Religión y ética

La religión consiste en la relación ritual del ser humano con lo trascendente, con lo divino, con aquello que da sentido a su existencia. El hombre, incapaz de dar cuenta racionalmente de su propia vida, busca en lo desconocido, en lo irracional, en lo sobrehumano, un modelo comprensivo que le facilite el acceso a su propio ser, que esclarezca su identidad.

Así, a pesar de que la religión también sea una explicación del entorno en el que vive el ser humano, ofrece sobre todo una forma de comprender el interior de la conciencia, de comprenderse a sí mismo a través de un ser que es infinitamente sabio y bueno.

Si la religión ordena el mundo humano, no puede hacerlo sino a través de la normativa del comportamiento del hombre, ya que éste se define gracias a la acción, expresa lo que es y lo que vale actuando sobre la realidad.

Ahora bien, ¿qué valores son los que hacen que un acto sea bueno o malo? ¿Qué es lo que sirve como base valorativa? La religión es, sin duda, la primera opción. Un ser infinitamente sabio no puede equivocarse; él sabe qué es lo bueno absoluto, qué es lo que se debe hacer en cada situación y qué es lo que sucedería en caso de no actuar rectamente.

La religión está ligada al comportamiento moral desde el origen de la existencia. En la incertidumbre de la vida, Dios aparece como una base fiable sobre la que fundamentar el comportamiento bueno, el actuar adecuado. Por ello, salvo contadas excepciones, la misma historia de la ética es en realidad un reflejo de la relación entre el comportamiento humano y la religión.

Elementos fundamentales de la ética: su origen religioso

Para muchos pensadores, el acto moral (es decir, el acto humano que puede ser considerado como bueno o malo) nació ligado de manera indisoluble a la religión, a la existencia de un ser superior. Sin embargo, posteriormente, lo que se producía de una manera inadvertida, la relación natural entre el acto moral y la existencia de un dios pasó a ser considerado desde un punto de vista científico, ético, y se descubrió la manera en que se relacionaban dos dimensiones esenciales humanas: lo ético y lo religioso.

Detalle del orante del cuadro de El Greco Cristo en la cruz. Para muchos antropólogos y filósofos, el origen de la moral se halla ligado a la interiorización de las normas que rigen una sociedad. Rezar, por ejemplo, denota cómo lo bueno y lo malo se encuentran enraizados en el interior del sujeto, que trata de comunicarse con una realidad trascendente.

Qué es la ética

La palabra «ética» tiene su origen etimológico y semántico en la cultura griega. Con ella se hacía y se sigue haciendo referencia al ethos (comportamiento), de tal manera que constituye el estudio de los principios que rigen las conductas humanas y sus costumbres. La ética tiene, por tanto, la consideración de ciencia, más concretamente de rama de la filosofía dedicada al estudio de la validez de los comportamientos humanos.

Mientras la moral se dedica a la consideración de las normas del comportamiento social, la ética se centra mayormente en la manera en que se produce el hecho moral, cuáles son los mecanismos que hacen que algo sea considerado como bueno o malo y qué hay de válido o coherente en esas valoraciones, en esos mecanismos.

Tipos de ética

Dentro de la ética se suelen distinguir fundamentalmente dos ramas. Por un lado existe una ética normativa, que se dedica al análisis de la validez o la invalidez de unos principios de comportamiento concretos. Se estudia así cómo funcionan las ideas de bondad y maldad dentro de unas circunstancias morales determinadas. Por ejemplo, a través de la ética normativa se analizaría la idea de bien en las culturas prehistóricas del Neolítico.

A pesar de que muchos autores insisten en que la moral y la ética son prácticamente idénticas, cabe distinguirlas por su amplitud y profundidad. La moral es más restringida y atiende a lo particular, a lo concreto y a lo externo. La ética está referida más bien a la naturaleza general de lo moral, a su esencia antes que a sus casos circunstanciales.

