La creencia religiosa

La religión tiene su origen en la necesidad por parte del ser humano de dar un sentido último a su existencia. Es la respuesta del hombre a un mundo misterioso, imposible de entender lógica o científicamente, que se le presenta como un enigma. Parafraseando a Paul Ricoeur en su Simbólica del mal, el hombre se encuentra a medio camino entre la finitud de su cuerpo, de sus experiencias, y la infinitud de su sentimiento, su imaginación o sus expectativas.

La muerte, entendida como el mal radical, como el límite definitivo, es para muchos pensadores aquello que incita al ser humano a buscar el sentido de su existencia en las religiones. Sin embargo, a partir del siglo XIX los avances científicos y tecnológicos produjeron una serie de corrientes del pensamiento que consideraban que la religión había muerto. Se llegó a pensar que ésta ya no era necesaria, puesto que la ciencia venía a ofrecer una explicación válida de la realidad que mostraba su eficacia a través de la tecnología.

Pero es precisamente la radicalidad de la muerte y la incapacidad de la física para explicar cuestiones trascendentales lo que garantiza la pervivencia de la religión. La ciencia puede medir, pesar o calcular, pero no puede dar con las razones que explican el porqué de la existencia. Estas cuestiones quedan reservadas para la metafísica y la religión.

El hecho religioso

Existen serias dificultades para elaborar una definición correcta de lo que pueda ser la religión. El hombre tiene la tendencia a subjetivizar su propia experiencia de ella, de tal manera que termina confundiendo su esencia con lo que no son sino sus propias experiencias parciales, limitadas y circunstanciales.

A la hora de acercarse al hecho religioso es habitual encontrarse con tres dificultades elementales: la parcialidad de la experiencia subjetiva, la confusión del hecho religioso con las instituciones y el reduccionismo de las distintas disciplinas que abordan su estudio.

A la hora de definir lo que pueda ser la esencia del hecho religioso no es conveniente tomar el propio contexto cultural como punto de partida, pues así se relativiza el valor de las demás experiencias religiosas. También debe evitarse la habitual confusión entre el hecho religioso y su representación institucional –las diversas iglesias–, lo que acaba dando más valor a las particularidades contextuales que a las esencias de la concepción religiosa.

Los intentos por definir la naturaleza de la religión han tenido que enfrentarse además a la lucha entre las diferentes disciplinas y corrientes que han tratado de analizarla. Los sociólogos, como Claude Lévi-Strauss, han intentado reducirla a sus implicaciones sociales; los teólogos, como santo Tomás de Aquino, a los problemas que surgen al estudiar los atributos de Dios y los axiomas que se derivan de ellos; los evolucionistas la han limitado a su correspondencia con las etapas evolutivas de la cultura; finalmente, los psicólogos se han centrado en la religión como en una forma de reacción psíquica ante los propios deseos y anhelos reprimidos.

Sigmund Freud, por ejemplo, explica en su psicoanálisis el hecho religioso como si se tratara de un mero epifenómeno psicológico, de una consecuencia de los estados mentales y nerviosos. La reducción psicologista convierte a la religión en una simple forma de neurosis, en la que los deseos reprimidos son sublimados, idealizados, a través de proyecciones simbólicas.

Ante esta diversidad de perspectivas es necesario plantear la esencia de la religión desde un punto de vista congregador, que reúna hasta donde sea posible todas las disciplinas, y que trate de ser lo más objetivo posible a la hora de estudiar aquello que tienen en común todas las expresiones religiosas. Esto es lo que persigue la perspectiva fenomenológica, que se acerca al hecho religioso basándose en aquello que es observable en todas las religiones.

En este sentido se comprende la religión como un sistema de creencias y prácticas que están en relación con una realidad sobrehumana y que, además, trata de explicar el sentido último de la existencia. Para comprender mejor esta definición es necesario detenerse en una serie de conceptos fundamentales que recorren de lado a lado la vivencia de todas las religiones.

