo xx, John Dewey. Según el filósofo norteamericano John Dewey (1859-1952), la democracia constituye la forma de gobierno más deseable, puesto que se trata de la única manera de garantizar a los ciudadanos que pueden desarrollarse según sus expectativas dentro de un marco de igualdad y libertad. En este sentido, la democracia es mucho más que un sistema de gobierno, ya que propone una forma de vida basada en la libre asociación, las empresas privadas o la búsqueda individual de la felicidad.

Sin embargo, señala el autor de Democracia y educación (1916), la democracia no debe resumirse a una simple asunción de las viejas instituciones democráticas heredadas del pasado. Bien al contrario, para que ésta sea operativa y real, debe buscar siempre la autocrítica a partir de la opinión y el voto de los ciudadanos que la conforman. De esta manera se pasa de una concepción estática e ideal de la democracia a una dimensión dinámica y real de ella. Sin embargo, para ello es necesario que los individuos que conforman una sociedad basada en la democracia, posean los medios necesarios para expresarse y que estén protegidos por unas leyes que garanticen la libertad de expresión o la libertad de asociación.

Por otro lado, para que la democracia se desarrolle adecuadamente, también se debe inculcar en los ciudadanos las ideas de cooperación y asociación, y hay que educar a las nuevas generaciones dentro de los ideales que sustentan el fenómeno democrático.

Según el pensador estadounidense John Dewey, para que la democracia se desarrolle convenientemente debe existir una educación en los valores democráticos fundamentales y se deben garantizar los derechos de los ciudadanos para que ejerzan sus funciones democráticas.

Por último, John Dewey considera, al igual que otros pensadores clásicos como Aristóteles, que la sociedad es el único medio en el que el ser humano puede alcanzar su realización positiva, y que, en consecuencia, la democracia debe ser comprendida como la forma de gobierno que garantiza el desarrollo cabal de la humanidad.

Publicidad luminosa en Picadilly Circus, Londres. Para la Escuela de Frankfurt, la publicidad y el consumismo merman considerablemente el alcance de la democracia, ya que hace que los valores elementales que determinan la igualdad entre los individuos se vea reducida a relaciones económicas y a intereses monetarios.

La Escuela de Frankfurt y las críticas a la democracia. A pesar de que el siglo xx ha visto cómo la democracia ha terminado siendo entendida como un sinónimo de humanidad, progreso y justicia, no han sido pocos los autores que han visto en ella una tapadera que encubre otras formas de poder, de una manera muy similar a la marxista.

Los pensadores que integraron la Escuela de Frankfurt, como Theodor W. Adorno (1903-1969), denunciaron que los sistemas democráticos modernos basan su funcionamiento en el capitalismo, en la imposición de unos cánones económicos que pasan por encima de los derechos democráticos más fundamentales. En este sentido, la democracia occidental no ha significado sino la carta blanca que posibilita la explotación liberalista e indiscriminada del planeta y los hombres, que pasan a ser insertados dentro de un sistema económico que busca su coartada en los viejos ideales de la Revolución francesa.

Plantean pues dos preguntas que atacan directamente al corazón de las democracias occidentales:

  • ¿En qué sentido es libre una persona que vive en un país democrático si tiene que producir un capital determinado para sobrevivir?

  • ¿En qué aspecto se dice que una persona es libre dentro de una democracia si su pensamiento se ve continuamente vulnerado por la publicidad o la incitación a necesitar cosas que realmente no necesita?

Para Adorno y sus colegas, la respuesta es obvia: las democracias modernas no son en realidad sino la consecuencia de una concepción errónea del individuo y del mundo, que conduce inevitablemente a la destrucción del planeta y la humanidad.

Estos tipos de diagnósticos hicieron que las propuestas democráticas contemporáneas se cuidasen de hablar de situaciones reales y pasasen a basar sus teorías en situaciones utópicas, ideales, en las que no hay una intoxicación del ámbito político por parte de la economía u otras instancias foráneas.

La democracia según Jürgen Habermas. Para el pensador alemán nacido en 1929, Jürgen Habermas, el principal problema al que se enfrenta la democracia perfecta pasa por la existencia de una realidad comunicativa pervertida por las estructuras sociales.