Por otro lado, la metaética estudia los argumentos que se emplean para decir que algo es bueno o malo. Siguiendo con el ejemplo anterior, se consideraría no sólo qué se piensa sobre lo bueno o lo malo en las culturas neolíticas, sino también, y sobre todo, qué argumentos o ideas son las que llevan a una sociedad primitiva a llamar buena a una cosa y mala a otra.

La ética normativa funcionaría, por tanto, como un acercamiento primero, más superficial, al fenómeno moral, mientras que la metaética se dedicaría a observar a la propia ética para saber qué ideas, qué noción del mundo o de la acción humana se están empleando.

Los orígenes religiosos de la moral

Los diversos estudios éticos realizados a lo largo de la historia han llegado a una conclusión de gran interés para la comprensión cabal de la naturaleza humana y su conducta: las normas morales siempre se han originado dentro de una concepción religiosa de la naturaleza humana.

Si en principio las normas morales se basaban sobre todo en el comportamiento externo, visible por los demás, poco a poco, a medida que las culturas se desarrollaban, el comportamiento y la norma moral se fueron interiorizando. Se piensa que los primeros hombres morales debieron temer sobre todo el hecho de ser reprendidos o castigados por incumplir algún tipo de norma de manera visible, de manera que los demás lo supiesen. Por ejemplo, se temía robar porque se sabía que si el resto de la tribu o sociedad lo advertía habría un castigo.

Sin embargo, pronto se interiorizó ese miedo al castigo. Ya no era necesario que alguien viese al ladrón para que éste se sintiese culpable. Bastaba el mero hecho de pensar en robar para que hubiese un sentimiento de culpa, de estar haciendo o pensando algo incorrecto. El mal no estaba presente ya tanto en el acto mismo como en la intención de llevar a cabo ese acto. Es decir, la propia conciencia empezó a generar las normas morales y las conductas adecuadas. La norma moral no procedía ya de un órgano externo (estatal, político o policial), sino del propio pensamiento, de la propia conciencia, que vigilaba el comportamiento humano.

Esta interiorización de la norma moral pronto buscó en otras realidades no humanas su realidad, su razón de ser. La pregunta por el origen de esa voz que parece residir en la conciencia y que rige el comportamiento humano llegó a la conclusión de que se trataba de la voz de Dios, de una realidad sobrehumana que tenía acceso a la intimidad de la conciencia de los hombres y que dictaba desde ella lo que era bueno y lo que era malo.

En la religión cristiana este hecho encontró su explicación en el pacto establecido entre Dios y la humanidad a través de Moisés, que recibió de Yahvé las tablas con los mandamientos que contenían todos los preceptos morales que debían seguir los seres humanos para conseguir la salvación. La teología moral muestra cómo la conducta humana debe seguir las categorías impuestas por el Creador. De lo contrario, si estas normas no son seguidas, la propia existencia del hombre se vería comprometida.

Como se puede observar en la mayor parte de las grandes religiones, la voz interior que se halla en la base del comportamiento moral es encarnada por un ser superior, un dios que se pone en contacto con los hombres y les dice cuáles son las normas que deben regir su comportamiento. En las Escrituras cristianas este hecho se refleja en las tablas de la ley que Moisés recibe de Dios para aleccionar la conducta del pueblo elegido, tal y como se representa en Las tablas de la ley y el becerro de oro, obra de Cosimo Rosselli que reproduce la imagen.

Así, la interiorización de la norma moral condujo en principio a la búsqueda de una respuesta en seres metafísicos, sobrehumanos, que sabían en todo momento cómo se debía actuar y cómo se debía considerar el mundo. Sin embargo, con el paso del tiempo el acto moral acabó encontrando otras justificaciones racionales ajenas a la religión. Kant, por ejemplo, habló de la autonomía y la heteronomía en las normas morales. Para el filósofo ilustrado, basar la validez del comportamiento en una realidad externa al propio sujeto es negar la libertad que se encuentra en la base del acto moral. La ética tiene que partir de una estructura formal, y no de la existencia de ninguna clase de divinidad.

