La vida en el agua. Los biomas acuáticos

Aunque condicionantes como la temperatura tienen importancia para la vegetación y la vida animal de los biomas tanto terrestres como acuáticos, en estos últimos intervienen de manera decisiva otros factores abióticos. Algunos de los principales son la salinidad de las aguas, la mayor o menor penetración de la luz en ellas, la acidez del medio o la existencia de corrientes y oleaje.

Estos elementos son, entre otros, los que determinan las condiciones de los ecosistemas donde el agua –el hábitat que ocupa la mayor parte de la superficie de nuestro planeta– constituye el medio de soporte de la vida.

Ríos y arroyos, lagos y estanques, estuarios, lagunas litorales, marismas, manglares y el inmenso bioma marino conforman, pues, una red de entornos que se relacionan entre sí y con los biomas terrestres que los engloban. Una primera diferenciación de estos múltiples elementos permite distinguir hasta tres ecosistemas acuáticos: los de aguas interiores, los de transición y los marinos.

Las categorías ecológicas de los organismos acuáticos

Con independencia de que se trate de aguas interiores –dulces– o de mar abierto –saladas–, los biomas acuáticos están constituidos por organismos que pertenecen a una de las tres categorías siguientes: el plancton, el necton y el bentos.

El plancton es un conjunto de organismos que habitan en las aguas en flotación libre o en suspensión o se desplazan mediante mecanismos limitados, por lo que siempre están a merced del oleaje y de las corrientes. Aunque se concentra preferentemente en capas superficiales, donde se desplaza en sentido horizontal, las corrientes verticales que se establecen por las diferencias de temperatura hacen que también se encuentre a mayores profundidades.

Los seres que componen el bioma acuático pueden pertenecer a tres categorías: plancton ( microfotografía de un organismo de zooplancton); necton, al que pertenecen animales como la tortuga marina, y bentos, conformado por plantas y peces habituales de los fondos de lagos, ríos y mares, como el lenguado.

Los seres que componen el bioma acuático pueden pertenecer a tres categorías: plancton ( microfotografía de un organismo de zooplancton); necton, al que pertenecen animales como la tortuga marina, y bentos, conformado por plantas y peces habituales de los fondos de lagos, ríos y mares, como el lenguado.

Los seres que componen el bioma acuático pueden pertenecer a tres categorías: plancton ( microfotografía de un organismo de zooplancton); necton, al que pertenecen animales como la tortuga marina, y bentos, conformado por plantas y peces habituales de los fondos de lagos, ríos y mares, como el lenguado.

Formado por organismos microscópicos o de dimensiones reducidas, el plancton se clasifica en fitoplancton y zooplancton. El primero está constituido por algas microscópicas y cianobacterias, que sintetizan sus nutrientes por fotosíntesis y que, en los ecosistemas acuáticos, representan el nivel inferior de los productores, el equivalente a los pastos y demás organismos vegetales en las cadenas tróficas terrestres. El zooplancton lo forman, en cambio, minúsculos organismos heterótrofos (no fotosintéticos), como protozoos, diminutos crustáceos y gusanos y larvas de moluscos, artrópodos y peces.

El necton es el conjunto de animales nadadores con capacidad de desplazamiento plenamente desarrollada, del que forman parte los peces adultos –que en fase larvaria pueden ser parte del zooplancton–, reptiles acuáticos como las tortugas marinas y mamíferos de hábitat acuático como los delfines y las ballenas.

Por último, el bentos es el grupo de organismos vegetales y animales que habitan en el fondo de mares, ríos y lagos. Estos organismos pueden estar fijados al lecho, como sucede con las praderas submarinas de Poseidonia, las esponjas o los corales; pueden excavar refugios o enterrarse en la arena, como hacen algunos gusanos marinos e incluso peces como el lenguado, o simplemente pueden desplazarse por el fondo, como es el caso de los langostinos y de numerosas larvas de insectos acuáticos englobados en los biomas acuáticos.

Los biomas de aguas interiores

Los ecosistemas de aguas interiores, es decir, los establecidos en ríos y arroyos, estanques, marjales, marismas y manglares, conforman un conjunto de distintas partes de la biosfera –en ese sentido se consideran biomas– que, a pesar de corresponder a áreas proporcionalmente reducidas de ella, desempeñan un papel esencial en el mantenimiento del equilibrio ecológico.