En este contexto, Habermas propone la constitución de una democracia a partir de una situación comunicativa ideal, en la que todo el mundo puede decir lo que verdaderamente piensa sin ninguna clase de coacción. Así, cada sujeto propondría sus ideas de manera libre y podría opinar acerca de las ideas ajenas de una forma completamente objetiva. La comunicación lo es todo para la institución de las relaciones sociales, pero en la realidad, esta forma de razón siempre se ve distorsionada por las circunstancias. Por ello, para el filósofo alemán, la única manera de alcanzar una sociedad justa, una democracia dialógica, es a partir de una razón argumentativa, imaginando un estado discursivo perfecto e intentando que la realidad siga sus pasos.

Según el pensador alemán, la democracia discursiva perfecta pasaría por el cumplimiento de cuatro puntos fundamentales:

  • En primer lugar, todos los hombres deberían tener las mismas oportunidades para expresarse. En las sociedades reales contemporáneas no se da esta situación, y en virtud de unos intereses económicos sólo algunos tienen todas las facilidades para acceder a los medios de comunicación.

  • En segundo lugar, todo el mundo debe tener derecho a reflexionar libremente en torno a la validez de los argumentos ajenos sin ninguna clase de coacción. Esto, que parece un hecho en la mayor parte de los países occidentales desarrollados, suscita sin embargo la pregunta de hasta qué punto la reflexión no está limitada o sugestionada por las grandes campañas publicitarias o la propaganda política.

  • En tercer lugar, todo el mundo debe tener la posibilidad de manifestar libremente sus sentimientos.

  • En cuarto y último, todo ciudadano debería poder mandar, prohibir o permitir lo que le pareciese pertinente (v. tabla 2).

Tabla 2. Según Habermas, para que en cualquier sociedad se alcance una situación comunicativa perfecta, que es la base de cualquier forma de democracia, antes se deben cumplir cuatro requisitos fundamentales, relativos todos ellos a la libertad expresiva.

A partir del cumplimiento de estos cuatro puntos se produce lo que Habermas denomina «una situación ideal de habla», que es a su vez la que permite que se desarrolle con plenitud una democracia basada en el diálogo.

El propio pensador alemán reconoce que el cumplimiento de este ideal dialógico es prácticamente imposible. Sin embargo, insiste en su importancia como ideal normativo, como situación utópica en virtud de la cual se debe considerar la validez de las situaciones reales. Así, cuanto más se asemeje el funcionamiento de una democracia real al ideal dialógico, más válida será ésta.

El principal mérito de Habermas en este sentido es el haber entendido el Estado y las diferentes formas de organización política y social a partir de la comunicación y el consenso, proponiendo unos modelos normativos que pueden resultar de gran utilidad para la comprensión crítica de las realidades de hecho que se viven.

La democracia según John Rawls. En una línea similar a la propuesta por Jürgen Habermas, el pensador norteamericano John Rawls (1921-2002) desarrolló una teoría de la justicia basada en último término en la consideración de una situación ideal, que sirve para realizar una crítica razonada a las democracias modernas.

Según Rawls, lo habitual a lo largo de los siglos xix y xx fue hacer una defensa de la democracia en términos utilitaristas. John Stuart Mill, por ejemplo, hablaba de la mayor cantidad de felicidad para el mayor número posible de personas. Sin embargo, la unión del liberalismo económico y el utilitarismo condujo en gran medida a una consideración material de la democracia, olvidando de esta manera los derechos elementales que deben hallarse en la base de cualquier forma de constitución social. El hecho de que el bienestar vaya siempre de la mano de una situación social privilegiada o la posesión de unas propiedades hace que la democracia se devalúe y el diálogo que la sustenta se pervierta.

Por otro lado, cuando se establecieron las primeras democracias modernas, éstas nacieron a partir de unas situaciones concretas, en las que ya había personas privilegiadas y personas desfavorecidas. Debido a ello, jamás se pudieron contrarrestar las injusticias internas del sistema, moviéndose el diálogo democrático siempre a partir de la defensa de los propios intereses. Para Rawls, cuando un ciudadano vota dentro de un sistema democrático no se deja llevar tanto por lo que son sus convicciones ideológicas como por la preservación de sus intereses egoístas y particulares. Esto explica cómo muchos antiguos liberales terminaron su vida agarrándose a sus intereses y a sus propiedades, dándole la espalda a sus principios democráticos.