Historia de la relación entre religión y moral

A lo largo de los distintos periodos filosóficos e históricos, la naturaleza del acto moral ha recibido diferentes caracterizaciones, dependiendo sobre todo de la forma singular de entender la religión y su importancia en la vida humana.

Tabla 1. A lo largo de la historia, la conceptuación de lo moral ha variado a partir del espíritu de cada época. Si los griegos apuntaban a la interiorización racional de la norma, los cristianos la ligaron a la existencia de Dios, los filósofos de la Edad Moderna hablaron de la autonomía de la moral y los pensadores ateos escribieron que la moral era una simple invención humana.

Los griegos

Se puede afirmar que Sócrates (h. el 470-399 a.C.), el gran pensador griego, fue el primero en concebir de una manera racional el acto moral. La religión de los helenos no era determinante desde un punto de vista intelectual para los filósofos. Los dioses reflejaban los principales fenómenos meteorológicos y vitales, pero no tenían una relación directa con la conciencia del hombre.

El pensamiento de Sócrates supuso una importante innovación en el mundo griego, ya que, frente al relativismo de los sofistas, propuso una moral objetiva, fundamental, que sirvió de base a la moral cristiana.

En este contexto, Sócrates propuso una moralidad autónoma. Lo bueno y lo malo no dependían en absoluto de los distintos dioses que integraban el poblado panteón griego, sino de la propia naturaleza humana y de su racionalidad. «Conócete a ti mismo», afirmaba Sócrates, lo que implicaba emplear el intelecto para conocer cómo se debía actuar al margen de lo que pudiesen pensar los dioses.

Su principal discípulo, Platón (428-347 a.C.), siguió en cierto sentido sus planteamientos, pero estableció una diferencia fundamental: lo máximamente bueno y lo máximamente malo eran ideas que estaban por encima del hombre y de sus circunstancias vitales. El mundo de las ideas, sobre todas las cuales reinaba la idea de bien, se situaba en un plano metafísico, en una realidad no accesible para los seres mortales. Esta concepción sería aprovechada por varias religiones para dar forma a sus propios dogmas de fe.

Aristóteles (384-322 a.C.), a su vez discípulo de Platón, desarrolló una conceptuación intelectual de la moral: el bien en el actuar humano dependía de la razón y de la acción, y no de ningún plano externo al mundano. La aportación de Aristóteles en este sentido fue fundamental, ya que creó la primera eudaimonía, es decir, la primera moral basada en el principio de felicidad. Lo bueno es aquello que hace feliz al hombre, y consiste en la búsqueda del término medio.

La moral cristiana

El pensamiento cristiano supuso una revolución dentro de la historia de la ética, ya que hizo depender el comportamiento moral de un dios. La radicalidad de este nuevo planteamiento se encontraba en una idea fundamental: el actuar bien o mal depende en último término de la gracia divina. Dios no sólo decide qué es lo bueno y qué es lo malo, sino que además elige a quienes se salvarán en el cielo.

Las ideas de cielo e infierno también son muy propias de la iglesia cristiana, más concretamente de la medieval. Con ellas se reforzaban los comportamientos morales, ya que los buenos ganarían el cielo, gozarían de la felicidad eterna, mientras que los malos acabarían en el infierno, una condena para la eternidad.

La moral cristiana siempre se ha mostrado acompañada por una serie de mitos que refuerzan gráficamente las ideas de bondad y maldad. El infierno, representado en la imagen en un fragmento del Juicio final de fra Angélico, es el lugar en el que caen los que no son moralmente rectos, los que no siguen los mandatos de Dios.

Estos preceptos religiosos tienen un alcance que va más allá de lo meramente institucional, de las eucaristías y los evangelios. La propia conciencia humana reproduce en su manera de operar los preceptos cristianos. El «no debes robar» o el «no debes matar» aparece en la propia conciencia del fiel, que escucha una especie de voz que le impide incluso desear aquello que es prohibido.