Características y tipos de aguas interiores

Apenas el 1 % de la hidrosfera, la parte de la biosfera formada por agua, corresponde a las aguas interiores, ya que se estima que el 97,6 % del total del agua está contenido en mares y océanos y que del 2,4 % restante forman parte también el vapor de agua de la atmósfera, las aguas absorbidas por el terreno y las acumuladas en los polos como masas de hielo. A pesar de que su volumen proporcional es poco significativo, las aguas interiores tienen una importancia ecológica fundamental, ya que constituyen uno de los medios que intervienen en el ciclo biogeoquímico del agua, un modo de regulación del mantenimiento del equilibrio planetario.

Las aguas interiores se diferencian en lóticas, o aguas corrientes, y lénticas, o estacionarias. Las primeras forman parte de ríos, arroyos, y torrentes, mientras que las segundas corresponden a las aguas de lagos, lagunas, estanques, pantanos y otros tipos de humedales.

Las aguas de ambos tipos se relacionan básicamente con tres sistemas de drenaje: exorreico, endorreico y arreico. Las regiones llamadas exorreicas son aquellas en las que las aguas fluyen hacia el océano según un patrón bien definido de aguas permanentes contenidas en ríos, arroyos, etc. En las cuencas endorreicas, en cambio, la red hidrográfica no fluye directamente hacia los mares y océanos, debido a fenómenos como la acumulación hídrica en depresiones cerradas, la filtración del agua a capas freáticas subterráneas o el exceso de evaporación, que hace que en ocasiones las aguas sean salinas, en especial en lagos y lagunas de litoral y de montaña. Según su sistema de drenaje, las masas de agua pueden ser permanentes o temporales. Por último, las zonas arreicas son las que presentan una red hidrográfica no permanente y, por definición, determinan la existencia de aguas temporales.

Las aguas de interior pueden ser tanto dulces como saladas, con una distribución predominante de las aguas dulces permanentes en las áreas tropicales y templadas húmedas, y de las temporales y saladas en las regiones áridas. Hay que mencionar también las aguas acumuladas en cuevas y capas freáticas subterráneas, filtradas por los estratos rocosos permeables.

Ríos y arroyos

Los ríos y sus variantes menores –arroyos, riachuelos, torrentes– son corrientes de agua que fluyen sobre un lecho bien definido por sus dos orillas. Desde el punto de vista ecológico, los ríos son un elemento esencial en el ciclo del agua, ya que las aguas que llegan a la tierra desde la atmósfera a través de las precipitaciones vuelven en su mayoría al mar por medio de los cauces fluviales. También es importante el papel que las corrientes de los ríos desempeñan como elemento modelador del terreno a través de la erosión, como atestiguan paisajes tan espectaculares como el del Gran Cañón del río Colorado, en los Estados Unidos. Además de acciones erosivas tan patentes como las de los cañones, las corrientes fluviales también modelan el paisaje a través de otros mecanismos como la formación de llanuras aluviales o la acumulación de sedimentos en sus desembocaduras o en los lagos que se forman a lo largo de su recorrido.

Las corrientes de los ríos producen la erosión de las masas rocosas que los circundan, hecho que a veces deriva en el surgimiento de paisajes espectaculares. Así sucede, por ejemplo, con el Gran Cañón del río Colorado.

Los ríos forman con todos sus afluentes unas redes complejas de drenaje que, en su conjunto, constituyen las llamadas cuencas fluviales.

En los ríos se diferencian distintos tramos de condiciones ecológicas diversas. En las fuentes, formadas por torrentes y cascadas a partir de un manantial, las aguas son claras, frías y ricas en oxígeno. Corriente abajo, va aumentando la profundidad y la anchura del río, así como su contenido de materia orgánica, aumenta la temperatura de las aguas y disminuye la cantidad de oxígeno. En el curso bajo, la pendiente de los ríos es muy reducida, por lo que las aguas fluyen despacio y no retienen las partículas que arrastran en suspensión, que tienden a depositarse tanto en el lecho como en las márgenes. Puede decirse que en el curso alto predomina la función erosiva –para consolidar el cauce de la cabecera del río–, en el medio la función principal es la de trasporte de los nutrientes en suspensión y en el bajo, ya cerca de la desembocadura en el mar o en otro río en el caso de los afluentes, la de sedimentación.

Sin embargo hay muchos ríos, algunos de ellos grandes como el Nilo o el Congo en África o el São Francisco en Brasil, que después de recorrer amplios tramos de tierras llanas en régimen de curso medio vuelven a «rejuvenecer» al llegar a desniveles bruscos en su camino hacia el mar.