En este contexto, continúa Rawls, la única forma de llevar a cabo una democracia cabal pasa por la consideración de un Estado ideal, en el que nadie posee unos intereses egoístas ni sepa qué decisiones son las que mejorarán su estatus social. Retomando el concepto de contrato social, tan importante en los siglos xvii y xviii, el pensador estadounidense propone la creación de un nuevo contrato, que esta vez no parte de ninguna situación privilegiada sino que toma como punto de partida una situación de perfecta libertad.

Esta situación en la que se le preguntaría a los ciudadanos qué principios consideran necesarios para la elaboración de un Estado perfecto, cada uno de los participantes en el contrato partirían de cero en sus consideraciones: no serían conscientes de cuál es su raza, su situación laboral, sus intereses económicos, etc. De esta forma, todo el mundo hablaría según las certezas que le dicta su sentido común, y nadie buscaría en la democracia su propio beneficio.

Al igual que sucede con las teorías de Jürgen Habermas, las propuestas de Rawls son completamente ideales y funcionan a partir de una hipótesis que es imposible de llevar a cabo. Sin embargo, de la misma manera que Immanuel Kant estableció el comportamiento humano a partir de hipótesis como el principio categórico, Habermas y Rawls pretenden denunciar los errores de los gobiernos actuales a través de la descripción de una situación ideal.

En su carácter ideal, poseen un gran valor práctico ya que permiten analizar la situación rompiendo los límites que establece la realidad. De esta forma, si se considera la democracia dentro de los márgenes establecidos por los intereses particulares, pronto se descubren las «mentiras» que sustentan la mayor parte de los sistemas democráticos contemporáneos. Sólo hay que plantearse si los distintos gobiernos de las naciones democráticas buscan realmente la mayor cantidad de felicidad para el mayor número posible de ciudadanos o, si por el contrario, pretenden enriquecerse utilizando como coartada la salud económica del país.

Análisis de textos

Aristóteles: –Política

Es evidente que existe una ciencia a la que corresponde indagar cuál es la mejor constitución; cuál, más que otra, es adecuada para satisfacer nuestros ideales, cuando no existen impedimentos externos, y cuál se adapta a las diferentes condiciones para ser puesta en práctica. Ya que es casi imposible que muchos puedan realizar la mejor forma de gobierno, el buen legislador y el buen hombre político deben saber cuál es la mejor forma de gobierno en sentido absoluto y cuál la mejor forma de gobierno dentro de determinadas condiciones.

Texto 1. A diferencia de Platón, que dedicó la mayor parte de su pensamiento político a escribir acerca de gobiernos ideales, Aristóteles planteó una ciencia política en la que la democracia era considerada desde un punto de vista más objetivo, a partir de los hechos y las circunstancias existentes en su época.

Barón de Montesquieu: –El espíritu de las leyes

La democracia y la aristocracia no son estados libres por su naturaleza. La libertad política se encuentra en los Gobiernos moderados. Pero no está siempre en ellos, y no perdura sino cuando no hay abuso de poder. Pero es una experiencia eterna, que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentra límites. ¡Quién lo diría! La misma virtud necesita límites.

Para que no se pueda abusar del poder, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder. Una constitución puede ser de tal manera que ninguno se encuentre constreñido a cumplir las acciones a las que no está obligado por la ley y a no cumplir las que la ley permita.

Texto 2. Los diversos pensadores ilustrados, como Locke o Montesquieu, autor este último de este texto, demandaban una democracia cuyo funcionamiento estuviese garantizado por un control efectivo de los poderes del Estado.

John Stuart Mill: –El utilitarismo

El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer, y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer. Para dar una visión clara del criterio moral que establece esta teoría, habría que decir mucho más particularmente, qué cosas se incluyen en las ideas de dolor y placer, y hasta qué punto es ésta una cuestión patente. Pero estas explicaciones suplementarias no afectan a la teoría de la vida en que se apoya esta teoría de la moralidad: a saber, que el placer y la exención de dolor son las únicas cosas deseables como fines; y que todas las cosas deseables (que en la concepción utilitaria son tan numerosas como en cualquier otra), lo son o por el placer inherente a ellas mismas, o como medios para la promoción del placer y la prevención del dolor.

Texto 3. El utilitarismo de John Stuart Mill propone una comprensión de la democracia a partir de la máxima de su pensamiento: la mayor cantidad de placer o felicidad para el mayor número de personas. Tras esta concepción ética de lo social también se encuentra una defensa de la sociedad a partir del bienestar.