En la conformación de esta moral cristiana es muy destacable el importante papel que jugaron las filosofías tanto de Platón como de Aristóteles. El primero porque caracterizó el cuerpo humano como el origen de todos los males, idea que retomó y reforzó la iglesia cristiana; el segundo porque anticipó el pensamiento de la iglesia medieval al definir el papel que desempeña la razón en el comportamiento moral y en la existencia.

Platón había tratado en sus obras el nacimiento del mal, originado a partir de una simbólica caída del alma en el mundo de las apariencias. Habían sido el cuerpo, la materia, el instinto, los que había conducido mal a un alma que era arrojada al mundo del dolor y el padecimiento. En el cristianismo fue un ángel quien traicionó a Dios, un ángel que quiso pensar por sí mismo y que fue arrojado al infierno para convertirse en diablo.

En el caso de Adán y Eva, primeros seres humanos de la tradición bíblica, éstos fueron expulsados del Paraíso cuando se atrevieron a desobedecer a Dios comiendo del árbol de la ciencia, atreviéndose a actuar por su propia cuenta.

Tanto en los ángeles rebeldes como en el pecado original se produce un fenómeno destacable: para el pensamiento ético religioso, en el momento en que el ser humano hace uso de su libertad para decidir de manera autónoma qué es conveniente y qué es inconveniente desde un punto de vista moral, éste es condenado. El poder de la religión se basa en gran medida en su capacidad para generar modos de conducta. No es posible ser cristiano sin asumir los grandes dogmas: amar a Dios por encima de todas las cosas o santificar las fiestas.

En definitiva, la ética cristiana supone una reformulación en clave mítica de los grandes elementos de la filosofía platónica, derivando de ella una interpretación de la existencia que culmina en una moral. El hombre es libre para elegir sus actos, pero la bondad de éstos sólo tiene sentido bajo los dogmas de la religión. La ética no es en absoluto fruto de la libertad humana, no es autónoma; bien al contrario, depende de Dios.

La religión y la ética a partir de la Edad Moderna

A partir del siglo xvi, con el desarrollo de la ciencia en la Edad Moderna la razón obtuvo un nuevo estatus dentro del mundo. Pasó de depender en todo momento de seres e ideas de otro ámbito a ser autónoma. Esta autonomía de la razón se tradujo en un nuevo concepto ético, en el que la propia racionalidad era capaz de determinar lo bueno y lo malo al margen de la gracia divina, del cielo y del infierno. Cuatro pensadores, Descartes, Hobbes, Rousseau y Kant, abordaron la nueva concepción de la ética.

René Descartes. Los primeros pensadores y científicos de la Edad Moderna intentaron desarrollar sus propias teorías racionalistas sin desafiar los poderes eclesiásticos. Galileo Galilei, por ejemplo, tuvo que justificar gran parte de sus planteamientos reconociendo que en último término era Dios el que decidía cómo era el mundo y cómo se debía comportar el hombre. Sin embargo, en el seno del pensamiento de Descartes se describían fenómenos que inauguraban una nueva manera de entender la moral.

El jardín del Edén, de Pieter Brueghel el Viejo. En el pensamiento cristiano, la moral nació a partir del primer pecado de la humanidad, el de Adán y Eva, que condujo a la expulsión del Paraíso. Cuando Adán y Eva, haciendo uso de su libertad, desobedecen a Dios y deciden actuar por sí mismos, se convierten en sujetos morales.

Para René Descartes (1596-1650), Dios era un fenómeno que la razón descubría en la intimidad de la conciencia. Es decir, tanto la figura de un dios como los distintos preceptos que se seguían de su ser eran comprensibles dentro de la razón: el hombre podía enfrentarse a ellos desde su condición racional.

Pero si Dios era concebible racionalmente, la ética también debía serlo por fuerza. Tal vez la ética fuese una cuestión divina en último término, pero a partir de Descartes los principios de aquélla se volvieron asequibles para la razón y dejaron de ser en cierto sentido un misterio ante el que sólo cabía obedecer.

Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau. Poco después, Thomas Hobbes (1588-1679) propuso un nuevo paradigma moral completamente laico, alejado de la religión. El estado, el gobierno, la política eran quienes debían encargarse de establecer los comportamientos morales, las pautas de actuación humana que permitieran la convivencia dentro de la sociedad.