La actividad humana condiciona de manera determinante la ecología fluvial. Por ejemplo, la construcción de presas para la obtención de energía eléctrica altera cualquier tipo de ecosistema de agua corriente, ya que la masa de agua, que al expandirse forma un embalse y anega tierras, destruye su hábitat natural. Por otra parte, el curso del río aguas abajo de la presa ve reducido su caudal de manera tan drástica que pueden registrarse cambios importantes en los organismos que habitan en sus aguas y en los ecosistemas que conforman sus riberas.

Sin embargo, el elemento que afecta de modo más decisivo a los ecosistemas fluviales es la contaminación. En áreas industrializadas, pocos son los ríos que no ven alterada la composición de sus aguas por el vertido de residuos de todo tipo. Ello produce un fenómeno llamado hipoxia, que tiene lugar cuando la vegetación fluvial crece muy rápido por el exceso de nutrientes derivados de los residuos contaminantes. Una vez muertas, las algas y otros vegetales acuáticos son descompuestos por bacterias cuya actividad metabólica «acelerada» agota las reservas de oxígeno de las aguas y dificulta –y, a veces, imposibilita– el desarrollo de formas de vida en el río.

Lagos, lagunas y estanques

Lagos, lagunas y estanques son ecosistemas de aguas estacionarias que se diferencian fundamentalmente por sus dimensiones, mayores en los lagos. Un lago es una masa de agua acumulada en una cavidad del terreno en forma de depresión que está rodeada por un perímetro de tierra. Se trata de formaciones geológicas que pueden ser de agua dulce o salada y cuyo tamaño y profundidad varían de forma considerable. A algunos, no siempre los más grandes, se les asigna el nombre de mares. Así sucede con el mar Caspio, entre Europa y Asia –el mayor del mundo–, o el mar Muerto, en Israel.

Aunque la mayor parte de su recorrido discurra entre extensos tramos de tierras planas, algunos grandes ríos, como el Nilo, cuya vista muestra la fotografía, presentan, en su curso medio, zonas de bruscos desniveles.

Aunque no todos los lagos cuentan con aportes de agua procedentes de cauces fluviales, a los ríos que alimentan los lagos se les llama inmisarios, mientras que a los que actúan como vías de desagüe se les denomina emisarios. En los lagos se distinguen tres zonas o capas principales, conocidas como litoral, limnética y profunda. La primera está formada por aguas someras que bañan las orillas de la formación lacustre, y se caracteriza por la presencia de vegetación de ribera (juncos, espadañas). Al ser la más superficial es la que engloba un mayor nivel de actividad fotosintética y, por tanto, de riqueza en nutrientes. La capa limnética es la de aguas abiertas, alejadas de la costa y cuyo límite inferior lo marca el punto hasta el cual penetra la luz. En esta zona la vegetación es menos abundante que en la litoral, aunque los peces son de mayor tamaño, y predominan el fitoplancton y el zooplancton. Por debajo se sitúa la capa profunda, a la que no alcanza la luz, y en la que los nutrientes tienen su origen en los organismos muertos procedentes del nivel superior y descompuestos por bacterias. Este nivel no existe más que en los lagos de cierta profundidad y no está presente en lagunas ni estanques.

Lagos y lagunas conforman los principales biomas de agua no fluyente. En las imágenes, sendos ejemplos de estos ecosistemas en el continente americano: el lago Titicaca (arriba), en la confluencia entre el Perú y Bolivia, y la laguna Negra (abajo), en Venezuela.

Lagos y lagunas conforman los principales biomas de agua no fluyente. En las imágenes, sendos ejemplos de estos ecosistemas en el continente americano: el lago Titicaca (arriba), en la confluencia entre el Perú y Bolivia, y la laguna Negra (abajo), en Venezuela.

Una de las consecuencias ecológicas más importantes de la actividad humana en los lagos es la eutrofización, excesivo enriquecimiento de nutrientes procedentes del arrastre de aguas residuales, domésticas o industriales, y de productos como los fertilizantes, que se filtran desde el terreno. Este proceso es más activo en los lagos que en las aguas corrientes y ha determinado, por ejemplo, que especies que requieren aguas bien oxigenadas (con pocos nutrientes), como el lucio o el esturión, hayan sido desplazadas por otras más resistentes a la falta de oxígeno, como el bagre o la carpa.

