La sociedad

Cualquier consideración en torno al ser humano y a su naturaleza pecará de imprecisa o abstracta si no comprende el entorno social en el que el individuo se desenvuelve. En muchas ocasiones, se ha reprochado a determinadas formas de filosofía precisamente de eso, de no haber sido capaces de hablar del hombre concreto, del ser de carne y hueso que vive en el seno de unas estructuras sociales reales. Miguel de Unamuno (1864-1936), por ejemplo, ironizaba sobre el sujeto puro propuesto por René Descartes (1596-1650) en su metafísica, tildándolo de hombre «de matute», de ser desclasado y extirpado de su campo legítimo de desarrollo. Si bien es cierto que los entes trascendentales, tan usuales en la filosofía, poseen un inmenso valor para acercarse a las facultades del hombre consideradas en abstracto, en potencia, no lo es menos que también es necesario hablar de él como individuo concreto para poder acercarse a su realidad.

Lo más característico de la humanidad viene determinado por la relación real entre el hombre y los demás. No se puede concebir al ser humano si no es a partir de una consideración de la sociedad en la que se vuelve concreto, práctico y problemático. Por ello, desde la obra de los primeros pensadores griegos hasta la de los filósofos posmodernos más actuales, la sociedad ha sido tratada dentro de la ciencia del pensamiento como una de las realidades más complejas relativas al fenómeno humano, prestándose a las interpretaciones más diversas y sugerentes.

El origen de la sociedad

No es necesario analizar los tratados más profundos de la historia de la filosofía para reparar en un hecho: las sociedades existieron muchos antes de que ningún pensador se dedicase a hablar de ellas. Como escribió Georg W. F. Hegel (1770-1831), la filosofía, como la lechuza de Minerva, eleva su vuelo al anochecer, cuando las cosas ya han sucedido y es posible hablar de ellas de una manera coherente, con perspectiva. Si bien es posible apreciar el influjo que la religión y el pensamiento tuvieron en la conformación de sociedades como la hindú, que se organizó alrededor de las castas impuestas por los sacerdotes vedas, la filosofía no comenzó a tratar el fenómeno social sino cuando ya se habían asentado y desarrollado las primeras formas de sociedad compleja.

Inevitablemente, la primera sociedad de la que se habló en el ámbito de la filosofía occidental fue la griega. Fue en la península helena donde apareció por primera vez en las orillas septentrionales del Mediterráneo una civilización fuerte que impulsada por el esplendor económico y cultural dio lugar al nacimiento del pensamiento especulativo tal y como éste es hoy día entendido en Occidente.

La sociedad como efecto de la sociabilidad

El esplendor de la cultura griega posibilitó que se comenzase a hablar por primera vez de la sociedad como un fenómeno unido al Estado. La polis o ciudad-estado funcionaba como una suerte de complejo en el que el individuo, la sociedad y el poder estaban perfectamente sincronizados. Consecuentemente, la sociedad era comprendida como el resultado de un esfuerzo común hacia unos fines racionales incluso en aquellas ciudades de carácter no democrático como Esparta.

Para los primeros griegos como Platón o Aristóteles, el origen de la sociedad se hallaba en la tendencia natural del hombre a vivir agrupados. Sin embargo, al ser humano no le bastaba con sobrevivir, con buscar la comodidad y el amparo de los otros; también tenía unos fines, y en la consecución de estos fines estaba precisamente el sentido de lo social.

Platón, por ejemplo, al entender que la virtud del hombre se hallaba en el cultivo del pensamiento y de la razón, pensaba que los fines de todos los individuos coincidían en una misma realidad, por lo que la sociedad se basaba en la conquista de ese mismo fin.

En la misma línea, Aristóteles escribió que no se podía entender al hombre si no era dentro de la sociedad y a partir de unos fines sociales. Para el estagirita, individuo, sociedad y Estado se articulaban armoniosamente, dando lugar a la democracia.

Sin embargo, con la decadencia de la polis griega en el siglo iv a.C., los estoicos empezaron a entender la sociedad como una escisión entre el individuo y el Estado. Ya no se concebía una armonía basada en el esplendor sino una oposición de elementos de la que surgía precisamente la sociedad tal como ésta es comprendida en la modernidad. La corrupción de la polis conducía pues para los estoicos a la escisión entre el individuo, la sociedad y el Estado.