Lo que se pone en juego en esta teoría de Hobbes es de suma importancia para la ética. Se está planteando cómo es por naturaleza el hombre desde un punto de vista moral. ¿Nace el hombre con tendencia a ser bueno o, por el contrario, nace con tendencia a hacer el mal? ¿Existe una moral natural o el hombre aprende a ser bueno o malo a través de la educación?

Según Hobbes, el hombre es egoísta por naturaleza. En principio, «el hombre es un lobo para el hombre», carece de principios morales y busca dominar, imponer su propio provecho. Por eso es necesario que exista una fuerza, un poder superior a él, un estado que le diga cómo debe comportarse, con el fin de que no se destruya a sí mismo.

En el otro extremo se sitúa el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien afirma que el hombre es bueno por naturaleza, que el hombre nace bueno y es luego la sociedad la que le enseña a ser malo.

Immanuel Kant. El pensador de Königsberg consideraba, por su parte, que el hombre, en tanto que ser racional, estaba destinado a ser autónomo y bueno, siempre y cuando aprendiese a hacer caso a su razón.

Hay que entender que Immanuel Kant (1724-1804) era la principal encarnación filosófica de la Ilustración, y que creía por encima de todo en la razón y en la educación. Pensaba que el hombre había llegado a su madurez dentro de la historia y que era el momento de que el pensamiento y la voluntad humanos alcanzasen su completa autonomía, al margen de las viejas teorías religiosas.

En el centro de esta nueva concepción del hombre y el acto moral Kant fraguó un nuevo modelo ético, basado en la absoluta libertad de la voluntad. El pensador alemán propuso como base de todo acto moral lo que llamó el principio categórico, que consistía en la afirmación de que el hombre debía obrar de tal manera que la razón que indujese determinada acción de un individuo en particular pudiese llegar a ser una ley universal para todos los seres racionales.

Kant presupone que la naturaleza de la razón es justa, es moralmente buena; y que si un hombre actúa movido por la racionalidad, éste no puede sino hacer lo justo, lo adecuado. Además, la manera de saber que se actúa bajo el imperio de la razón es desear que aquello que se considera bueno sea también bueno para todos los hombres. Cada acto debe buscar la universalidad (que todo el mundo haga lo que uno hace) y la necesidad (la razón es así y, por tanto, no se puede actuar de otra manera).

Con Kant se terminó de imponer un nuevo modelo ético completamente laico, autónomo, alejado de Dios y las iglesias. Sin embargo, Kant presuponía varias cosas, entre ellas que la razón bien conducida jamás se equivoca, o que el hombre es antes un ser racional que un ser emotivo, instintivo o artístico. Ambas ideas fueron contradichas posteriormente por otros pensadores.

La moral y la pérdida de Dios

Con la desvinculación definitiva de ética y religión, a partir del siglo xix se produjo un fenómeno que a lo largo de la historia muchos pensadores ya habían vaticinado: la ética se descubrió a sí misma huérfana, sin un fundamento fuerte sobre el que basar los comportamientos humanos.

En los tiempos anteriores se tenía la garantía de Dios. Éste decía qué era bueno y qué era malo. En la Biblia se describía cómo debía actuar el hombre y cuáles eran los mandamientos a los que debía sujetarse. Sin embargo, con la autonomía de la voluntad y la razón, con la aparición de una ética laica, surgió también el drama de la libertad: el hombre ha ganado su libertad, no tiene por qué obedecer a ningún dios y debe ser él mismo el que decida lo que es bueno y lo que es malo. Pero, ¿y si el hombre no es capaz de asumir esa libertad? ¿Y si los seres humanos no se ponen de acuerdo a la hora de establecer una moral? ¿Y si el hombre necesita un dios que le diga qué es lo que debe hacer?