Los caracteres religiosos elementales

Lo que se puede hallar de común en todas las religiones pertenece a dos categorías: la subjetiva, que se refiere al sentimiento interno de la religión, y la objetiva, que versa sobre la estructura o la forma de las religiones.

Cada disciplina intenta reducir el alcance del hecho religioso a su forma de comprender los fenómenos humanos, de tal forma que el sociólogo entiende la religión a partir de la sociedad, el filósofo desde la metafísica, el teólogo desde la noción de Dios y el psicólogo a partir de los procesos psíquicos.

Los caracteres subjetivos

Como hemos señalado, determinados caracteres del hecho religioso pertenecen al ámbito de la subjetividad, son un reflejo de la interioridad de los hombres ante las incógnitas existenciales. Versan esencialmente sobre los conceptos de sagrado/profano y de realidad suprema.

Lo sagrado y lo profano. Como señala el historiador de la religión Mircea Eliade (1907-1986), en toda expresión religiosa se puede observar una particular delimitación del espacio y el tiempo. La religión posee un ámbito propio que se opone diametralmente al ámbito no religioso, no sagrado, es decir, al profano.

En este ámbito espacio-temporal profano ocurre lo cotidiano, lo carente de significado existencial, lo superfluo y lo leve. Las horas indiferenciadas de lo ordinario se oponen al tiempo y al espacio singular, especial, en que transcurre lo sagrado. En este ámbito, por contra, tiene lugar la experiencia de lo misterioso, de lo inabarcable. Se asiste a la presencia indefinida de lo sobrehumano, a una manifestación milagrosa que Eliade llama hierofanía.

Esta experiencia del misterio de la propia existencia produce a la vez fascinación y miedo. Se trata de la experiencia de lo numinoso, que, en palabras de Rudolf Otto (1869-1937), supone el sentimiento de la cercanía de un ente que supera lo humano, que lo envuelve y lo explica; la cercanía del misterio tremendo bajo el que se busca cobijo y sentido.

La actitud temerosa y a la vez esperanzada es común en todas las religiones, incluso en aquellas en las que, como se verá a continuación, esa realidad suprasensible no aparece encarnada bajo la figura de un dios concreto.

Una realidad suprema. Como señala Eliade, todas las religiones apuntan a una realidad suprema, sobrehumana, bajo la que el ser humano se siente justificado, fascinado y aterrado. Pero, ¿es esta realidad suprema necesariamente un dios concreto?

Si se atiende a la naturaleza de religiones como la budista, se debe afirmar que no. La personificación de la realidad absoluta que sostiene el sentido de la existencia no parece ser un elemento fundamental del fenómeno religioso. No se trata tanto del «quién», sino del «qué».

A pesar de que no todas las religiones convengan en la existencia de un dios personificado y concreto, lo que sí es una constante del hombre ante el misterio religioso que emerge de la realidad sobrehumana es su actitud de abandono y la búsqueda de salvación en él.

Todas las religiones presuponen la existencia de una realidad suprema, sobrehumana, que se manifiesta de alguna forma al hombre. William Blake, pintor y escritor místico, es uno de los artistas que mejor ha sabido expresar la manifestación de esa realidad, como en la obra Job confiesa su presunción a Dios, que contesta desde un torbellino.

Los caracteres objetivos

Junto a los ya analizados caracteres subjetivos comunes a todo fenómeno religioso, también se pueden observar unos elementos objetivos en la estructura o en la forma de todas las religiones. Éstos atienden a aspectos como las creencias comunes, los mitos y los dogmas, la moral, los ritos y las instituciones.

Sistema de creencias comunes. Las religiones se articulan alrededor de un conjunto ordenado de axiomas y símbolos, de un grupo de verdades de fe que es necesario asumir para participar de sus creencias. Así, no es posible ser cristiano sin asumir la existencia de la vida más allá de la muerte o la misión salvadora de Cristo, del mismo modo que no se puede ser budista si no se cree en la reencarnación.

En las religiones se suelen hallar tanto un conjunto de mitos que narran el origen de la religión y del mundo como una serie de dogmas, que dicen cómo ha de comportarse el fiel y qué es lo que debe creer.