El romano Cicerón (106-43 a.C.), gran estudioso de la vida griega, afirmó al respecto que los griegos habían descubierto que: «hemos nacido para la agregación de los hombres y para la sociedad y la comunidad del género humano», de tal forma que, cuando el Estado se torna injusto, la sociedad prevalece, ya que es connatural al hombre.

Desde su primera concepción greco-latina, la sociedad se presentó como un hecho natural, como una realidad que se derivaba sin violencia de la forma de ser del hombre. Este pensamiento sería recogido siglos más tarde por pensadores iusnaturalistas como Hugo Grocio (1583-1645), quien proclamó que el origen del derecho y la justicia se halla en la tendencia natural del hombre a vivir en sociedad.

Las teorías de la sociedad como regulación

Sin embargo, frente a esta primera manera de comprender lo social desde la sociabilidad, a partir del siglo XV se empezaron a elaborar una serie de teorías que afirmaban que el origen de lo social no se halla tanto en la tendencia natural a agruparse como en la necesidad de sobrevivir a toda costa. Con la decadencia del pensamiento religioso defendido por la escolástica, los primeros filósofos modernos trataron la sociedad como una realidad emergente que no podía ser comprendida sino dentro de los límites regulativos impuestos por el Estado.

Cicerón, que se familiarizó como pocos con la historia de la sociedad griega, mantuvo que el hombre no puede realizarse si no es dentro de las estructuras sociales, y que su naturaleza sociable lo liga indefectiblemente a los otros seres humanos. En la imagen, El triunfo de Cicerón, de Franciabigio.

La obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) es en este sentido la culminación del nuevo Estado moderno, y advirtió de muchos de los vicios que terminaron rodeando la vida social de Europa. Para el pensador florentino, la sociedad era un organismo compuesto por una serie de intereses contrapuestos, por un conjunto de individuos que ni sabían gobernarse ni eran conscientes de qué era lo que les convenía realmente.

En este contexto, el Estado en general y el príncipe en particular tienen la obligación de imponer unas ideas, unos fines y unos medios para regular la vida social. De esta forma, la sociedad queda comprendida como el encuentro fortuito de unos individuos cuyas relaciones deben ser reguladas por un poder fuerte, que no admita concesiones y que lleva a cabo actos reprochables si es necesario para el bien de la comunidad.

Si bien el pensamiento de Nicolás Maquiavelo ha propiciado no pocas reacciones adversas (destaca en este sentido la obra del pensador político moderno Isaiah Berlin, 1909-1997), también ha sido muy admirado por el método del que hace uso. El pensamiento del filósofo político italiano es la primera muestra de una sociología científica, que se ha acercado al fenómeno social como si se tratase de un objeto positivo.

Otro de los paradigmas del pensamiento social y político moderno, Thomas Hobbes (1588-1679), consideraba que el hombre vivía en sociedad porque no tenía más remedio, y que esto ponía en riesgo sus expectativas individuales. Para el filósofo británico, el enfrentamiento de intereses egoístas ponía en peligro la viabilidad de lo social, por lo que era necesaria la creación de un Estado fuerte que regulase las relaciones humanas.

Por el contrario, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) sostuvo que los intereses egoístas son en realidad intereses universales, racionales, y que la sociedad no debía imponer nada, sino sencillamente aunar esfuerzos alrededor de un contrato social. La sociedad surgía precisamente de esos intereses egoístas, los cuales no eran sino un egoísmo universal, unos intereses comunes a toda la humanidad.

Con el pensamiento de Hobbes y Rousseau se puso definitivamente fin al concepto de la sociedad nacida de la natural sociabilidad del hombre. Pasó entonces a considerarse la necesidad de los hombres de ponerse de mutuo acuerdo para alcanzar unos objetivos comunes básicos, si bien en algunos casos esta cooperación se veía beneficiada por la sociabilidad humana. Immanuel Kant, por ejemplo, reconocía una tendencia sociable en el hombre que favorecía su tendencia a asociarse pero también consideraba que existía una veta de egoísmo en el ser humano que creaba tensiones en las sociedades.