Fiódor Dostoievski. A lo largo del siglo xix aparecieron dos novelas de alto calado ético y rigor intelectual que influyeron en pensadores, artistas y teólogos de periodos posteriores. Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov, obras ambas del escritor ruso Fiódor Dostoievski (1821-1881), planteaban a través de unos complejos personajes y unas narraciones extensas el nuevo drama moderno de la libre voluntad humana.

En ambas obras se describe un asesinato y la posterior reflexión sobre la culpa. Los personajes de Dostoievski no soportan que haya un crimen que no reciba un castigo, necesitan de un dios que le dé un sentido al bien y al mal, porque de lo contrario el actuar humano carece de sentido, se disuelve en la insignificancia y en el vacío.

En el mismo siglo xix comenzaron a fluir teorías que se situaban en la línea del pensamiento del autor ruso, y también justamente en la contraria; ideas que abogaban por la anarquía o la ausencia de autoridad moral, que proponían el caos y el desorden. Incluso teorías inmoralistas, como la de Nietzsche, en las que se buscaba un nuevo hombre que estuviese más allá del bien y del mal.

Friedrich Nietzsche. En la obra de Friedrich Nietzsche (1844-1900) cabe reseñar muy particularmente el diagnóstico que hizo del nihilismo: la ausencia de Dios, la pérdida de una orientación moral sume al hombre en una sensación de vacío que no puede soportar. Es más, si no hay un dios que garantice el actuar del ser humano, que diga qué es lo bueno y qué es lo malo, el hombre se apresurará a crear nuevos dioses que doten de sentido a la existencia.

En cierto sentido, el diagnóstico de Nietzsche se hizo realidad, y a medida que la moral se alejó de la religión surgieron nuevos ideales normativos basados en el hombre en tanto que ser depositario de dignidad y razón.

Hacia una ética universal

A partir del siglo xix se han producido varios intentos de gran interés por establecer una ética universal, alguna forma de establecer qué es lo bueno y lo adecuado para todos los seres humanos bien dentro de una concepción religiosa, bien al margen de ella.

Dentro de las instituciones religiosas destacan las frecuentes reuniones bajo el emblema del Parlamento de las Religiones del Mundo, que se empezaron a producir en el año 1893 con la intención de encontrar unos valores universales, comunes a toda forma de credo.

En este sentido destacan particularmente las afirmaciones del sabio hindú Vivekananda:

  • «Si algo ha podido enseñar el Parlamento de las Religiones es que la santidad, la pureza y la caridad no son posesiones exclusivas de ninguna religión».

Es decir, al margen de las particularidades de cada credo, parece que existe un trasfondo ético fundamental del que se deducen unos principios morales válidos universalmente.

De manera paralela, dentro del más absoluto laicismo desde la Revolución francesa se han venido consolidando un conjunto de convicciones morales que también pretenden alcanzar la validez universal, al margen de las ideas y las opiniones de cada cultura y cada religión.

Dichas convicciones fueron plasmadas en las diversas declaraciones de los derechos humanos, donde se establece una moral basada no ya en Dios, sino en la dignidad humana: todo hombre, por el mero hecho de serlo, tiene unos derechos fundamentales que no pueden ser violados.

El trasfondo de estos dos fenómenos es muy interesante para la ética. A pesar de que la religión haya reconocido su relatividad, a pesar de que haya perdido gran parte de su capacidad de convicción moral, el hombre sigue buscando una ética universal, un conjunto de valores morales que valgan para todos los hombres.

Parece, en definitiva, que al final Kant no se equivocaba tanto como muchos pretendían. El acto moral siempre busca la universalidad y el consenso. El hombre pretende que cada uno de sus actos sea un ejemplo, que encuentre en el resto de la raza humana un reflejo, una forma de comprensión y reconocimiento.

Análisis de textos

Nicolai Hartmann: –Ética

Hay un reino de valores subsistente en sí mismo, un auténtico «mundo inteligible» que está fuera de la realidad y fuera de la conciencia, una esfera ética ideal no construida, inventada o soñada, sino efectivamente existente y aprehensible en el fenómeno del sentimiento axiológico, la cual subsiste junto a la óntica real y a la gnoseología actual.