Todas estas creencias aparecen ordenadas en un sistema jerarquizado en el que se relacionan las unas con las otras, de tal forma que constituyen un todo ordenado y coherente. La mayoría de los sistemas de creencias comunes se basan en una fe fundamental, que consiste en que el ente sobrehumano al que se rinde culto resolverá el problema del mal radical, de la muerte, así como el de las diversas miserias a las que se ve sujeta la existencia.

Tabla 1. Los caracteres elementales de la religión se pueden dividir en dos grupos, los subjetivos y los objetivos. Los primeros hacen referencia a la materia de la religión; los segundos, a su forma.

Los mitos y los dogmas. En lo que se refiere a su forma, las creencias religiosas suelen ser de dos tipos: mitológicas o dogmáticas. Las mitológicas llegan a los creyentes a modo de narración simbólica, metafórica, en torno al origen de los dioses y su mundo, del que deriva el humano. Las creencias dogmáticas son conceptos y enunciados prescriptivos que llegan a los creyentes a través de la revelación. Suelen encontrarse recogidas en los libros sagrados.

En la religión católica, por ejemplo, es posible encontrar tanto verdades reveladas que constituyen axiomas (la Santísima Trinidad) como episodios narrados en los que se describe de manera simbólica el desarrollo conceptual de dichos axiomas (cómo Cristo es a la vez el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo).

La moral. De las creencias comunes se deriva un conjunto de códigos de conducta, de formas de comportamiento, que todo creyente debe cumplir para ser fiel a su religión. Piénsese, por ejemplo, en el vegetarianismo de los hindúes o en la prohibición por parte del islam de realizar representaciones de Dios. El valor de estas prácticas morales es tanto puramente religioso como de alcance social: la ordenación y regulación de la vida de los feligreses.

El sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917) escribió que el origen de la religión se encuentra de manera específica en las necesidades sociales de una cultura dada. La religión reporta al gobierno una forma de control sobre los fieles, que se comportan en virtud de los códigos de conducta dictados por su credo.

Los ritos. Como señala Eliade en Lo sagrado y lo profano, los ritos son actos simbólicos mediante los cuales el hombre expresa su pertenencia a una religión concreta. A través de ellos, el ser humano actualiza su credo, conmemora el origen de su sistema de creencias e intenta impregnar lo cotidiano con lo sagrado de manera que sea posible santificar lo ordinario.

La Virgen María y el Niño glorificados con seis santos, de Andrea del Sarto. Los dogmas de fe consisten en una prescripción que contiene una verdad que todos los creyentes de una religión concreta tienen que asumir. La virginidad de la Virgen María, por ejemplo, es un dogma de la religión cristiana.

En la religión católica, el rito de la eucaristía conmemora la última cena de Cristo, su comunión con el hombre antes de ser inmolado mediante un sacrificio que inserta, a su vez, una dimensión sagrada en lo profano, que introduce un hito en la historia de la humanidad.

En la religión budista, por su parte, los mantras son breves ritos mecánicos que tienen como fin integrar al hombre en el todo, eliminando de él cualquier forma de representación mental, cualquier rastro de individuación.

Las instituciones. Cabe distinguir entre la religiosidad (experiencia interna, subjetiva, del hecho religioso) y la religión (ortodoxia de un hecho religioso dado). Las religiones se caracterizan desde un punto de vista formal por el hecho de verse articuladas en torno a una institución material que jerarquiza, ordena y señala los caminos de la ortodoxia para un credo concreto.

Dentro de las instituciones religiosas hay que hablar de los sacerdotes, que se encargan de realizar los ritos. Incluso en las culturas menos desarrolladas, en las que la institucionalización del hecho religioso no alcanza una formalidad clara, es posible observar la existencia de líderes, chamanes, sacerdotes en definitiva, que guían al pueblo en su culto a través de unos ritos que van desde la ya comentada eucaristía hasta los más primitivos ritos funerarios.