En la misma línea que Hobbes o Rousseau, la sociología del siglo xix apuntó que el origen de la sociedad se hallaba en la necesidad de regular los esfuerzos comunes de los hombres hacia un objetivo artificial, creado por la cultura. Émile Durkheim (1858-1917), por ejemplo, escribió que la sociedad era el fruto de las presiones y coacciones ejercidas exteriormente sobre el individuo, que finalmente se veían materializadas en las instituciones.

Un siglo después, la corriente del pensamiento conocida como «estructuralismo» abundó en las directrices de la sociología positivista del xix para hablar de lo social como una red de intereses, poderes y coacciones que eliminaban al individuo. La sociedad, para los autores estructuralistas, consiste en un complejo entramado de tradiciones, instituciones e ideas impuestas en el que el sujeto no tiene libertad para ser él mismo; por ello, debe ser comprendida de manera inversa a la griega: no como la suma de intereses e ideas sino como la desaparición de lo particular y lo individual en lo común.

En estas teorías de la sociedad entendida como un órgano regulador, destaca que ésta deja de ser comprendida como la suma de subjetividades para convertirse en un campo abstracto en el que se enfrentan poderes e intereses. Para Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau, no se trata ya tanto de buscar la naturaleza social del hombre, tal y como proponían los pensadores griegos, como de analizar científicamente el fenómeno social, buscando las claves de poder, los límites a lo particular y las formas en las que se regula negativamente la relación entre los sujetos.

El mundo social

A pesar de que a través del estudio de la suma de individuos e intereses se pueda llegar a una comprensión aproximada del fenómeno social, es necesario buscar otras perspectivas e ideas. Otra forma tradicional de acercarse a la realidad social es pensar en ésta como si se tratase de un organismo, de tal forma que los sujetos y las instituciones son entendidos como órganos que atienden a un mismo fin.

Esta manera de comprender la sociedad se originó también en Grecia, y se volvió más relevante aún en la modernidad, cuando nació el Estado moderno y fue necesario imaginar nuevas vías para entender lo humano y lo social. A pesar de que los estoicos ya hablaron con detenimiento de la polis griega entendida como un organismo complejo y vivo, fueron sobre todo Herbert Spencer (1820-1903), Hegel, Karl Marx (1818-1883) y Henri Bergson (1859-1941) quienes mejor supieron caracterizar esta idea de lo social.

Durante la segunda mitad del siglo xix, el filósofo y sociólogo inglés Herbert Spencer hizo célebres sus estudios en torno a la sociedad y su evolución. Como era habitual en la época, el estudio de las diversas teorías evolucionistas lo habían llevado a hablar de lo social como progreso, como evolución. Para el pensador inglés, la sociedad era una especie de organismo que evolucionaba a lo largo de la historia. Ésta estaba además compuesta por dos elementos fundamentales: la familia y los individuos, y a diferencia de los organismos animales no sentía la realidad, sino que era consciente de ella.

La sociedad como sistema en Hegel

Sin embargo, la comprensión más típicamente moderna de la sociedad es la concebida por el pensador idealista alemán G. W. Hegel, quien ya entendió lo social como organismo poco antes que Spencer.

Dentro del gran sistema filosófico de Hegel, lo particular es siempre superado, explicado y llevado más allá por lo general. Un hecho aislado sólo tiene sentido si es comprendido dentro de un sistema de relaciones complejas. Por ejemplo, cuando se sufre un percance inesperado no se sabe cómo reaccionar. En principio parece que no tiene sentido alguno y que es algo inoportuno. Sin embargo, cuando transcurre el tiempo y este hecho se puede poner en relación con otros, deja de parecer algo extraño y sin sentido, es superado y explicado por una conciencia general superior.

Tabla 1. La idea de que la sociedad es una especie de organismo en el que los individuos y las instituciones se integran en un proyecto y en una estructura compleja se hizo muy célebre a partir del siglo XIX, dando lugar a algunas de las teorías de lo social más importantes.

En el caso de la sociedad, ésta está compuesta por individuos, cada uno de los cuales posee su propia noción de la realidad y sus propios intereses. Nada de esto tiene valor alguno si no es absorbido por las instituciones primero y el Estado después, que coordina los esfuerzos individuales y los dota de un sentido final a través de una conciencia objetiva. El propio Hegel lo expresa de la siguiente forma:

  • «Las familias o individuos se hallan de suyo en libertad independiente, y como seres particulares pierden su carácter ético, ya que estas personas en cuanto tales no tienen en su conciencia y como finalidad la unidad absoluta».