Los biomas acuáticos de transición

Estos biomas suelen caracterizarse por la presencia de plantas desarrolladas y aguas poco profundas, en las que la luz alcanza el fondo con facilidad y permite el crecimiento de especies vegetales enraizadas en la tierra, pero con desarrollo predominantemente aéreo. Se distinguen dos zonas de transición, unas entre ecosistemas acuáticos y terrestres, como los humedales de agua dulce, y otras entre aguas dulces y saladas, como los estuarios y las lagunas litorales.

Humedales de agua dulce

Los humedales de agua dulce son tierras que permanecen cubiertas de agua durante buena parte del año, por lo que la vegetación que en ellos crece debe tolerar bien la inundación. Existen cuatro tipos de humedales: los pantanos, los marjales, los bosques de ribera y las turberas. En los pantanos predominan los árboles y los arbustos leñosos; los marjales son lugares ricos en plantas herbáceas, como las gramíneas y las juncáceas; los bosques de ribera son formaciones boscosas que se inundan al desbordarse los ríos en cuyas orillas se encuentran; las turberas, por último, son humedales cenagosos, donde el elemento vegetal más importante es el musgo, sobre todo del género Sphagnum.

Buena parte de la importancia ecológica de los humedales se debe a su extraordinaria riqueza de flora y fauna. Muchos de ellos constituyen un lugar de parada en las rutas de las aves migratorias.

Los humedales tienen gran importancia ecológica por su riqueza vegetal y piscícola, por ser con frecuencia lugar de parada en las rutas de las aves migratorias y porque actúan como elementos de control de inundaciones, al retener el exceso de agua y drenar después poco a poco las aguas acumuladas. Sin embargo, su extensión se ha reducido de forma drástica en las últimas décadas por ser uno de los ecosistemas más sensibles a la contaminación, la sequía y la sobreexplotación de acuíferos.

Los estuarios: marismas y manglares

Los principales biomas de transición entre aguas dulces y saladas son los estuarios, lugares en los que el agua de los ríos entra en contacto con el mar. En ellos el agua dulce fluvial tiende a situarse en capas superficiales sobre la masa de agua salada, aunque, debido a los vientos, las diferencias de salinidad y otras causas, se dan fenómenos de recirculación y mezcla de ambos estratos, lo que origina las denominadas aguas salobres.

Los estuarios, la zona más ancha y profunda de los ríos, próxima a su desembocadura en los mares o los océanos, son hábitats muy fértiles. La imagen muestra el estuario del río de la Plata, uno de los más importantes de América, en una fotografía tomada en las cercanías de Buenos Aires.

Los estuarios se encuentran entre los biomas más fértiles. Su elevada productividad se debe, entre otras razones, a las mareas, que favorecen la circulación de nutrientes, a la gran extensión de aguas superficiales en las que penetra la luz y al arrastre de los nutrientes de las riberas y el fondo del río. Cuando la sedimentación induce la formación de amplias masas de tierras bajas entre las que el río fluye por varias ramas, el estuario se convierte en delta. Por su parte, si el aporte de agua dulce es escaso, lo que se forma es un estero.

En las márgenes de los estuarios suele haber marismas, áreas pantanosas con abundante vegetación herbácea y notable variedad de peces, invertebrados, aves y otros animales.

En las regiones tropicales, el equivalente a las marismas son los manglares. Se trata de ecosistemas en los que predomina el mangle, árbol de unos tres o cuatro metros, con raíces aéreas que surgen de los tallos y penetran en el terreno para fijar la planta al lodo del fondo; dichas raíces estabilizan los sedimentos y frenan la erosión del litoral en zonas tropicales. Los manglares presentan, además, una importante riqueza faunística.

Lagunas de litoral

Las lagunas litorales son masas de aguas superficiales separadas total o parcialmente del mar por barreras de terreno, por lo general arenoso o de tipo coralino.

En zonas de clima cálido, este tipo de lagunas suele perder por evaporación mucha más agua de la que recibe por el drenaje del terreno. En estos casos, el agua del mar entra y repone la pérdida hídrica en la laguna, y a veces este intercambio hace que el agua de las lagunas presente valores de salinidad elevados, en ocasiones incluso superiores al mar adyacente.

Las masas de agua superficial conocidas como lagunas de litoral están separadas del mar por estrechas franjas de terreno, que, en Oceanía, suelen ser con frecuencia arrecifes coralinos. La fotografía muestra uno de ellos, en la Polinesia francesa.

En general, las lagunas presentan una vegetación de plantas de ribera, enraizadas en ocasiones en el agua pero con tallos aéreos. Por otra parte, se trata de medios de elevada productividad, al igual que los estuarios, ya que en ellos abundan los peces y las aves acuáticas.