Los ritos, como la eucaristía cristiana, son actos simbólicos en los que se trata de expresar la pertenencia de un grupo a un credo determinado. En la imagen, Tríptico (cerrado) de la adoración de los magos, de El Bosco.

A este respecto es muy importante no confundir las instituciones con la religión que propugnan. Muestra de ello es la existencia de Iglesias diferentes que comparten los mismos dogmas de fe. La Iglesia anglicana y la Iglesia católica, por ejemplo, no se diferencian en lo que se refiere a sus credos; sus divergencias afectan a las pautas de comportamiento que consideran ortodoxas.

La religión, aunque posee una importante faceta institucional, basa su esencia y su efectividad en la experiencia interna, subjetiva e individual del hecho religioso. De lo contrario se podría caer en el equívoco de confundir lo que una institución religiosa ha llevado a cabo en un contexto concreto con la esencia de la religión misma. Así, hay que entender la Inquisición como un momento circunstancial dentro del devenir de la historia de la Iglesia, y no como un elemento constituyente de la esencia de la religión católica.

Para no confundir el hecho religioso puro con la religión institucional se suele distinguir entre religiosidad y religión. La primera hace referencia a lo subjetivo, mientras que la segunda se refiere a lo objetivo.

Tipos de religión

Igual que sucede con la definición del hecho religioso, a la hora de establecer una tipología de las religiones es necesario afrontar una diversidad de criterios. En cada época, y en virtud de cada disciplina, los pensadores han desarrollado de manera diferente un catálogo de las distintas religiones. Estas tipologías suelen responder a los contextos en los que fueron descritas.

Las religiones naturales y las religiones reveladas

Durante la Edad Moderna se creó una tipología basada en criterios de tipo cultural y antropológico, que terminó teniendo un particular protagonismo sobre las demás. Diferenciaba, por un lado, las religiones naturales, y por otro, las reveladas.

Las naturales son las que pretenden encontrar lo divino a partir de las facultades humanas, como la razón, y aquéllas en cuyos elementos el ser humano ve una serie de cualidades divinas, animadas, dignas de admiración y culto.

Muchos autores han afirmado que estas religiones naturales tienen su origen en el miedo del hombre primitivo al mundo que le rodeaba, del que dependía para sobrevivir. El agua, los árboles o el trueno eran personificados bajo la figura de un dios que decidía el destino de los hombres a través de la bonanza de las cosechas o del comportamiento de los ríos.

Las religiones reveladas, mientras tanto, tienen su fundamento en la manifestación de Dios al pueblo elegido. A través de esta manifestación, Dios establece una suerte de pacto en el que revela el sentido de la existencia, habitualmente acompañado de un cuerpo axiomático y normativo (lo que implica un mayor grado de elaboración con relación a las religiones que carecen de escrituras). Así sucede, por ejemplo, en la religión cristiana, en la que Dios establece un pacto con el hombre mediante la revelación de su presencia a Moisés.

Las religiones nacionales y las religiones universales

Otra tipología distingue entre las religiones nacionales y las universales. Las nacionales son aquellas en las que se reserva la salvación únicamente para un grupo cerrado, al que se ha revelado la verdad. Este grupo basa su identidad en su condición de pueblo elegido.

Por el contrario, las religiones universales pretenden atravesar las fronteras geográficas y culturales con el fin de hacer llegar a toda la humanidad la verdad revelada y la salvación. Las religiones nacionales, como el hinduismo, suelen coincidir con las religiones naturales; por el contrario, las universales, como el cristianismo o el islam, suelen hacerlo con las reveladas.

Las religiones místicas y las religiones proféticas

Una tercera forma de clasificación distingue entre las religiones místicas y las proféticas. Dentro de las primeras se incluirían las religiones orientales, como el hinduismo o el budismo, mientras que en el segundo grupo se hallarían las religiones originadas en Oriente Medio y más tarde extendidas a Occidente, como el judaísmo, el cristianismo o el islam.

Las religiones místicas coinciden en asignar al ser humano un papel pasivo dentro de la realidad, y el ideal al que apuntan es el de la integración en el todo, el de la desaparición del individuo en el seno de la naturaleza.