Por tanto, los individuos que forman una sociedad son seres limitados que sólo tienen una conciencia deficitaria de lo que sucede, puesto que no pueden acceder a la totalidad por sí mismos. Consecuentemente, es necesario que al agruparse se entreguen a una conciencia superior, que es la suma de todos ellos pero también una superación, puesto que pasa de lo subjetivo y lo particular a lo objetivo y lo universal.

Esta forma de comprender la sociedad como sistema ha encontrado no pocos detractores, ya que elimina el valor de la persona por el valor del Estado. Sin embargo, como señala el pensador alemán T. W. Adorno, en definitiva ha sido la forma de sociedad que se ha terminado imponiendo a partir del siglo xx.

La sociedad comunista en Karl Marx

Como heredero directo del pensamiento de Hegel, el filósofo materialista y comunista Karl Marx asumió la mayor parte de los presupuestos del idealista, aunque invirtió el sentido de la mayor parte de los conceptos. Los hombres, afirma el pensador alemán, se unen en sociedad para conseguir unos objetivos comunes, pero las instituciones que se encargan de coordinar los esfuerzos sociales, privan al hombre de la conciencia de su trabajo, de su particularidad. Para el marxismo, por tanto, la sociedad es antes la suma de las relaciones de poder que el resultado de una conciencia universal que se traga las conciencias particulares. Dicha sociedad debe asegurar que el hombre, a través de su trabajo, pueda realizarse como persona.

Cartel de exaltación de la Revolución de octubre. Karl Marx se opuso a la idea de sistema de Hegel, y propuso una inversión de sus planteamientos. La sociedad no se debe a ninguna estructura ideal o racional, sino a una base económica y material en la que las instituciones, en manos de las élites, privan a los trabajadores de su individualidad. Dichos trabajadores deben rebelarse para construir nuevas sociedades que les permitan su realización como personas.

Sin embargo, durante el siglo xx, la historia vino a demostrar que en realidad no existían tantas diferencias entre la sociedad totalizada propuesta por Hegel y el sistema comunista descrito por Marx. En ambos casos la sociedad suponía la desaparición del individuo bajo los intereses abstractos del Estado.

La sociedad mística de Henri Bergson

Al igual que Spencer, Hegel o Marx, el pensador francés Henri Bergson tuvo muy presente las distintas teorías evolutivas del siglo xix a la hora de concebir una comprensión cabal del fenómeno social. Sin embargo, sus tendencias espiritualistas y su amor por la religión lo llevaron a desarrollar unas ideas muy distintas.

La ascensión de Cristo, de Garófalo. Henri Bergson adaptó las ideas evolucionistas y organicistas del siglo XIX al espiritualismo cristiano propio de su pensamiento. De esta forma, concibió la evolución de lo social como una progresiva imposición de lo espiritual sobre lo material.

Para Bergson, la sociedad es el resultado de un inmenso proceso evolutivo en el que la conciencia y el espíritu se van abriendo paso poco a poco. La vida en origen sólo era materia indiferenciada. Sin embargo, con el impulso de la vida espiritual, los seres se fueron volviendo más complejos, hasta que la conciencia irrumpió en la realidad y las sociedades se organizaron alrededor del espíritu. De esta forma, la sociedad es para Bergson un organismo espiritual, en el que cada sujeto tiene una función y en el que se apunta a un fin primordial, que es la espiritualización de la realidad.

En definitiva, la consideración de la sociedad como organismo se ha repetido a lo largo de la historia del pensamiento, aunque cada periodo o autor ha terminado articulando esta idea en función de sus propios intereses.

El estudio de la sociedad a partir de la sociología

Si bien la filosofía ha centrado en muchas ocasiones su interés sobre el fenómeno social, a partir del siglo XIX la sociología irrumpió con fuerza en este tipo de estudios, pidiendo para sí una autonomía científica que perdura en la actualidad. La consideración de los estudios sobre la sociedad como una ciencia más ya había sido tenido en cuenta por Baruch Spinoza (1632-1677), quien llegó a proponer un método positivo para ello; sin embargo, no sería hasta la intervención de Auguste Comte (1798-1857) que estos estudios se consolidarían en el panorama científico.