Texto 1. Como señala el pensador alemán Nicolai Hartmann en este texto de su Ética, debe reconocerse la existencia de un mundo objetivo integrado por valores morales que escapa a las circunstancias concretas. Este mundo es el de la ética.

Platón: –La República

Pues bien, he aquí —continué— lo que puedes decir que yo designaba como hijo del bien, engendrado por éste a su semejanza como algo que, en la región visible, se comporta, con respecto a la visión y a lo visto, del mismo modo que aquél en la región inteligible con respecto a la inteligencia y a lo aprehendido por ella.

—¿Cómo? —dijo—. Explícamelo algo más.

—¿No sabes —dije—, con respecto a los ojos, que, cuando no se les dirige a aquello sobre cuyos colores se extienda la luz del sol, sino a lo que alcanzan las sombras nocturnas, ven con dificultad y parecen casi ciegos como si no hubiera en ellos visión clara?

—Efectivamente —dijo.

—En cambio, cuando ven perfectamente lo que el sol ilumina, se muestra, creo yo, que esa visión existe en aquellos mismos ojos.

—¿Cómo no?

—Pues bien, considera del mismo modo lo siguiente con respecto al alma. Cuando ésta fija su atención sobre un objeto iluminado por la verdad y el ser, entonces lo comprende y conoce y demuestra tener inteligencia; pero, cuando la fija en algo que está envuelto en penumbras, que nace o perece, entonces, como no ve bien, el alma no hace más que concebir opiniones siempre cambiantes y parece hallarse privada de toda inteligencia.

—Tal parece, en efecto.

—Puedes, por tanto, decir que lo que proporciona la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de conocer al que conoce es la idea del bien, a la cual debes concebir como objeto del conocimiento, pero también como causa de la ciencia y de la verdad; y así, por muy hermosas que sean ambas cosas, el conocimiento y la verdad, juzgarás rectamente si consideras esa idea como otra cosa distinta y más hermosa todavía que ellas. Y, en cuanto al conocimiento y la verdad, del mismo modo que en aquel otro mundo se puede creer que la luz y la visión se parecen al sol, pero no que sean el mismo sol, del mismo modo en éste es acertado el considerar que uno y otra son semejantes al bien, pero no lo es el tener a uno cualquiera de los dos por el bien mismo, pues es mucho mayor todavía la consideración que se debe a la naturaleza del bien.

—¡Qué inefable belleza —dijo— le atribuyes! Pues, siendo fuente del conocimiento y la verdad, supera a ambos, según tú, en hermosura. No creo, pues, que lo vayas a identificar con el placer.

—Ten tu lengua —dije—. Pero continúa considerando su imagen de la manera siguiente.

—¿Cómo?

—Del sol dirás, creo yo, que no sólo proporciona a las cosas que son vistas la facultad de serlo, sino también la generación, el crecimiento y la alimentación; sin embargo, él no es generación.

—¿Cómo había de serlo?

—Del mismo modo puedes afirmar que a las cosas inteligibles no sólo les adviene por obra del bien su cualidad de inteligibles, sino también se les añaden, por obra también de aquél, el ser y la esencia; sin embargo, el bien no es esencia, sino algo que está todavía por encima de aquélla en cuanto a dignidad y poder.

Texto 2. La idea de bien, en Platón, va más allá de lo meramente moral: se trata de una categoría fundamental que posibilita que existan las cosas y que éstas puedan ser conocidas. Los autores cristianos interpretaron esta concepción como una expresión de lo divino.