Los ritos practicados por los seguidores de estas religiones apuntan a la desintegración de la persona en la naturaleza. La meditación budista, por ejemplo, invita a la pérdida de la conciencia individual en favor de la participación en el todo.

En las religiones proféticas, por el contrario, se concede al hombre un papel activo, se produce un diálogo con Dios y se propugna el evangelio, es decir, la extensión de la palabra al resto de los hombres.

Monoteísmo, politeísmo, panteísmo y deísmo

No obstante, la manera más extendida de clasificar las religiones es atendiendo a los atributos que posee la realidad suprema que es objeto de culto. Dentro de esta tipología cabe distinguir entre monoteísmo, politeísmo, panteísmo y deísmo.

El monoteísmo. El monoteísmo consiste en la creencia en un solo Dios. Éste es una realidad indivisible, perfecta, a la que sólo se puede acceder a través de la fe. El cristianismo, el judaísmo y el islam son las tres religiones monoteístas. En ellas, el creyente mantiene con su dios una relación de respeto, temor y culto.

La principal dificultad a la que tienen que hacer frente las religiones monoteístas es la existencia del mal. Mientras que en los otros tipos de religión el mal es justificado por el hecho de que existen diversos dioses o porque existe uno solo pero es indiferente a los asuntos humanos, en las religiones monoteístas ese único Dios es necesariamente responsable del mal.

Las dificultades a la hora de explicar el «cómo» del mal han llevado a muchos creyentes a adoptar la doctrina del maniqueísmo, que divide a Dios en dos entes antagonistas: uno bueno y otro malo.

El politeísmo. El politeísmo consiste en la creencia en diversos dioses. Los teólogos afirman que se trata de una fase primitiva del monoteísmo, aunque lo cierto es que aún hoy es posible encontrar religiones politeístas completamente actuales, como el hinduismo.

Cristo con los cuatro evangelistas, de fra Bartolomeo. Las religiones reveladas se basan en la existencia de unos documentos en los que se describe cómo Dios manifiesta a los hombres su realidad. Los Evangelios cristianos, por ejemplo, hacen del cristianismo una religión revelada.

En el politeísmo los múltiples dioses que componen la realidad sobrehumana reúnen una serie de caracteres sobrenaturales, que suelen personificar e idealizar las fuerzas de la naturaleza. Estos dioses no aparecen diseminados sin orden ni concierto, sino que son situados dentro de una jerarquía divina. Entre otras civilizaciones, los griegos y los romanos en Europa o los aztecas, los mayas y los incas en América contaron con religiones politeístas.

El panteísmo. El panteísmo es una doctrina que identifica la totalidad de lo existente con la figura de Dios. Es decir, si Dios se corresponde con lo absoluto, con todo lo que hay, tiene que coincidir necesariamente con el mundo. El panteísmo se desarrolló muy especialmente en la Edad Moderna, en la filosofía de Baruch de Spinoza y entre los idealistas alemanes, como Friedrich Schelling. Este planteamiento filosófico-religioso es fruto de un largo proceso racional en torno a las figuras de Dios, el sujeto y el mundo.

Más tarde se llegó a la conclusión de que el panteísmo conducía inevitablemente al nihilismo, o sea, a la negación de Dios. También se puede hablar de panteísmo en las religiones orientales como el budismo y el hinduismo, en las que lo sagrado impregna lo natural, en las que se concibe todo lo existente como una imagen de lo divino.

El deísmo. El deísmo es una doctrina filosófica que concibe a Dios como un ser supremo que mantiene con el hombre una relación indiferente. Lejos del papel paternalista atribuido por los cristianos –un Dios atento a los asuntos humanos–, el Dios deísta sólo se encarga de la existencia, no del hombre. Éste aparece para como un elemento más dentro de la creación, no como un ser privilegiado.