En la actualidad, como ciencia autónoma que pide para sí un método propio, la sociología no ha tenido más remedio que recrear su manera de enfrentarse a un fenómeno tan complejo y rico como es la sociedad. A partir de la obra de autores como Comte o Weber, ha terminado generando una forma más o menos usual de analizar lo social. Este método se caracteriza por cuatro herramientas elementales que son la observación de la sociedad (ya sea de manera directa o indirecta; sin intervenir en ella o implicándose en sus estructuras y en sus ideas), las entrevistas a los miembros de una sociedad dada, empleando cuestionarios, etc., el estudio de los comportamientos espontáneos a través del control de individuos activos y la elaboración de estadísticas que permiten establecer leyes, tendencias, etc. Gracias a ello, los hechos sociales, aquellos elementos que constituyen la sociedad, pueden ser estudiados de forma empírica aunque el concepto global de lo social haya variado con el tiempo.

El estudio de la sociedad como sistema en Auguste Comte. Auguste Comte partió de la consideración del fenómeno social como un objeto científico más, en el que se podían apreciar unas causas, unas leyes y unos efectos.

El filósofo y sociólogo francés quiso ver en la dimensión social dos elementos que confluían en una misma realidad: unas estructuras estáticas fundamentales compuestas por las instituciones y las formas de relación social; y unos procesos dinámicos que variaban la función y el sentido de las estructuras. De esta forma, lo social, al igual que los objetos de la física o de la geometría, está compuesto por unas constantes y por unas variables, lo que permite calcular el comportamiento de la sociedad en virtud de un método científico.

El estudio analítico de la sociedad en Émile Durkheim. La búsqueda de unas leyes universales que pudiesen explicar el comportamiento de las sociedades encontró pronto el rechazo de los herederos de Comte. Émile Durkheim (1858-1917), por ejemplo, afirmaba que no tenía sentido hablar de unos valores abstractos, y que era necesario adscribirse a un método científico real, que se limitase a los datos sensibles que se pueden obtener de la observación directa de una sociedad concreta. Según el propio Durkheim:

  • «Lo que existe, lo único dado a la observación, son las sociedades particulares, que nacen, se desarrollan, mueren independientemente una de la otra».

La familia Begas, de Begas el Viejo. La sociología de Auguste Comte intenta hallar en la sociedad unas variables y unas constantes que permitan estudiar científicamente el fenómeno social. La familia, como estructura estable, juega en este aspecto un papel fundamental.

Este atomismo expresaba además las profundas diferencias existentes entre el método filosófico y el sociológico. Para Durkheim, la filosofía estudiaba lo social a partir de nociones abstractas como «hombre» o «naturaleza» y debía recurrir al empleo de la deducción y de los silogismos para alcanzar sus conclusiones. El sociólogo francés, sin embargo, negaba la posibilidad de basarse en verdades elementales, innatas o universales y exigía al estudio de lo social un empirismo extremo, un positivismo rígido, que partiese de los datos que se obtienen de la observación y, empleando la inducción, alcanzase conclusiones particulares.

Los hechos sociales según Max Weber. El filósofo alemán Max Weber (1864-1920) fue más lejos aún, y separó el estudio de lo social no sólo de la filosofía, sino también de otras disciplinas humanísticas como la antropología o la historiografía. Para Weber, la sociología debía dedicarse a la contemplación, análisis y estudio de la sociedad considerando los hechos y actos sociales como realidades científicas, que adquieren todo su sentido a partir de la relación entre los individuos dentro de unas circunstancias concretas.

Tabla 2. La sociología, dice Weber, debe tomar como base de sus estudios una realidad propia, que es la constituida por las acciones humanas. Éstas vienen además caracterizadas por tres rasgos elementales.

Por lo tanto, las acciones humanas constituyen la base de la sociedad y el objeto de estudio de la sociología, y vienen determinadas por tres factores elementales:

  • Obtienen su sentido gracias a la presencia de los demás. Cada acto humano dentro de la sociedad es realizado en la presencia del otro y hacia la consideración de los demás, por lo que no existe ni un solo acto que no comprenda y asuma a los otros individuos que forman parte de una misma sociedad.