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

Como, a lo que parece, hay muchos fines, y podemos buscar algunos en vista de otros: por ejemplo, la riqueza, la música, el arte de la flauta y, en general, todos estos fines que pueden llamarse instrumentos, es evidente que todos estos fines indistintamente no son perfectos y definitivos por sí mismos. Pero el bien supremo debe ser una cosa perfecta y definitiva. Por consiguiente, si existe una sola y única cosa que sea definitiva y perfecta, precisamente es el bien que buscamos; y si hay muchas cosas de este género, la más definitiva entre ellas será el bien. Mas en nuestro concepto, el bien, que debe buscarse sólo por sí mismo, es más definitivo que el que se busca en vista de otro bien; y el bien que no debe buscarse nunca en vista de otro bien es más definitivo que estos bienes que se buscan a la vez por sí mismos y a causa de este bien superior; en una palabra, lo perfecto, lo definitivo, lo completo es lo que es eternamente apetecible en sí, y que no lo es jamás en vista de un objeto distinto que él.

He aquí precisamente el carácter que parece tener la felicidad; la buscamos siempre por ella y sólo por ella, y nunca con la mira de otra cosa. Por lo contrario, cuando buscamos los honores, el placer, la ciencia, la virtud, bajo cualquier forma que sea, deseamos sin duda todas estas ventajas por sí mismas; puesto que, independientemente de toda otra consecuencia, desearíamos realmente cada una de ellas; sin embargo, nosotros las deseamos también con la mira de la felicidad, porque creemos que todas estas diversas ventajas nos la pueden asegurar; mientras que nadie puede desear la felicidad, ni con la mira de estas ventajas, ni de una manera general en vista de algo, sea lo que sea, distinto de la felicidad misma.

Texto 3. Para Aristóteles, el bien supremo es la felicidad. Si hay muchas cosas deseables, ser feliz lo es en absoluto, es decir, no depende de ninguna circunstancia y es deseable por sí mismo.

Platón: –Fedro

Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras.

Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tienen que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma, que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra.

Texto 4. La moral cristiana, que habla de la existencia como pecado, como consecuencia de una caída y una expulsión de los cielos, se asemeja en gran medida al planteamiento platónico de la existencia, según el cual el hombre, que antes era alma, cayó desde el mundo de las ideas al mundo terrenal por culpa de su torpeza y su precipitación.

Immanuel Kant: –Fundamentación metafísica de las costumbres

Pues bien; todos los imperativos mandan, ya hipotética, ya categóricamente. Aquéllos representan la necesidad práctica de una acción posible, como medio de conseguir otra cosa que se quiere (o que es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representase una acción por sí misma, sin referencia a ningún otro fin, como objetivamente necesaria.

Toda ley práctica representa una acción posible como buena y, por tanto, como necesaria para un sujeto capaz de determinarse prácticamente por la razón. Resulta, pues, que todos los imperativos son fórmulas de la determinación de la acción, que es necesaria según el principio de una voluntad buena en algún modo. Ahora bien; si la acción es buena sólo como medio para alguna otra cosa, entonces es el imperativo hipotético; pero si la acción es representada como buena en sí; esto es, como necesaria en una voluntad conforme en sí con la razón, como un principio de tal voluntad, entonces es el imperativo categórico.

Texto 5. En la Edad Moderna, más concretamente en la obra de Immanuel Kant, la moral aparece desligada de la religión, se vuelve autónoma, como se puede observar en este texto en el que se especifica el sentido de los principios hipotético y categórico.

Friedrich Nietzsche: –Así habló Zaratustra

¡Ante Dios! ¡Mas ahora ese Dios ha muerto! Vosotros, hombres superiores, ese Dios era vuestro máximo peligro.

Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar. Sólo ahora llega el gran mediodía, sólo ahora se convierte el hombre superior ¡en señor!

¿Habéis entendido esta palabra, oh hermanos míos? Estáis asustados: ¿sienten vértigo vuestros corazones?

¿Veis abrirse aquí para vosotros el abismo? ¿Os ladra aquí el perro infernal?

¡Bien! ¡Adelante! ¡Vosotros, hombres superiores! Ahora es cuando la montaña del futuro humano está de parto. Dios ha muerto: ahora nosotros queremos que viva el superhombre.

Texto 6. El pensamiento de Friedrich Nietzsche retrata la muerte de Dios, y con ella, el fin de la moral. Sin embargo, como se puede apreciar en este texto, la ausencia de referentes abre ante el hombre un abismo al que teme enfrentarse.