El deísmo se desarrolló durante el periodo de la Ilustración, cuando los filósofos de la época elaboraron la llamada «religión racional». Para esta religión ilustrada el hombre no accede a Dios a través de la revelación en un momento histórico, sino que lo hace mediante el empleo de la razón. Voltaire fue uno de los más grandes deístas.

El concepto de Dios

En definitiva, la religión se articula en torno al concepto de una entidad suprema, de una realidad suprasensible que protege al hombre de las inclemencias existenciales. Esta realidad absoluta, salvo contadas excepciones ya comentadas, suele encarnarse en la figura de un dios.

Como es lógico, la concepción de Dios varía sustancialmente de una religión a otra y se reviste, según el credo del que se trate, de unos u otros atributos. Sin embargo, es posible encontrar un concepto de Dios que aglutine hasta cierto punto una serie de caracteres esenciales en las religiones monoteístas.

En primer lugar, la idea de Dios como un ente autónomo, que justifica por sí mismo su existencia. Al contrario de lo que sucede con los demás seres, Dios es la propia causa de su ser. Mientras el hombre necesita de un origen, de un porqué, de una causa externa que motive su existencia, Dios es garantía de sí mismo, es su propia causa. Él solo se sostiene en su ser.

En segundo lugar, Dios aparece en todas las religiones como la explicación de lo que es. Él garantiza el sentido y la razón de todo lo que existe. Es, por tanto, una exigencia de la razón. El hombre necesita que algo explique el porqué de lo que hay, y Dios viene a dar respuesta a esta exigencia.

Sin embargo, el concepto de Dios no es abarcable por la razón. Éste aparece como un misterio inagotable que escapa a las categorías mentales. Dicho misterio lleva a muchas personas a huir tanto del teísmo (creer en Dios) como del ateísmo (negar la existencia de Dios), para adoptar una postura agnóstica, que consiste en admitir la imposibilidad de conocer lo divino, lo que está más allá de la experiencia.

Los atributos que las distintas religiones monoteístas confieren a la figura de Dios suelen estar más allá de lo razonable. Dios aparece siempre caracterizado por un conjunto de poderes que escapan a lo racional. Así, los axiomas cristianos hablan de la omnipresencia, la omnisciencia y la esencia trinitaria de Dios.

Ésta es la materia de la que está hecha la religión, que a pesar de responder a los anhelos más arraigados del ser humano escapa continuamente del entendimiento y se constituye en un misterio: el misterio por antonomasia.

Análisis de textos

Mircea Eliade: –Lo sagrado y lo profano

Se podría decir que la historia de las religiones, desde las más primitivas a las más elaboradas, está formada por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras.

Texto 1. En su análisis fenomenológico de la historia de las religiones, Mircea Eliade constata cómo la manifestación de la realidad sagrada marca el origen de lo religioso. Esta manifestación, que llama hierofanía, constituye uno de los conceptos elementales de la fenomenología de la religión.

Rudolf Otto: –Lo santo

[Lo numinoso es] una cualidad absolutamente especial, que elude cuanto nosotros estimamos racional, que es completamente inaccesible a la comprehensión conceptual y que, en cuanto tal, se constituye como algo indecible.

Texto 2. Para el historiador de la religión y filósofo Rudolf Otto, uno de los caracteres elementales de la religión es la experiencia de lo numinoso. El sujeto religioso se siente sobrepasado por una realidad que lo trasciende y que no es capaz de explicar.

Mircea Eliade: –La nostalgia de los orígenes

La conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al descubrimiento de lo sagrado. A través de la experiencia de lo sagrado ha podido captar el espíritu humano la diferencia entre lo que se manifiesta como real, fuerte y rico en significado, y todo lo demás que aparece desprovisto de esas cualidades, es decir, el fluir caótico y peligroso de las cosas, sus apariciones y desapariciones fortuitas y vacías de sentido.

Texto 3. Como señala Mircea Eliade, el poder de lo sagrado impregna todas las facetas de la vida humana, dando a ésta un sentido y una finalidad. Ha llegado un momento, incluso, en el que lo sagrado se halla tan presente en el mundo que se ha olvidado su realidad.