  • El desarrollo del acto mismo y el de sus consecuencias está debido igualmente a los demás, puesto que son éstos los que lo reciben y los que lo modifican mediante su propia actitud.

  • La interacción social y las ideas que resultan de ella son las que finalmente determinan el sentido definitivo de cualquier acto humano.

Tipos de sociología

Desde el siglo xix hasta la actualidad, las formas de acercarse a lo social desde la sociología ha propiciado el desarrollo de un gran número de subcategorías dentro de ésta. Por ejemplo, en los Estados Unidos son célebres ahora mismo los estudios dedicados a entender la sociedad a partir de las relaciones laborales, la familia o lo urbano. A pesar de esta variabilidad en el objeto de estudio, por su calado filosófico y por su antigüedad, se pueden destacar una serie de ramas de la sociología.

Sociología de la religión. Se trata de una corriente de la sociología iniciada por Max Weber, quien en sus obras La ética protestante y el espíritu del capitalismo, La religión en China: confucianismo y taoísmo, La religión de India: la sociología del hinduismo y el budismo y Judaísmo antiguo, propone la comprensión de los orígenes de la sociedad a partir de la religión. Según el pensador alemán, la piedad cristiana y su imagen del mundo, así como las transformaciones operadas por el protestantismo, tuvieron una gran relevancia en la conformación de las sociedades capitalistas europeas.

Sociología del conocimiento. El influjo de las ideas en la conformación de las sociedades ha sido reconocido desde el origen de las primeras formas de sociología. Sin embargo, fue sobre todo a partir de la obra de Karl Marx cuando se empezó a analizar el fenómeno con más detenimiento. Según el pensador comunista, la religión y las ideas poseen una importancia fundamental en el establecimiento de las estructuras de poder dentro de las sociedades.

Si bien su materialismo afirma que la economía es la primera fuerza determinante en la conformación de lo social, también admite un importante papel para las ideologías. En este contexto, la religión o la filosofía tienen la función de distraer el interés de los ciudadanos, que se ocupan de realidades que carecen de peso material para no reparar en cómo se les roba el fruto de su trabajo. De esta idea surge una de las frases más célebres del pensador alemán: «la religión es el opio del pueblo».

Detalle del cuadro El prestamista y su mujer, de Quentin Massys. Para Max Weber, la religión debía ser considerada como uno de los factores más determinantes en la génesis de las sociedades. De hecho, el sociólogo alemán consideró que las sociedades capitalistas occidentales debían su origen a la Reforma y mentalidad protestantes.

Ya en el siglo xx, el pensador que mejor ha sabido reflejar las relaciones entre el pensamiento y las estructuras de lo social es Michel Foucault (1926-1984), quien llegó a afirmar que el hombre, tal y como éste es concebido en la modernidad, no comenzó a existir hasta el siglo xviii.

Según el pensador francés, la sociedad no sólo establece unas relaciones de poder basándose en la economía y en los objetos materiales, sino también, y sobre todo, en el comercio del saber, que engendra ideas. Un ejemplo de esto se halla en la concepción occidental de la locura. Como señala Foucault en Historia de la locura, en la época clásica, lo sano, lo adecuado o lo enfermo no son conceptos que respondan a un diagnóstico clínico de nada, sino a unos prejuicios gnoseológicos sociales que son muy útiles para articular la realidad. Según estas ideas, el conocimiento funciona dentro de lo social como un elemento cohesionador y a la vez disgregador, que define lo normal y lo extraño en virtud de los intereses de la sociedad.

Conclusión

La extracción de la piedra de la locura, de El Bosco. Para Michel Foucault, conceptos como loco no responden a una realidad científica sino a una mera idea social sobre la corrección de los actos

La sociedad aparece como un fenómeno complejo que consiste en la suma cuantitativa y cualitativa de subjetividades que comparten una misma cultura, unos mismos intereses y una misma forma de concebir lo justo. Su origen, según las teorías más extendidas y célebres, puede encontrarse en tres hechos elementales:

  • La institucionalización de la represión ejercida por los poderosos sobre la masa anónima de individuos.