Los biomas marinos

El bioma marino, que, como antes se ha comentado, corresponde cuantitativamente al 97,6 % del total de las aguas del planeta, se distingue de las aguas interiores o de transición en que está sometido en mayor medida a la acción de las mareas y las corrientes. En todos los mares hay dos mareas –pleamar y bajamar–, provocadas por el influjo de la atracción gravitacional del Sol y de la Luna. La magnitud de estas mareas varía en función de las fases lunares, la orografía de la costa, la estación del año, etc. Por su parte, las corrientes determinan flujos de agua que condicionan la temperatura, la fauna, la flora y otros factores, entre ellos el clima de las zonas terrestres próximas a esas corrientes. Para el análisis de los biomas marinos se ha establecido por convención una distribución de zonas en el medio marítimo.

La zonación de los océanos

En el océano se distinguen tres zonas principales, la mesolitoral o intermareal, próxima a la costa; la bentónica, formada por el lecho oceánico, y la pelágica, o de mar abierto. En esta última, a su vez, se distinguen dos áreas, que en ecología se llaman provincias: la nerítica, más cercana a la costa, y la oceánica, que forma la gran masa acuática de cada océano.

En cuanto a la luz que reciben, las aguas de mares y océanos pueden ser fóticas, en las que sí penetran los rayos solares, o afóticas, es decir, carentes de luz. En las primeras habitan bancadas de peces más superficiales , mientras que las segundas sirven de morada a peces de extrañas formas y llamativos colores.

En cuanto a la luz que reciben, las aguas de mares y océanos pueden ser fóticas, en las que sí penetran los rayos solares, o afóticas, es decir, carentes de luz. En las primeras habitan bancadas de peces más superficiales , mientras que las segundas sirven de morada a peces de extrañas formas y llamativos colores.

En sentido vertical se diferencian cuatro zonas: la epipelágica, que se extiende desde la superficie hasta aproximadamente los 200 metros de profundidad; la mesopelágica, cuya profundidad comprende entre los 200 y los 1.000 metros; la batipelágica, entre los 1.000 y los 4.000 metros, y la abisal, que desciende hasta los grandes abismos oceánicos.

Por otra parte, se distinguen una zona afótica, que es aquélla en la que no alcanza a penetrar la luz solar, y una fótica en la que sí inciden los rayos solares. Ésta, a su vez, se diferencia en zona eufótica, la más superficial, en la que los organismos vegetales pueden desarrollar la fotosíntesis, y disfótica, en la que la penetración de luz es tan escasa que el consumo de oxígeno es mayor que su producción por fotosíntesis. La distribución de profundidades para el establecimiento de estas zonas depende de factores como la turbidez del agua o la tasa de nubosidad del área. No obstante, se suele considerar que la región eufótica se extiende desde la superficie hasta unos 80 metros de profundidad, la disfótica entre los 80 y los 700 metros (según las condiciones) y la afótica se sitúa por debajo del límite de esta última.

Muchos de los organismos que viven en la zona mesolitoral de mares y océanos han debido experimentar diversas transformaciones para adaptarse al medio. Los mejillones, por ejemplo, cierran sus valvas al quedar a la intemperie para retener la máxima humedad posible.

Lógicamente, la mayoría de la flora y la fauna marinas se concentra en la región eufótica, si bien existen algunas especies que permanecen en la región afótica durante todo su ciclo vital.

Zona mesolitoral. La zona mesolitoral o intermareal es la que cubre la profundidad comprendida entre el nivel más alto de la marea, o pleamar, y el más bajo, o bajamar. Por debajo de ella se extiende una zona llamada sublitoral, que conforma el estrato superior del ambiente pelágico y que concentra una elevada productividad de organismos vegetales y animales. En la franja mesolitoral esa productividad también es alta, dados los importantes niveles de concentración de nutrientes y oxígeno y de entrada de luz. Sin embargo, el mesolitoral es un medio agresivo para muchos de los seres que viven en él. Una costa rocosa, por ejemplo, queda expuesta, por un lado, a la desecación y a fuertes cambios de temperatura cuando se retiran las aguas en la bajamar, y, por otro, a la acción erosiva de arrastre del oleaje cuando la costa está cubierta por las aguas en la pleamar.