  • La tendencia natural del hombre a agruparse en sociedades para conseguir unos fines comunes o para buscar protección.

  • Los designios divinos, según los cuales el hombre debe buscar su salvación a partir de los otros individuos.

En lo que se refiere a la naturaleza y a la estructura de la sociedad, la historia del pensamiento se ha referido a ella como si se tratase de una especie de organismo vivo o de un sistema, en el que cada una de las partes posee una función concreta. Otros autores, como Henri Bergson, han optado por relacionar además este organismo social con unos fines místicos.

Tabla 3. El origen de la sociedad ha sido entendido de muy distintas maneras a lo largo de la historia, aunque se pueden señalar tres vertientes principales: la que comprende el origen de lo social en la represión institucionalizada; la que lo encuentra en la naturaleza sociable del hombre; y la que cree que es la religión la que origina la sociedad.

Por último, al margen de la filosofía, a partir del siglo xix, la sociología ha pretendido establecer un método propio y un objeto concreto y exclusivo de estudio con el fin de hallar una respuesta positiva y científica a la cuestión del hecho social. A través de los primeros estudios sociológicos de Auguste Comte, las aportaciones de Émile Durkheim, los pensamientos de Marx, las obras de Max Weber o las últimas tentativas analíticas de los sociólogos estadounidenses, la sociología contemporánea ha terminado consolidando un importante bagaje científico lleno de datos y teorías.

Todas ellas comparten fundamentalmente un método, y se basan en la identificación del hecho social puro. Éste consiste en las acciones sociales, que adquieren todo su sentido gracias a la existencia de unas estructuras elementales, como la familia, y un progreso dinámico en la historia, debido a los cambios tecnológicos, laborales, religiosos o ideológicos.

De esta forma, el siglo xxi se presenta para el estudio del fenómeno social como un reto fomentado por las tremendas crisis y los grandes cambios que vive la humanidad en los inicios de un nuevo milenio.

Análisis de textos

Georg W. F. Hegel: –Fundamentos de la filosofía del Derecho

Por lo demás, para decir aún una palabra sobre su pretensión de enseñar cómo debe ser el mundo, la filosofía llega siempre demasiado tarde. Como pensamiento del mundo sólo aparece en el tiempo después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación y se ha terminado. Lo que enseña el concepto lo muestra necesariamente igual la historia, de modo que sólo en la madurez de la realidad aparece lo ideal frente a lo real y se hace cargo de este mundo mismo en su sustancia, erigido en la figura de un reino intelectual. Cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, entonces ha envejecido una figura de la vida y, con gris sobre gris, no se deja rejuvenecer, sino sólo conocer; la lechuza de Minerva sólo levanta su vuelo al romper el crepúsculo.

Texto 1. La filosofía se ha identificado durante siglos con la imagen de una lechuza o búho debido a que como este animal, necesita de la tranquilidad nocturna y es capaz de ver entre tinieblas. Esta imagen, ya aventurada por Aristóteles, fue hecha célebre por Hegel en el texto que aquí se ofrece.

Nicolás Maquiavelo: El príncipe

Se puede hacer un buen o mal uso de la crueldad. Bien usadas se pueden llamar aquellas crueldades (si del mal es lícito decir bien) que se hacen de una sola vez y de golpe, por la necesidad de asegurarse, y luego ya no se insiste más en ellas, sino que se convierten en lo más útiles posible para los súbditos. Mal usadas son aquellas que, pocas en principio, van aumentando sin embargo con el curso del tiempo en lugar de disminuir.

[…]

De ciertas cualidades que el príncipe pudiera tener, incluso me atreveré a decir que si las tiene y se las observa siempre son perjudiciales, pero si aparenta tenerlas son útiles; por ejemplo: parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo, pero tener el ánimo predispuesto de tal manera que, si es necesario no serlo, puedas y sepas adoptar la cualidad contraria.

Texto 2. Con el pensamiento de Nicolás Maquiavelo comienza el análisis científico de lo social y lo político. El pensador florentino describió además los caracteres esenciales del príncipe perfecto, que subyuga a la sociedad a través de la seducción, el engaño y el genio.

Immanuel Kant: –Ideas de una historia universal en sentido cosmopolita

El hombre tiene una inclinación a asociarse, porque en el estado de sociedad se siente más hombre, o sea, siente poder desarrollar mejor sus disposiciones naturales, pero también tiene una fuerte tendencia a disociarse porque tiene en sí también la cualidad antisocial de querer dirigir todo hacia su propio interés, por lo cual espera encontrar resistencia en todas partes y sabe que, por su parte, debe tender a resistir en contra de los otros.

Texto 3. Immanuel Kant, si bien no era tan radical como Hobbes, también entendía que en la naturaleza humana existía una tendencia antisocial basada en la protección de sus intereses egoístas.

G. W. Hegel: –Enciclopedia de las ciencias filosóficas

La sustancia, que en cuanto espíritu se particulariza abstractamente en muchas personas, en familias o individuos los cuales son por sí en libertad independientes y seres particulares, pierde su carácter ético, puesto que estas personas, en cuanto tales, no tienen en su conciencia y para su fin la unidad absoluta, sino su propia particularidad y su ser por sí, de donde nace el sistema de la atomística. La sustancia es de este modo nada más que una conexión universal y mediadora de extremos independientes y de sus intereses particulares; la totalidad desarrollada en sí de esta conexión es el Estado como sociedad civil o como Estado externo.

[…]

En la sociedad civil, el fin es la satisfacción de la necesidad; y, a la vez, esto es, tratándose de la necesidad del hombre, la satisfacción de ella de un modo fijo y universal; es decir, el aseguramiento de esta satisfacción.

Texto 4. Para Hegel, la sociedad está compuesta por individuos particulares con sus propios intereses que sólo adquieren sentido cuando el Estado coordina los esfuerzos individuales en busca de un sentido final.

Émile Durkheim: –Las reglas del método sociológico

La cuestión es tanto más necesaria, en cuanto se emplea aquel calificativo sin mucha precisión; se le emplea corrientemente para designar a casi todos los fenómenos que ocurren en el interior de la sociedad, por poco que a una cierta generalidad unan algún interés social. Pero, partiendo de esta base, apenas si podríamos encontrar ningún hecho humano que no pudiera ser calificado de social. Todo individuo bebe, duerme, come, razona, y la sociedad tiene un gran interés en que estas funciones se cumplan regularmente. Si estos hechos fueran, pues, sociales, la sociología no tendría objeto propio, y su dominio se confundiría con el de la biología y el de la psicología.

Pero, en realidad, en toda sociedad existe un grupo determinado de fenómenos que se distinguen por caracteres bien definidos de aquellos que estudian las demás ciencias de la naturaleza.

Cuando yo cumplo mi deber de hermano, de esposo o de ciudadano, cuando ejecuto las obligaciones a que me he comprometido, cumplo deberes definidos, con independencia de mí mismo y de mis actos, en el derecho y en las costumbres. Aún en los casos en que están acordes con mis sentimientos propios, y sienta interiormente su realidad, ésta no deja de ser objetiva, pues no soy yo quien los ha inventado, sino que los he recibido por la educación. ¡Cuántas veces sucede que ignoramos el detalle de las obligaciones que nos incumben, y para conocerlas tenemos necesidad de consultar el Código y sus intérpretes autorizados! De la misma manera, al nacer el creyente ha encontrado completamente formadas sus creencias y prácticas; si existían antes que él, es que tienen vida independiente. El sistema de signos de que me sirvo para expresar mi pensamiento, el sistema de monedas que uso para pagar mis deudas, los instrumentos de crédito que utilizo en mis relaciones comerciales, las prácticas seguidas de mi profesión, etc., funcionan con independencia del empleo que hago de ellos. Que se tomen uno tras otros los miembros que integran la sociedad, y lo que precede podrá afirmarse de todos ellos.

He aquí, pues, maneras de obrar, de pensar y de sentir, que presentan la importante propiedad de existir con independencia de las conciencias individuales.

Texto 5. Para Durkheim, existen una serie de hechos que, aunque se circunscriben a la sociedad, no se pueden considerar como constitutivos de ésta (comer, beber, etc.). En cambio, hay otro tipo de elementos que son independientes del individuo (costumbres, instituciones) o del uso que éste haga de ellas. Dichos elementos constituyen el «hecho social», objeto de estudio de la sociología.