Por tanto, muchos organismos de litoral desarrollan adaptaciones de distintos tipos para perdurar en este hábitat. Por ejemplo, las algas de la zona intermareal suelen presentar sólidas cubiertas de polisacáridos que les proporcionan una textura gomosa, lo que les permite resistir la exposición al sol y al aire y les aporta flexibilidad y resistencia ante el oleaje cuando están cubiertas por las aguas. Por su parte, los moluscos bivalvos, como las almejas y los mejillones, cierran sus valvas para retener la humedad al quedar a la intemperie, mientras que otros animales, como los cangrejos y otros crustáceos, se ocultan en grietas y cavidades de las rocas durante la bajamar.

El ambiente bentónico. La región bentónica está formada por el conjunto del lecho oceánico, desde la zona mesolitoral hasta la abisal. Esta región la constituyen, esencialmente, sedimentos de lodo y arena y fondos rocosos.

La gran mayoría de la vegetación marina bentónica está fijada en la zona eufótica. Por cuanto respecta a la fauna, también en esta zona se asientan buena parte de los invertebrados marinos (corales, esponjas, erizos, estrellas de mar, anémonas, abanicos de mar, etc.), así como algunos peces de profundidad como el rodaballo o el lenguado, que suelen permanecer enterrados en el fondo arenoso.

Las estrellas de mar se encuentran entre los invertebrados que tienen como hábitat la región marítima denominada bentónica, próxima al lecho oceánico.

Especial interés ecológico presentan los sistemas arrecifales coralinos, en los que se registra la mayor biodiversidad de todos los biomas acuáticos. Por ejemplo, se estima que en la Gran Barrera Coralina australiana, que en extensión apenas supone el 0,1 % de la superficie oceánica de la Tierra, se encuentran el 8 % de las especies conocidas de peces. Además de peces e infinidad de invertebrados, estas formaciones, por lo demás extraordinariamente sensibles a la contaminación, las mareas negras, la pesca de arrastre o la simple presencia de un excesivo número de buceadores en ellos, constan básicamente de corales, animales del phyllum de los cnidarios o celentéreos. Se trata de pequeños organismos tubulares que fijan el calcio del agua y originan esqueletos calcáreos que forman grandes masas ramificadas a parte de las colonias coralinas.

El ambiente pelágico: las provincias nerítica y oceánica. Como se ha indicado, en el mar abierto se distinguen dos grandes áreas: la provincia nerítica, que corresponde a las aguas situadas sobre la superficie de la placa continental, y la provincia oceánica, que forma la gran masa de las aguas marinas y oceánicas y que llega hasta las regiones abisales.

En el nivel horizontal más próximo a la superficie de las provincias nerítica y oceánica se extiende la llamada región epipelágica, de unos 200 metros de profundidad, que es la que concentra la mayor productividad y biodiversidad en el ambiente pelágico. El abundante fitoplancton es la base para el establecimiento de redes tróficas en las que participan, en primera instancia, los organismos que conforman el zooplancton (pequeños crustáceos, protozoos y larvas de peces y otros animales marinos), que se alimentan de fitoplancton. A su vez, el zooplancton es el alimento de las especies menores del necton, es decir, de los peces y otros organismos nadadores de pequeño tamaño, como las sardinas, los arenques o los calamares, mientras que éstos conforman el nivel trófico del que se nutren otros carnívoros nectónicos mayores como los atunes, los delfines o los tiburones.

Los tiburones se sitúan a la cabeza de los depredadores marinos. Múltiples peces y seres oceánicos de pequeño y medio tamaño les sirven de alimento.

En cambio, en los niveles inferiores de la provincia oceánica, por debajo de los 200 metros –lo que, por otra parte, supone el 75 % de la masa líquida de la Tierra–, la gran mayoría de los organismos vivos depende para nutrirse de la llamada nieve marina, formada por los residuos orgánicos que descienden desde la región epipelágica. Por este medio se arrastran a las profundidades plancton y otros organismos en descomposición que sirven para nutrir a los peces abisales. Éstos presentan adaptaciones propias, como los órganos luminosos utilizados para localizar alimento o congéneres con los que aparearse, o las mandíbulas de gran tamaño, destinadas a aprovechar al máximo los limitados recursos alimentarios de su entorno.

Aunque regularmente habitan en lo más profundo de los océanos, algunos animales marítimos, como el calamar gigante, realizan periódicas ascensiones a zonas más superficiales en busca de sustento.

Algunos animales, como el enorme calamar gigante, realizan ascensiones en busca de presas para después regresar a las profundidades. Ello no es más que uno de los múltiples indicios de la interrelación existente entre los diversos componentes de los biomas acuáticos, que siempre han de ser considerados como un conjunto de medios entrelazados en el marco global de la biosfera.